Profesiones sádicas





Así me imagino yo a algunos de los profesionales que cito aquí


Los fontaneros, que suelen tener la costumbre de colocar las llaves de paso y los contadores de agua en los sitios más recónditos e incómodos de las casas. ¿Disfrutarán acaso imaginando las contorsiones que tendremos que hacer, acordándonos de todos sus antepasados, cada vez que tengamos necesidad de abrir o cerrar la llave, o de leer el contador?

Los responsables de poner las direcciones prohibidas en las calles de las diferentes ciudades, los cuales deben de ser gente con muy mala idea visto que siempre las colocan todas al contrario.

Los lumbreras que siempre se empeñan en situar los cajeros automáticos de los bancos en las fachadas más soleadas, por lo que en verano, junto a un demoledor efecto sauna, acrecentado por el chorro de aire caliente que suele expulsar el sistema de refrigeración justo sobre tu cara, no habrá manera humana de ver las instrucciones en la pantalla iluminada de lleno por el sol. Y con un poco de suerte, te quemarás además los dedos con las teclas recalentadas.

Los presentadores de los boletines meteorológicos, que acostumbran a comunicar con una sonrisa de oreja a oreja la llegada del buen tiempo cada vez que se aproxima una ola de calor capaz de derretir hasta las piedras.

Los cerrajeros y similares, con su manía de adornar las puertas y las fachadas de los edificios con todo tipo de pegatinas prácticamente imposibles de despegar.

El inventor del abrefácil de los cartones de leche; si ustedes han sido capaces de abrir uno con sus manos sin el auxilio de unas tijeras, son merecedores de ser llevados a un programa de televisión y homenajeados públicamente por su hazaña.

El inventor de las fundas de celofán que envuelven los libros y los discos de música, capaces de hacerte dejar las uñas -y la paciencia- en ellas sin conseguir abrirlas ni romperlas.

Los técnicos municipales que aprovechan, cuando hay una mediana central que divide en dos a un paso de peatones, para en vez de ponerlos enfrentados, como sería lo lógico, desplazar uno de ellos respecto al otro mediante un largo desvío a través de la mediana, con lo cual además del paseíllo está garantizado que no dará tiempo a cruzar de una sola vez de una acera a la otra, debiendo esperar en la mediana central a que vuelva a abrirse el semáforo.

Esos mismos técnicos municipales que, cuando hay que cruzar una avenida con varias calzadas, aunque no existan los rodeos comentados en el párrafo anterior se las apañan para que los semáforos se te vayan cerrando matemáticamente uno por uno en cada tramo del paso de peatones.

Los diseñadores de los sopladores que utilizan los barrenderos, unos artefactos que, aparte de producir un ruido infernal, sirven para poco más que para levantar enormes nubes de polvo y cambiar la basura de sitio.

Los responsables del hilo musical de tiendas, supermercados y centros comerciales, tan aficionados a seleccionar una “música” -es un decir- discotequera que, aparte de sonar siempre igual -de mal, por supuesto-, bastará con sufrirla un rato para acabar con la cabeza como un bombo.

Los inventores de esos malditos contestadores automáticos que, cada vez que llamas a algún teléfono de información, te tienen media hora pegado al aparato como un idiota, obligándote a pulsar teclas, o bien a decir cifras y palabras en voz alta y acento neutro, antes de conseguir que, con suerte, te atienda un avatar más o menos humano.

Los que diseñan esas malditas páginas de internet en las que resulta una auténtica tortura hacer cualquier trámite o gestión, por muy fácil que éste pudiera parecer a priori.

Los trapaceros que ponen los precios de los billetes de avión, conforme a unos incomprensibles criterios que parecen haber tomado directamente de los arcanos mayores del tarot.

Los inventores de las cuchillas de afeitar de dos hojas, en las que a partir del segundo uso el espacio intermedio entre las dos hojas se llena de jabón y de restos de pelos imposibles de limpiar, los cuales impiden que el apurado sea el correcto. Y no digo ya las de tres y hasta cuatro hojas... eso sí, a más hojas mayor precio, que no es cuestión de ser tontos.

Los que escriben los rótulos de los lomos de los libros tanto a un lado como al otro, de manera que resulta imposible leerlos de un vistazo en una estantería sin tener que estar contorsionando continuamente el cuello.

Los fabricantes de clavijas eléctricas de cuarenta tipos diferentes, de manera que resulta imposible intercambiarlas de un aparato a otro sin contar con una nutrida colección de ellas, normalmente una por aparato.

Los inventores de los calzoncillos -perdón, slips, que queda más fino- sin bragueta, que obligan a sus usuarios a hacer poco menos que un striptease cada vez que necesitan acudir a un urinario público.

Los inventores de los malditos captchas, que no sólo consiguen evitar -supongo- que los bots informáticos cuelen spam o virus en internet, sino que además nos dejan a los usuarios humanos poco menos que bizcos a la hora de intentar desentrañar qué demonios de letras distorsionadas aparecen allí.

Los inventores de los cuchillos de las cuberterías, útiles para untar la mantequilla o la mermelada pero con los que resulta imposible cortar, con lo cual acabarás teniendo que recurrir a un plebeyo cuchillo de cocina.

Los diseñadores del euroconector, que indefectiblemente se afloja cada vez que mueves el aparato al que está conectado o cuando rozas el cable, ya que éste hace de palanca al estar colocado en diagonal con respecto a la clavija en vez de ser, como hubiera parecido más lógico, perpendicular a ésta.

Los arquitectos que diseñan viviendas sociales y, aprovechándose de que los futuros inquilinos no pueden ni elegir ni protestar, se desmadran con todo tipo de aberraciones presuntamente vanguardistas que, por lo general, además de estéticamente espantosas suelen ser poco o nada funcionales.

Los programadores de los paneles informativos de las paradas de autobús que, no satisfechos con entreverar la información útil -el tiempo de espera para las diferentes líneas- con algo sospechosamente parecido a la publicidad institucional, o bien con informaciones espurias, se las apañan para que, siempre que intentas saber cuanto tiempo te toca esperar, salte en ese momento obligándote a tragarte toda la morralla antes de poder enterarte de lo que verdaderamente deseas. Casualidad o no, les suele salir bordado.

Los fabricantes de calzado que ponen a los zapatos unas suelas repletas de rayas y dibujos en relieve, ideales para que cuando pisas una mierda o un chicle no haya manera humana de limpiarlas.

Los fabricantes de papel higiénico, que acostumbran a perforar los rollos con tal precisión que el papel siempre se parte por el lado más inoportuno justo en el momento más inoportuno.

Los fabricantes de las servilletas de papel que ponen en los bares, las cuales no sólo son ásperas sino además completamente inútiles para limpiar nada, puesto que su capacidad de absorción es nula.

Los manipuladores de herramientas ruidosas tales como taladros, sierras radiales, segadoras, sopladores de basura, martillos neumáticos u otras, que parecen mostrar especial empeño en utilizarlas justo cuando mayor es el número de gente a la que poder molestar.

Los repartidores que aparcan el camión debajo de tu ventana y lo dejan con el motor encendido, con lo cual las vibraciones te están machacando durante horas.


Publicado el 22-9-2013
Actualizado el 23-11-2016