La desaparecida Puerta del Vado





Grabado de Anton van Wyngaerde de 1565. La flecha negra indica la situación de la Puerta del Vado


De las cuatro puertas principales que durante siglos se abrieron en las murallas complutenses -las de Burgos, Guadalajara, Madrid y del Vado-, a las cuales se sumaban varios portillos o puertas menores que daban acceso a las huertas y terrenos vecinos, la más importante de ellas a lo largo de la Edad Media fue sin duda esta última ya que de ella partía el camino que conducía a Toledo, sede del poderoso arzobispado a cuya jurisdicción pertenecía Alcalá y la principal metrópolis de la zona muy por encima de Madrid, a la que le quedaba todavía mucho para ser la capital de España.

La puerta se encontraba, como cabe suponer, en la plaza que todavía hoy lleva su nombre, pero a la hora de determinar su ubicación exacta nos encontramos con un margen de al menos quince o veinte metros entre las posibles opciones. Esto la diferencia de otras de las que se conoce con precisión donde estaban situadas, bien porque se hayan conservado como la de Burgos, hoy englobada en la huerta del convento de las Bernardas, o la de Madrid, levantada en el siglo XVIII sobre los cimientos de la anterior, o bien porque existen vestigios urbanísticos o documentos históricos -e incluso gráficos- que permiten situarlas con exactitud, como la de los Mártires o la de Aguadores.

En el caso de la Puerta del Vado, por el contrario, contamos con una limitada documentación que tan sólo permite especular sobre este tema. En primer lugar está el mapa, fechado en 1853, perteneciente al Atlas de España y sus posesiones de Ultramar1 de Francisco Coello, un complemento del famoso Diccionario Geográfico2 de Pascual Madoz publicado con posterioridad a éste. Aunque el mapa de Coello está dedicado a la provincia de Madrid, incluye un plano de Alcalá.

Posterior en algo más de una década es el minucioso plano parcelario de Alcalá3 datado hacia 1870 aunque, dado que se desconoce la fecha exacta de su confección, podría ser anterior en algunos años. Ya como documentos más puntuales, se encuentran el grabado de Alcalá de Anton van Wyngaerde de 1565, varias interesantes fotos de Baldomero Perdigón4 de principios de la década de 1960, las fotografías aéreas de Google Maps y un artículo5 de Josué Llul Peñalba dedicado al derribo de la muralla.

Con todo ello, voy a intentar deducir donde pudo alzarse la puerta comparándola con otras mejor conocidas. En aras de una mayor sencillez, he optado por utilizar los nombres actuales de las calles en lugar de los originales, en su mayor parte distintos y, por lo general, poco conocidos.




La Puerta de Burgos en 1988, antes de su derrumbe. Hoy está reconstruida
Fotografía de Luis Alberto Cabrera


Conviene, no obstante, comenzar con un breve repaso de lo que se conoce acerca del recinto amurallado de Alcalá. Lo primero que hay que tener presente es que las puertas medievales, e incluso las construidas tras la ampliación de mediados del siglo XV, que englobó al antiguo arrabal de Santa María trasladando la muralla desde la plaza de Cervantes hasta los Cuatro Caños y la Puerta de Aguadores, no tenían mucho de espectacular; en realidad, tal como se puede apreciar en las dos que se conservan, la de Burgos y la del Albácar, que daba acceso a la ciudadela del Palacio Arzobispal y actualmente al Antiquarium de la Huerta del Obispo, y también en el grabado de van Wyngaerde, éstas eran simples torreones en cuya planta inferior se abría un arco que permitía atravesarlos. Nada que ver, pues, con las puertas ornamentales como la de Madrid -la actual, se entiende- o el Arco de San Bernardo, construidos ambos en épocas más tardías.

Asimismo, es preciso recordar que las murallas, salvo en casos muy excepcionales como la Guerra de la Independencia, habían perdido su misión defensiva ya en el siglo XVI, lo que no impidió que éstas se mantuvieron en pie hasta bien entrado el siglo XIX debido a que siguieron desempeñando una función fiscal. Los ayuntamientos cobraban unos impuestos denominados portazgos a las mercancías que entraban y salían de las poblaciones, y el pago de los mismos se hacía en los fielatos, unas aduanas locales ubicadas frente a las puertas que daban acceso a ellas. Por esta razón a los responsables municipales no les interesaba que hubiera lugares por los que se les pudieran colar las mercancías evadiendo el pago de los portazgos, siendo mucho más difícil su control en caso de no existir las murallas.

Los destrozos causados por la invasión francesa, unidos al deterioro producido por el tiempo y por la incuria municipal que no mostraba gran interés en repararlas, hicieron que cuando fueron demolidas a mediados del siglo XIX, a excepción de las que delimitaban el recinto del palacio arzobispal, se encontraran reducidas en su mayor parte a un estado de poco más que unas tapias ruinosas, con algún que otro torreón aislado y las diferentes puertas en similar estado.




El Colegio de los Basilios visto desde el Paseo del Val. Al fondo, a la derecha, se aprecia la Puerta de Aguadores
Fotografía de 1860 propiedad de José Félix Huerta, tomada de la monografía de Josué Llul


Las propias puertas no corrieron mejor suerte ya que, según los criterios de la época, entorpecían el tráfico y afeaban las calles. Algunos de los portillos habían desaparecido hacía ya tiempo, y el resto de ellas lo fueron haciendo en su mayor parte durante el reinado de Isabel II. La Puerta de Mártires fue demolida en 1853 con la promesa de levantar una nueva, algo que no se hizo. La de Santiago, situada en la actual plaza de Atilano Casado, lo fue hacia 1864. La que más resistió en pie fue la de Aguadores, de la que se conserva una fotografía, ya que se mantuvo hasta 1881. Incluso las dos que junto a la de Burgos, preservada en el interior de la huerta de las Bernardas, lograron sobrevivir, el Arco de San Bernardo, y la Puerta de Madrid, estuvieron a punto de ser víctimas de la piqueta, a finales del siglo XIX el primero y a principios del siglo XX la segunda. Aparte de estas tres últimas y de la de Aguadores ninguna más aparece en el parcelario de 1870, lo que indica que todas ellas desaparecieron con anterioridad a la confección de este detallado plano en el que todavía aparece reflejada buena parte del foso que rodeaba las murallas, todavía sin cegar, e incluso los pontoncillos que servían para salvarlo.

Es preciso considerar, antes de seguir adelante, ciertas tendencias generales del urbanismo medieval que, aunque no siempre se presentaban, sí solían ser frecuentes. Las puertas se abrían por su cara exterior a los caminos -entonces no existían carreteras- que formaban la red viaria de la época, y por la interior a unas calles principales que convergían en el centro de la población siguiendo un esquema aproximadamente radial que en el caso de Alcalá se sigue conservando en su mayor parte. Éstas oficiaban de colectores en los que confluían las calles secundarias siguiendo una pauta similar a la de las ramas de un árbol, ya que sólo por las puertas se podía entrar o salir de la población y esto hacía inviable el trazado en retícula característico de las antiguas ciudades romanas que posteriormente recuperarían los urbanistas del Renacimiento. Por último, junto a la cara interior de las puertas era bastante habitual la existencia de una pequeña plazoleta formada por la confluencia de varias calles -entre ellas las rondas interiores de ambos lados- que servía de desahogo en unas tramas urbanas tan abigarradas como eran las medievales.




Planta hipotética de la Alcalá medieval. Plano tomado de
Arquitectura conventual de Alcalá de Henares6, de Carmen Román Pastor


En el caso de Alcalá existían dos ejes principales que cumplían esta misión, uno norte-sur que iba desde la Puerta de Burgos hasta la del Vado, y otro este-oeste que unía a la Puerta de Guadalajara con la de Madrid, los cuales se cruzaban en las proximidades de la plaza de los Santos Niños. Es preciso recordar que entonces no existía esta plaza, abierta a finales del siglo XIX tras la demolición de las viviendas que ocupaban la mayor parte de su superficie, sino dos pequeñas plazuelas situadas a ambos lados de la Catedral-Magistral que fueron absorbidas por ella. La de Abajo, o de la Picota, estaba formada por la confluencia de las calles Mayor, Escritorios, Empecinado, San Felipe y la desaparecida de los Bodegones, que discurría por la calzada actual de la plaza. Al otro extremo se encontraba la del Piojo, o de los Santos Niños, en la que se cruzaban las calles de los Bodegones, San Juan, de la Tercia y Cardenal Cisneros.




Entorno de la Catedral-Magistral antes de que se construyera la plaza de los Santos Niños
Tomado del parcelario de 1870


Pese a su pequeño tamaño la plaza de Abajo fue durante siglos el centro neurálgico de Alcalá, ya que la plaza de Cervantes era entonces una explanada situada extramuros. Era allí donde se alzaba la picota, de ahí su otro nombre, y a su lado se ubicaba la parroquia de los Santos Justo y Pastor que andando el tiempo devendría en la actual Catedral-Magistral. Y, tal como he indicado, constituía asimismo el cruce de los dos ejes viarios que conducían a las principales puertas y que conviene estudiar con más detalle.

El primero de estos dos ejes arrancaba en la calle de Segovia, desaparecida en el siglo XVII tras la construcción del convento de las Bernardas, en parte ocupada por el edificio del convento y el resto englobado en la actual plaza. A partir de la plaza de Palacio continuaba por la calle de San Felipe, la plaza de Abajo y la calle del Empecinado, que entonces eran dos diferentes, la de la Carnicería hasta su cruce con Santa Catalina, y la de las Becerras desde allí hasta la Puerta del Vado.

El segundo comenzaba en la primitiva puerta de Guadalajara, situada al inicio de la calle Mayor aproximadamente a mitad de distancia de la plaza de Cervantes y del cruce con las calles Cervantes y Ramón y Cajal, ya que la muralla primitiva no pasaba por la actual línea de fachadas de la plaza de Cervantes, sino por mitad de la manzana. En el siglo XV, tal como he comentado, la ampliación del recinto amurallado realizada por el arzobispo Carrillo trasladó la puerta al final de la calle Libreros. Tras recorrer toda la calle Mayor, cuyo trazado actual es muy similar al medieval, llegaba a la plaza de Abajo y desde allí, por las calles de los Bodegones y del Cardenal Cisneros, acababa en la Puerta de Madrid.

Respecto a las plazas situadas tras a las puertas, había un poco de todo. Dado que la calle de Segovia limitaba por un lado con la fachada oriental del Palacio Arzobispal y por el otro con el barrio morisco de la Almanjara, que al igual que el judío formaba un núcleo cerrado apenas integrado en la trama urbana de la villa, no existían calles que confluyeran a ella ni tampoco, posiblemente, plaza junto a la Puerta de Burgos, y algo similar debía ocurrir con la puerta de Guadalajara al abrirse ésta en pleno corazón de la judería. Sin embargo la Puerta de Madrid sí conservaba, y sigue conservando, una estructura en forma de abanico que desemboca en un espacio abierto de regulares dimensiones, algo que se repite a menor escala en la Puerta de Santa Ana pese a tratarse de un portillo secundario que conducía a las huertas del actual barrio de Reyes Católicos y, quizá, también existía en la primitiva Puerta de las Tenerías, otro portillo que se abría en la confluencia de las calles Santa Úrsula y Trinidad con la plaza de Rodríguez Marín, dando acceso a las huertas del Val.

Pasemos ahora a considerar lo poco que sabemos de la Puerta del Vado, que acabaría perdiendo buena parte de su pasada importancia, en beneficio de la de Madrid, una vez que esta villa se convirtió en la capital de España. Según apunta Josué Llul a principios del siglo XIX, es decir, tras la Guerra de la Independencia, debía de estar ya muy deteriorada, pero se desconoce la fecha exacta de su demolición aunque ésta tuvo que ser relativamente temprana, dado que no aparece en el plano de 1853. Manuel Castro Priego7 afirma en su tesis doctoral que, conforme a la documentación conservada en el archivo municipal, su derribo debió de producirse en el otoño-invierno de 1859, aunque es probable que para entonces quedaran tan sólo restos de la misma y hubiera perdido su funcionalidad bastantes años antes.




Antiguo fielato de la Puerta del Vado. Fotografía de Baldo


Gracias a una fotografía de Baldo, fechada en 1963, sabemos donde estuvo el antiguo fielato, que sobrevivió más de un siglo a la demolición de la muralla y de la propia puerta; éste se encontraba al final de la curva que describe la acera de los pares -la de la parroquia de San Bartolomé- del Paseo de los Curas, aunque ya en la plaza y aparentemente algo antes de la actual Fuente de las Cigüeñas. Este dato es importante puesto que con mucha probabilidad estaba extramuros, lo que nos permite fijar un límite máximo a la posición de la puerta.

También hemos de tener otra cuestión en cuenta, el trazado de los dos lienzos de muralla que convergían en la Puerta del Vado: el que desde la Puerta -en realidad postigo- de Santa Ana bordeaba el actual Paseo de los Curas, y el que por la Ronda de la Pescadería enlazaba con el portillo de San Julián en su confluencia con la calle del mismo nombre. Sin embargo, tropezamos con el problema de que, si dibujamos sobre una fotografía aérea el trazado hipotético de ambos siguiendo la línea actual de las respectivas fachadas, nos encontramos con que éstas no confluyen, ya que la primera nos conduce al final de la calle del Empecinado, unos veinte metros por detrás de la esquina de la Ronda de la Pescadería, que es donde lo haría la segunda. Y desde luego hay constancia de que la puerta era perpendicular a la calle del Empecinado, por la parte interior, y al actual Paseo de Pastrana por la exterior, por lo cual ambos lienzos de muralla necesariamente tenían que unirse a la puerta a una misma altura, algo incompatible con esta considerable distancia.




La Puerta del Vado en el grabado de Anton van Wyngaerde


El grabado de van Wyngaerde confirma esta suposición. En éste la Puerta del Vado está perfectamente dibujada y además rotulada con su nombre, por lo que no existe ninguna posibilidad de error. Dada la perspectiva del dibujo la puerta se ve por su cara interna, pudiéndose apreciar que en el momento en el que éste fue dibujado en 1565 se trataba de un simple torreón, con las almenas parcialmente desmochadas por cierto, en cuyo cuerpo inferior se abría un arco. Por supuesto, su orientación es la correcta y ambos lados de las murallas coinciden en su trazado.

Así pues, volviendo a la trama viaria actual, nos encontraríamos a priori con dos posibles alternativas. En la primera, la muralla seguiría la línea actual de fachadas del Paseo de los Curas hasta su confluencia con la calle del Empecinado, al final de la cual se habría encontrado la puerta, siguiendo después por la travesía de las Siete Esquinas para enlazar con la línea de fachadas de la Ronda de la Pescadería pasado ya el cruce con la calle de las Siete Esquinas. En consecuencia, quedarían extramuros tanto la pequeña manzana comprendida entre la travesía y la ronda como el inicio de la siguiente manzana, entre la ronda y la calle de la Portilla, cortada esta última en diagonal de una manera muy poco verosímil.






Trazado descartado de la muralla (azul) y la Puerta del Vado (rojo) al final de la calle del Empecinado
Arriba, parcelario de 1870. Abajo, fotografía actual


La segunda opción consistiría en seguir el trazado de la muralla hasta el final de la Ronda de la Pescadería, dejando ahora la citada manzana -y por supuesto la totalidad de la anterior- dentro del recinto amurallado. La puerta se encontraría ahora a la altura de la esquina de la ronda con la plaza, unos veinte metros más adelantada que en el caso anterior, lo que dejaría una plazoleta entre ella y el final de la calle del Empecinado de forma similar a como ocurre en las puertas de Madrid y de Santa Ana. En principio esta posibilidad parece la correcta, pero nos plantea el problema de que resulta difícil de conciliar con el posible trazado final de la muralla por el otro lado ya que sería preciso desplazarla al menos hasta la acera opuesta de la curva que describe el Paseo de los Curas, una intervención urbanística nada evidente y de la que no conozco evidencia documental alguna.




Los dos torreones del Paseo de los Curas en el parcelario de 1870


Tenemos, no obstante, algunas referencias. En el parcelario de 1870 aparecen dos torreones aislados, en lo que hoy es la fachada de los impares del Paseo de los Curas, a la altura de la calle de la Laguna, y una fotografía de Baldo de principios de la década de 1960 dejó constancia de la existencia, que perduró hasta la década siguiente, de unos restos de la muralla algo más adelante, a la altura del actual número 29 aproximadamente frente a la calle de Luis Vives. Según José García Saldaña8 la vivienda que aparece empotrada entre los dos muros de tapial se alzaba sobre el solar de un antiguo torreón -probablemente el siguiente a los dos del parcelario- que fue utilizado hasta su derribo como pozo de la nieve, es decir como depósito de hielo, aprovechando el espesor de sus paredes. Esto nos indica que, al menos hasta ese lugar, la muralla se ceñía de forma aproximada a la línea actual de fachadas, pero todavía nos encontramos demasiado lejos de la Puerta del Vado como para que estos datos nos puedan ser útiles para determinar por donde pudo haber seguido originalmente la muralla en el tramo más problemático.




Arriba, restos de la muralla en el Paseo de los Curas. Fotografía de Baldo
Abajo, aspecto actual de ese tramo del Paseo de los Curas


Gracias a un hallazgo reciente es posible precisar algo más. En diciembre de 2016, al abrirse una zanja a lo largo de la travesía peatonal que discurre entre la calle de la Laguna y el Paseo de los Curas, apareció un muro de ladrillo y argamasa que, dada su ubicación, hubo de pertenecer a uno de los torreones que figuran en el parcelario, concretamente al situado a la derecha del plano. No existe otra posibilidad puesto que, tal como se aprecia, en este lugar no existían más edificaciones que los dos torreones, siendo el resto unas simples tapias en 1870 y posiblemente, a juzgar por la fotografía de Baldo, no mucho más con anterioridad al derribo de la muralla. Asimismo su reducida anchura, de apenas unas pocas decenas de centímetros, indica que no puede tratarse de los cimientos de uno de los muros perimetrales del torreón, considerablemente más anchos, sino del hueco, quizá el quicio de una puerta, que se aprecia claramente en la parte trasera -la que miraba hacia la calle de la Laguna- de éste, hipótesis que parece confirmar el hecho de que no apareciera un segundo muro paralelo a ésta a lo largo de toda la zanja, como hubiera debido ocurrir de haber pertenecido a la parte delantera del torreón.




Estructura aparecida en diciembre de 2016 junto al Paseo de los Curas


La conclusión más lógica es que las fachadas de los edificios actuales no discurren en realidad sobre las antiguas tapias del parcelario, que estaban adosadas a las caras delanteras de los dos torreones, sino algo más atrás, aproximadamente a la altura de las caras traseras de los mismos. Este dato es importante ya que, de ser así, sus cimientos no habrían desaparecido bajo éstos sino que estarían con mucha probabilidad, al menos los del segundo de ellos, bajo la acera y el aparcamiento del Paseo de los Curas, algo que podría quedar aclarado mediante una prospección arqueológica.




El Paseo de los Curas en el plano de 1853


La consulta del plano de 1853 tampoco aclara demasiado las cosas, aunque hay que tener en cuenta que, pese a que el trazado de la red viaria y los edificios es bastante detallado, al no tratarse de un documento oficial, como sí lo es el parcelario, no alcanza el grado de precisión de éste. Si nos fijamos en la parte correspondiente a esta zona vemos que el trazado de la tapia que linda con el Paseo de los Curas aparece mucho más irregular que en el parcelario, lo que parece apoyar la hipótesis de que, convertida desde tiempo atrás la muralla en una simple tapia, ésta pudo haber sido modificada por los propietarios de los terrenos colindantes, explicando el citado desplazamiento de la línea actual de las fachadas con respecto al trazado original de la muralla. No obstante, con la información de que disponemos actualmente no resulta posible corroborarla.

En cualquier caso habrá que intentar analizar cual pudo ser el trazado original de la muralla, que aparentemente no sufrió modificaciones de importancia -salvo las ya indicadas pequeñas variaciones- hasta su demolición junto con la propia puerta. Es preciso advertir que algunos autores apuntan la existencia de una expansión hacia el sur de la muralla a finales de la Edad Media, lo que habría acarreado el derribo de la primitiva puerta ubicada aproximadamente a la altura de la calle Infanta Catalina, y la construcción de una nueva al final de la calle del Empecinado. Esta intervención es peor conocida que la ampliación de la muralla hasta los Cuatro Caños y la Puerta de Aguadores que incluyó en su interior al importante arrabal de Santa María, aunque explicaría el hecho de que, hasta épocas recientes, buena parte de los terrenos situados entre el Paseo de los Curas y la calle de las Vaqueras, e incluso entre ésta y la de las Damas, se mantuvieran en gran parte vacíos de edificaciones.

Centrémonos ahora en la trama viaria de la parte meridional del casco antiguo. Si nos fijamos con atención vemos que el ya aludido esquema en forma de abanico, con las calles secundarias convergiendo en la principal o en las inmediaciones de la puerta, se aprecia aquí con toda nitidez aunque de forma incompleta, algo que no es de extrañar ya que esta zona, ocupada en su totalidad en la Edad Media por los barrios cristianos, estaba libre de las restricciones urbanísticas impuestas al norte de la población por la ciudadela del Palacio Arzobispal por un lado, y los barrios musulmán y judío por el opuesto, lo que le permitió estructurarse sin trabas de ningún tipo.




Fotografía aérea de la zona sur del casco antiguo, donde se aprecia la estructura viaria
en forma de abanico que confluye en la Puerta del Vado o en sus cercanías


Tomando como referencia la calle del Empecinado, el principal eje viario en torno al cual se articulan el resto de las calles, vemos que por el oeste, o por la acera de los pares si se prefiere, desembocan en su tramo final, o en sus proximidades -más adelante precisaremos este importante detalle-, las calles Infanta Catalina, Damas y Vaqueras, y por el lado este, o la acera de los impares, la de la Merced y la calle y la travesía de las Siete Esquinas, pudiendo considerarse a esta última como una prolongación de la calle de la Portilla.

Sin embargo, junto con el ya apuntado inconveniente de que ambos ramales del hipotético trazado de las murallas se empeñan tozudamente en no coincidir, nos encontramos con otro problema no menos peliagudo: en realidad las calles de las Damas y de las Vaqueras no acaban en la calle de El Empecinado, tal como hubiera cabido esperar, sino en el Paseo de los Curas; cerca de la Puerta del Vado, pero no en ella. Por pura lógica hay que descartar que ninguna de estas dos calles tuviera una salida directa por la muralla, ya que no tenía sentido que hubiera dos puertas -y todavía menos tres- casi contiguas, por lo que si no desembocaban en la calle del Empecinado forzosamente tendrían que haberlo hecho en la ronda interior de la muralla, de la cual no queda el menor vestigio.




La Puerta del Vado en el plano de 1853


¿O sí? Volviendo de nuevo al plano de 1853 se pueden apreciar en él dos detalles. Primero que la puerta había desaparecido ya, puesto que no se aprecia el menor vestigio de ella. Y segundo que la tapia, más que muralla, del Paseo de los Curas parece ceñirse en su tramo final a la línea actual de las fachadas, lo que nos remite una vez más al incómodo problema de la falta de concordancia entre éste y el tramo vecino de la Ronda de la Pescadería. Por si fuera poco las calles de las Vaqueras y de las Damas, así como al otro lado la travesía de las Siete Esquinas, parecen estar tapiadas en lo que debería haber sido su confluencia con la ronda exterior, sin que se puedan adivinar los motivos máxime cuando en el parcelario, tan sólo unos quince años más tarde, todas ellas están abiertas con una configuración prácticamente idéntica a la actual, algo que corrobora Esteban Azaña en el segundo tomo de su Historia de Alcalá9, publicado en 1883, cuando en el listado de calles de la ciudad afirma que ambas terminan en la ronda, es decir, en el Paseo de los Curas.

¿Pudo tratarse de una intervención paralela al derribo de la puerta, quizá por motivos fiscales para evitar que se pudieran colar mercancías de matute burlando al cercano fielato? Y en este caso, ¿pudo existir, con anterioridad al derribo, una ronda interior que comunicara a ambas calles con la cara interna de la puerta? Lamentablemente, mientras no dispongamos de información fidedigna, gráfica o documental, en la que aparezca reflejada la puerta, tan sólo podremos especular al respecto.

¿De qué manera podemos abordar esta aparente contradicción? Fijémonos primero en el tramo de la Ronda de la Pescadería, a mi modo de ver el menos problemático. Lo primero que llama la atención es la confluencia de la calle de las Siete Esquinas con la Ronda de la Pescadería a apenas cuarenta metros de distancia de la hipotética ubicación de la puerta, algo llamativo puesto que, por idénticas razones a las que acabo de exponer, allí nunca pudo existir puerta alguna. De hecho la muralla discurría sin solución de continuidad hasta el Portillo de San Julián, situado en el otro extremo de la Ronda de la Pescadería, tras un recorrido de casi cuatrocientos metros.

La explicación es sencilla si consideramos el último tramo de la calle de las Siete Esquinas que discurre entre el cruce con la travesía de las Siete Esquinas y la Ronda de la Pescadería. De apenas diez metros de longitud es por el contrario sensiblemente más ancho que el resto de la calle, y describe además un ángulo bastante pronunciado para confluir perpendicularmente con la ronda. Con toda probabilidad este tramo debió de ser abierto tras la demolición de las murallas tal como ocurrió, en la misma acera, con las dos calles transversales trazadas en 1839 entre la Ronda de la Pescadería y la calle de la Portilla al construirse el Matadero; una de ellas, que aparece en el parcelario como un corral con acceso a las dos calles, es la del Licenciado Vidriera, mientras la segunda, paralela a ésta, desapareció en 1898 tras la reedificación y ampliación del edificio. Es evidente que, una vez desaparecidas las murallas, había dejado de tener sentido la ausencia de accesos al interior del antiguo recinto amurallado a lo largo de varios centenares de metros, lo que justificaba su permeabilización mediante la apertura de nuevas calles que evitaran dar largos rodeos.





Medianería del tramo final de la calle Siete Esquinas (fotografía de 2016) y edificio actual en 2021


Volviendo a la confluencia de la calle de las Siete Esquinas con la Ronda de la Pescadería, si nos fijamos en los dos únicos edificios que lo limitaban vemos que, si bien uno de ellos es de construcción reciente y por lo tanto no nos aporta información alguna el otro, existente hasta hace muy poco, tenía la fachada orientada a la calle de la Portilla, siendo tanto la fachada lateral que lindaba con este tramo de la calle de las Siete Esquinas, como la trasera que daba a la ronda, tan sólo unas tapias con aspecto de medianerías, lo que refuerza la tesis de que, adosado entre ambos, debió de existir en su momento una o más fincas que habrían sido demolidas para dar salida a la calle.

Tanto en el plano de Coello como en el parcelario de 1870 la calle de las Siete Esquinas confluye con la Ronda de la Pescadería, si bien en el primero de ellos parece hacerlo no al final de ésta, tal como lo hace tanto en el parcelario de 1870 como también ahora, sino algo más atrás en dirección a la calle de la Portilla, lo que provoca un llamativo requiebro. Pese a ser su libro posterior a ambos planos, Esteban Azaña hace terminar la calle de las Siete Esquinas en la de la Portilla con una longitud de 120 metros, que es exactamente el valor que da Google Maps entre el cruce con Cardenal Tenorio -según Esteban Azaña empezaba en la calle de Santa Clara, pero entre ambas se encuentra la pequeña plazoleta de las Siete Esquinas- y el de la calle de la Portilla. Esto plantea una discrepancia con el parcelario, que personalmente considero más de fiar dada su naturaleza fiscal, aunque cabe la posibilidad de que Esteban Azaña no tuviera su información actualizada pero sí reflejara el primitivo trazado de la calle, que en el fondo es lo que nos interesa.

Respecto a las diferencias entre el plano de Coello y el parcelario, ¿se trata de un error o, por el contrario, de un primer intento de permeabilizar el acceso a estas calles anterior a la remodelación definitiva? De nuevo carecemos de respuesta, aunque no deja de ser significativo el nombre de la calle de la Portilla -su atribución al historiador Miguel de la Portilla es indudablemente posterior- cuando en ésta nunca hubo ninguna portilla -o postigo- en todo su recorrido entre la Puerta del Vado y la de San Julián, sin que exista tampoco la menor evidencia de que pudiera haber habido ninguna otra intermedia. Llama también la atención que en el plano de Coello aparezca el rótulo de la Puerta de San Julián no en su ubicación correcta sino al principio de la Ronda de la Pescadería, al lado pues de la del Vado, aunque cabe pensar que pudiera tratarse de un error. En cualquier caso, parece bastante claro que con anterioridad a la demolición de la Puerta del Vado las calles de la Portilla y de las Siete Esquinas debían confluir en ésta a través de la travesía de las Siete Esquinas, cuya angostura forzaría la apertura de una nueva salida directa a la ronda de la Pescadería.






Arriba, marcado con un círculo, el edificio desaparecido en el parcelario de 1870, posiblemente
adosado con anterioridad a la Puerta del Vado. Abajo, fotografía actual de esta misma zona


La pequeña manzana, hoy ocupada en su totalidad por una única edificación, situada entre la Ronda de la Pescadería y la travesía de las Siete Esquinas es, pese a su reducido tamaño, bastante importante. Aunque en el plano de Coello no se aprecian más detalles que la ya comentada prolongación de su parte trasera por la actual confluencia de la calle de las Siete Esquinas con la Ronda de la Pescadería, el parcelario nos aporta una información mucho más detallada e interesante. Según éste la manzana estaba repartida entonces en dos fincas una de las cuales, precisamente la que daba a la plaza, era de un tamaño muy reducido con apenas unos cinco metros de profundidad, demasiado poco para tratarse una vivienda. Además su fachada era más corta que la del edificio vecino y sobresalía uno o dos metros respecto a la fachada de la última casa de la acera de los impares de la calle del Empecinado, algo que no ocurre con el edificio actual, alineado con la finca vecina.




Aspecto actual del edificio aislado de la Puerta del Vado


Mi opinión es que esta pequeña edificación, hoy desaparecida, debió de estar adosada en su día a la Puerta del Vado, lo que explicaría que pese a lo reducido de su tamaño, no mucho mayor que una habitación, en 1870 tuviera al menos dos entradas, una que daba al exterior de la plaza y la otra directamente a la puerta. Aparentemente esta construcción habría sido derribada en una fecha posterior, y su solar incorporado a la plaza.

Una vez admitida esta hipótesis, el resto se explica por sí solo. Tal como he comentado, en su origen la calle de la Portilla, sin duda la ronda interior de la muralla en esa zona, debía continuar hasta la Puerta del Vado por la actual travesía de las Siete Esquinas, mientras la calle de este nombre moriría en ella formándose así el colector arborescente de ese lado de la calle del Empecinado.

Claro está que en realidad este eje Portilla-Siete Esquinas no desembocaría en la misma Puerta del Vado sino unos doce metros -el ancho de la manzana- más atrás, con toda probabilidad en una pequeña plazoleta interior desaparecida tras la demolición de la puerta al quedar unida a la plaza, o explanada exterior, situada al otro lado de ésta.




Aspecto actual de la Puerta del Vado vista desde el Paseo de los Curas. La puerta habría
estado situada, de forma aproximada, en el lugar que ocupan los coches aparcados


De hecho, si nos fijamos en las fotografías aéreas de la Puerta del Vado actual vemos que la plaza tiene una forma alargada en la que se pueden entrever con facilidad estos dos antiguos recintos: el exterior, que vendría a coincidir con la glorieta ajardinada en la que se alza la Fuente de las Cigüeñas, y el interior, que estaría comprendido entre el final de la calle del Empecinado y la Ronda de la Pescadería. La Puerta del Vado habría estado situada entre ambos, aproximadamente sobre la pequeña isleta que divide en dos la calzada en el tramo final del Paseo de los Curas, y adosada al edificio desaparecido que todavía se conservaba en 1870.

Hasta aquí todo ha resultado relativamente sencillo, pero todavía nos queda pendiente lo más peliagudo, intentar reconstruir como pudo ser la trama viaria original por el lado del Paseo de los Curas, por fuerza diferente de la actual. Y para ello, lo mejor es que fijemos nuestra atención bastante más al norte, en la zona comprendida entre la Puerta de Santa Ana y la del Vado y, en especial, en la calle de la Laguna, una olvidada calle medieval que, no obstante, puede proporcionarnos una información interesante.

La calle de la Laguna está situada entre la de las Vaqueras y el Paseo de los Curas, dándose la circunstancia de que presenta un curioso trazado en forma de letra C mayúscula, con un tramo central paralelo a estas dos calles y dos brazos laterales que se unen a éste formando un ángulo recto y dan salida, en ambos casos, a la calle de las Vaqueras. Hace unos años, a raíz de la construcción de un edificio de viviendas, se abrió el brazo más cercano a la Puerta del Vado comunicándolo mediante una travesía peatonal con el Paseo de los Curas; pero como se trata de una intervención urbanística muy posterior a la época en la que está centrado este artículo, no la tendré en cuenta ciñéndome al trazado tradicional de la calle, que hasta entonces carecía de conexión directa con el paseo.




Tramo central de la calle de la Laguna, de indudable origen medieval


En lo que respecta al tramo central, mucho más largo que los dos brazos laterales, todo parece indicar que en su momento debió de formar parte de la ronda interna de la antigua muralla, ya que discurre paralelo al que fuera su trazado y a no demasiada distancia de ésta, tal como propuso Carmen Román Pastor10 en 1992.

Pero hay un detalle que no encaja. En primer lugar, su longitud -alrededor de unos cien metros- es sólo una pequeña parte del casi medio kilómetro que debió de tener en su momento la ronda entre la Puerta de Santa Ana y la del Vado, no existiendo constancia de que existiera una puerta, o un portillo, intermedios. Asimismo, en sustitución de las previsibles continuaciones en dirección a ambas puertas nos encontramos hoy con los dos extraños recodos de noventa grados que forma con los brazos laterales, a todas luces unos añadidos posteriores ya que, si bien es cierto que las calles medievales podían, y solían, ser tortuosas, es completamente excepcional esta configuración tan extraña.

Parece evidente que el citado tramo central sobrevivió, privado ya de su función original, tras ser cortada la primitiva ronda interior por ambos extremos. Para evitar que quedara aislado fue necesario abrir -según todos los indicios no existían previamente- al menos uno de los dos brazos laterales, gracias a los cuales se pudo conectar con el resto de la ciudad a través de la calle de las Vaqueras. Desconozco tanto los motivos de esta intervención urbanística como el momento en el que fue realizada, aunque es probable que este proceso se llevara a cabo en varias etapas durante un período de tiempo relativamente largo. Esta hipótesis concuerda con la opinión de Carmen Román, que identifica el trazado de la ronda interior por la calle Arratia entre la Puerta de Madrid y la de Santa Ana, y por la de la Laguna y la de la Mancebía -las Damas- de ésta a la del Vado, aunque no considero probable que ni la calle de las Damas, ni la más cercana de las Vaqueras, llegaran a formar parte de la ronda interior sino que, por el contrario, ambas desembocaban en ésta.




Recodo norte de la calle de la Laguna


Veámoslo en detalle comenzando por el extremo norte, el menos problemático. El brazo lateral existente hoy en día ya aparece en el plano de 1853 y también en el parcelario de 1870, por lo que su apertura debió de ser anterior. No obstante, aún hoy se aprecia con nitidez que el tramo central debería continuar en esa dirección en lugar de doblar en ángulo recto. De hecho, la fachada que interrumpe la calle en el rincón del recodo es una simple tapia tras la cual se abre un solar, posiblemente una antigua huerta, que se extiende hasta las fachadas traseras de los edificios de la vecina calle de las Ánimas, pero que en el siglo XIX, e incluso hasta mediados del siglo XX, alcanzaba hasta la misma calle.

Existen además otros indicios. La calle de las Ánimas es el tramo final de un largo eje viario, de evidente origen medieval, que arranca en la calle de la Trinidad y continúa por Cárcel Vieja, Emperador Fernando, Santa Catalina, Rico Home y la propia Ánimas, hasta desembocar en la Puerta de Santa Ana. Y, pese a ser una calle corta -unos ciento veinticinco metros de longitud-, presenta un llamativo sesgo de unos treinta grados hacia la mitad de su recorrido. Ciertamente este quiebro era necesario para alcanzar la puerta, pero cabe otra posible interpretación.






Prolongación por el recodo norte de la calle de la Laguna hasta la calle de las Ánimas, en el parcelario de 1870 y en la actualidad


Si en el recodo norte prolongamos el tramo central la calle de la Laguna a través del solar hasta la calle de las Ánimas, iremos a dar, con apenas unos metros de margen, justo en el lugar donde dobla esta última, y casi sin ángulo con respecto a ésta. A ello hay que sumar que, hasta fechas relativamente recientes, no hubo ningún edificio que se interpusiera en este trazado, e incluso ahora la mayor parte de este hipotético recorrido discurriría por terrenos no edificados.




Lugar donde habría estado situada la confluencia hipotética de
la calle de la Laguna con la prolongación de la de las Ánimas


¿De nuevo casualidad? Pudiera ser, pero resulta lógico suponer que en su día la calle de la Laguna, junto con su prolongación a través del solar y el tramo final de la de las Ánimas, formaran parte de la primitiva ronda interior de la muralla. A ella, y más en concreto al actual ángulo, habría ido a desembocar el primer y entonces único tramo de la calle de las Ánimas que tiene su origen en la calle de las Vaqueras, confluyendo finalmente todas ellas en la Puerta de Santa Ana.




Confluencia norte de la calle de la Laguna con la de las Vaqueras


Llama la atención, asimismo, que en su confluencia con Vaqueras el brazo lateral de la calle de la Laguna sea mucho más angosto que en el extremo interior, lo que le confiere una peculiar aapariencia de embudo. De hecho, para cualquier paseante que no conociera su existencia esta calle le pasaría probablemente desapercibida, y todavía más antes de que la construcción en los años sesenta del pasado siglo del edificio situado entre Vaqueras y Rico Home dejara frente a él una pequeña plaza triangular inexistente hasta entonces.




Medianería de la calle de la Laguna en su confluencia norte con la de las Vaqueras


Aún hoy se puede apreciar en uno de los dos edificios que forman su embocadura -el otro es moderno- que el muro lateral que da a la calle de la Laguna no es una fachada sino una antigua medianería en la que se abrió con posterioridad una pequeña ventana, muro continuado hasta prácticamente el final del tramo por la larga tapia de un patio. El parcelario de 1870 no sólo lo confirma sino que además refleja una situación similar en la acera opuesta. Asimismo, gracias de nuevo a una fotografía de Baldo, podemos comprobar que el muro lateral del edificio que en su día delimitaba la embocadura de la calle por el otro lado era, tal como cabía esperar, otra medianería.




Confluencia norte de la calle de la Laguna con la de las
Vaqueras en 1963. Fotografía de Baldo


Por todo ello, cabe suponer que este brazo, poco más que un callejón, tiene todo el aspecto de haber sido abierto sobre el solar de una antigua finca que habría sido hasta entonces un “tapón”, siendo evidente que su abertura habría estado relacionada con el cierre de la antigua salida a la calle de las Ánimas. Lo que no tengo manera de averiguar son las razones que lo motivaron, ni tampoco la fecha en la que pudo tener lugar esta modificación urbanística, en todo caso anterior a 1853 ya que, como he comentado, ambas calles aparecen dibujadas en el plano de Coello con su trazado actual.

Pasemos ahora al otro brazo lateral, el situado al sur de la calle de la Laguna. Lo primero que llama la atención es su anchura, mucho mayor que la del resto de la calle e incluso que la de las Vaqueras, inusitada en pleno casco medieval y todavía más tratándose de una vía urbana tan secundaria entonces y ahora. Parece claro que nos encontramos frente a una intervención urbanística relativamente reciente, posiblemente decimonónica aunque en todo caso anterior a 1870, puesto que en el parcelario figura con idéntico trazado que el actual. De hecho, las dos fachadas que forman actualmente el rincón tienen aspecto de haber sido construidas a finales del siglo XIX.




Recodo sur de la calle de la Laguna


Cabe especular que pudiera tratarse de un intento fallido de abrir una nueva calle radial, a mitad de camino entre las antiguas puertas de Santa Ana y el Vado, en un intento de permear la cerrada trama viaria medieval, tal como se hizo en otros lugares de la ciudad, aunque en este caso habría quedado inconcluso tanto en dirección al Paseo de los Curas, donde como ya he comentado este nuevo acceso no se abrió hasta hace pocos años y sólo para tránsito peatonal, como hacia la calle de las Damas. En cualquier caso, tal como quedó hecho su utilidad resultó muy limitada.

Por si fuera poco, el análisis retrospectivo resulta bastante más complejo debido a las grandes transformaciones experimentadas por la manzana. El plano de Coello nos aporta una información interesante pero, lamentablemente, incompleta. Aunque en él aparecen dibujados tanto este brazo como la calle de las Vaqueras, ambos parecen confluir, junto con el tramo principal de la Laguna, en un amplio espacio abierto que se extiende hasta la calle Infanta Catalina por el este y hasta la antigua muralla por el sur, englobando incuso a la propia calle de las Vaqueras. Con seguridad no podía tratarse de una plaza -aquí nunca la hubo- sino presumiblemente de solares vacíos, aunque llama la atención que éstos no estuvieran vallados. Es más probable que fuera la laguna -más bien una charca formada por el agua de lluvia en una hondonada- que según algunos autores existió en este lugar dando nombre a la calle y sobre la cual volveremos a tratar más adelante, aunque en el plano no aparece marcada como tal.

El parcelario de 1870, mucho más preciso, representa también un terreno amplio, aunque no tanto como el de Coello ya que la calle de las Vaqueras está delimitada en toda su longitud, separada de él por una simple tapia a excepción de la esquina que forma con el brazo sur de la calle de la Laguna, donde aparece un único edificio de pequeño tamaño. Este brazo también limita con el solar mediante otra tapia, salvo en el tramo del aludido edificio. Pero lo más interesante, a la par que complicado de interpretar, es que si bien aparece dibujada lo que parece ser un hondonada con una larga entrada desde el actual Paseo de los Curas, lo que nos remite de nuevo a lo considerado anteriormente, en mitad de ella está dibujada una extraña construcción cuadrada cuya naturaleza y cometido soy incapaz de averiguar. Eso sí, cabe suponer que para entonces ya había debido desaparecer la antigua laguna pese a que seguiría existiendo, al menos en parte, la hondonada que le sirviera de lecho.

La información que aporta Esteban Azaña coincide con el plano de Coello discrepando de nuevo, tal como ocurriera con la calle de las Sietes Esquinas, con el parcelario. Según este historiador la calle de la Laguna comenzaba en la de las Vaqueras y terminaba en el campo, lo cual resulta coherente con la existencia del vasto solar que aparece reflejado en ambos planos. Lo que no encaja en esta ocasión es la longitud de la calle, que Azaña fija en 168 metros mientras mis propias mediciones dan como resultado 100 metros el brazo central y unos 42 el brazo norte, por lo que sumándolos todavía faltan 26 metros para alcanzar el valor dado por éste. El brazo sur, algo más corto que el norte, mide 34 metros, de modo que la logitud total de la calle actual lo rebasa en 8; aunque no es una diferencia excesiva, no puede ser considerada puesto que Esteban Azaña deja bien claro que la calle no terminaba en la de las Vaqueras sino en el campo. Prolongando a través del solar el brazo principal de la calle los 26 metros restantes llegamos justo a la mitad de éste, lo cual si bien no es determinante ya que hubiera sido más lógico considerar su final al inicio del solar, indica claramente que para Azaña el brazo sur de la calle, aunque existiera entonces, no formaba parte de ella.

En cualquier caso no es esto lo que más nos interesa, sino la posible continuación del trazado de la calle de la Laguna sobre la primitiva ronda interior de la muralla. Y para ello, más que las fotografías aéreas dado que las edificaciones de esta zona han cambiado mucho en las últimas décadas, nos puede servir de ayuda una vez más el parcelario de 1870. Porque en definitiva, y según lo comentado anteriormente, habrá que buscar una relación entre la hipotética prolongación de la antigua ronda interna por el sur de la calle de la Laguna y la evidente, pero no fácilmente interpretable, incompatibilidad entre el actual trazado del tramo final del Paseo de los Curas y la trayectoria de las antiguas murallas hasta llegar a la Puerta del Vado.

Asumiendo pues, como hipótesis de trabajo, que también aquí, por motivos igualmente desconocidos, quedara cortada la antigua ronda medieval, ¿por dónde podría haber seguido ésta? El arranque del tramo hipotéticamente desaparecido es sencillo en su inicio, puesto que todo el fondo ciego -hasta que se abrió el paso peatonal, sensiblemente más estrecho- del brazo sur de la calle de la Laguna sigue la línea de fachada del tramo principal hasta el lugar donde se forma el rincón.




Prolongación hipotétoca por el sur de la calle de la Laguna hasta el Paseo de los Curas


A partir de este punto la búsqueda se complica ya que la actual manzana, un triángulo alargado limitado por la calle de las Vaqueras al norte, el Paseo de los Curas al sur y el brazo lateral de la calle de la Laguna al oeste está muy transformada. El antiguo solar está ocupado en su totalidad por un almacén de materiales de construcción, correspondiendo la hondonada central al patio de éste sin que ahora se aprecie ningún desnivel, probablemente por haber sido terraplenado en un momento indeterminado.

El resto de la manzana, hasta el vértice donde confluyen la calle de las Vaqueras y el Paseo de los Curas, ya estaba ocupado en 1853 y también en 1870 por varias edificaciones de planta muy parecida a la actual, aunque la mayor parte de las existentes hoy en día son de construcción reciente. Por esta razón resulta difícil discernir si por allí pudo haber pasado antaño nuestra escurridiza calle. En principio nada lo impedía, y de hecho existen precedentes en Alcalá de calles cortadas por edificios que se levantaron sobre ellas; pero siempre se trataba de construcciones de gran empaque como el convento de las Bernardas, el de las Agustinas o la Sala Capitular de la Magistral, mientras aquí nos encontramos con un barrio periférico muy poco urbanizado y de viviendas modestas, en el que incluso ya bien entrado el siglo XX abundaban los solares vacíos.

Además, hay que considerar como más probable que la calle de las Vaqueras desembocara en la antigua ronda interior de la muralla, por lo que cabe suponer que el lugar en el que ésta acaba actualmente en el Paseo de los Curas es por donde debía continuar en su día la citada ronda interior. O, si se prefiere, podemos pensar que el Paseo de los Curas, trazado en el siglo XIX en su mayor parte por el exterior de las murallas, al llegar aquí podría haber saltado sobre el antiguo recinto amurallado “fagocitando” a la ronda interior para continuar sobre su antiguo trazado hasta la Puerta del Vado.

Existe no obstante otro problema. La prolongación de la calle de la Laguna a través del solar conduce ciertamente a la línea de fachadas del vértice de la manzana pero atravesando la hondonada central, algo que parece poco probable. Las opciones posibles, asumiendo que el solar -o la era- se encontraba dentro de la muralla, son o bien que la ronda interna -es decir, la calle de la Laguna- diera un sesgo hacia el norte uniéndose a la calle de las Vaqueras, que lo hiciera hacia el sur ciñéndose a la cerca -era habitual que entre la ronda y la cerca hubiera una hilera de casas adosadas a ésta- o que acabara en la era, tal como describe Esteban Azaña, continuando una vez cruzada ésta. Aunque a priori la más probable de ellas parece la tercera, deja sin explicar su necesaria continuación hasta la Puerta del Vado a través del actual Paseo de los Curas, a no ser que fuera aquí donde se produjo el citado salto a través no de la ronda interior, que en el tramo del solar no existiría, sino del propio solar, convirtiéndose el tramo final de la antigua ronda interior, a partir del edificio pentagonal del parcelario, en la nueva ronda exterior o, si se prefiere, en el actual Paseo de los Curas.




Trazado hipotético de la ronda interior de la muralla entre las puertas de Santa Ana y del Vado
En rojo, calles actuales: Ánimas (1), Laguna (2) y Paseo de los Curas (3). En azul, tramos desaparecidos (4 y 5)


Es posible que esta explicación pueda resultar forzada, pero es la única que encuentro compatible con la evidencia de que ni la calle de las Vaqueras ni, todavía menos, la de las Damas, pudieron tener nunca una salida independiente a través de las murallas. La cuestión estriba en si podemos seguir el rastro de este entrecruzamiento en el plano de Coello y en el parcelario de 1870, siendo de lamentar que no dispongamos de un documento similar anterior al derribo de las murallas.

Para empezar, hay que volver a insistir en el hecho de que, incluso antes de su demolición, buena parte de las murallas de la ciudad eran ya unas simples tapias, en muchas ocasiones en un deplorable estado de conservación, y cabe suponer que largos tramos de las mismas se mantuvieran como tales durante bastante tiempo tan sólo para delimitar las fincas limítrofes. Según Manuel Castro Priego el deterioro de la muralla, significativo ya a mediados del siglo XVII, se acrecentó en el XVIII, ejecutándose a mediados de esta centuria frecuentes desmoches y reparaciones parciales que sustituyeron amplias zonas por tapias cuya única finalidad era la fiscal. Este desmantelamiento, según el autor, afectó a mediados del siglo XVIII a amplios tramos del suroeste de la ciudad, la zona que estamos considerando. También fue por entonces cuando se acometió la apertura de la nueva ronda exterior a las antiguas murallas, aunque no he podido determinar el momento en el que se trazó el actual Paseo de los Curas.

El deterioro prosiguió en este siglo y en las primeras décadas del XIX, agravado por la crónica escasez de medios del consistorio complutense, hasta el punto de dejar al antiguo recinto amurallado sin la menor utilidad práctica, todavía más cuando según Castro en 1847 se suprimió el antiguo impuesto del portazgo.

El problema con el que nos encontramos es que, pese al grado de detalle del parcelario, resulta imposible distinguir, a lo largo del recorrido de las murallas, si lo que aparece dibujado eran los restos de los antiguos lienzos o sólo unas tapias que podrían coincidir o no con su trazado. No obstante, llama la atención que, tras un largo recorrido de la muralla o tapia, ésta continúe a lo largo de todo el solar para desaparecer justo donde comienzan los edificios que forman el vértice de la manzana. Si nos fijamos con atención podremos apreciar además un retranqueo de la línea de fachadas de estos edificios en relación con la tapia del solar, en cuya confluencia aparece un curioso dibujo de forma pentagonal cuya naturaleza he sido incapaz de identificar, aunque aparece representado de forma distinta a las viviendas vecinas. ¿Pudiera tratarse del pozo de la nieve?

Por su parte el mapa de Coello es todavía más enigmático ya que, pese a estar más cercano a la época en la que fueron demolidas las murallas, carece de la suficiente precisión. También aquí aparecen el citado solar y la manzana triangular, aunque esta última presenta un aspecto diferente al del parcelario al faltarle aparentemente las tres o cuatro viviendas que definían la línea meridional de las fachadas, lo que provoca un retranqueo de las mismas todavía más llamativo a causa de los dos salientes que se aprecian en los extremos, uno de los cuales, el de la izquierda, podría identificarse con la enigmática construcción pentagonal. A ello se suma, por último, el llamativo corte de las calles de las Vaqueras y de las Damas, aparentemente con un simple muro, en su confluencia con la ronda.

Siguiendo con nuestra hipótesis, ¿es aquí donde el Paseo de los Curas atraviesa la línea de la desaparecida muralla para continuar por el trazado de la antigua ronda interior? Todo parece indicar que es posible que ocurriera así, ya que asumiendo esta hipótesis se consigue explicar la aparente contradicción que he comentado anteriormente. De esta manera la antigua prolongación de la calle de la Laguna habría desembocado, tras confluir primero con Vaqueras y posteriormente con Damas, en la plaza interior de la Puerta del Vado, justo frente al tramo final -hoy travesía de las Siete Esquinas- de la calle de la Portilla.

Sin embargo, todavía queda por explicar la formación de la acera opuesta del Paseo de los Curas -la de los pares- en el tramo comprendido entre la actual calle de Luis Vives -con toda probabilidad un antiguo camino- y la Puerta del Vado. En la actualidad esta manzana, que incluye a la parroquia de San Bartolomé, está totalmente urbanizada, pero nos interesa conocer el aspecto que presentaba en el siglo XIX, sin duda muy distinto al de ahora.




Reconstrucción hipotética del trazado de la muralla (azul) en las proximidades de la Puerta del Vado (rojo) en el plano de Coello


Comencemos con el plano de Coello. En 1853 la margen meridional de lo que ahora es el tramo final del Paseo de los Curas, entre la calle Luis Vives y la Puerta del Vado, aparece vacía de edificaciones y delimitada por unas tapias de lo que parecen ser huertas o fincas agrícolas. La única excepción es una pequeña manzana edificada en la curva que forma éste con la actual plaza, justo frente a donde se alzaba la ya desaparecida puerta; en la parte inferior de la manzana, ya en la plaza y por el exterior de la puerta, es donde estuvo ubicado el fielato. Tal como he dibujado el hipotético trazado de la muralla (línea azul), la calzada actual habría estado anteriormente dentro de la muralla formando parte de la ronda interior, mientras ésta discurriría de forma aproximada sobre las actuales fachadas de la acera correspondiente a la parroquia de San Bartolomé.

Es importante tener en cuenta que, tal como se aprecia en el plano, salvo en este lugar todavía no existía ningún tipo de ronda exterior por lo que actualmente es el Paseo de los Curas, ni tampoco otras calles a excepción de algunos caminos que conducían a las fincas cercanas. El aprovechamiento de este tramo de la antigua ronda interior podría haber venido motivado, tal como he comentado, por las necesidades del fielato, lo que explicaría el corte de las calles adyacentes.




Reconstrucción hipotética del trazado de la muralla (azul) en las proximidades de la Puerta del Vado (rojo) en el parcelario de 1870


En el parcelario de 1870 encontramos algunas novedades. En él ya aparece, si no trazado cuanto menos esbozado, el Paseo de los Curas, al tiempo que las tres manzanas comprendidas entre éste y la calle del Empecinado parecen haberse alargado suavizando sus recortados contornos, en especial la primera de ellas. Aunque el perfil de la margen meridional del nuevo paseo no muestra diferencias notables respecto al plano anterior, llama la atención que no esté señalada la edificación de la curva de la plaza, máxime teniendo en cuenta la existencia del fielato. En cualquier caso, la hipótesis del salto de la ronda exterior a la interior continúa siendo válida, con la matización de que esta última tuvo que ser anterior a la construcción de la primera.




Reconstrucción hipotética de la muralla (azul) en las proximidades de la
Puerta del Vado (rojo) sobre una fotografía actual. El trazado es aproximado


Esto en principio parece simplificar las cosas, ya que podríamos asumir que parte de estas tapias podrían haber aprovechado los antiguos lienzos de la muralla sólo que “dándoles la vuelta”, de modo que la antigua cara interna de los mismos sería ahora la exterior de las fincas... aunque en la práctica esta interpretación no resulta tan sencilla, ya que en el parcelario aparece dibujada una larga tapia, aparentemente sin solución de continuidad, de la cual tan sólo su parte central, desde un punto situado aproximadamente donde ahora se encuentra la parroquia de San Bartolomé hasta ya rebasada la curva cerrada que describe la manzana, podría haber coincidido con el hipotético trazado del tramo final de la antigua muralla, el cual sería atravesado de nuevo por lo que hoy es la calzada del Paseo de los Curas a la altura aproximada de la desaparecida puerta, aunque a cierta distancia de ella. Evidentemente estos restos de la antigua muralla, presumiblemente poco más que unos muros de tapial similares a los de la fotografía de Baldo, si no reemplazados por una nueva tapia, podrían haber sido prolongados por ambos lados por los propietarios de las fincas, aunque no hay manera alguna de comprobarlo.






Arriba, confluencia del tramo final del Paseo de los Curas con la Puerta del Vado a principios
de los años 60; nótese la angostura de la calle. Fotografía de Baldo. Abajo, aspecto actual


¿Solucionado? Pues... no del todo, ya que todavía nos queda por explicar la curva que forma allí la acera de los pares y que ya aparece prácticamente igual en el plano de Coello y en el parcelario. El problema estriba no en que la curva sea muy cerrada, sino en que su curvatura es justo la contraria de la que habría cabido esperar de seguir la nueva calle, siquiera de forma aproximada, el trazado de la antigua muralla con independencia de que lo hiciera por fuera o por dentro. Si nos fijamos en el conjunto del antiguo recinto amurallado medieval, cuyos límites todavía se puede seguir bastante bien en el entramado urbano de Alcalá, vemos que al ser éste de forma aproximadamente circular con anterioridad a la ampliación más allá de la plaza de Cervantes, los distintos tramos de las murallas solían ser convexos, es decir, con la curvatura hacia afuera. Obviamente las fachadas de la margen opuesta, cuando éstas se construyeron, tuvieron que ceñirse a la curvatura contraria, cóncava, para adaptarse a ellos dejando por medio una ronda.

Pero aquí ocurre justo lo contrario, ya que en el tramo comprendido entre la calle de las Vaqueras -o un poco antes, para ser precisos- y la Puerta del Vado la curvatura de ambas aceras se invierte, pasando a ser cóncava la correspondiente al casco antiguo y convexa la de la Rinconada... lo que implica unas modificaciones más complejas que las que hemos considerado hasta ahora, sobre todo teniendo en cuenta que si bien la acera de los pares carecía prácticamente de edificaciones a mediados del siglo XIX, no ocurría lo mismo con la del casco antiguo, en la que el trazado original de las fachadas estrechaba todavía más la calzada con anterioridad a su retranqueo tras la construcción, ya en la década de 1960, del edificio que actualmente se levanta en la esquina de la calle del Empecinado.

Asimismo, cabe preguntarse la razón por la que se actuó de esta manera cuando lo más lógico, tal como se hizo en el resto del antiguo perímetro amurallado, hubiera sido ceñirse al trazado de la ronda exterior sin aventurarse en semejantes vericuetos. Alguna razón tuvo que haber, evidentemente, pero ¿cuál?




Tramo final del Paseo de los Curas, trazado quizás sobre la antigua ronda interior de la muralla
En primer plano, confluencia de la calle de las Damas. Más allá, la de las Vaqueras


La explicación más inmediata consiste en suponer la existencia de algún tipo de obstáculo que no resultara fácil esquivar, como por ejemplo un arrabal, pero ésta queda descartada puesto que, hasta hace poco más de cincuenta años, en toda esa zona lo único que había eran fincas y huertas y, como mucho, algunos pequeños edificios posteriores a 1870 -no aparecen en el plano- y, por lo tanto, también al trazado del Paseo de los Curas.

De hecho, los únicos arrabales extramuros que hubo en Alcalá con anterioridad a la demolición de las murallas se crearon tanto hacia el este, primero el de Santa María, englobado por la ampliación de la muralla del siglo XV y posteriormente los de las calles Cruz de Guadalajara y Encomienda, como hacia el norte el de la Cruz Verde y la calle de los Gallegos.

Lo que sí había eran pequeños núcleos de edificios en las afueras de las principales puertas, dedicados por lo general a posadas, almacenes u otros usos relacionados con el trasiego de viajeros y mercancías. Éstos se aprecian en el grabado de van Wingaerde, tanto en los aledaños de la Puerta de Madrid como en la de Santa Ana, aunque en este último caso cabe pensar que se tratara más bien de explotaciones agrícolas. Sin embargo la zona exterior de la Puerta del Vado aparece completamente vacía, sin más construcciones cercanas -pero no inmediatas- que la Cruz de San Sebastián, la ermita homónima, ambas situadas en el lugar que hoy ocupa el barrio de la Rinconada y, ya a la altura del puente Zulema y bastante alejado de la puerta, el molino cuyas ruinas aún perduran.

Claro está que la situación pudo cambiar en el transcurso de los tres siglos que mediaron entre el grabado de van Wingaerde y la demolición de las murallas y de la Puerta del Vado; y de hecho cambió, puesto que en el parcelario aparece dibujada, en la zona que fuera extramuros, una manzana de considerable extensión... pero tan sólo en el lado de la Ronda de la Pescadería, mientras en el opuesto, que es el que nos interesa, tan sólo figuran las mencionadas tapias, sin nada en su interior o, como mucho, con la pequeña manzana del fielato. Cabe la posibilidad de que en el momento de derribar las murallas -o de dejarlas como simples cercas, tanto da- hubiera allí algún tipo de obstáculo adosado a ellas, pero dado que éste no aparece reflejado en el parcelario, no parece que pudieran ser viviendas o algún otro tipo de edificaciones.

En mi opinión la respuesta se encuentra no en el parcelario de 1870 sino en el plano de 1853, donde ya aparece claramente dibujado el tramo del Paseo de los Curas comprendido entre Luis Vives y la Puerta del Vado -curiosamente el más tortuoso- pero no el resto del mismo, posterior a éste en varias décadas. En consecuencia, cabe suponer que se tratara de dos intervenciones urbanísticas diferentes en sus motivaciones y separadas en el tiempo, la primera con objeto de disponer de un espacio suficientemente amplio en las inmediaciones del fielato y la segunda construyéndose una ronda de circunvalación que facilitara los desplazamientos entre los distintos barrios de la ciudad. Esto explicaría las notables diferencias urbanísticas existentes entre las dos zonas, y al no plantearse en un principio la construcción de una larga ronda extramuros que llegara hasta la Puerta de Madrid, resulta bastante lógico que se aprovechara una parte de la primitiva ronda interior, que debía tener poco uso al pasar por la zona prácticamente deshabitada que rodeaba a la hondonada de la antigua era. Cuando años después se construyera el Paseo de los Curas se optaría por la solución más sencilla, aprovechando lo que ya estaba hecho aun a costa de que el conjunto final resultara un tanto forzado desde un punto de vista urbanístico.

En cualquier caso, dada falta de documentación de que disponemos tan sólo nos cabe especular. Y aunque sigamos sin poder desentrañar por completo las razones que motivaron esta llamativa intervención urbanística, de lo que no cabe duda es que el lugar donde se asentó durante siglos la Puerta del Vado es justo donde se alza el antiestético aparcamiento creado recientemente en la bifurcación del Paseo de los Curas con la calle del Empecinado, más concretamente entre éste y la fachada del edificio que hace esquina con la Ronda de la Pescadería. De eso, al menos, sí podemos estar seguros.




1 Atlas de España y sus posesiones de Ultramar. Francisco Coello de Portugal y Quesada. Madrid, 1853. Descargado de Planea.
2 Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Pascual Madoz. Madrid, 1845-1850.
3 Descargado de Planea.
4 PERDIGÓN PUEBLA, Baldomero. Alcalá Blanco y Negro. 1960 - 1970. Edición del autor. Alcalá de Henares, 2000.
5 LLUL PEÑALBA, Josué. El derribo de la muralla de Alcalá de Henares en el siglo XIX. Anales del Instituto de Estudios Madrileños. Tomo XLVI (2006), pp. 395-418.
6 ROMÁN PASTOR, Carmen. Arquitectura conventual de Alcalá de Henares. Institución de Estudios Complutenses. Alcalá de Henares, 1994.
7 CASTRO PRIEGO, Manuel. La Problemática del Registro Arqueológico de Alcalá de Henares y la aplicación de Nuevas Tecnologías. Tesis doctoral. Universidad de Alcalá, 2011.
8 GARCÍA SALDAÑA, José (firmado como Felipe Hidalgo). Lo que va de ayer a hoy. El “Pico del Obispo”. Puerta de Madrid, nº 1.303, 26-9-1992.
9 AZAÑA CATARINEU, Esteban. Historia de Alcalá de Henares, tomo II (1883). Edición facsímil. Universidad de Alcalá de Henares (1986).
10 ROMÁN PASTOR, Carmen. El recinto amurallado de Alcalá de Henares. La Edad Media. Acervo, nº 3-4. Brocar, 1992.

Todas las fotografías aéreas han sido tomadas de Google Maps.



Publicado el 2-12-2016
Actualizado el 17-2-2021