Dos por uno





Menos mal que no eran las primas de la Hormiga Atómica...



A diferencia de ahora, acostumbrados como estamos a tropezar con las burradas más pavorosas, hace tres décadas no resultaba tan fácil encontrarse con dos gazapos de grueso calibre en un artículo de periódico, sobre todo si se trataba de uno tan prestigioso como EL PAÍS y además éste estaba escrito por un colaborador tan prestigioso como Eduardo Barrenechea; pero lo cierto es que ocurrió el 3 de octubre de 1988 con el titulado Hormigas contra catedrales, sin que aquí quepa el socorrido recurso de echar la culpa al logseficado becario.

El artículo se refería a una plaga de termitas que había invadido la catedral de Zamora, con el consiguiente riesgo de daños a un patrimonio artístico irremplazable, y el primer patinazo fue lingüístico al definir Barrenechea a estos insectos como térmites, un término inexistente en español donde se les denomina termitas, termes o, más raramente, comejenes. Al parecer térmites proviene del gallego, pero este rasgo de presunta erudición filológica no me sirve dado que el artículo estaba escrito en español y publicado en un periódico redactado íntegramente en este idioma.

El segundo gazapo, en esta ocasión de naturaleza zoológica, consistía en considerar hormigas a las termitas, concretamente con esta frase:


“Una auténtica marabunta de hormigas térmites ha hecho nido en la catedral de Zamora.”


Remachando más adelante:


“Como es sabido, esta clase de hormiga -albina y a la que la luz repele- se alimenta tan sólo de madera.”


También es sabido, o al menos alguien en la redacción debería haberlo sabido, que las termitas no son hormigas, con independencia de que su forma sea parecida y sean asimismo insectos sociales que construyen nidos, hormigueros o termiteros según el caso. Las hormigas son insectos himenópteros emparentados con las avispas y las abejas, mientras las termitas pertenecen al grupo de los isópteros, diferente por completo del anterior. Cierto es que en algunos lugares se les denomina impropiamente hormigas blancas a causa de su color, pero desde luego a nadie, aun incurriendo en este error, se le habría ocurrido rizar el rizo llamándolas, como hizo el señor Barrenechea, “hormigas térmites”, que ya tiene mérito la cosa.

Huelga decir que en los treinta años largos transcurridos desde entonces a nadie se le ha ocurrido corregirlo.


Publicado el 9-7-2019