El discreto encanto de la rojería





Sobre el papel siempre queda todo muy bonito


Tropecé -nunca mejor dicho- con los militantes de extrema izquierda recién llegado a la Universidad; eran los años inmediatamente posteriores a la muerte de Franco y España estaba en ebullición, por lo que estos grupúsculos eran entonces muy activos. Y pronto descubrí que era muy poca la afinidad que podía tener con ellos, no ya por cuestiones ideológicas sino fundamentalmente por su talante, dogmático y radical y en absoluto tolerante con quienes no comulgaran con sus ideas o con sus métodos.

Además, a mí me fastidiaba mucho que vinieran a reventarme las clases con cualquier pretexto, que en muchas ocasiones encontraba ajenos o bien injustificados, y que, bajo un débil barniz de falsa democracia, hicieran todo lo posible por imponer su voluntad, dándose además la circunstancia de que a estos agitadores sólo les veíamos el pelo en la facultad cuando venían a alborotar, jamás asistiendo a clase.

Recuerdo todavía un hecho que entonces me abrió los ojos sobre lo que se podía esperar de esta gente. Habían convocado una asamblea para votar en ella la decisión de hacer huelga por no sé qué motivo. Todo fue bien mientras el guión se ciñó a sus deseos, pero cuando un compañero mío tomó la palabra para exponer respetuosa y civilizadamente sus motivos de desacuerdo, montaron en cólera sometiéndole a poco menos que un proceso inquisitorial pasado por su particular filtro.

Lo curioso del caso es que eran cuatro gatos, divididos además en multitud de grupúsculos rivales al estilo de la genial escena de La vida de Bryan en la que se pelean las distintas facciones de los nacionalistas judíos: Liga Comunista Revolucionaria, Organización Revolucionaria de los Trabajadores, Partido del Trabajo de España, Partido Socialista de los Trabajadores, Movimiento Comunista, Partido Comunista de España (reconstituido), Partido Comunista de España (marxista-leninista)... repartidos en diferentes facciones irreconciliables, ya que unos se proclamaban leninistas -e incluso estalinistas-, otros troskistas, otros maoístas, otros castristas... sin que me fuera posible distinguir sus sutiles diferencias ideológicas.

Lo que sí tenían todos ellos en común, además de su talante revolucionario y su repulsa a la que calificaban despectivamente como la sociedad burguesa, era un odio visceral hacia el Partido Comunista de España, al cual consideraban revisionista -una de las peores acusaciones de su particular escala- y que entonces, a diferencia de ellos, dio muestras de una gran sensatez y un no menor pragmatismo político.

No obstante, compensaban lo exiguo de sus fuerzas con una actividad frenética que podía llegar a engañar, haciendo parecer que contaban con un peso y una capacidad de influencia mucho mayores de lo que eran en realidad, dado que se les daba muy bien salir en las fotos. Y aunque se sentían como pez en el agua en la calle y organizando mítines, huelgas -revolucionarias, por supuesto- y manifestaciones varias, la llegada de la democracia, y con ella de las elecciones, supondría la puntilla para casi todos ellos, ya que a la hora de la verdad, es decir, de recontar los votos, no se jalaron una rosca, lo que desató una espiral de fusiones, escisiones, desapariciones y refundaciones que bien podrían resumirse en la famosa -y cáustica- frase de Groucho Marx acerca de llegar a alcanzar, tras grandes esfuerzos, las más altas cotas de la miseria, así como en esa otra no menos mordaz de que contra Franco vivían mejor.

Cierto es que algunos lograron colarse en las elecciones municipales de 1979, e incluso en aras de la solidaridad de la izquierda llegaron a ser admitidos en las coaliciones concertadas entre el PSOE y el PCE... lo cual les permitió dedicarse a incordiar en los ayuntamientos durante los siguientes cuatro años. Pero su final estaba ya sentenciado, al menos conforme a sus esquemas clásicos, ya que quedaba claro que, como tales, no tenían mucho que hacer en la nueva estructura política española.

Sin embargo, los acontecimientos acaecidos en la política española, e incluso en la internacional, les permitirían reciclarse de algún modo. Para empezar, el PCE sufrió una grave crisis a mediados de los años ochenta saldada con la expulsión de su histórico dirigente Santiago Carrillo, a lo que se sumó una continua sangría de votos y de militantes en beneficio, en ambos casos, del cada vez más hegemónico PSOE. Esta agitación de las aguas de la izquierda comunista, junto con la ineficacia electoral de los grupúsculos de extrema izquierda, hizo que éstos se quedaran prácticamente vacíos, cuando no desaparecieron, debido a dos fenómenos: el trasvase de muchos de sus antiguos militantes al PSOE -que no al PCE, entonces sumido en una grave crisis-, a lo cual habría que dedicar otro artículo completo, y el reciclaje de otros conforme a las corrientes venidas de Europa, y que trataré más adelante. Por último los restantes, salvo algunos grupúsculos testimoniales y virtualmente marginales, acabarían integrados en su mayor parte en Izquierda Unida, esa fallida refundación de la izquierda comunista -que a decir de algunos de unida tuvo más bien poco- que, pese a sus casi treinta años de existencia -fue creada en 1986-, nunca ha conseguido recuperar las cotas electorales del antiguo PCE de los años de la Transición. Pero ésta es también otra historia.

Centrémonos, pues, en los reciclados, que son a los que dedico fundamentalmente este artículo. Con la extrema izquierda tradicional todavía más marginal en la nueva sociedad española y perdidas por completo sus referencias con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el paralelo aggiornamento del régimen chino, a la par que las escasas dictaduras comunistas supervivientes de la debacle -Cuba, Corea del Norte- se convertían en ejemplos cada vez más impresentables incluso para los más dogmáticos, era evidente que siguiendo por ese camino tenían muy poco futuro... a no ser que se cambiaran de piel, o de disfraz como Mortadelo, ya que cambiar de ideas les resultaría sin duda bastante más difícil.

Así pues, y con una capacidad para el mimetismo digna de mejores causas, acabarían reciclándose en ecologistas -antinucleares, por supuesto, y ahora también anti CO2-, en pacifistas, en feministas, en antirracistas, en abanderados del laicismo -en realidad anticlericales, algo muy tradicional en ellos-, en defensores del Tercer Mundo, en promotores de la corrección política... por supuesto siempre a la contra, ya que es evidente que resulta mucho más fácil dinamitar que poner ladrillos.

En realidad esta evolución estuvo muy en la línea de la de sus homólogos europeos que, por lo general, tampoco solían comerse una rosca, y todavía menos después de que se descubriera la verdadera realidad de los paraísos socialistas de los países de Europa Oriental. Eso sí, como la cabra siempre tira al monte y en ellos la ideología solía ser secundaria frente al peso del dogmatismo, siguieron utilizando los mismos métodos dialécticos, u otros muy similares, que yo había conocido ya en los lejanos años de mis estudios universitarios, sólo que aplicados a sus nuevos hábitats políticos.

Lo triste del caso es que las causas que ellos decían defender solían ser por lo general nobles y completamente asumibles para cualquier persona medianamente normal... aunque en realidad, a poco que rascaras, descubrías que eran tan sólo meros señuelos. Yo me considero ecologista, aborrezco el machismo y me indigna cualquier tipo de injusticia o de explotación, pero pronto descubrí que, pese a la aparente afinidad de muchas de nuestras motivaciones, las discrepancias eran absolutas, ya que en el fondo esta gente seguía siendo tan dogmática y tan radical como siempre, con independencia de cuales pudieran ser sus nuevas banderas; porque, en la práctica, su discurso permanecía monolíticamente anclado en los años de la Guerra Fría, sin variar un ápice -y esto es lo verdaderamente importante- en su maniqueísmo radical e inasequible al desaliento. La verdad es que estas sucesivas reencarnaciones tampoco les sirvieron de mucho, aunque al día de hoy los reciclajes continúan...

Sin embargo, y pese a que la extrema izquierda española, o sus herederos actuales, ha seguido una reconversión -que no evolución- paralela a la de sus homólogos europeos, ésta presenta no obstante una peculiaridad hasta donde yo sé singular y, desde mi punto de vista, totalmente contranatura: su apoyo férreo y sin fisuras a los nacionalismos periféricos, cuando no la asimilación, con la fe berroqueña del converso, de sus arcaicos postulados.

Vaya por delante que yo considero a los nacionalismos, con la única excepción -y con matices- de los movimientos anticolonialistas, meros residuos atávicos del tribalismo ancestral, siempre empeñado en proteger, a quienes tenían la suerte de pertenecer a su grey, de las agresiones, reales o presuntas, de las tribus vecinas... por muy sofisticada que pueda resultar la presentación del envoltorio y, por supuesto, sin preguntar antes a los suyos, si querían ser defendidos, no fueran a decir éstos que no.

Por esta razón los nacionalismos, prácticamente sin excepción, suelen violar flagrantemente un principio tan fundamental -y no lo digo yo, lo dice Fernando Sabater- como es que en una sociedad democrática no hay lugar para los derechos colectivos -y mucho menos para los nacionales-, sino tan sólo los individuales, por lo que la defensa de unos presuntos derechos nacionales lacerados por el estado opresor es algo que se cae, dentro del contexto democrático, por su propio peso, no siendo de recibo que algo tan accidental como tu lugar de nacimiento y, en muchas ocasiones, también tu lugar de residencia, tengan que condicionarte la vida quieras o no.

En cualquier caso, para mí resulta evidente que los nacionalismos no sólo son, por definición, de derechas sino también intrínsecamente reaccionarios por su propia naturaleza, y desde luego no es casualidad que algo tan hostil a la modernidad como fue el carlismo tuviera especial arraigo tanto en el País Vasco como en Cataluña, constituyendo el origen de sus respectivos nacionalismos modernos.

Y es que, si bien se entiende que haya nacionalismos de derechas, lo que ya no es tan comprensible es que pretenda haberlos de izquierda, dado que se trata, desde el punto de vista de la teoría política, de dos conceptos total y absolutamente antagónicos... algo que no digo yo, sino que lo dijo el propio Carlos Marx con su conocida frase ¡Proletarios del mundo, uníos!.

Entonces, ¿a qué se debe este extraño maridaje made in Spain que tantos quebraderos de cabeza ha dado y tantos más promete seguir dando?

A mi entender, la raíz del problema arranca de la desafortunada conjunción de dos factores en principio independientes, por un lado el tradicional anticolonialismo de la izquierda radical -las cursivas se deben a su tradicional polarización conforme a la etiqueta que le correspondiera a la respectiva potencia colonizadora-, y por otro la represión franquista que, en su pragmático ecumenismo, hermanó a la izquierda, o mejor dicho, a las izquierdas, con los nacionalismos y con cualquier otro movimiento político que osara cuestionar su caudillaje, tanto dentro como fuera del Régimen. Dicho con otras palabras, mucho me temo que la existencia de un enemigo común condujo a una falsa y a todas luces artificial solidaridad que, tras la muerte de Franco, fue apoyada ingenuamente por la totalidad de la izquierda, PSOE incluido, sin que fuera correspondida por los nacionalistas salvo en aquello que pudiera redundarles en beneficio propio.

Y de esos polvos, vinieron estos lodos. Esta actitud suicida de la izquierda española, de todo punto impensable en sus correligionarios de los países vecinos, tan sólo sirvió para que los nacionalistas cogieran fuerzas y comenzaran a acumular prebendas y regalías de todo tipo, aprovechándose asimismo de un privilegiado trato electoral que les conducía -y conduce- a una sobrerrepresentación de sus votos -y por lo tanto de sus escaños- en el Parlamento, convirtiéndoles muchas veces en la llave a la que el partido en el gobierno tenía que comprar, y no precisamente a un precio barato, para sacar adelante sus leyes.

Pero esto sigue sin explicar del todo la razón por la que dos ideologías en principio antagónicas acabaron fusionándose en una sola, el comentado nacionalismo de izquierdas que, desde luego, merecería ser objeto de estudio por parte de los sociólogos. No obstante, lo que resulta evidente es que ambas, por separado, tienen en común, entre sí y con otros fanatismos tales como el religioso o, incluso, como el deportivo, el hecho de estar basadas exclusivamente en la fe irreflexiva, y no en la razón. Se es de extrema izquierda -o de extrema derecha- como se es nacionalista, porque sí, y esto es algo que ni se discute ni se cuestiona.

De este modo, el verdadero problema surgió, primero en el País Vasco y posteriormente en Cataluña, cuando al socaire de una situación favorable creada en su ceguera tanto por el PNV como por CiU, sin olvidarnos en el caso catalán de la previa insensatez del Partido Socialista de Cataluña durante los tristes años del Tripartito, ambos partidos acabaron siendo desbordados por sus respectivos nacionalismos de izquierda, que ya no se conformaban con amagar sino que defendían sin tapujos llegar, incluso, hasta la independencia. Y dada su estolidez ideológica, fruto de una cerrazón por partida doble, era de temer que fueran en serio, por más que pudieran tener absolutamente todo en contra. Pero eso, para un buen fanático, no deja de ser una minucia.

En realidad, que las facciones moderadas -o las menos radicales, según como se mire- acaben desbordadas, cuando no exterminadas, por las más radicales, ha solido ser un proceso bastante frecuente a lo largo de la historia, tal como ocurrió con los girondinos y los jacobinos franceses o con los mencheviques y los bolcheviques rusos, sin olvidarnos tampoco de que los promotores de la II República Española no tardaron en perder el control de la misma en beneficio de los extremistas de uno y otro color, con los resultados ya conocidos.

 Y en esas estamos. Mientras la situación política en el País Vasco parece mantenerse tranquila por el momento, aunque el problema dista mucho de estar resuelto, Cataluña se encuentra sumida ahora en un fervor independentista difícil de entender dado que no tiene una justificación racional, pero que tanto sirve para tapar los trapos sucios de CiU como para buscar un culpable -España- al cual achacarle todos sus males, reales o imaginarios. Claro está que, durante décadas, se ha venido sometiendo a los catalanes -en especial en las escuelas- a un bombardeo propagandístico, que deja en chico al franquista, dirigido a convencerles de que la independencia sería su panacea y el camino de baldosas amarillas que les conduciría a la prosperidad y a la libertad... y luego dicen de los Reyes Magos.

Así, mientras el insensato de Artur Mas se inmola como James Cagney en Al rojo vivo, gritando ¡Mamá, al fin he llegado a la cumbre! encaramado en un depósito de gasolina a punto de explotar, los otros se limitan a recoger sin grandes esfuerzos la cosecha que tan gentilmente les han servido, sin que les importe en absoluto la más que predecible catástrofe a la que conducirían a Cataluña de llevar adelante sus delirantes planes... y no será por falta de advertencias a todos los niveles, incluyendo las de la propia e imparcial Unión Europea.

Pero a los radicales, con independencia de su pelaje, todo les da igual con tal de ver consumado aquello que llevan grabado a fuego en sus más bien escasas neuronas, ya que a la fe jamás se la discute. Y si, como ocurre en estos casos, son radicales por partida doble, pues con mayor razón todavía. Sin embargo lo más preocupante no es eso, sino constatar cómo una ideología marginal puede ser capaz de arrastrar a las masas en su delirio... aunque, por desgracia, la historia nos muestra numerosos ejemplos de estas locuras colectivas, incluyendo el del auge del nazismo, sin duda el más dramático de todos. Y ya sabemos como acabó la aventura.


Publicado el 20-9-2013