La ce con la i, ci





Como escribiente que soy, he aprendido a ser tolerante con las erratas dado que yo soy el primero que las cometo, ya sea pulsando inadvertidamente la tecla de al lado o simplemente merced a un despiste que, pese a que acostumbro a revisar siempre lo que escribo, en ocasiones tienen la mala costumbre de colarse y, lo que todavía es peor, de mantenerse impúdicamente durante mucho más tiempo del que yo hubiera deseado hasta que alguien, o en ocasiones yo mismo, se apercibe del gazapo.

Pero a veces, y cada vez con mayor frecuencia, las meteduras de pata con las que me encuentro se pasan de castaño oscuro. Cuando yo dudo de una palabra procuro buscarla en el DRAE o en alguna otra página de internet, y por supuesto conozco las reglas básicas de ortografía que me enseñaron, creo que bastante bien, ya en mis primeros años escolares. Claro está que ahora, con la sucesiva y al parecer interminable serie de reformas y contrarreformas de los planes educativos, cada uno de las cuales suele ser todavía peor que el anterior, vete a saber. Y si a ello sumamos la más que presumible desaparición de los correctores que antaño fueran una pieza insustituible en las redacciones de los periódicos, se puede esperar literalmente cualquier cosa.

Esto es lo que ocurrió en la edición digital de EL PAÍS del 9 de septiembre de 2019, concretamente en el artículo titulado “Esta calle es mía”, en el que se hablaba de las relativamente frecuentes disputas sobre la condición pública o privada de alguna calle concreta, las cuales podían generar roces entre los vecinos al tiempo que los ayuntamientos, muy a lo suyo, no solían mostrar demasiado interés en resolver el conflicto. El tema del artículo nada tenía que ver con esta sección, pero sí esta frase que hizo saltar todas mis alarmas:


“Otro vecino no se lo pensó, cogió una zizaña y cortó la verja anclada al murete...”


¿Zizaña? De haberlo escrito yo así en el colegio no me habría librado de una soberana bronca ni, probablemente, del castigo de copiar la grafía correcta un buen puñado de veces. Pero, claro está, yo estudié mucho antes de que se implantara la LOGSE y los colegios, y aun los institutos, quedaran convertidos en poco más que guarderías.

La perla no tiene desperdicio porque el gazapo -más bien liebre adulta- además era doble. Para empezar, hacía verdadero daño a la vista ese zi inicial ya que, como es -o debería ser- de sobra sabido, za, zo y zu se escriben con zeta, mientras ce y ci se hace con ce. Existen, no obstante, un puñado de excepciones, por lo general correspondientes a nombres propios o geográficos (Zeus, Swazilandia, Zanzíbar, Zelanda y Nueva Zelanda, Zimbabwe), a términos científicos o técnicos (enzima, hertziano, sizigia, zeolita, zeugma) o a palabras procedentes de otros idiomas (azerí, bulldozer, fanzine, jacuzzi, jazzista, kamikaze, nazi, papparazzi, pizzicato, razia, zegrí, zéjel, zelote, zen, zepelín, zigurat). Junto, claro está, con todos sus derivados.

En ocasiones coexisten ambas grafías: ácimo y ázimo, acimut y azimut, cénit y zénit, cigoto y zigoto, cinc y zinc, circonio y zirconio, eccema y eczema. Por su parte, son contadas las palabras netamente españolas que quedan fuera de la regla general: apenas las onomatopéyicas zigzag y zipizape y, paradójicamente, el propio nombre de la letra zeta. Pero por lo general, y salvo estas contadas excepciones, escribir con zeta las sílabas ce y ci puede ser calificado como una falta garrafal, ya que no corresponde a un error puntual en una palabra poco frecuente sino a una regla ortográfica general... al menos mientras la RAE no diga lo contrario.

Pero no queda ahí la cosa. Aun corrigiendo esta falta de ortografía, no se puede decir que la palabra cizaña encajara en el contexto ni con cola, ya que según el DRAE éste es el nombre que recibe una planta que crece espontáneamente en los cultivos de cereales y es considerada como una mala hierba dado que su semilla es venenosa, por lo que es necesario separarla del grano antes de convertirlo en harina. Dada su connotación negativa el nombre de la planta ha derivado hacia expresiones como encizañar o sembrar cizaña, alusivas al hecho de crear disensiones o enemistades entre varias personas o bien a fomentar vicios y malas conductas. Como puede comprobarse nada de esto tiene que ver lo más mínimo con la frase citada salvo que, como comentaba irónicamente un lector, se interpretara que la existencia de una verja interrumpiendo el libre tránsito de una calle fuera motivo para encizañar la convivencia entre vecinos... lo cual tampoco era el caso.

La razón, mucho más prosaica y también bastante menos culta, fue que el redactor confundió cizaña con cizalla, una herramienta con forma de tijeras grandes que sirve para cortar planchas o alambres de metal, lo cual sí encaja en el contexto. A mí no me parecen unas palabras tan infrecuentes como para confundirlas, máxime cuando se refieren a cosas tan diferentes, y ni tan siquiera sirve la disculpa de una interpretación errónea del corrector ortográfico del procesador de textos ya que, como me he molestado en comprobar, éste admite ambas como válidas. Así pues, no cabe la menor excusa ni del cambio de palabra, que deja sin sentido a la frase, ni por supuesto de tan gruesa falta de ortografía, ya que a un profesional del periodismo se le supone un dominio correcto de su herramienta, que no es otra que el idioma.

Como cabe suponer no tardaron en llover las críticas y, al menos en esta ocasión, se apresuraron a corregir discretamente el dislate. No busquen, pues, tan peculiar neologismo porque no lo van a encontrar, aunque si tienen suerte todavía podrán leer los comentarios alusivos al mismo.


Publicado el 9-9-2019