La desaparecida Puerta del Vado





Grabado de Anton van Wyngaerde de 1565. La flecha negra indica la situación de la Puerta del Vado


De las cuatro puertas principales que durante siglos se abrieron en las murallas complutenses -las de Burgos, Guadalajara, Madrid y del Vado-, a las cuales se sumaban varios portillos o puertas menores que daban acceso a las huertas y terrenos vecinos, la más importante de todas a lo largo de toda la Edad Media fue sin duda esta última ya que de ella partía el camino que conducía a Toledo, sede del poderoso arzobispado a cuya jurisdicción pertenecía Alcalá y la principal metrópolis de la zona muy por encima de Madrid, a la que le quedaba todavía mucho para ser la capital de España.

La puerta se encontraba, como cabe suponer, en la plaza que todavía hoy lleva su nombre, pero a la hora de determinar su ubicación exacta nos encontramos con un margen de al menos quince o veinte metros entre las posibles opciones. Esto la diferencia de otras de las que se conoce con precisión donde estaban situadas, bien porque se hayan conservado como la de Burgos, hoy englobada en la huerta del convento de las Bernardas, o la de Madrid, levantada en el siglo XVIII sobre los cimientos de la anterior, o bien porque existen vestigios urbanísticos o documentos históricos -e incluso gráficos- que permiten situarlas con exactitud, como la de los Mártires o la de Aguadores.

En el caso de la Puerta del Vado no ocurre así, al menos que yo sepa. Y aunque no cuento con más documentación que el detallado plano catastral de 1870, el grabado de Alcalá de Anton van Wyngaerde de 1565, varias interesantes fotos de Baldomero Perdigón1 de principios de los años sesenta, las fotografías aéreas de Google Maps y un artículo de Josué Llul Peñalba2 dedicado al derribo de la muralla, voy a intentar deducir donde pudo alzarse la puerta comparándola con otras mejor conocidas. En aras de una mayor sencillez, he optado por utilizar los nombres actuales de las calles en lugar de los originales, en su mayor parte distintos y, por lo general, poco conocidos.




La Puerta de Burgos en 1988, antes de su derrumbe. Hoy está reconstruida
Fotografía de Luis Alberto Cabrera


Conviene, no obstante, comenzar con un breve repaso de lo que se conoce acerca del recinto amurallado de Alcalá. Lo primero que hay que tener presente es que las puertas medievales, e incluso las construidas tras la ampliación de mediados del siglo XV, que englobó al antiguo arrabal de Santa María trasladando la muralla desde la plaza de Cervantes hasta los Cuatro Caños y la Puerta de Aguadores, no tenían mucho de espectacular; en realidad, tal como se puede apreciar en las dos que se conservan, la de Burgos y la del Albácar, que daba acceso a la ciudadela del Palacio Arzobispal y actualmente al Antiquarium de la Huerta del Obispo, y también en el grabado de van Wyngaerde, éstas eran simples torreones en cuya planta inferior se abría un arco que permitía atravesarlos. Nada que ver, pues, con las puertas ornamentales como la de Madrid -la actual, se entiende- o el Arco de San Bernardo, construidos ambos en épocas más tardías.

Asimismo, es preciso recordar que las murallas, salvo en casos muy excepcionales como la Guerra de la Independencia, habían perdido su misión defensiva ya en el siglo XVI, lo que no impidió que éstas se mantuvieron en pie hasta bien entrado el siglo XIX ya que siguieron desempeñando una función fiscal. Los ayuntamientos cobraban unos impuestos denominados portazgos a las mercancías que entraban y salían de las poblaciones, y el pago de los mismos se hacía en los fielatos, unas aduanas locales ubicadas frente a las puertas que daban acceso a ellas. Por esta razón a los responsables municipales no les interesaba que hubiera lugares por los que se les pudieran colar las mercancías evadiendo el pago de los portazgos, siendo mucho más difícil su control en caso de no existir las murallas.

Los destrozos causados por la invasión francesa, unidos al deterioro producido por el tiempo y por la incuria municipal que no mostraba gran interés en repararlas, hicieron que cuando fueron demolidas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, a excepción de las que delimitaban el recinto del palacio arzobispal, se encontraran reducidas en su mayor parte a un estado de poco más que unas tapias ruinosas, con algún que otro torreón aislado y las diferentes puertas en similar estado.




El Colegio de los Basilios visto desde el Paseo del Val. Al fondo, a la derecha, se aprecia la Puerta de Aguadores
Fotografía de 1860 propiedad de José Félix Huerta, tomada de la monografía de Josué Llul


Las propias puertas no corrieron mejor suerte ya que, según los criterios de la época, entorpecían el tráfico y afeaban las calles. Algunos de los portillos habían desaparecido hacía ya tiempo, y el resto de ellas lo fueron haciendo en su mayor parte durante el reinado de Isabel II. La Puerta de Mártires fue demolida en 1853 con la promesa de levantar una nueva, algo que no se hizo. La de Santiago, situada en la actual plaza de Atilano Casado, lo fue hacia 1864. La que más resistió en pie fue la de Aguadores, de la que se conserva una fotografía, ya que se mantuvo hasta 1881. Incluso las dos que junto a la de Burgos, preservada en el interior de la huerta de las Bernardas, lograron sobrevivir, el Arco de San Bernardo, y la Puerta de Madrid, estuvieron a punto de ser víctimas de la piqueta, a finales del siglo XIX el primero y a principios del siglo XX la segunda. Aparte de estas tres últimas y de la de Aguadores ninguna más aparece en el parcelario de 1870, lo que indica que todas ellas desaparecieron con anterioridad a la confección de este detallado plano en el que todavía aparece reflejada buena parte del foso que rodeaba las murallas, todavía sin cegar, e incluso los pontoncillos que servían para salvarlo.

Es preciso considerar, antes de seguir adelante, ciertas tendencias generales del urbanismo medieval que, aunque no siempre se presentaban, sí solían ser frecuentes. Las puertas se abrían por su cara exterior a los caminos -entonces no existían carreteras- que formaban la red viaria de la época, y por la interior a unas calles principales que convergían en el centro de la población siguiendo un esquema aproximadamente radial que en el caso de Alcalá se sigue conservando en su mayor parte. Éstas oficiaban de colectores en los que confluían las calles secundarias siguiendo una pauta similar a la de las ramas de un árbol, ya que sólo por las puertas se podía entrar o salir de la población y esto hacía inviable el trazado en retícula característico de las antiguas ciudades romanas que posteriormente recuperarían los urbanistas del Renacimiento. Por último, junto a la cara interior de las puertas era bastante habitual la existencia de una pequeña plazoleta formada por la confluencia de varias calles -entre ellas las rondas interiores de ambos lados- que servía de desahogo en unas tramas urbanas tan abigarradas como eran las medievales.




Planta hipotética de la Alcalá medieval
Plano tomado de Arquitectura conventual de Alcalá de Henares3, de Carmen Román Pastor


En el caso de Alcalá existían dos ejes principales que cumplían esta misión, uno norte-sur que iba desde la Puerta de Burgos hasta la del Vado, y otro este-oeste que unía a la Puerta de Guadalajara con la de Madrid, los cuales se cruzaban en las proximidades de la plaza de los Santos Niños. Es preciso recordar que entonces no existía esta plaza, abierta a finales del siglo XIX tras la demolición de las viviendas que ocupaban la mayor parte de su superficie, sino dos pequeñas plazuelas situadas a ambos lados de la Catedral-Magistral que fueron absorbidas por ella. La de Abajo, o de la Picota, estaba formada por la confluencia de las calles Mayor, Escritorios, Empecinado, San Felipe y la desaparecida de los Bodegones, que discurría por la calzada actual de la plaza. Al otro extremo se encontraba la del Piojo, o de los Santos Niños, en la que se cruzaban las calles de los Bodegones, San Juan, de la Tercia y Cardenal Cisneros.




Entorno de la Catedral-Magistral antes de que se construyera la plaza de los Santos Niños
Tomado del parcelario de 1870


Pese a su pequeño tamaño la plaza de Abajo fue durante siglos el centro neurálgico de Alcalá, ya que la plaza de Cervantes era entonces una explanada situada extramuros. Era allí donde se alzaba la picota, de ahí su otro nombre, y a su lado se ubicaba la parroquia de los Santos Justo y Pastor que andando el tiempo devendría en la actual Catedral-Magistral. Y, tal como he indicado, constituía asimismo el cruce de los dos ejes viarios que conducían a las principales puertas y que conviene estudiar con más detalle.

El primero de estos dos ejes arrancaba en la calle de Segovia, desaparecida en el siglo XVII tras la construcción del convento de las Bernardas, en parte ocupada por el edificio del convento y el resto englobado en la actual plaza. A partir de la plaza de Palacio continuaba por la calle de San Felipe, la plaza de Abajo y la calle del Empecinado, que entonces eran dos diferentes, la de la Carnicería hasta su cruce con Santa Catalina, y la de las Becerras desde allí hasta la Puerta del Vado.

El segundo comenzaba en la primitiva puerta de Guadalajara, situada al inicio de la calle Mayor aproximadamente a mitad de distancia de la plaza de Cervantes y del cruce con las calles Cervantes y Ramón y Cajal, ya que la muralla primitiva no pasaba por la actual línea de fachadas de la plaza de Cervantes, sino por mitad de la manzana. En el siglo XV, tal como he comentado, la ampliación del recinto amurallado realizada por el arzobispo Carrillo trasladó la puerta al final de la calle Libreros. Tras recorrer toda la calle Mayor, cuyo trazado actual es muy similar al medieval, llegaba a la plaza de Abajo y desde allí, por las calles de los Bodegones y del Cardenal Cisneros, acababa en la Puerta de Madrid.

Respecto a las plazas situadas tras a las puertas, había un poco de todo. Dado que la calle de Segovia limitaba por un lado con la fachada oriental del Palacio Arzobispal y por el otro con el barrio morisco de la Almanjara, que al igual que el judío formaba un núcleo cerrado apenas integrado en la trama urbana de la villa, no existían calles que confluyeran a ella ni tampoco, posiblemente, plaza junto a la Puerta de Burgos, y algo similar debía ocurrir con la puerta de Guadalajara al abrirse ésta en pleno corazón de la judería. Sin embargo la Puerta de Madrid sí conservaba, y sigue conservando, una estructura arborescente que desemboca en un espacio abierto de regulares dimensiones, algo que se repite a menor escala en la Puerta de Santa Ana pese a tratarse de un portillo secundario que conducía a las huertas del actual barrio de Reyes Católicos y, quizá, también existía en la primitiva Puerta de las Tenerías, otro portillo que se abría en la confluencia de las calles Santa Úrsula y Trinidad con la plaza de Rodríguez Marín, dando acceso a las huertas del Val.

Pasemos ahora a considerar lo poco que sabemos de la Puerta del Vado, que acabaría perdiendo buena parte de su pasada importancia, en beneficio de la de Madrid, una vez que esta villa se convirtió en la capital de España. Según apunta Josué Llul a principios del siglo XIX, es decir, tras la Guerra de la Independencia, debía de estar ya muy deteriorada, pero se desconoce la fecha exacta de su demolición aunque ésta tuvo que ser, dado que no aparece en el parcelario de 1870, anterior a esta fecha.




Antiguo fielato de la Puerta del Vado. Fotografía de Baldo


Gracias a una fotografía de Baldo, fechada en 1963, sabemos donde estuvo el antiguo fielato, que sobrevivió un siglo a la demolición de la muralla y de la propia puerta; éste se encontraba al final de la curva que describe la acera de los pares -la de la parroquia de San Bartolomé- del Paseo de los Curas, aunque ya en la plaza y aparentemente algo antes de la actual Fuente de las Cigüeñas. Este dato es importante puesto que con mucha probabilidad estaba extramuros, lo que nos permite fijar un límite máximo a la posición de la puerta.

También hemos de tener otra cuestión en cuenta, el trazado de los dos lienzos de muralla que convergían en la Puerta del Vado: el que desde la Puerta -en realidad postigo- de Santa Ana bordeaba el actual Paseo de los Curas, y el que por la Ronda de la Pescadería enlazaba con el portillo de San Julián en su confluencia con la calle del mismo nombre. Sin embargo, tropezamos con el problema de que, si dibujamos sobre una fotografía aérea el trazado hipotético de ambos siguiendo la línea actual de las respectivas fachadas, nos encontramos con que éstas no confluyen, ya que la primera nos conduce al final de la calle del Empecinado, unos veinte metros por detrás de la esquina de la Ronda de la Pescadería, que es donde lo haría la segunda. Y desde luego hay constancia de que la puerta era perpendicular a la calle del Empecinado, por la parte interior, y al actual Paseo de Pastrana por la exterior, por lo cual ambos lienzos de muralla necesariamente tenían que unirse a la puerta a una misma altura, algo incompatible con esta considerable distancia.




La Puerta del Vado en el grabado de Anton van Wyngaerde


El grabado de van Wyngaerde confirma esta suposición. En éste la Puerta del Vado está perfectamente dibujada y además rotulada con su nombre, por lo que no existe ninguna posibilidad de error. Dada la perspectiva del dibujo la puerta se ve por su cara interna, pudiéndose apreciar que en el momento en el que éste fue dibujado en 1565 se trataba de un simple torreón, con las almenas parcialmente desmochadas por cierto, en cuyo cuerpo inferior se abría un arco. Por supuesto, su orientación es la correcta y ambos lados de las murallas coinciden en su trazado.

Así pues, volviendo a la trama viaria actual, nos encontraríamos a priori con dos posibles alternativas. En la primera, la muralla seguiría la línea actual de fachadas del Paseo de los Curas hasta su confluencia con la calle del Empecinado, al final de la cual se habría encontrado la puerta, siguiendo después por la travesía de las Siete Esquinas para enlazar con la línea de fachadas de la Ronda de la Pescadería pasado ya el cruce con la calle de las Siete Esquinas. En consecuencia, quedarían extramuros tanto la pequeña manzana comprendida entre la travesía y la ronda como el inicio de la siguiente manzana, entre la ronda y la calle de la Portilla, cortada esta última en diagonal de una manera muy poco verosímil.






Trazado descartado de la muralla (azul) y la Puerta del Vado (rojo) al final de la calle del Empecinado
Arriba, parcelario de 1870. Abajo, fotografía actual


La segunda opción consistiría en seguir el trazado de la muralla hasta el final de la Ronda de la Pescadería, dejando ahora la citada manzana -y por supuesto la totalidad de la anterior- dentro del recinto amurallado. La puerta se encontraría ahora a la altura de la esquina de la ronda con la plaza, unos veinte metros más adelantada que en el caso anterior, lo que dejaría una plazoleta entre ella y el final de la calle del Empecinado de forma similar a como ocurre en las puertas de Madrid y de Santa Ana. En principio esta posibilidad parece la correcta, pero nos plantea el problema de que resulta difícil de conciliar con el posible trazado final de la muralla por el otro lado, ya que sería preciso desplazarla al menos hasta la acera opuesta de la curva que describe el Paseo de los Curas, una intervención urbanística nada evidente y de la que no conozco evidencia documental alguna.




Los dos torreones del Paseo de los Curas en el parcelario de 1870


Tenemos, no obstante, algunas referencias. En el plano de 1870 aparecen dos torreones aislados, en lo que hoy es la fachada de los impares del Paseo de los Curas, a la altura de la calle de la Laguna, y una fotografía de Baldo, también de principios de los años sesenta, dejó constancia de la existencia, que perduró hasta la década siguiente, de unos restos de la muralla algo más adelante, a la altura del actual número 29 aproximadamente frente a la calle de Luis Vives. Según José García Saldaña4 la vivienda que aparece empotrada entre los dos muros de tapial se alzaba sobre el solar de un antiguo torreón -probablemente el siguiente a los dos del parcelario- que fue utilizado hasta su derribo como pozo de la nieve, es decir como depósito de hielo, aprovechando el espesor de sus paredes. Esto nos indica que, al menos hasta ese lugar, la muralla se ceñía de forma aproximada a la línea actual de fachadas, pero todavía nos encontramos demasiado lejos de la Puerta del Vado como para que estos datos nos puedan ser útiles para determinar por donde pudo haber seguido originalmente la muralla en el tramo más problemático.




Arriba, restos de la muralla en el Paseo de los Curas. Fotografía de Baldo
Abajo, aspecto actual de ese tramo del Paseo de los Curas


Gracias a un hallazgo reciente es posible precisar algo más. En diciembre de 2016, al abrirse una zanja a lo largo de la travesía peatonal que discurre entre la calle de la Laguna y el Paseo de los Curas, apareció un muro de ladrillo y argamasa que, dada su ubicación, hubo de pertenecer a uno de los torreones que figuran en el parcelario, concretamente al situado a la derecha del plano. No existe otra posibilidad puesto que, tal como se aprecia, en este lugar no existían más edificaciones que los dos torreones, siendo el resto unas simples tapias en 1870 y posiblemente, a juzgar por la fotografía de Baldo, no mucho más con anterioridad al derribo de la muralla. Asimismo su reducida anchura, de apenas unas pocas decenas de centímetros, indica que no puede tratarse de los cimientos de uno de los muros perimetrales del torreón, considerablemente más anchos, sino del hueco, quizá el quicio de una puerta, que se aprecia claramente en la parte trasera -la que miraba hacia la calle de la Laguna- de éste, hipótesis que parece confirmar el hecho de que no apareciera un segundo muro paralelo a ésta a lo largo de toda la zanja, como hubiera debido ocurrir de haber pertenecido a la parte delantera del torreón.

La conclusión no puede ser otra sino que las fachadas de los edificios actuales no discurren en realidad sobre las antiguas tapias del parcelario, que estaban adosadas a las caras delanteras de los dos torreones, sino algo más atrás, aproximadamente a la altura de las caras traseras de los mismos. Este dato es importante ya que, de ser así, sus cimientos no habrían desaparecido bajo éstos sino que estarían con mucha probabilidad, al menos los del segundo de ellos, bajo la acera y el aparcamiento del Paseo de los Curas, algo que podría quedar aclarado mediante una prospección arqueológica.




Estructura aparecida en diciembre de 2016 junto al Paseo de los Curas


Así pues, partiendo de la trama urbana actual, ahora podemos intentar analizar cual pudo ser el trazado original de la muralla, que aparentemente no sufrió modificaciones de importancia hasta su demolición junto con la propia puerta. Es preciso advertir que algunos autores apuntan la existencia de una expansión hacia el sur de la muralla a finales de la Edad Media, lo que habría acarreado el derribo de la primitiva puerta, ubicada aproximadamente a la altura de la calle Infanta Catalina, y la construcción de una nueva al final de la calle del Empecinado. Esta intervención es peor conocida que la ampliación de la muralla hasta los Cuatro Caños y la Puerta de Aguadores que incluyó en su interior al importante arrabal de Santa María, aunque explicaría el hecho de que, hasta épocas recientes, buena parte de los terrenos situados entre el Paseo de los Curas y la calle de las Vaqueras, e incluso entre ésta y la de las Damas, se mantuvieran en gran parte vacíos de edificaciones.

En cualquier caso esto no influye en nuestro estudio, puesto que el trazado de las murallas por el Paseo de los Curas y la Ronda de la Pescadería, reflejado con todo detalle en el grabado de van Wingaerde, perduró sin cambios aparentes desde finales de la Edad Media hasta su demolición a mediados del siglo XIX.

Centrémonos ahora en la trama viaria de la parte meridional del casco antiguo. Si nos fijamos con atención vemos que el ya aludido esquema arborescente, con las calles secundarias convergiendo en la principal o en las inmediaciones de la puerta, se aprecia aquí con toda nitidez aunque de forma incompleta, algo que no es de extrañar ya que esta zona, ocupada en su totalidad en la Edad Media por los barrios cristianos, estaba libre de las restricciones urbanísticas impuestas al norte de la población por la ciudadela del Palacio Arzobispal por un lado, y los barrios musulmán y judío por el opuesto, lo que le permitió estructurarse sin trabas de ningún tipo.




Fotografía aérea de la zona sur del casco antiguo, donde se aprecia la estructura viaria
arborescente que confluye en la Puerta del Vado o en sus cercanías


Tomando como referencia la calle del Empecinado, el principal eje viario en torno al cual se articulan el resto de las calles, vemos que por el oeste, o por la acera de los pares si se prefiere, desembocan en su tramo final, o en sus proximidades -más adelante precisaremos este importante detalle-, las calles Infanta Catalina, Damas y Vaqueras, y por el lado este, o la acera de los impares, la de la Merced y la calle y la travesía de las Siete Esquinas, pudiendo considerarse a esta última como una prolongación de la calle de la Portilla.

Sin embargo, junto con el ya apuntado inconveniente de que ambos ramales del hipotético trazado de las murallas se empeñan tozudamente en no coincidir, nos encontramos con otro problema no menos peliagudo: en realidad las calles de las Damas y las Vaqueras no acaban en la calle de El Empecinado, tal como hubiera cabido esperar, sino en el Paseo de los Curas; cerca de la Puerta del Vado, pero no en ella. Por pura lógica hay que descartar que ninguna de estas dos calles tuviera una salida directa por la muralla, ya que no tenía sentido que hubiera dos puertas -y todavía menos tres- casi contiguas, por lo que si no desembocaban en la calle del Empecinado forzosamente tendrían que haberlo hecho en la ronda interior de la muralla, de la cual no queda el menor vestigio.

¿De qué manera podemos abordar esta aparente contradicción? Fijémonos primero en el tramo de la Ronda de la Pescadería, a mi modo de ver el menos problemático. Lo primero que llama la atención es la confluencia de la calle de las Siete Esquinas con la Ronda de la Pescadería a apenas cuarenta metros de distancia de la hipotética ubicación de la puerta, algo llamativo puesto que, por idénticas razones a las expuestas en el párrafo anterior, allí nunca pudo existir puerta alguna de ningún tipo. De hecho la muralla discurría sin solución de continuidad hasta el Portillo de San Julián, situado en el otro extremo de la Ronda de la Pescadería, tras un recorrido de casi cuatrocientos metros.




Medianería del tramo final de la calle Siete Esquinas


La explicación es sencilla si nos fijamos en el último tramo de la calle de las Siete Esquinas que discurre entre el cruce con la travesía de las Siete Esquinas y la Ronda de la Pescadería. De apenas diez metros de longitud es por el contrario sensiblemente más ancho que el resto de la calle, y describe además un ángulo bastante pronunciado para confluir perpendicularmente con la ronda. Con toda probabilidad este tramo debió de ser abierto tras la demolición de las murallas, como ocurrió más allá en la misma acera con la calle del Licenciado Vidriera al construirse el Matadero. Es evidente que, una vez desaparecidas las murallas, ya no tenía sentido que no hubiera ningún acceso al interior del antiguo recinto amurallado a lo largo de varios centenares de metros, lo que justificaba su permeabilización mediante la apertura de nuevas calles que evitaran dar largos rodeos.

Además, si nos fijamos en los dos únicos edificios que lo limitan vemos que, si bien uno de ellos es de construcción reciente y por lo tanto no nos aporta información alguna, el otro tiene la fachada orientada a la calle de la Portilla, siendo tanto la fachada lateral que linda con este tramo de la calle de las Siete Esquinas, como la trasera que da a la ronda, tan sólo unas tapias con aspecto de medianerías, lo que refuerza la tesis de que adosado entre ambos debió de existir en su momento un tercer edificio que habría sido demolido para dar salida a la calle. Esto debió de ocurrir con anterioridad al parcelario de 1870, puesto que en éste aparece una disposición similar a la actual... con una salvedad que pudiera tener su importancia.






Arriba, marcado con un círculo, el edificio desaparecido en el parcelario de 1870, posiblemente
adosado con anterioridad a la Puerta del Vado. Abajo, fotografía actual de esta misma zona


Fijándonos con detenimiento en esta pequeña manzana, hoy ocupada en su totalidad por una única edificación, nos encontramos con que entonces estaba repartida en dos fincas una de las cuales, precisamente la que daba a la plaza, era de un tamaño muy reducido, con apenas unos cinco metros de profundidad, demasiado poco para tratarse una vivienda. Además su fachada era más corta que la del edificio vecino y sobresalía uno o dos metros respecto a la línea de fachada de la acera de los impares de la calle del Empecinado, algo que no ocurre con el edificio actual ya que éste se corresponde con la finca contigua.




Aspecto actual del edificio aislado de la Puerta del Vado


Mi opinión es que esta pequeña edificación, hoy desaparecida, debió de estar adosada en su día a la Puerta del Vado, lo que explicaría que pese a lo reducido de su tamaño, no mucho mayor que una habitación, en 1870 tuviera al menos dos entradas, una que daba al exterior de la plaza y la otra directamente a la puerta. Aparentemente esta construcción habría sido derribada en una fecha posterior, y su solar incorporado a la plaza.

Una vez admitida esta hipótesis, el resto se explica por sí solo. Inicialmente la calle de la Portilla, sin duda la ronda interior de la muralla en esa zona, debía continuar hasta la Puerta del Vado por la actual travesía de las Siete Esquinas, mientras la calle de este nombre moriría en ella formándose así el colector arborescente de ese lado de la calle del Empecinado.

Claro está que en realidad este eje Portilla-Siete Esquinas no desembocaría en la misma Puerta del Vado sino unos quince o veinte metros -el ancho de la manzana- más atrás, con toda probabilidad en una pequeña plazoleta interior desaparecida tras la demolición de la puerta al quedar unida a la plaza, o explanada exterior, situada al otro lado de ésta.




Aspecto actual de la Puerta del Vado vista desde el Paseo de los Curas. La puerta habría estado
situada, de forma aproximada, entre el edificio aislado del centro de la fotografía y la isleta del reloj


De hecho, si nos fijamos en las fotografías aéreas de la Puerta del Vado actual vemos que la plaza tiene una forma alargada en la que se pueden entrever con facilidad estos dos antiguos recintos: el exterior, que vendría a coincidir con la actual glorieta ajardinada en la que se alza la Fuente de las Cigüeñas, y el interior, que estaría comprendido entre el final de la calle del Empecinado y la Ronda de la Pescadería. La Puerta del Vado habría estado situada entre ambos, aproximadamente sobre la pequeña isleta que divide en dos la calzada en el tramo final del Paseo de los Curas, y adosada al edificio desaparecido que todavía se conservaba en 1870.

Hasta aquí todo ha resultado relativamente sencillo, pero todavía nos queda pendiente lo más peliagudo, intentar reconstruir como pudo ser la trama viaria original por el lado del Paseo de los Curas, por fuerza diferente de la actual. Y para ello, lo mejor es que fijemos nuestra atención bastante más al norte, en la zona comprendida entre la Puerta de Santa Ana y la del Vado y, en especial, en la calle de la Laguna, una olvidada calle medieval que, no obstante, puede proporcionarnos una información interesante.

La calle de la Laguna está situada entre la de las Vaqueras y el Paseo de los Curas, dándose la circunstancia de que presenta un curioso trazado en forma de letra C mayúscula, con un tramo central paralelo a estas dos calles y dos brazos laterales que se unen éste formando un ángulo recto y dan salida, en ambos casos, a la calle de las Vaqueras. Hace unos años, a raíz de la construcción de un edificio de viviendas, se abrió el brazo comunicándolo mediante una travesía peatonal con el Paseo de los Curas; pero como se trata de una intervención urbanística muy posterior a la época en la que está centrado nuestro estudio, no la tendré en cuenta ciñéndome al trazado tradicional de la calle, que carecía de conexión alguna con el paseo.




Tramo central de la calle de la Laguna, de indudable origen medieval


En lo que respecta al tramo central, mucho más largo que los dos brazos laterales, todo parece indicar que en su momento debió de formar parte de la ronda interna de la antigua muralla, ya que discurre paralelo al que fuera su trazado y a no demasiada distancia de ésta. Pero hay dos detalles que no acaban de encajar. En primer lugar, su longitud -alrededor de unos cien metros- es demasiado corta en comparación con el largo recorrido -más de cuatrocientos cincuenta- que separa a la Puerta de Santa Ana de la del Vado, que nunca contó con ninguna puerta ni portillo intermedio. Asimismo están los dos extraños recodos de noventa grados que forma con los brazos laterales; si bien es cierto que las calles medievales podían, y solían, ser tortuosas, no era nada habitual que se doblaran de semejante manera, y menos aún por partida doble.

Mi hipótesis es que el citado tramo central sobrevivió tras ser cortada la primitiva ronda interior por ambos extremos. Para evitar que quedara aislada habría sido necesario abrir -si no existían previamente- los dos brazos citados, gracias a los cuales se pudo comunicar con el resto de la ciudad a través de la calle de las Vaqueras. Desconozco tanto los motivos de esta hipotética intervención urbanística como el momento en el que pudo ser realizada, anterior a 1870 puesto que en el parcelario aparece ya con esta disposición; pero conviene intentar rastrear la información que podemos obtener de esta curiosa forma.




Recodo norte de la calle de la Laguna


Comencemos por el extremo norte. Aún hoy -y todavía más en 1870- se aprecia con nitidez que la calle está pidiendo a gritos continuar en esa dirección en lugar de doblar en ángulo recto. De hecho, la fachada del brazo transversal en el lugar del recodo es una simple tapia, tras la cual se abre un solar, posiblemente una antigua huerta, que se extiende hoy hasta las fachadas traseras de los edificios de la vecina calle de las Ánimas, pero que en el siglo XIX alcanzaba hasta la misma calle.

Aún hay más. La calle de las Ánimas, tal como he comentado en otro artículo, es el tramo final de un largo eje viario, de evidente origen medieval, que arranca en la calle de la Trinidad y continúa por Cárcel Vieja, Emperador Fernando, Santa Catalina, Rico Home y la propia Ánimas, hasta desembocar en la Puerta de Santa Ana. Y, pese a ser una calle corta -unos ciento veinticinco metros-, presenta un llamativo sesgo de unos treinta grados hacia la mitad de su recorrido. Ciertamente este quiebro era necesario para alcanzar la puerta, pero cabe otra posible explicación.




Prolongación por el norte de la calle de la Laguna hasta la calle de las Ánimas


Si prolongamos hacia el norte el tramo central la calle de la Laguna a través del solar hasta la calle de las Ánimas, iremos a dar, con apenas unos metros de margen, justo en el lugar donde dobla esta última, y casi sin inclinación con respecto a ésta.




Confluencia hipotética de la calle de la Laguna con la de las Ánimas


¿Casualidad? Pudiera ser, pero resulta tentadora la idea de que en su día la calle de la Laguna, junto con su prolongación a través del solar y el segundo tramo de la de las Ánimas, formaran parte de la primitiva ronda interior de la muralla. A ella, y más en concreto al actual ángulo, habría ido a desembocar el primer y entonces único tramo de la calle de las Ánimas que tiene su origen en la calle de las Vaqueras, confluyendo finalmente todas ellas en la Puerta de Santa Ana.




Confluencia norte de la calle de la Laguna con la de las Vaqueras


Llama la atención, asimismo, que en su confluencia con Vaqueras el brazo lateral de la calle de la Laguna sea mucho más angosto que en el extremo interior, lo que le confiere un llamativo aspecto de embudo. De hecho, para cualquier paseante que no conociera su existencia esta calle le pasaría probablemente desapercibida, y todavía más antes de que la construcción en los años sesenta del edificio situado entre Vaqueras y Rico Home dejara frente a él una pequeña plaza triangular inexistente hasta entonces.




Medianería de la calle de la Laguna en su confluencia norte con la de las Vaqueras


Aún hoy se puede apreciar en uno de los dos edificios que forman su embocadura -el otro es moderno- que la fachada que da a la calle de la Laguna es una simple medianería seguida, prácticamente hasta el final del tramo, por la larga tapia de un patio. El parcelario de 1870 no sólo lo confirma sino que además refleja una situación similar en la acera opuesta. Asimismo, gracias de nuevo a una fotografía de Baldo podemos comprobar que la fachada lateral del edificio que en su día delimitaba la embocadura de la calle por la acera izquierda era, tal como cabía suponer, otra medianería.




Confluencia norte de la calle de la Laguna con la de las Vaqueras
en 1963. Fotografía de Baldo


Por todo ello, cabe suponer que, de forma similar a lo ya comentado en la calle de las Siete Esquinas, este brazo, poco más que un callejón, tiene todo el aspecto de haber sido abierto sobre el solar de una antigua finca que habría sido hasta entonces un “tapón”, cabiendo pensar que su abertura habría estado relacionada con el cierre de la antigua salida a la calle de las Ánimas. Lo que no tengo manera de averiguar son las razones que lo motivaron, aunque el vínculo entre ambas parece bastante evidente.

Pasemos ahora al otro brazo lateral, el situado al sur. Lo primero que llama la atención es su anchura, mucho mayor que la del resto de la calle e incluso que la de la calle de las Vaqueras, inusitada en pleno casco medieval y todavía más tratándose de una calle tan secundaria. Es evidente que nos encontramos frente a una intervención urbanística relativamente reciente, posiblemente decimonónica aunque en todo caso anterior a 1870 puesto que en el parcelario figura con idéntico trazado que el actual. Entra dentro de lo posible que se tratara de un intento de abrir una nueva calle a mitad de camino entre las dos antiguas puertas de Santa Ana y el Vado, aunque en este caso habría quedado inconclusa tanto en dirección al Paseo de los Curas -como he comentado este nuevo acceso no se abrió hasta hace escasos años y sólo para tránsito peatonal- y quizá, también, en dirección a la calle de las Damas, porque lo que queda claro es que tal como quedó su utilidad resultó muy limitada.




Recodo sur de la calle de la Laguna


En cualquier caso no es esto lo que más nos interesa, sino la posible continuación del trazado de la calle de la Laguna sobre la primitiva ronda interior de la muralla. Y para ello, más que las fotografías aéreas dado que las edificaciones de esta zona han cambiado mucho en las últimas décadas, nos puede servir de ayuda una vez más el parcelario de 1870. Porque en definitiva, y según lo comentado anteriormente, habrá que buscar una relación entre la hipotética prolongación de la antigua ronda interna por el sur de la calle de la Laguna y la evidente, pero no fácilmente interpretable, incompatibilidad entre el actual trazado del tramo final del Paseo de los Curas y la trayectoria de las antiguas murallas hasta llegar a la Puerta del Vado.

Asumiendo pues, como hipótesis de trabajo, que también aquí, por motivos igualmente desconocidos, quedara cortada la antigua ronda medieval, ¿por dónde podría haber seguido ésta? El arranque del tramo hipotéticamente desaparecido es sencillo en su inicio, puesto que todo el fondo ciego -hasta que se abrió el paso peatonal, sensiblemente más estrecho- del brazo sur de la calle de la Laguna sigue la línea de fachada del tramo principal hasta el lugar donde se forma el rincón.




Prolongación por el sur de la calle de la Laguna hasta el Paseo de los Curas


A partir de este punto la búsqueda se complica, ya que nos encontramos con una manzana alargada de forma triangular limitada por la calle de las Vaqueras al norte, el Paseo de los Curas al sur y el propio brazo de la calle de la Laguna al oeste. En la actualidad esta manzana está ocupada en parte por un almacén de material sanitario mientras el resto, hasta el vértice donde confluyen la calle de las Vaqueras y el Paseo de los Curas, se reparte entre varios edificios de viviendas, en su mayor parte modernos.

Dadas las grandes transformaciones experimentadas por la manzana, habremos de recurrir de nuevo al parcelario de 1870 para intentar averiguar cual pudo ser su disposición original. Lo primero con lo que nos encontramos es con un terreno amplio, coincidente de forma aproximada con el solar del actual almacén, y aparentemente vacío de edificios en su mayor parte salvo una extraña construcción en su centro, aislada por completo y situada en mitad de lo que parece ser una hondonada. Pero lo más importante de todo es que, todavía entonces, el camino que debería haber seguido la ronda interior estaba expedito en toda la anchura del solar, por más que no se pueda apreciar en el plano el menor vestigio suyo.

En el extremo oriental de la manzana la situación cambia por completo, puesto que todo el entorno de la confluencia de Vaqueras con el Paseo de los Curas aparece ya edificado, por lo que resulta difícil discernir si por allí pudo haber pasado antaño nuestra escurridiza calle. En principio nada lo impedía, y de hecho existen precedentes en Alcalá de calles cortadas por edificios que se levantaron sobre ellas; pero siempre se trataba de construcciones de gran empaque como el convento de las Bernardas, el de las Agustinas o la Sala Capitular de la Magistral, mientras aquí nos encontramos con un barrio periférico muy poco urbanizado y de viviendas modestas, en el que incluso ya bien entrado el siglo XX sobraban solares vacíos. Además, hay que considerar también como más probable que la calle de las Vaqueras desembocara en la antigua ronda interior de la muralla, por lo que cabe suponer que el lugar en el que ésta acaba actualmente en el Paseo de los Curas es por donde debía continuar en su día la citada ronda interior. O, si se prefiere, podemos pensar que el Paseo de los Curas, trazado en el siglo XIX en su mayor parte sobre la ronda exterior, al llegar aquí había saltado sobre el antiguo recinto amurallado “fagocitando” a la ronda interior para continuar sobre su antiguo trazado hasta la Puerta del Vado.




Trazado hipotético de la ronda interior de la muralla entre las puertas de Santa Ana y del Vado
En rojo, calles actuales: Ánimas (1), Laguna (2) y Paseo de los Curas (3). En azul, tramos desaparecidos (4 y 5)


Es posible que esta explicación pueda resultar forzada, pero es la única que encuentro compatible ante la evidencia de que ni la calle de las Vaqueras ni, todavía menos, la de las Damas, pudieron tener nunca una salida independiente a través de las murallas. La cuestión estriba si podemos seguir el rastro de este entrecruzamiento en el parcelario de 1870, siendo de lamentar que no dispongamos de un documento similar anterior o inmediatamente posterior al derribo de las murallas.

Para empezar, hay que volver a insistir en el dato de que, incluso antes de su demolición, buena parte de las murallas de la ciudad eran ya unas simples tapias, en muchas ocasiones en un deplorable estado de conservación, y cabe suponer que largos tramos de las mismas se mantuvieran como tales durante bastante tiempo para delimitar las fincas limítrofes. De hecho, la fotografía de Baldo nos indica que al menos una pequeña parte perduró hasta más que mediado el siglo XX.

El problema estriba en que, pese al grado de detalle del parcelario, resulta imposible distinguir, a lo largo del recorrido de las murallas, si lo que aparece dibujado eran los restos de los antiguos lienzos o unas simples tapias medianeras, lo cual se embrolla todavía más en el tramo que nos ocupa. No obstante, llama la atención que tras un largo recorrido de la muralla-tapia ésta continúe a lo largo de todo el solar para desaparecer justo donde comienzan los edificios que forman el vértice de la manzana. Además, si nos fijamos con atención podremos apreciar un retranqueo de la línea de fachadas de estos edificios en relación con la tapia, así como un curioso dibujo de forma pentagonal cuya naturaleza he sido incapaz de identificar, aunque aparece representado de forma distinta a las viviendas vecinas.

¿Es aquí donde la ronda exterior -el actual Paseo de los Curas- saltó la desaparecida muralla para continuar por el trazado de la antigua ronda interior? Todo parece indicar que es muy probable que ocurriera así, ya que asumiendo que el último tramo del Paseo de los Curas corresponde en realidad a la antigua ronda interior conseguimos explicar la aparente contradicción que comentara anteriormente, ya que ésta habría desembocado, tras confluir primero con Vaqueras y posteriormente con Damas, en la plaza interior de la Puerta del Vado, justo frente al tramo final -hoy travesía de las Siete Esquinas- de la calle de la Portilla.

¿Todo solucionado? Pues me temo que no, porque todavía queda por explicar la formación de la acera opuesta del Paseo de los Curas -la de los pares- en el tramo comprendido entre la actual calle de Luis Vives -con toda probabilidad un antiguo camino- y la Puerta del Vado. En la actualidad toda esa manzana, que incluye a la parroquia de San Bartolomé, está totalmente urbanizada, pero nos interesa conocer el aspecto que presentaba en 1870, donde esta zona aparece vacía de edificaciones y con tan sólo con unas tapias que delimitan lo que parecen ser huertas o fincas agrícolas y que en principio se corresponden, salvo por algún pequeño retranqueo, con la línea actual de las fachadas.






Reconstrucción hipotética de la muralla (azul) en las proximidades de la Puerta del Vado (rojo)
Arriba, parcelario de 1870. Abajo, fotografía actual. El trazado es aproximado


Esto en principio parece simplificar las cosas, ya que podríamos asumir que parte de estas tapias podrían haber aprovechado los antiguos lienzos de la muralla sólo que “dándoles la vuelta”, ya que la antigua cara interna de los mismos sería ahora la exterior de las fincas... aunque en la práctica esta interpretación no resulta tan sencilla, ya que en el parcelario aparece dibujada una larga tapia, aparentemente sin solución de continuidad, de la cual tan sólo su parte central, desde un punto situado aproximadamente donde ahora se encuentra la parroquia de San Bartolomé hasta ya rebasada la curva cerrada que describe la manzana, podría haber coincidido con el hipotético trazado del tramo final de la antigua muralla, el cual sería atravesado de nuevo, por lo que hoy es la calzada del Paseo de los Curas, a la altura aproximada de la desaparecida puerta, aunque a cierta distancia de ella. Evidentemente estos restos de la antigua muralla, presumiblemente poco más que unos muros de tapial similares a los de la fotografía de Baldo, si no reemplazados por una nueva tapia, podrían haber sido prolongados por ambos lados por los propietarios de las fincas, aunque no hay manera alguna de comprobarlo.






Arriba, confluencia del tramo final del Paseo de los Curas con la Puerta del Vado a principios de los años 60;
nótese la angostura de la calle. Fotografía de Baldo. Abajo, aspecto actual


¿Solucionado? Pues... no del todo, ya que todavía nos queda por explicar la curva cerrada que forma allí la acera de los pares y que ya aparece prácticamente igual en el parcelario, con la única diferencia del retranqueo de la fachada del bloque de viviendas que se alza en la confluencia del Paseo de los Curas con la calle del Empecinado, por lo cual el trazado original era todavía más estrecho. El problema estriba no en que la curva sea muy cerrada, sino en que su curvatura es justo la contraria de la que habría cabido esperar de seguir la nueva calle, siquiera de forma aproximada, el trazado de la antigua muralla. Si nos fijamos en el conjunto del antiguo recinto amurallado medieval, cuyos límites todavía se puede seguir bastante bien en el entramado urbano de Alcalá, vemos que al ser éste de forma aproximadamente circular con anterioridad a la ampliación más allá de la plaza de Cervantes, los distintos tramos de las murallas solían ser convexos, es decir, con la curvatura hacia afuera. Obviamente, las aceras de enfrente, cuando se construyeron, tuvieron que adoptar la curvatura contraria, cóncava, para adaptarse a ellos dejando una ronda por medio.

Sin embargo aquí ocurre justo lo contrario, ya que en el tramo comprendido entre la calle de las Vaqueras -o un poco antes, para ser precisos- y la Puerta del Vado la curvatura de ambas aceras se invierte, pasando a ser cóncava la correspondiente al casco antiguo y convexa la de la Rinconada... lo que implica unas modificaciones más complejas que las que hemos considerado hasta ahora, sobre todo teniendo en cuenta que ya existían, si bien todavía sin edificios, en 1870.

Asimismo, cabe preguntarse la razón por la que se actuó de esta manera cuando lo más lógico, tal como se hizo en el resto del antiguo perímetro amurallado, era haberse ceñido al trazado de la ronda exterior sin aventurarse en semejantes vericuetos. Alguna razón tuvo que haber, evidentemente, pero ¿cuál?




Tramo final del Paseo de los Curas, trazado probablemente sobre la antigua ronda interior de la muralla
En primer plano, confluencia de la calle de las Damas. Más allá, la de las Vaqueras


La explicación más sencilla consiste en suponer la existencia de algún tipo de obstáculo que resultara más fácil esquivar, mediante la solución de atravesar dos veces la línea de las murallas, saltando primero de la ronda exterior a la interior y, apenas poco más de ciento treinta metros más adelante, de nuevo al exterior, que rodeándolo o atravesándolo. ¿Un arrabal? Rotundamente no, puesto que hasta hace poco más de cincuenta años en toda esa zona lo único que había eran fincas y huertas y, como mucho, algunos pequeños edificios posteriores a 1870 -no aparecen en el plano- y, por lo tanto, también al trazado del Paseo de los Curas.

De hecho, los únicos arrabales extramuros que hubo en Alcalá con anterioridad a la demolición de las murallas se crearon tanto hacia el este, primero el de Santa María, englobado por la ampliación de la muralla del siglo XV y posteriormente los de las calles Cruz de Guadalajara y Encomienda, como hacia el norte el de la Cruz Verde y la calle de los Gallegos. Por el contrario, nunca llegaron a existir ni por el oeste -actual barrio de Reyes Católicos- ni por el sur.

Lo que sí había eran pequeños núcleos de edificios en las afueras de las principales puertas, dedicados por lo general a posadas, almacenes u otros usos relacionados con el trasiego de viajeros y mercancías. Éstos se aprecian en el grabado de van Wingaerde, tanto en los aledaños de la Puerta de Madrid como en la de Santa Ana, aunque en este último caso cabe pensar que se tratara más bien de explotaciones agrícolas. Sin embargo la zona exterior de la Puerta del Vado aparece completamente vacía, sin más construcciones cercanas -pero no inmediatas- que la Cruz de San Sebastián, la ermita homónima y, ya a la altura del puente Zulema y bastante alejado de la puerta, el molino cuyas ruinas aún perduran.

Claro está que la situación pudo cambiar en el transcurso de los tres siglos que mediaron entre el grabado de van Wingaerde y la demolición de las murallas y de la Puerta del Vado; y de hecho cambió, puesto que en el parcelario aparece dibujada, en la zona que fuera extramuros, una manzana de considerable extensión... pero tan sólo en el lado de la Ronda de la Pescadería, mientras en el opuesto, que es el que nos interesa, tan sólo figuran las mencionadas tapias, sin nada en su interior. Cabe la posibilidad de que en el momento de derribar las murallas -o de dejarlas como simples cercas, tanto da-, coincidente probablemente con el trazado del Paseo de los Curas, hubiera allí algún tipo de obstáculo adosado a ellas, pero dado que éste no aparece reflejado en el parcelario, no parece que pudieran ser viviendas o algún otro tipo de edificaciones.

¿Se trató quizá de un problema de expropiaciones? ¿Tropezaron acaso los Ayuntamientos de la época con algún rico propietario reacio a permitir que el Paseo de los Curas cruzara por sus terrenos? O bien, buscando una posible explicación más sencilla, ¿estaría ya tan completamente arruinado este tramo del antiguo recinto amurallado que los responsables municipales optaron por la solución más fácil, atajar por lo que había sido el interior de las mismas?

Dada falta de documentación al respecto, tan sólo nos cabe especular. Mientras tanto seguiremos sin poder desentrañar las razones que motivaron esta llamativa intervención urbanística, aunque de lo que no cabe duda es que el lugar donde se asentó durante siglos la Puerta del Vado es justo donde hoy se alza la pequeña isleta “adornada” -es un decir- con un reloj publicitario, más concretamente entre ésta y la fachada del edificio que hace esquina con la Ronda de la Pescadería.




1 PERDIGÓN PUEBLA, Baldomero. Alcalá Blanco y Negro. 1960 - 1970. Edición del autor. Alcalá de Henares, 2000.
2 LLUL PEÑALBA, Josué. El derribo de la muralla de Alcalá de Henares en el siglo XIX. Anales del Instituto de Estudios Madrileños. Tomo XLVI (2006), pp. 395-418.
3 ROMÁN PASTOR, Carmen. Arquitectura conventual de Alcalá de Henares. Institución de Estudios Complutenses. Alcalá de Henares, 1994.

4 GARCÍA SALDAÑA, José (firmado como Felipe Hidalgo). Lo que va de ayer a hoy. El “Pico del Obispo”. Puerta de Madrid, nº 1.303, 26-9-2016.

Todas las fotografías aéreas han sido tomadas de Google Maps.


Publicado el 2-12-2016
Actualizado el 7-1-2017