Crónicas y remembranzas





1987: La calle Mayor en obras. Fotografía de Félix González Pareja


Uno puede sospechar que quizá esté empezando a hacerse viejo cuando de repente descubre una recién surgida afición a recordar -y lo que es todavía peor, a contar- sus vivencias del pasado, en especial esa dorada etapa infantil -que en realidad muchas veces tuvo poco de tal, independientemente de la dulcificación que la memoria acaba haciendo de los recuerdos- que se fuera hace ya tanto tiempo para no volver jamás.

Sin embargo, en mi caso particular cuento -o al menos eso creo- con cierto grado de disculpa, ya que tuve no sé si el privilegio, pero sí la oportunidad, de vivir en primera persona una de las mayores transformaciones que mi ciudad natal ha experimentado a lo largo de su bimilenaria historia. Cuando yo nací, allá por 1958, Alcalá era una pequeña población de poco más de veinte mil habitantes que vivía adormecida en el recuerdo de su brillante y desaparecido pasado intentando sobrellevar su mediocre presente, fruto de una larga y agonizante decadencia, así como la pesada losa, esta última compartida con el resto de los españoles, de la asfixiante dictadura franquista.

Mi infancia y mi adolescencia, por el contrario, coincidieron con un frenético crecimiento de la ciudad, no siempre afortunado pero sin duda estimulante al aportar la savia nueva que tanto se necesitaba, que llevó a Alcalá a rebasar los cien mil habitantes gracias a una inmigración masiva llegada de diversas regiones españolas, en especial las meridionales. Mi acceso a la universidad, en octubre de 1975, coincidió en el tiempo con la muerte de Franco y el inicio de la transición política a la democracia, un lustro -hasta mi licenciatura en 1980- profundamente fecundo en la historia reciente de España.

Los últimos años, como en tantos otros lugares de nuestra geografía, se han caracterizado por una nueva oleada migratoria, esta vez venida de allende nuestras fronteras, que ha hecho de Alcalá una ciudad cosmopolita, para lo bueno y para lo malo, que acaba de rebasar los 200.000 habitantes, ante la cual se plantean una serie de retos inéditos hasta el momento y de cuya resolución resulta todavía prematuro opinar. En cualquier caso, la Alcalá de principios del siglo XXI es tan profundamente diferente a la que yo conociera de niño, que no es de extrañar que me salgan de vez en cuando artículos como los que están recogidos en esta sección, los cuales no tienen la menor intención didáctica sino que responden tan sólo a la entrañable, humana e inevitable nostalgia.

En otras ocasiones, por el contrario, lo que hago es rescatar textos antiguos de alguien que hizo lo propio antes que yo, limitándome a oficiar en estos casos de discreto transcriptor.



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