Las inquisitontas





La “peligrosa” fotografía de la polémica



Veo con preocupación como en estos últimos tiempos están surgiendo, contra toda lógica, todo tipo de nuevas inquisiciones que tienen en común tanto el cerrilismo estúpido de sus planteamientos -de ahí el título del artículo-, como el empeño dictatorial de sus promotores en imponérselas a la sociedad quiera o no quiera ésta.

O quizás no sean tan nuevas, porque pese a colgarnos durante siglos a los españoles, merced a la tan socorrida como falsa Leyenda Negra, todos los sambenitos posibles de oscurantistas, reaccionarios, intolerantes, fanáticos, inquisidores y unas cuantas lindezas más, lo cierto es que quienes se llevan realmente la palma de todas estas virtudes son los comúnmente conocidos como puritanos y en especial aquéllos que emigraron a los futuros Estados Unidos porque ni siquiera en la Inglaterra protestante de su época los aguantaban, cuyos descendientes se han dedicado a fastidiar a los demás tanto en forma de sectas palizas como entrometiéndose siempre que han podido en los engranajes de gobierno de la sociedad americana poniéndole toda clase de chinas. Esto, claro está, sin contar con el trasfondo de inmensa hipocresía que se esconde tras su muchas veces fingida religiosidad. Pero ésta es otra historia.

Fueron puritanos quienes forzaron la implantación de la Ley Seca, los que a lo largo del tiempo pretendieron y en algunos casos lograron la prohibición de la enseñanza de la Teoría de la Evolución en los colegios, o los que han implantado sus peculiares teocracias en aquellos lugares sometidos a su control, como ocurre con los mormones en el estado de Utah.

Claro está que el puritanismo no tiene por qué ser estrictamente religioso, ya que también puede ser laico. Ejemplo de ello fueron el Código Hays, una autocensura del cine norteamericano incluso más estricta en determinados detalles que la franquista, aplicada entre 1934 y 1967; su homóloga Comics Code Authority, aplicada a los cómics desde 1954 y todavía vigente aunque ya muy descafeinada, o la tristemente caza de brujas -quizá el nombre no fuera casual- del senador McCarthy.

Puritanos fueron también los inventores de la majadería de la corrección política, por desgracia exportada a Europa, donde ha sido adoptada con entusiasmo por la izquierda autista y con resignación por el resto de las fuerzas políticas, para pasmo de quienes tenemos las ideas bastante claras al respecto. Y puritanos son, por último, los inventores de todas las inquisitontas que la siguieron y que, no conformes con retorcer el lenguaje con eufemismos ridículos, persiguen sin contemplaciones a todos aquéllos que se salgan de sus estrechos marcos tildándolos, según el caso, de machistas, homófobos, racistas, especistas (!), antiecologistas u otras lindezas por el estilo.

Esto sin contar con la persecución a la que han sido sometidos personajes famosos como Woody Allen o, más recientemente, Plácido Domingo, acusados sin pruebas -la mayoría de las veces incluso de forma anónima- de una presunta depredación sexual que nadie ha podido demostrar ni, por supuesto, ningún juez ha llegado a sancionar, lo que no ha evitado daños irreparables a sus respectivas carreras y un ostracismo social y profesional saltándose a la torera algo tan fundamental en un régimen de derecho como es la presunción de inocencia.

Claro está que este fanatismo cerril no siempre se muestra como un drama sino también en ocasiones como una comedia o, mejor dicho, como una astracanada, al menos visto con ojos europeos ya que como es sabido allende el Atlántico pintan bastos para estas cosas y no sólo en los Estados Unidos, patria del intento, sino también, al parecer, en sus vecinos norteños, a los que cabría suponer más inmunes al virus de la majadería.

Véase, si no, el revuelo que se montó tras la publicación en la revista Time -estadounidense, y no canadiense- de una fotografía en la que Justin Trudeau, el actual primer ministro de Canadá, aparece disfrazado de negro con teñido de la piel incluido. De poco sirvió que la foto hubiera sido tomada en 2001 durante una fiesta de disfraces celebrada en un centro de enseñanza canadiense -no estadounidense en el que Trudeau era profesor. Tampoco sirvió que éste fuera entonces un joven de 29 años -ahora tiene 47- y que su carrera política no empezara hasta años después. Los inquisidores ya habían acorralado a la presa y no estaban dispuestos a soltarla.

El “pecado” de Trudeau, destapado dieciocho años después, había consistido en “burlarse” de los negros en una fiesta de disfraces privada, lo que para todos estos inquisidores de opereta suponía un intolerable acto de racismo convicto... y confeso, puesto que Trudeau, inmerso en plena campaña electoral en la que se juega la reelección como primer ministro, se ha apresurado a disculparse por su gravísimo crimen “lamentando profundamente haberse pintado la cara de negro”. Eso sí, al menos por ahora no ha atendido las peticiones de dimisión que tampoco han faltado.

Lo más chusco del caso es que, además de tratarse de países diferentes, por lo que sigo sin entender qué se les había perdido a los de Time al norte de su frontera, la población negra -o afroamericana, por usar el eufemismo políticamente correcto- del Canadá apenas alcanza el 3,5 % del total, un porcentaje muy alejado del 12,4 % de sus vecinos del sur, y para más inri no me suena que la esclavitud tuviera la menor relevancia en este país ni que los negros hubieran estado especialmente discriminados allí. Así pues, aparte de meter las narices donde no les importaba, lo estaban haciendo en un país cuyas circunstancias históricas y sociales eran muy distintas en lo que a este tema se refiere.

Si se me pidiera definir esta absurda polémica con un único adjetivo, la tildaría de ridícula, por más que en Estados Unidos, dentro de su blandenguería hipócrita, este comportamiento se considere racista mientras su población negra, esclavizada durante siglos y marginada legalmente hasta hace cinco décadas siga estando aún hoy discriminada en la práctica -aunque esta discriminación sea más sutil- frente a los descendientes de anglosajones.

Pero como todo se pega menos la hermosura, yo recomendaría a los concejales españoles que, por si acaso, abandonaran la práctica de disfrazarse de rey Baltasar en las cabalgatas de Reyes. Porque nunca se sabe, y majaderías más gordas han conseguido sentar sus reales contra toda lógica en la, se suponía, mucho menos mojigata e hipócrita Europa.


Publicado el --2016