La estupidez al poder





Viñeta de Forges


Aunque es mucho lo que se ha hablado acerca de la papanatería que de un tiempo a esta parte nos azota, mucho más pendiente de idioteces banales que de los problemas realmente importantes, la verdad es que cada vez que leo el periódico, oigo la radio o veo la televisión, se me ponen los pelos como escarpias a pesar de que a estas alturas debería estar ya más que acostumbrado... o lo que es peor, resignado.

Pero es que hay cosas que claman al cielo. Así, hace unos días leí que varios anuncios emitidos por televisión habían sido denunciados por diferentes entidades que se habían sentido agraviadas, e incluso alguno de ellos había sido retirado a causa de las presiones recibidas. En esta ocasión eran concretamente tres -aunque ha habido muchos más-, el primero de los cuales había cometido el terrible delito de presentar a unos falsos albañiles bailando en el tajo sin casco ni arneses protectores... y claro está, alguna mente biempensante debió de llegar a la brillante conclusión de que esto podría afectar negativamente a los albañiles reales que, influidos por el citado anuncio, rehusarían cumplir las medidas de seguridad obligatorias en su trabajo, como en su día ocurriera con los niños que se tiraron por la ventana tras ver Superman... Eso sí, tan loable iniciativa no debería quedarse corta yendo todavía más lejos, sin complejos de ninguna clase, para conseguir que se prohibieran, pongo por caso, los equilibrios de Harold Lloyd, las historietas del Correcaminos o las acrobacias de Spiderman, no sea que alguien estuviera tentado de imitarlos...

El segundo anuncio tampoco era manco. En él una intrépida familia salvaba a un inocente cervatillo de las garras de unos taimados cazadores, lo cual provocó la airada protesta de una asociación de estos últimos. Ya puestos, ¿por qué no prohibir Bambi? Pero la perla era el tercero. Resulta que a una marca de colchones se le ocurrió la feliz idea de anunciar sus productos recurriendo al clásico cuento de Blancanieves y los siete enanitos... y para qué queremos más, puesto que quienes montaron en cólera en esta ocasión fueron los responsables de una asociación que dice defender a las personas afectadas de acondroplasia -enanismo en fino-, quizá la misma que ha conseguido dejar sin trabajo a más de un actor de talla pequeña, como los que intervenían en Un, dos, tres o los enanitos toreros del Bombero torero. Supongo que el siguiente paso será prohibir el propio cuento de los hermanos Grimm -sobre todo si protesta la asociación de madrastras- así como la película homónima de Walt Disney o, por idénticas razones, otras tales como El mago de Oz, Willow, la trilogía de El señor de los anillos o la española El milagro de P. Tinto...

El asunto de la acondroplasia -la palabreja se las trae- me conduce a otro filón no menos pródigo, el de los eufemismos que pretenden reemplazar un término preciso, asentado y conocido por todos, pero presuntamente peyorativo, por otro más aséptico que indefectiblemente suele resultar bastante más cursi, cuando no directamente forzado. La verdad es que esto siempre se ha hecho, no en vano al retrete se le llama servicio y a defecar hacer del vientre, pero nunca hasta ahora habíamos llegado a estos extremos de memez, máxime teniendo en cuenta que el nuevo término, al cabo del tiempo, acaba adoleciendo de los mismos -y normalmente falsos- prejuicios, con lo cual se impone otra nueva pirueta ligüística, a ser posible todavía más rebuscada... y así ad nauseam. Lo más divertido -o triste, según se mire- del caso es que estos cambios epidérmicos no suelen suponer el menor cambio real para los presuntos beneficiados, amén de que las supuestas connotaciones negativas tan sólo suelen existir, por lo general, en las mentes calenturientas de quienes los proponen.

¿Quieren ejemplos? Desde luego, no nos van a faltar. Además de los ya citados acondroplastas, tenemos que la ancianidad -palabra que para mí no puede ser más respetable- se metamorfoseó tiempo ha en la aséptica -y sosa- tercera edad, pero como al parecer esto todavía no era suficiente, nuestros ancianos se han visto finalmente reconvertidos en personas mayores, lo cual no deja de ser incongruente puesto que, en sentido literal, somos mayores todos los ciudadanos adultos y no sólo los pensionistas, perdón, las clases pasivas. Más retorcida todavía fue la evolución convergente de los inválidos, luego minusválidos y finalmente -por ahora- discapacitados físicos, junto con la de los subnormales a disminuidos psíquicos y a -se ve que lo de disminuido seguía sonando mal- discapacitados psíquicos, o la de ciegos a invidentes y a discapacitados sensoriales. Por el momento estos tres términos se han quedado ahí, y más vale que no continúen, porque si no la cosa va a acabar convirtiéndose en un auténtico trabalenguas.

Los moros por supuesto que ya no son moros, sino magrebíes o norteafricanos, y los negros, según su procedencia, subsaharianos o afroamericanos. Eso sí, algo es algo, al menos a estos últimos ya no se les denomina personas de color, término impropio donde los haya puesto que los blancos -perdón, caucásicos- también tenemos nuestro propio color, aunque sea más bien tirando a pálido... Mención aparte merece el término gitano, tan tabú -como mucho los periodistas hablan ahora de etnia gitana, ya que lo de raza también está mal visto- que las noticias son sometidas a una férrea censura para evitar que los delincuentes de raza calé creen mala imagen de su colectivo, lo cual en ocasiones suele acabar siendo incongruente dado que determinadas noticias, como por ejemplo las venganzas entre clanes, quedan totalmente ininteligibles al vetarse la dichosa palabra. Eso sí, los gitanos no se privan -y con ellos muchos que no lo son- de denominarnos payos a los ajenos a su raza -perdón, etnia-, dándose la circunstancia de que, según el diccionario de la RAE, payo significa “campesino ignorante y rudo” y, según otros, “tonto, mentecato y cándido”, por no hablar de algunos localismos todavía peores. Si esto no es peyorativo, que venga Dios y lo vea.

En fin, todo es esperar a que dentro de poco se prohiban frases como “No se lo salta un gitano”, “No hay moros en la costa”, “Engañarle como a un chino”, “Estar negro”, “Fulanito es un negrero”, “Trabajar -o disfrutar- como un enano”, “Marica el último” -otro colectivo especialmente protegido por los censores del lenguaje- o “Hacer el indio”, y puede incluso que haya que cambiarles el nombre a dulces tan conocidos como los “conguitos” o los brazos de gitano o a empleos tan acrisolados como los negros literarios, al tiempo que es de esperar que acaben desapareciendo las fiestas de Moros y Cristianos -en las cuales siempre acaban perdiendo los moros, perdón magrebíes- o las imágenes del apóstol Santiago, en su advocación de Matamoros, tan frecuentes en nuestras iglesias.

La última perla dentro de este apartado la constituyen las multas, sanciones y amonestaciones con las que se está castigando de forma pretendidamente ejemplar a todos aquellos -futbolistas, entrenadores o espectadores- que en los campos de fútbol osen insultar a los jugadores negros haciendo alusión al color de su piel. Pues bien, como cualquiera mínimamente enterado sabe, en este mundillo resulta consustancial para muchos desgañitarse vociferando contra el equipo rival o contra el árbitro, y desde que el mundo es mundo todo buen forofo que se precie de serlo ha de ir al campo a poner como chupa de dómine a todos sus enemigos, algo que a decir de los psicólogos suele ayudarles a descargar la adrenalina acumulada a lo largo de la semana. Evidentemente no defiendo en modo alguno este comportamiento tan cavernícola, pero si queremos ser serios, no sólo se tendría que prohibir que a los negros se les llame negros con pretensión de insultarlos, sino asimismo que se tilde a los sufridos árbitros de cucarachas -o que se miente a sus progenitores con intenciones escatológicas-, o que a otros futbolistas de piel no tan oscura se les ridiculice por ser bajitos, gordos, calvos o feos.

Y como en España, cuando nos ponemos, sabemos ser más papistas que el Papa, las tonterías las hacemos a conciencia incluso cuando el punto de partida es algo tan razonable en principio como la famosa normalización lingüística de los nombres propios y los topónimos en las regiones con lengua vernácula. Por supuesto que es normal que los catalanes, los gallegos o los vascos quieran denominar a sus poblaciones por los nombres originales en sus respectivos idiomas, pero lo que ya resulta pasado de rosca es que esta norma se quiera aplicar a la totalidad de nuestro país incluyendo, claro está, al sector castellanoparlante. Es normal que en Cataluña se hable de Lleida o Girona o que en el País Vasco se haga lo propio con Hondarribia, pero lo que no lo es tanto -más bien no lo es nada- es que en periódicos de tirada nacional, o en los paneles informativos de las carreteras a pocos kilómetros de Madrid, utilicen esta terminología en vez de la correcta -para los castellanos- de Lérida, Gerona o Fuenterrabía, por la misma razón que en castellano -o español- no se dice London, München, Kohln, Movska o New York... Lo curioso del caso, es que una simple consulta a la versión catalana de Google nos permitirá descubrir que los catalanes, cuando escriben en catalán, utilizan topónimos tales como Osca y Saragossa en vez de los correspondientes términos castellanos de Huesca y Zaragoza, lo cual no puede ser más lógico puesto que es así como se escriben en su idioma; ¿por qué razón, pues, no se obra con idéntico criterio cuando es al contrario?

Claro está que en las regiones que carecen de idioma propio -al menos por ahora- tampoco se quedan atrás a la hora de inventar tonterías, como lo demuestra la reciente moción aprobada por unanimidad en el parlamento andaluz “contra la ridiculización de los andaluces en las series de televisión”, en la que se insta a la Junta de Andalucía a la realización de campañas -por supuesto pagadas con dinero público- para fomentar una imagen menos tópica de los habitantes de esta región española. Esperemos que no cunda el ejemplo y podamos seguir contando chistes de andaluces, catalanes, madrileños, gallegos o vascos sin que nadie nos denuncie por ello, porque si no, la cosa se va a poner demasiado aburrida...

Nos queda todavía lo mejor, la soberana estupidez del lenguaje no machista. Para empezar, sus defensores parecen olvidar que, a diferencia del inglés, en español todas las palabras tienen género, incluido el llamado género común que engloba tanto al masculino como al femenino; pero aun en esos casos -el cantante, la cantante- no existe la menor posibilidad de confusión gracias al género del artículo, inexistente en la lengua de Shakespeare. Así, no sólo es innecesario, sino decididamente ridículo, parir perlas cultivadas tales como autodidacto, conserja o jueza, algo que llevado a sus últimas consecuencias nos conduciría a términos tan ridículos -aunque no menos que los anteriores- como taxisto, atleto, futbolisto, guardio, policío o curo... Paradójicamente parecen haberse borrado del mapa algunos términos femeninos que han existido desde siempre, como poetisa -ahora poeta es unisex, mira por donde-, papisa, obispesa -he llegado a leer en los periódicos obispa- o sacerdotisa, transmutada esta última en mujer sacerdote, se ve que porque sacerdota les debía de sonar demasiado fuerte. Y no se queda ahí la cosa. Las antiguas asociaciones de padres de alumnos de los colegios son ahora “asociaciones de madres y padres de alumnos” -la cortesía tradicional no parece estar reñida con el feminismo-, las escuelas de adultos se han transmutado en “escuelas de personas adultas”, se ha desterrado el término hombre en su acepción de ser humano, los ciudadanos somos ahora “ciudadanos y ciudadanas”, los españoles “españoles y españolas” o viceversa, según el gusto... lo que no entiendo, es por qué razón no se habla, con toda lógica, de personas y personos. Aunque sin duda, lo más aberrante de todo es el uso de la arroba a modo de nueva vocal que agrupa en un mismo término ambos géneros, todo un ejercicio de ingeniería sintáctica tan voluntarioso como absurdo.

Y por si fuera poco, cuando de forma tardía y no sin reticencias (no porque los académicos -y las académicas- no estuvieran de acuerdo, sino porque según Arturo Pérez Reverte muchos de ellos no querían mojarse) la Real Academia de la Lengua publicó al fin en marzo de 2012, tras largos años de dictadura femiprogre, un duro y razonado informe, crítico claro está con semejantes majaderías, los y las femiprogres, haciendo pública profesión de fe tanto de su incultura como de su intolerancia, y no sé cual de las dos cosas es peor, llegaron a tildar a tan sensato documento nada menos que de "aberración contra la humanidad", cuando para mí las únicas aberraciones, humanas o no, son sus delirantes propósitos de imponer al común de la sociedad sus más que discutibles trágalas ideológicos, así como su transparente espíritu inquisitorial.

Si entramos en el campo de la publicidad la cosa es asimismo escandalosa, con el agravante de que la verdadera -y necesaria- lucha en contra de la discriminación femenina se ve obstaculizada por estas vana pirotecnia que, no obstante, suele ser muy del agrado de la progresía. Así, basta con que un anuncio utilice el reclamo del sexo -femenino, se entiende- de forma real o figurada, para que se monte la de Dios es Cristo, dándose la circunstancia de que la solución aplicada por algunos no es otra que la de recurrir, supongo que para compensar, a los desnudos masculinos sin que, ¡oh casualidad!, las tan activas organizaciones feministas se rasguen las vestiduras por ello, convencidas al parecer de que una estupidez se remedia contrapesándola con otra estupidez de la misma magnitud y signo contrario. Paradójicamente a nadie parece molestarle la existencia de los concursos de belleza, verdaderas ferias de ganado donde sí se denigra, y mucho, a las mujeres... aunque sí protestaron, sin éxito por cierto, por la presunta letra machista de la canción presentada por España al festival de Eurovisión de 2005, cuando en realidad lo que se debería haber recusado, por pura higiene mental, era la participación de nuestro país en tamaña bufonada.

La presunta no discriminación de la mujer no se queda, claro está, en los campos lingüístico o publicitario, sino que salta a la ley en temas tales como las cuotas femeninas -o si se prefiere, más ampliamente, la discriminación positiva de las minorías- que, como suele ocurrir con todas las discriminaciones, acaba siendo intrínsecamente injusta, no sólo para el colectivo mayoritario -en este caso los hombres- sino incluso para las presuntas beneficiarias, ya que este sistema de selección atenta directamente contra el único criterio válido y juicioso, la simple valía personal. Y desde luego, recientes intervenciones de algunas ministras como la de Cultura -es un decir- confundiendo el latín con los dibujos animados, no permiten ser demasiado optimistas al respecto. Claro está que todo ello se queda en mera anécdota -todo lo anecdótico que puede ser dejar la cultura en manos de incultos- cuando descubrimos que se baraja incluir en el Código Civil la obligación de los maridos de contribuir equitativamente en las siempre desagradables tareas domésticas... lo cual estaría muy bien -me refiero a la colaboración, claro- de no existir un pequeño inconveniente: ¿cómo van a controlar su cumplimiento, enviando inspectores a las casas para ver quién está fregando los platos o planchando las camisas? Se trata de algo tan absurdo, que lo que no sé es como no se les cae la cara de vergüenza a sus promotores por la estupidez que se les ha ocurrido.

El conjunto de despropósitos seudofeministas se completa con absurdos tales como las convocatorias literarias de cuentos no sexistas -¡viva la censura!- o aquéllas reservadas exclusivamente a mujeres. ¿Se imaginan ustedes la que se montaría si a alguien se le ocurriera organizar un concurso literario, pongo por caso, en el que sólo pudieran participar varones? La conclusión que se obtiene de todo lo anteriormente dicho es que los promotores de todo este hatajo de tonterías, sea por incapacidad o por puro cinismo, lejos de luchar contra la discriminación -que por desgracia existe- de las mujere, se limitan a levantar cortinas de humo que, amén de ser una insustancial fachada, no les supone el menor esfuerzo, al tiempo que les sirve -al menos a los políticos- para salir en la foto. Remangarse los brazos y trabajar de verdad es ya otra historia.

Por si fuera poco, a estos progres de opereta se les suele ver el plumero a poco que comparemos sus folklores seudofeministas con su no menos folklórica defensa de las presuntas peculiaridades culturales de ciertas minorías sociales -como los gitanos- o extranjeras, olvidando en flagrante contradicción que las mujeres gitanas están sometidas en muchos casos a un machismo mucho más férreo -incluyendo los matrimonios concertados por sus familias- que el resto de las españolas, o que el famoso velo islámico no es sino el reflejo más visible, aunque no el único, del secular sometimiento femenino tan firmemente arraigado en el seno de las sociedades musulmanas. Eso poco les importa, como les importa todavía menos que la más que discutible exigencia de algunos colectivos de inmigrantes de implantar en nuestro país ciertos hábitos sociales suyos que chocan frontalmente no ya con nuestras costumbres, sino contra los propios derechos humanos, no se corresponda con la necesaria reciprocidad en sus lugares de procedencia, con ejemplos tan escandalosos como el reciente de unos cristianos pakistaníes encarcelados sin contemplaciones por haber cometido el terrible delito de haber celebrado una ceremonia religiosa ¡en privado!... al parecer, a estas mentes tan preclaras no les acaba de entrar en la mollera algo tan evidente como que la tolerancia, para que resulte efectiva, ha de ser mutua y correspondiente, ya que en caso de existir una asimetría lo suficientemente marcada lo único que se consigue es acabar haciendo el primo.

Claro está que lo más probable es que, alejados del mundanal ruido, estos torquemadas de lo ajeno no sólo no padezcan en propia carne estos problemas, sino que además tengan la desfachatez de tildar de intolerantes a quienes sí los sufren y osan decirlo en voz alta en vez de padecerlos como las hemorroides -vulgo almorranas-, es decir, en silencio. Así, cualquiera.


Publicado el 4-5-2005
Actualizado el 7-3-2012