Las Santas Formas. Historia de una tradición perdida



Eterno Señor, humillado ante vuestro divino acatamiento, y deseoso de agradecer a vuestra majestad tan soberano beneficio, como ha hecho a esta villa, con un milagro tan ilustre de conservar sin corrupción, por tantos años estas Sagradas Formas. Yo en mi nombre y el de todo el Ayuntamiento, hago voto a V.M. de acudir perpetuamente este dia, en que se celebra este misterio, a la Misa por la mañana y procesión por la tarde, y divulgar y defender la Fe de tan Divino Sacramento. Suplico a V.M. sea servido de tomar debajo de su amparo esta Villa, sea su remedio en sus necesidades y su refugio en sus trabajos y con la Fe que cree este Misterio, con la misma espera su remedio.

Izquierda, estampa dibujada por Félix Yuste



Cuando estas páginas salgan a la luz el sábado 11 de mayo1, nos encontraremos en la víspera de la que sin duda fue la fiesta mayor alcalaína durante varios siglos: La festividad de las Santas Formas, celebración religiosa movible que coincide este año con el domingo 12 de mayo, domingo anterior a la fiesta de la Ascensión.

Hoy en día resulta muy difícil de valorar, tanto para los alcalaínos de adopción como para los nacidos aquí después de la guerra civil como es mi caso, cómo una celebración que hoy transcurre discreta y calladamente en el interior de la Magistral pudiera hasta hace no muchos años revestir más importancia que cualquiera de las otras festividades locales: Santos Niños, Virgen del Val o ferias de San Bartolomé... No, no resulta nada fácil valorar hoy la enorme fuerza de esta tradición secular que, perdido lamentablemente el objeto de la misma (las veinticuatro Santas Formas), es hoy apenas algo más que un nostálgico recuerdo en la mente de los más mayores.

Y sin embargo, la importancia de las Santas Formas fue enorme en la conformación de la cultura alcalaína, por lo que hoy, cerca ya del cuarto centenario del origen de esta tradición, no viene mal realizar un breve bosquejo histórico de este acontecimiento.

Alcalá, 1 de mayo de 1597. Son las postrimerías del reinado de Felipe II. En la iglesia del colegio de los jesuitas, que no era todavía la que hoy conocemos como parroquia de Santa María al no haber sido construida ésta hasta bien entrado el siglo XVII, un morisco pidió confesión al padre Juan Juárez. Eran entonces años de enfrentamientos entre los practicantes de las distintas confesiones religiosas; el concilio de Trento, clausurado varias décadas atrás, había sellado la ruptura definitiva entre protestantes y católicos instaurando un talante religioso (la contrarreforma) que acabaría liquidando los últimos restos de la tolerancia religiosa que había caracterizado a la España medieval. Expulsados los judíos por los Reyes Católicos un siglo antes, aún residía en nuestro país la importante minoría religiosa constituida por los moriscos, españoles de religión musulmana que, desde la fallida rebelión de las Alpujarras ocurrida en 1569, eran objeto de la hostilidad de los cristianos viejos, hostilidad que se acabó saldando con su expulsión decretada en 1609 por Felipe III.


Estampa conmemorativa del III Centenario de las Santas Formas


Pero volvamos a nuestra historia. Según las crónicas contemporáneas, este morisco se confesó autor, junto con otros compañeros, de la profanación de varias iglesias, hecho éste del que con frecuencia se solía acusar a los musulmanes españoles en aquella época. Fruto de estas profanaciones eran veintiséis formas consagradas sustraídas de tres distintas iglesias que el penitente arrepentido había salvado de la destrucción, entregándoselas al jesuita envueltas en un papel.

Este morisco ya no volvió más por la iglesia pero las formas quedaron en poder de los jesuitas, los cuales dudaron en un principio sobre la forma de proceder con ellas. Rechazada la propuesta de consumirlas (por entonces se habían dado varios casos de envenenamientos de sacerdotes en Murcia y en Segovia), en un principio se pensó arrojarlas al fumidero (es decir, destruirlas), pero la sospecha de que pudieran estar consagradas (así lo había afirmado el morisco) les hizo renunciar a ese irrespetuoso (para la época) proceder optando por guardarlas en una cajita de plata que depositaron, junto con otras reliquias, en el altar mayor; esperaban los sacerdotes que estas formas se corrompieran con el tiempo, lo que de acuerdo con las costumbres litúrgicas de entonces permitiría su definitiva destrucción.

Pero el tiempo pasó e inexplicablemente las formas no se corrompieron. Los jesuitas, al tiempo que guardaban un discreto silencio sobre este hecho, comenzaron a hacer investigaciones. Así en 1608, es decir, once años después, se pusieron las formas en una húmeda bóveda subterránea junto con otras sin consagrar, comprobándose que algunos meses después estas últimas se habían corrompido mientras las primeras continuaban frescas y tersas.

Vivamente interesada la Compañía de Jesús por este tema (el padre Luis de Palma, provincial de Toledo, había tomado ya cartas en el asunto), las formas fueron trasladadas de nuevo a la iglesia, procediéndose seis años más tarde (en 1615) a comunicar públicamente el aparente milagro. Para evitar suspicacias por parte de otros sectores eclesiásticos los jesuitas sometieron las formas al estudio de varios de los médicos (los científicos de entonces) más afamados de su época, entre ellos el que fuera médico real y catedrático de la universidad alcalaína don Pedro García Carrero, el cual realizó en 1615 y en público un detenido examen de las formas llegando a la conclusión de que no existía ninguna razón científica que justificara su incorrupción, por lo que apoyaba el carácter milagroso del acontecimiento.

A partir de aquí los acontecimientos se desencadenaron con rapidez. La sociedad barroca española de principios del siglo XVII daba una enorme importancia al culto de las imágenes y las reliquias, culto que era apoyado por la reafirmada Iglesia Católica surgida de la Contrarreforma. Así, no es de extrañar que el 16 de junio de 1619 el vicario general de Alcalá, doctor don Cristóbal Cámara y Murga, proclamara públicamente el milagro. A partir de entonces el culto a las Santas Formas contó con la plena aprobación de las autoridades eclesiásticas, como lo demuestran la concesión de una indulgencia plenaria por el papa Urbano VIII (1623-1644) a quienes visitaran la iglesia donde se custodiaban el día de su celebración, así como una serie de privilegios en el culto a los difuntos otorgados por el también papa Alejandro VII (1655-1667), a lo que hay que sumar la indulgencia plenaria concedida el 23 de marzo de 1789 por el papa Pío VI a quienes visitaran la Magistral el día de las Santas Formas, o los cien días de indulgencia otorgados el 10 de noviembre de 1792 por el cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo y señor de Alcalá, a quienes invocaran a las Santas Formas en algún acto de religión. Sin embargo, no se pudo conseguir la concesión de misa y oficio propios para el culto de estas preciadas reliquias, tal como se solicitó a Roma en enero de 1683.




Fotografía de la custodia de las Santas Formas
M. Terol, c. 1910-1920


Rápidamente las Santas Formas se convirtieron en objeto preferido del fervor popular, alcalaíno y foráneo. Su fiesta, que siempre fue móvil, pasó a ser fijada definitivamente en el quinto domingo después del de Resurrección, es decir, el anterior a la Ascensión, aunque en un principio fue celebrada en otras fechas tales como el cuarto domingo de cuaresma o el segundo domingo después de Resurrección, optándose por la fecha definitiva, que suele caer hacia mediados de mayo, a causa de la bonanza del tiempo en estas fechas.

Los actos religiosos que tenían lugar el día de la festividad consistían en una misa por la mañana y una procesión por la tarde, procesión que solía tener lugar por el interior de la iglesia de los jesuitas. Sólo en ocasiones señaladas, al menos hasta el traslado de las Santas Formas a la Magistral, salía la procesión a las calles de Alcalá, como ocurrió por vez primera cuando tuvo lugar, el 25 de abril de 1620, el traslado de las Santas Formas desde la antigua iglesia de los jesuitas a la recién construida, que es la que conocemos. Esta procesión, que contó con la presencia de la familia real encabezada por el rey Felipe III y su esposa la reina Margarita de Austria junto con todas las autoridades civiles y religiosas alcalaínas, recorrió con toda solemnidad las calles de nuestra ciudad, engalanadas para tal ocasión con miles de tapices y colgaduras. Llegadas finalmente a la nueva iglesia, fueron instaladas en una capilla dedicada a ellas en el lado del Evangelio, a la izquierda del altar mayor.

Dos años más tarde, el 6 de junio de 1622, tuvo lugar la aprobación oficial del milagro por parte del infante don Fernando de Austria, hijo de Felipe III y a la sazón cardenal arzobispo de Toledo, y en esa misma fecha las Santas Formas, que hasta entonces habían permanecido guardadas en una caja de plata, concha y nácar, fueron introducidas en la custodia que para tal fin fue donada por el cardenal Spínola, obispo de Tortosa y arzobispo de Santiago y Sevilla. Esta custodia, que desapareció junto con las Santas Formas al inicio de la guerra civil, era de plata maciza sobredorada, con una forma muy similar al tabernáculo (altar exento) del retablo mayor de la iglesia de jesuitas: Una cúpula semiesférica rematada con una cruz y sostenida por cuatro pares de columnas. En su interior se encontraba un viril (custodia de menor tamaño) de forma octogonal, con tres ventanas por lado en las cuales se colocaron las veinticuatro formas que se conservaban (diecinueve enteras y cinco partidas), todas ellas protegidas por unos gruesos cristales de roca que fueron soldados a la custodia para evitar posibles sustituciones. Todo el conjunto se sustentaba en una columna que terminaba en una base cuadrada y más tarde se añadió un anillo a la cruz del remate, anillo que al parecer (aunque algunos autores lo desmienten) fue donado por José Bonaparte en su visita a Alcalá a principios del siglo XIX.

Conforme pasaban los años el fervor popular fue aumentando cada vez más, atribuyéndose a la intercesión de las Santas Formas las bruscas interrupciones de la pertinaz sequía de 1622 y de la peligrosa riada de 1626. Como consecuencia de este último acontecimiento el ayuntamiento alcalaíno, previa concesión de licencia por parte del cardenal infante don Fernando, acordó hacer voto perpetuo hasta el fin del mundo de asistir todos los años a la misa y a la procesión, celebrándose el solemne juramento el día 22 de marzo de 1626, festividad de las Santas Formas, en la iglesia de jesuitas siendo corregidor de la villa don Gutierre Marqués de Cariaga, realizándose el mismo en los términos que reproduzco en la cita inicial.




La procesión de las Santas Formas. Cuadro pintado por Félix Yuste


Algunos años más tarde, mientras se seguían atribuyendo milagros a las Santas Formas (ver Leyendas y refranes complutenses2, de Arsenio Lope Huerta y Vicente Sánchez Moltó), se verificó (en 1634 concretamente) una nueva confirmación de la incorrupción de las Santas Formas, y ya a finales del siglo XVII (en 1687) fue inaugurada en la iglesia de jesuitas la capilla definitiva de las Santas Formas, con su airosa cúpula de media naranja y sus frescos de Cano Arévalo. Esta capilla, recientemente restaurada, cuenta en la actualidad con un moderno retablo alusivo a las veinticuatro Santas Formas. Con motivo de esta inauguración estas reliquias salieron por segunda vez a las calles alcalaínas, celebrándose la procesión con toda solemnidad. También en este año le fue concedido a Alcalá el título de ciudad, lo que se aprovechó para colocarla bajo la protección de las Santas Formas.

Transcurriría casi un siglo hasta que en 1767 fueron expulsados de España los jesuitas. Las Santas Formas permanecieron, no obstante, en su iglesia hasta que en 1777 se solicitó a Carlos III su traslado a la Magistral, solicitud a la que accedió el monarca concediendo además de las reliquias todos los objetos de culto relacionados con las mismas. El traslado tuvo lugar el 20 de abril de ese mismo año en grandiosa procesión. De la Magistral salió una comitiva integrada por cofradías religiosas, instituciones y pueblo portando las imágenes de los Santos Niños. Llegada la procesión a la iglesia de jesuitas se incorporó a ella la carroza de las Santas Formas, retornando finalmente a la Magistral. Era la tercera vez que las Santas Formas salían a la calle.


Medalla del III Centenario de las Santas Formas


Instaladas las Santas Formas en el altar mayor de la Magistral, permanecieron allí durante más de siglo y medio veneradas con tal devoción por alcalaínos y foráneos que se tuvo que regular la asistencia de los fieles... Y de los reyes españoles, ya que además de Felipe III serían visitadas por Carlos II, Carlos III (en 1759), José Bonaparte (en 1810), Fernando VII (en 1816), y Alfonso XII y la reina María Cristina en 1880. En fecha indeterminada, pero posterior al traslado de las Santas Formas a la Magistral, se procedió a realizar todos los años una procesión que seguía el siguiente itinerario: Plaza de los Santos Niños, plaza de Abajo, calle Escritorios, calle de Santa Úrsula, plaza de Cervantes, calle Mayor, plaza de Abajo y plaza de los Santos Niños. Era entonces la fiesta grande de Alcalá; acostumbraban a asistir los prelados diocesanos acompañados por el ayuntamiento (que cumplió puntualmente con su voto excepto en los años 1872 a 1875 y a partir de 1931), autoridades civiles y militares e instituciones religiosas. Asistía a la procesión un inmenso gentío donde se aunaban alcalaínos y forasteros; José García Saldaña nos comentaba en 19623 cómo para aquella fecha retornaban a Alcalá todos los alcalaínos que residían fuera de nuestra ciudad, mostrando todos sus mejores galas a la par que rivalizaban por adornar los balcones.


Medalla del IV Centenario de las Santas Formas


Pero nada queda ya de todo ello. Poco después de celebrarse solemnemente en 1897 el III centenario de las Santas Formas se cerró al culto la Magistral con objeto de proceder a su restauración, restauración que se prolongó desde octubre de 1902 hasta julio de 1931, dilatado período de tiempo durante el cual las Santas Formas estuvieron custodiadas en su iglesia primitiva, la de jesuitas, convertida en sede temporal de la Magistral.

La procesión de 1931 fue la última vez que las Santas Formas recorrieron las calles alcalaínas. Prohibidas las procesiones públicas por el gobierno de la segunda república, durante varios años se hizo la procesión por el interior de la Magistral... Hasta que llegó la por tantos motivos fatídica fecha de julio de 1936.

Apenas estallada la guerra civil varias iglesias de Alcalá fueron bárbaramente saqueadas e incendiadas, entre ellas la Magistral. Fruto de este vandálico atentado fue la pérdida de insustituibles obras de arte, entre ellas la preciada custodia de las Santas Formas, desaparecida sin dejar el menor rastro.

Nunca se llegó a saber qué fue lo que sucedió aquel 22 de julio de 1936. Una vez acabada la guerra corrió el rumor de que tres sacerdotes (don Pedro García Izcaray, don Eduardo Ardiaca y don Pablo Herrero Zamorano) habían logrado ocultar la custodia antes de que la Magistral fuera saqueada; pero estos tres sacerdotes habían fallecido víctimas de la violencia fraticida y no se pudo contar con su ayuda, no pudiéndose encontrar la custodia a pesar de todos los intentos de búsqueda. ¿Se perdieron las reliquias en el saqueo o, por el contrario, continúan aún hoy escondidas? Nada se sabe con certeza. Algunos años después de ocurrido el hecho Anselmo Reymundo apuntó el dato de que la custodia había sido escondida en la cripta donde se conservaban los restos del cardenal Cisneros, cripta que apareció vacía una vez terminada la guerra. Existen no obstante personas que aún hoy afirman que la custodia permanece enterrada en algún lugar de la finca de El Encín. ¿Cuál de ambas versiones es la correcta? Lo ignoro, pero lo cierto es que los casi cincuenta años transcurridos desde entonces hacen que las posibilidades de recuperar la custodia sean hoy muy remotas.


Réplica actual de la custodia. Fotografías tomadas de la página web del obispado


Pese a su desaparición, en los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil se intentó seguir manteniendo la tradición, pero sin ellas no tenía demasiado sentido la procesión, con lo cual ésta acabó desapareciendo. No obstante, a raíz de la restauración de la Capilla de las Santas Formas, aneja a la parroquia de Santa María y a la instalación en ella de la Adoración Nocturna, el 11 de noviembre de 2012 se celebró, con una réplica de la custodia original, una solemne procesión desde la Catedral-Magistral hasta parroquia de Santa María y la capilla de las Santas Formas, donde ésta quedó depositada. En años sucesivos se ha repetido la procesión en lo que se puede considerar su recuperación siquiera de forma parcial, aunque sólo desde la parroquia de Santa María hasta la Capilla de las Santas Formas.

En lo que respecta a las Santas Formas originales tan sólo nos queda el recuerdo, pues, de la fiesta grande alcalaína por excelencia, y quizá una esperanza de que la historia vuelva a repetirse: José García Saldaña alertaba en 19624 sobre la posibilidad de que existieran cuarenta y ocho formas presuntamente incorruptas conservadas en el convento de las Bernardas desde 1936, y en 1983 Arsenio Lope Huerta y Vicente Sánchez Moltó corroboraban esta hipótesis. Sin embargo nada se volvió a saber de ellas, y con la marcha de la comunidad cisterciense en el año 2000 cabe suponer que se les haya perdido el rastro. En cualquier caso nuestra época es, evidentemente, muy distinta a la del padre Juárez, pero nada hay más personal y respetable que las convicciones religiosas de cada persona.




1 De 1985.
2 Leyendas y refranes complutenses. Arsenio Lope Huerta y Manuel Vicente Sánchez Moltó. Diputación de Madrid. Madrid, 1983.
3¿Poseemos otras Santas Formas? Artículo de José García Saldaña publicado en Nueva Alcalá con fecha 5 de junio de 1962.
4 Ídem.


Ver también La medalla de las Santas Formas


Publicado el 11-5-1985, en el nº 949 de Puerta de Madrid
Actualizado el 28-8-2017