Una verdad como un templo





Se puede decir más fuerte, pero no más claro



En mis andanzas por los distintos rincones de España suelo encontrar de vez en cuando frases sin el menor desperdicio escritas en soportes tan prosaicos como son las pizarras que se colocan a la puerta de los bares. Éste es el caso de la que descubrí en la localidad lucense de Chantada durante mis últimas vacaciones; no es la primera muestra que traigo a esta sección ni, supongo, tampoco será la última, pero fue la rotundidad de su mensaje la que me llamó poderosamente la atención.

Porque en estos tiempos de buenismo mal digerido en los que nos bombardean por todos los lados con frases tan empalagosas como huecas, y en los que llamar a las cosas por su nombre no sólo está mal visto, sino incluso muchas veces es objeto de censura, descubrir que alguien no se muerde la lengua y se atreve a decir públicamente lo que en el fondo muchos -o cuanto menos los que disfrutan de un nivel mínimo de inteligencia- piensan, supone una bocanada de aire fresco dentro del enrarecido ambiente por el que pululan como peces por el agua una multitud de aprendices de inquisidores empeñados en censurar todo cuanto su cortedad mental tilde de reprobable.

Y yo, que a estas alturas milito bien a mi pesar en el escepticismo más profundo, no tengo por menos que aplaudir su valentía. Qué se le va a hacer, la vida es así de dura y cruel por mucho que algunos se empeñen en cerrar los ojos.


Publicado el 18-9-2018