Islam y occidente. ¿Dos culturas incompatibles?





La rendición de Granada, de Francisco Pradilla


Desde que tuvieran lugar los brutales atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, 11 de marzo de 2004 en Madrid y 7 de julio de 2005 en Londres, o los de Bali, Casablanca, Jordania o el Mar Rojo cometidos fuera de Occidente pero dirigidos todos ellos hacia intereses y ciudadanos de nuestros países, a los que habría que sumar también conflictos tales como los de Palestina, Afganistán o Irak, han sido infinidad los análisis publicados en los medios de comunicación sobre el enfrentamiento, presunto o real, entre el mundo occidental, mal llamado cristiano, y el musulmán. Dentro de este ingente volumen de información ha habido, como cabe suponer, opiniones de todo tipo en las cuales, tras descartar la hojarasca dejando tan sólo las aportaciones interesantes, he creído detectar, no obstante, una cierta ausencia o, cuanto menos, ambigüedad de ciertos conceptos que considero claves a la hora de analizar un problema que podría llegar a tener consecuencias graves en un futuro si los acontecimientos evolucionaran hacia el peor escenario de todos los posibles. Por ello, es mi deseo que este artículo pueda servir para salvar precisamente estas lagunas, sin pretender en ningún momento realizar nada parecido a un análisis global de la cuestión ya que esto es algo que excede con mucho a mis posibilidades.

Para empezar, y esto resulta fundamental, es necesario diferenciar entre los conceptos de cultura o civilización por un lado, y el de sociedad por otro. Una cultura tiene continuidad histórica y evoluciona constantemente a lo largo de siglos e incluso de milenios, transformándose constantemente pero manteniendo siempre sus rasgos de identidad. Las sociedades, por el contrario, representan un concepto mucho más limitado al estar referidas a unos marcos cronológicos y geográficos concretos y ser sus períodos de existencia mucho más limitados. Evidentemente, con el paso del tiempo una cultura llegará a englobar a toda una serie de sociedades que podrán ser, dependiendo de los casos, coincidentes en el tiempo, coincidentes en el espacio o bien ni lo uno ni lo otro. Como muestra, valga un ejemplo: La cultura occidental tuvo su origen en la Grecia y la Roma clásicas, y se ha perpetuado sin solución de continuidad hasta nuestros días. Sin embargo, a lo largo de los siglos han sido muchas las sociedades que se han sucedido en el seno de ésta, desapareciendo y siendo sustituidas por otras nuevas, tal como ocurrió con los extintos imperios romano y bizantino, o con los reinos medievales. Estos fenómenos no sólo se han dado en el tiempo, sino también en el espacio. Mientras occidente se ha expandido por áreas geográficas que inicialmente le eran ajenas, como Australia o el continente americano, asimismo ha sido desplazado por el islam en regiones como el norte de África, Asia Menor o el Oriente Próximo que antaño estuvieran imbricadas en él. Dicho con otras palabras, no es lo mismo hablar de civilización occidental que de sociedades -en plural- occidentales, de la misma manera que al citar a cualquier sociedad concreta habrá que situarla necesariamente tanto en el contexto histórico como en el geográfico que le correspondan.

Es evidente que en el islam, al igual que en cualquier otra cultura, ocurre exactamente lo mismo. Por esta razón, conviene no confundir la incuestionable aportación de los musulmanes al acervo común de la humanidad, con la problemática existente en las sociedades islámicas actuales, ya que ni se puede descalificar el todo por la parte, ni resulta correcto utilizarlo como disculpa de las páginas negras que, como todas las civilizaciones, los musulmanes también poseen. Téngase en cuenta que, al analizar lo que está ocurriendo ahora mismo en esos países, así como su difícil relación con occidente, no se trata de enjuiciar la evolución a través de los siglos del islamismo, sino de considerar su comportamiento de ahora mismo. De idéntica manera que las críticas al oscurantismo medieval, o a los desmanes cometidos por la Inquisición durante la Contrarreforma, no implican que los occidentales actuales tengamos que asumir una responsabilidad heredada de nuestros antepasados, el pasado esplendoroso del islam no puede servir de disculpa para lo que está ocurriendo actualmente en las sociedades musulmanas. Simplemente, se trata de dos cosas muy distintas.

Llegados a este punto, conviene detenernos en otra cuestión no menos importante que la anterior. No hay culturas superiores y culturas inferiores, pero sí existen sociedades avanzadas y sociedades atrasadas. Cabe pensar que cualquier civilización pueda ser capaz de llevar a las sociedades surgidas en su seno a las cotas más elevadas del desarrollo, pero la historia demuestra también que, en todas las culturas, sus sociedades han atravesado sucesivamente por etapas de auge y de decadencia, alternándose los períodos de esplendor con los siglos de oscurantismo. Estas épocas oscuras, que por analogía con nuestra Edad Media podrían ser definidas como medievales, existieron en el antiguo Egipto, en la Grecia homérica, en China, en la India, en la cultura maya... Y también en el islam, aunque en este último caso quizá debiera ser más correcto conjugar el verbo existir no en pasado, sino en presente.

Puesto que esta última afirmación podría parecer demasiado fuerte, paso inmediatamente a puntualizarla. Basta con estudiar la historia para apreciar que el islam atravesó su época dorada -curiosamente compartida con la postración medieval de occidente- hará cosa de unos mil años, manteniéndose posteriormente durante varios siglos a la par con los países europeos. Sin embargo, coincidiendo en el tiempo con el inicio de las dos revoluciones, la francesa y la industrial, que supusieron conjuntamente el despegue definitivo de occidente, las sociedades musulmanas se sumieron en una larga recesión de la que todavía hoy no han logrado recuperarse. Ningún juicio de valor hay en este análisis, pero sí resulta evidente la existencia de un significativo desfase, digamos social, entre ambas culturas. Esto no justifica en modo alguno cualquier posible tentación de atribuir una presunta superioridad a la cultura occidental, pero sería negar la evidencia no asumir que el islam contemporáneo se encuentran muy rezagado socialmente con respecto a nosotros, a diferencia de lo que ocurría varios siglos atrás. Y es lo que sucede ahora lo que afecta directamente a nuestras vidas, no lo que aconteciera, para bien o para mal, en tiempos de las cruzadas o a raíz de la caída de Constantinopla.

No pretendo escandalizar a nadie afirmando que la sociedad occidental actual -puntualizo; sociedad, no civilización- es más avanzada, o está más desarrollada, que su homóloga musulmana, y desde luego no resulta válido como argumento contrario la socorrida y progresista defensa de la diversidad cultural. Por supuesto que todo pueblo, sin excepciones de ningún tipo, tiene perfecto derecho a mantener su propia idiosincrasia libre de interferencias ajenas, pero bajo estas premisas básicas no puede quedar camuflada la menor violación de los derechos humanos que, por propia definición, son de ámbito universal y, por ello, han de tener siempre primacía sobre cualquier tipo de singularidad cultural, so pena de incurrir en delito de lesa humanidad.

Analizando la situación actual del conjunto de los países musulmanes, vemos que, por encima de todas las diferencias existentes entre ellos, puede apreciarse una preocupante falta de respeto por los derechos humanos, y no sólo porque en la mayoría de ellos la democracia sea un bien escaso cuando no directamente inexistente, sino porque los regímenes políticos que los gobiernan no sólo suelen ser autoritarios sino también, y esto es lo más grave, despóticos cuando no tiránicos. Sumemos a ello hechos tales como la discriminación de la mujer, no sólo social sino también legal, a la cual ni tan siquiera se le permite casarse libremente; la falta de libertades civiles y religiosas; la persecución de la homosexualidad; el desprecio a la vida humana, que ampara una esclavitud que, no por camuflada, deja de ser real, y salvajadas tales como la ablación del clítoris que, si bien no es en su origen una tradición musulmana, sí se practica en numerosos países islámicos sin que al parecer las autoridades religiosas de los mismos pongan especial empeño en erradicarla, o los intolerables excesos de una ley islámica que amputa las manos a los ladrones y lapida a las adúlteras. Como es fácil de suponer, nos encontramos con un panorama ciertamente poco envidiable para cualquier ciudadano occidental, y todavía más cuando en los periódicos nos encontramos con titulares del estilo de “Argelia promulga una ley para frenar el avance del cristianismo” o “Un fiscal de Afganistán pide la pena de muerte para un reo por convertirse al cristianismo -finalmente indultado tras ser declarado loco, lo que no le eximió de tenerse que exiliar a occidente-, noticias que nos retrotraen directamente a la Edad Media por mucho que estén fechadas en 2006.

Afirman los expertos que el Corán no avala ninguno de estos comportamientos antiéticos, y ciertamente no existe la menor razón que nos impida creerlo; pero tampoco los Evangelios incitan a la violencia y ello no fue óbice para que, interpretándolos de forma sesgada, fueran utilizados como coartada para justificar las cruzadas o para quemar herejes. Sin necesidad de retrotraernos tanto en el tiempo, vemos cómo en pleno siglo XIX, e incluso hasta bien entrado el XX, la Iglesia Católica -y sospecho que también las otras confesiones cristianas- se opuso frontalmente a toda iniciativa que supusiera el menor atisbo de liberalismo o modernización de los países europeos, condenando sin paliativos a todos aquéllos que se opusieron al absolutismo o al imperio de la tradición -en el peor sentido de la palabra- que durante siglos le garantizaron una cómoda hegemonía social en sólida alianza con los que hoy llamaríamos poderes fácticos.

Curiosamente el espíritu reaccionario del Syllabus, la famosa encíclica promulgada por el papa Pío IX en 1864 en la que se condenaban sin paliativos los que para la Iglesia de entonces eran los errores modernos -entre ellos el racionalismo, el liberalismo, el socialismo y el comunismo-, recuerda poderosamente en su actitud a la aversión que muestran en la actualidad significativos sectores del mundo musulmán hacia todo aquello que huela remotamente a modernización, interesadamente confundida por las autoridades religiosas islámicas con la para ellos perversa y atea occidentalización; y no estoy hablando sólo del caso extremo de los talibanes, sino de una actitud peligrosamente en auge por todo el orbe musulmán.

Conviene recordar, asimismo, que la separación efectiva entre la Iglesia y el Estado -sobre el papel ya existía desde el bíblico Al César lo que es del César- sólo se pudo consumar en los países occidentales en fechas todavía recientes, y no sin vencer una fortísima resistencia por parte de los estamentos eclesiásticos, apoyados por sus incondicionales aliados. Pues bien, esta separación de poderes que constituye una de las piedras angulares de la sociedad occidental jamás ha existido en la tradición musulmana, donde el califa reunía en una misma persona los atributos de gobernante absoluto y cabeza del islam -es decir, emperador y papa- y donde la ley coránica sigue siendo aplicada todavía con todo rigor en numerosos países.

Dadas estas circunstancias, no es de extrañar que occidente e islam sigan en la actualidad caminos muy dispares. Así, mientras en Europa y, todavía más, en los entonces nacientes Estados Unidos las ideas progresistas propaladas por la Revolución Francesa tuvieron desde el principio un firme arraigo en las sociedades de su época, que lucharon tenazmente por abolir todos los arcaísmos heredados del Antiguo Régimen, en el seno de los países musulmanes se aprecia por el contrario un preocupante rechazo de las masas sociales hacia cualquier tipo de secularización de la sociedad, estando en auge el integrismo y las interpretaciones cada vez más reaccionarias del mensaje del Corán. Este fenómeno tiene lugar no sólo en los países menos desarrollados económica o socialmente -el paupérrimo Afganistán, pero también la opulenta y conservadora Arabia Saudita, sin contar con el significativo caso de Irán-, sino también en aquellos otros, como Turquía o Indonesia, que podrían parecer menos proclives al fundamentalismo, sin que podamos olvidar a las importantes poblaciones musulmanas que habitan en occidente y de las cuales me ocuparé más adelante. De hecho, y con la notable excepción de Turquía, en aquellos países en los que se intentaron implantar gobiernos laicos siguiendo el esquema europeo de separación Iglesia-Estado con la consiguiente secularización de la sociedad, o bien la experiencia se saldó con un fracaso, como ocurrió con el Irán del Sha o con el Afganistán anterior a las guerras civiles y a la implantación del régimen talibán, o bien se han visto sometidos a fuertes presiones integristas, como ha ocurrido en Argelia, Egipto o Pakistán.

Aunque en ninguna cultura el integrismo religioso ha necesitado recurrir nunca al espantajo de un presunto enemigo externo para declarar la guerra a todo cuanto oliera a modernidad, en el caso del mundo musulmán sus defensores han encontrado la excusa perfecta en el antioccidentalismo secular latente en estas sociedades desde hace siglos. Es una evidencia palpable que cristianismo e islam fueron rivales irreconciliables prácticamente desde el surgimiento del segundo, chocando en infinidad de ocasiones a lo largo de la historia a causa de sus intereses contrapuestos ya que, a diferencia de las extintas religiones paganas o del judaísmo, ambos han gozado siempre de idéntica ambición expansionista. Así pues, nada más fácil que identificar de forma maniquea modernización con occidentalización, para encontrar eco inmediato en unas receptivas masas sociales escasamente formadas -los índices de analfabetismo alcanzan en ocasiones valores pavorosos- en las cuales, a un difuso resentimiento histórico, se suma el más reciente rencor, plenamente justificado en muchos casos, hacia los abusos coloniales cometidos por las potencias occidentales, Francia y Gran Bretaña principalmente, durante los siglos XIX y XX a lo largo de amplias zonas del mundo musulmán, desde el Magreb hasta el Golfo Pérsico, agravado todo ello por la úlcera abierta del eterno conflicto palestino y, desde hace un año, la irresponsable invasión de Irak. Sin embargo, conviene no incurrir en el fácil error de asociar fanatismo con subdesarrollo económico: Uno de los principales -y a mi modo de entender más peligrosos- focos del integrismo islámico no hay que buscarlo entre los países musulmanes más pobres y atrasados, sino en la próspera y presuntamente prooccidental Arabia Saudita, razón por la que difícilmente se puede esgrimir el manido tópico de la pobreza o la ignorancia para justificar, o disculpar, esta tendencia al integrismo. Esto es algo que debería movernos a la reflexión más allá de cualquier tipo de maniqueísmo.

Pero no nos engañemos. Junto a la lógica irritación de unos pueblos maltratados en fechas recientes por occidente -a estas alturas resultaría ridículo echarnos en cara añejas tropelías como las perpetradas por los cruzados-, se unen las frustraciones provocadas por la larga decadencia y la postración actual del mundo musulmán, de buena parte de las cuales resultaría injusto responsabilizarnos a nosotros; pero siempre ha resultado muy práctico exorcizar los propios demonios buscando un chivo expiatorio ajeno al que culpar de todos nuestros males. En el fondo puede que se trate de algo tan simple como un complejo de inferioridad sumado posiblemente a una envidia mal canalizada, todo lo cual cristalizaría en un resentimiento que sólo en parte podría ser justificado en base a agresiones reales procedentes del arrogante occidente, correspondiendo el resto -mayoritario a mi entender- a las propias contradicciones del mundo islámico... sin olvidarnos tampoco de que la cultura musulmana, al igual -todo hay que decirlo- que le ha ocurrido a la occidental, ha sido tradicionalmente expansionista, por lo que tras varios siglos de postración cabe pensar que más de un musulmán vea con buenos ojos la posibilidad de una revancha contra sus seculares rivales, es decir, nosotros.

Los signos que demuestran este resentimiento son palpables. Así, salvo alguna que otra patochada cuantitativamente poco significativa, puede afirmarse que, en general, por occidente no corren actualmente vientos de cruzada antiislámica alguna, aunque quizá sí se pueda hablar de una desconfianza que resulta ser mutua. Por el contrario, amplios sectores musulmanes han considerado a la represalia norteamericana contra Afganistán y, sobre todo, a la posterior ocupación de Irak como un ataque a todo el islam, convirtiendo en un héroe a Bin Laden, presunto inspirador de los atentados, y recreándose en un victimismo que refleja de forma patente su pavoroso complejo de inferioridad. ¿Quiénes son, entonces, los que están propalando la idea de una guerra entre civilizaciones?

Todavía más significativa resulta la desmesurada y de todo punto injustificable reacción -por mucho que se empeñen en exculparla algunos sectores, tan progres como trasnochados, de nuestra propia sociedad- que en muchos países musulmanes ha tenido lugar en febrero de 2006 -por cierto con varios meses de retraso, algo que no deja de resultar sospechosamente llamativo-, a consecuencia de unas absurdas caricaturas de Mahoma publicadas en un diario de la pacífica y tolerante Dinamarca, alcanzando unos niveles que no tienen por menos que causar perplejidad a cualquier persona mínimamente civilizada. Se ha dicho que tales caricaturas fueron tanto una imprudencia como una provocación innecesaria, lo que probablemente sea cierto. Pero en cualquier caso, la única vía aceptable para protestar contra algo tan subjetivo como es la blasfemia -sería más preciso hablar de injurias a la religión- no es otra que la judicial; cualquier otro posible camino ha de ser rechazado sin contemplaciones, puesto que aceptarlo supondría echar por la borda nada menos que dos mil años de acervo legal.

Como dice acertadamente un amigo mío, está feo escupir a la cara a alguien, pero esta grosería no puede justificar en modo alguno que ese alguien responda pegándote un navajazo al tiempo que te responsabiliza a ti de tu agresión... justo lo que ha pasado en numerosos países árabes, con hordas enardecidas clamando contra el impío occidente -como si todos nosotros tuviéramos la culpa de la publicación de las dichosas viñetas-, embajadas incendiadas y la propia integridad física de los ciudadanos europeos amenazada. Tal como he leído hace unos días en un periódico, se echa de menos que estas mismas hordas manifestaran su repulsa por unos atentados cometidos en nombre de su religión -uno de los mandamientos del cristianismo, ignoro si tendrá su equivalente musulmán, prohíbe tomar el nombre de Dios en vano- contra ciudadanos inocentes que ningún daño habían causado a ninguno de ellos. Conviene recordar, por último, que injurias equivalentes a la religión católica han provocado asimismo protestas airadas, pero ni tan siquiera los sectores más extremistas del cristianismo han reaccionado ni de lejos de la forma tan desaforada en la que lo han hecho los musulmanes.

Evidentemente, no hace falta ser demasiado perspicaz para sospechar que en realidad lo único que ocurre nos enfrentamos a un reto cuyo casus belli está tan cogido por los pelos que ni siquiera merece la pena rebatirlo. Por un lado, es evidente que importantes sectores del mundo musulmán, quizá numéricamente minoritarios pero peligrosamente influyentes, tienen ganas de entrar en conflicto con nosotros, supongo que confiados en ganarnos el pulso y, de paso, con la pretensión de hacerse con el control de sus respectivos países. También hay que considerar que a las dictaduras de diversos pelajes que detentan el poder en la práctica totalidad de estos estados les viene muy bien desviar las iras de sus súbditos hacia presuntos enemigos externos, algo que por cierto les hemos enseñado nosotros, con ejemplos que van desde casos históricos como el famoso Motín de Esquilache, con la chusma azuzada en la sombra por unos sectores de la nobleza española que veían amenazados sus privilegios por los ministros reformistas de Carlos III, hasta casos más recientes como el de los nazis con los judíos convertidos en chivos expiatorios de todos los males de Alemania, las manifestaciones espontáneas en loor a Franco de la madrileña plaza de Oriente, o las fallidas aventuras de los militares argentinos en las Malvinas o de sus homólogos griegos en Chipre... sin olvidarnos tampoco del aventajado alumno que fue Hassán II con su famosa Marcha Verde, justo en un momento en el que su trono se tambaleaba peligrosamente.

Ante tal situación, y no ya por dignidad sino por pura supervivencia de unos valores -los derechos humanos- que por su propia condición son universales y superiores por ello a cualquier tipo de religión o cultura, a los occidentales no nos queda otro remedio que no transigir ante unas exigencias injustificables que, de aceptarlas, nos conducirían indefectiblemente al oscurantismo medieval del que tantos esfuerzos nos costó desembarazarnos. Ni tenemos por qué pedir perdón por algo que no nos compete a título colectivo, ni podemos tolerar que en nombre de cualquier religión, me da igual la que sea, se imponga el más mínimo tipo de censura inquisitorial. Es mucho lo que está en juego, sobre todo si tenemos en cuenta las importantes bolsas de población musulmana presentes en nuestros países, parte de las cuales se muestran claramente reacias al acatamiento de nuestra normativa legal en aquellas cuestiones en las que ésta entra en colisión con una interpretación fundamentalista del islam; los mismos que, invocando una presunta multiculturalidad mal entendida, han pretendido en más de una ocasión que se les reconozcan sus peculiaridades religiosas y culturales incluso cuando media una razonable duda acerca de su legalidad.

Asimismo, no menos falsa es la imagen que pretende otorgar a occidente y al islam los papeles históricos de agresor y víctima respectivamente. En realidad ambas culturas han actuado a lo largo de los siglos de idéntica manera -pérfida en muchas ocasiones- siempre que han tenido ocasión de hacerlo, alternando sus respectivas hegemonías en función de los avatares de la historia, no sólo entre ellas sino también frente a terceras civilizaciones, y viéndose frenadas únicamente cuando su oponente demostraba ser más poderoso. Por esta razón, aun cuando no pueda afirmarse que el mundo musulmán haya sido en el pasado, o continúe siéndolo ahora, más agresivo que el occidental, igualmente falso sería defender la tesis opuesta.

Enumerar la larga lista de presuntos agravios sufridos por el islam a manos de occidente, desde los actuales de Palestina o Irak hasta algunos tan remotos como la conquista de Granada o las cruzadas, supondría considerar tan sólo una única cara de la moneda, puesto que la lista de agresiones musulmanas a otras culturas, cristianas o no, resulta ser cuanto menos tan larga como la nuestra. A la conquista de vastos territorios cristianos en los albores del islamismo (Oriente Próximo, el norte de África, España, Sicilia...) habría que sumar la aniquilación del milenario imperio persa o la agónica caída del imperio bizantino a manos de los turcos, mientras la expansión del islam por la India, el Asia Central o el África subsahariana no puede decirse que fuera precisamente pacífica. Fueron batallas como las de Poitiers, Lepanto o Viena las que frenaron la expansión musulmana en Europa, y sólo tras crueles guerras que pusieron fin a varios siglos de sometimiento manu militari pudieron los pueblos balcánicos librarse del yugo otomano.

Si nos ceñimos a conflictos recientes, bastará con recordar ejemplos tales como el genocidio de los armenios, un pueblo cristiano, cometido por los turcos no hace todavía cien años, el mucho más reciente de Timor Oriental -también cristiana- a manos de sus vecinos indonesios, la invasión turca del norte de Chipre con la inmediata expulsión de los grecochipriotas y su sustitución por colonos turcos, o la larga guerra civil del Líbano que enfrentó a los musulmanes con los cristianos maronitas. En países africanos en los que coexisten ambas religiones, como en Nigeria o Sudán, se han dado casos tan aberrantes como el de pretender imponer la ley islámica a personas ajenas a esta confesión, lo que en algunos casos ha provocado guerras civiles, y suele ser frecuente que las minorías cristianas existentes en algunos países musulmanes estén socialmente marginadas, cuando no hostigadas, tal como ha ocurrido con los coptos egipcios o con las minorías cristianas de Palestina o Irak, actualmente en desbandada ante el acoso de sus vecinos musulmanes pese a que, paradójicamente, en muchos casos su presencia en esos países es anterior en varios siglos a la llegada del Islam.

La represión contra los cristianos alcanza en ocasiones niveles tan intolerables como en Pakistán, tal como ha sido desvelado recientemente por los medios de comunicación, al tiempo que en Arabia Saudita la tolerancia hacia el cristianismo es virtualmente nula -se considera un grave delito cualquier intento, presunto o real, de hacer proselitismo de otra religión distinta de la oficial- mientras que en sus escuelas se inculca de forma sistemática -y allí mucho me temo que la asignatura de religión no debe de ser precisamente una maría- un odio absoluto hacia los cristianos y los judíos. Con estos mimbres, no me extraña que surjan Bin Ladens hasta de debajo de las piedras.

No han escaseado tampoco los conflictos entre musulmanes y otras culturas tales como la hindú -especialmente graves han sido los enfrentamientos entre Pakistán y la India, pero también entre la minoría musulmana y la mayoría hindú de este último país-, la china o las animistas del África Negra, por lo cual resultaría erróneo intentar reducirlo todo a un único enfrentamiento entre el islam y occidente donde el segundo tendría siempre asignado, de forma sistemática, el papel de malo de la película.

Por si fuera poco, la presunta hermandad entre los países musulmanes es tan falsa como la que se hubiera podido pregonar entre las naciones cristianas. Limitándonos tan sólo a casos recientes, podríamos recordar enfrentamientos interislámicos tales como el del Sahara Occidental, la primera Guerra del Golfo entre Irán e Irak, la invasión irakí de Kuwait que propició la segunda de ellas, las décadas de conflictos civiles en Afganistán previos a la actual crisis, el interminable contencioso que enfrenta a los kurdos con los gobiernos turco e irakí -por separado-, la olvidada guerra entre Marruecos y Argelia inmediatamente posterior a la independencia de ambos, el conflicto civil del Chad, en el que intervino activamente Libia, la sublevación de las tribus tuaregs en Mali y Níger, la represión de las revueltas chiítas en el sur de Irak por el gobierno del derrocado Sadam Hussein, la marginación de la minoría chií por los sunnitas afganos, las frecuentes insurrecciones aplastadas con mano de hierro, los magnicidios, los endémicos -y en ocasiones cruentos- golpes de estado...

Un caso especial es, sin duda, el palestino. Independientemente de todos los agravios a que este pueblo pueda haber sido sometido por los israelíes, lo cierto es que los países vecinos correligionarios suyos no los han tratado mucho mejor. Cabe recordar que, en vísperas de la independencia de Israel en 1947, la ONU realizó un reparto de Palestina en dos estados, el judío y el musulmán. Este proyecto político no llegó a pasar del papel, puesto que el ataque inmediato de los países árabes fronterizos provocó un conflicto bélico que tuvo como consecuencia la consolidación del estado de Israel así como la anexión por parte de Jordania y Egipto de las regiones correspondientes al nonato estado palestino (Cisjordania y Gaza respectivamente) que quedaron fuera del alcance de los victoriosos judíos. Tres años después de la guerra de los Seis Días, en septiembre de 1970 -llamado desde entonces por los palestinos el Septiembre Negro-, el rey Hussein de Jordania expulsó de su país a los refugiados palestinos a cañonazo limpio, y la marcha de éstos al entonces próspero y pacífico Líbano provocó el estallido de una larga serie de guerras civiles que acabaron arruinando a este torturado país. Aún hoy en día el apoyo de los países musulmanes -en especial los árabes- a los palestinos no deja de ser en la práctica meramente retórico, aunque sin duda les resulta bastante útil a la hora de mantener encendida en sus poblaciones la chispa del antioccidentalismo más primario, con la inapreciable ayuda, eso sí, de los sectores más reaccionarios del estado de Israel, con el propio Ariel Sharon a la cabeza y también, cómo no, del no menos cerril gobierno de George Bush.

Por último, tan sólo me queda comentar el caso de las crecientes bolsas de población musulmana surgidas en los países occidentales, las cuales presentan peculiaridades propias que las diferencian nítidamente de los otros colectivos de inmigrantes. Para empezar, y aunque resulte obvio, es necesario resaltar la gran diferencia que existe entre los conceptos de integración y asimilación, ya que muchos defensores de la multiplicidad cultural de occidente -algo, por cierto, impensable en la gran mayoría de los países musulmanes- parecen ignorar, desconozco si de forma deliberada, que el derecho de todo inmigrante a preservar su propia idiosincrasia cultural ha de ir acompañado necesariamente de la obligación por parte de éste a asumir las pautas de convivencia y de comportamiento social que regulan la vida en nuestros países.

Dicho de otra manera, admitiendo como hipótesis de partida que todo mestizaje cultural haya de ser considerado como potencialmente enriquecedor, resulta imperioso buscar la integración social de estos inmigrantes -que no la asimilación cultural- ya que, de no obrarse así, existiría el riesgo real de acabar generándose unos guetos que supondrían unas bombas de relojería en potencia, tal como ha ocurrido ya en otros países de nuestro entorno como Francia, Gran Bretaña y, en menor medida, Alemania. Así pues, parejo al derecho de los inmigrantes -musulmanes o de cualquier otra procedencia- a preservar sus raíces, cabría pedirles una integración o, si se prefiere, una lealtad hacia la sociedad que los acoge, evitando todo posible riesgo de fractura entre ambas comunidades. No es más de lo que nos exigimos a nosotros mismos, pero tampoco debería ser menos.

Por desgracia, el auge del integrismo islámico entre estos colectivos de inmigrantes no presagia nada bueno, y si bien sería injusto generalizar, lo cierto es que resultaría extremadamente arriesgado no controlar este peligro potencial apelando a una falsa tolerancia que, irónicamente, no acostumbra a ser correspondida, como lo demuestran casos aparentemente inocentes, pero en sí mismos significativos, como ha sido la polémica de los velos, algo que trasciende del aspecto estrictamente religioso para incidir en un campo tan delicado como es el de la discriminación sexual. Triste sería que, después de tantos años de lucha por erradicar conductas sociales aberrantes entre nuestros propios ciudadanos, ahora tuviéramos que aceptar idénticos comportamientos por parte de unos inmigrantes que exigen sin ningún tipo de reparos que aceptemos eso mismo en aras de un presunto -y farisaico- respeto a su identidad cultural. Imagínense, llevando este argumento al campo del esperpento, que los caníbales de Nueva Guinea hubieran exigido lo propio a los primeros occidentales que se cruzaron con ellos.

Es evidente que no se puede convertir a todos los inmigrantes islámicos en sospechosos en potencia, tal como ocurrió en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial con la minoría de origen japonés que habitaba en ese país, pero el respeto a sus derechos ciudadanos ha de ir parejo con el control de las actividades no de los individuos, sino de ciertos colectivos sociales que han estado haciendo, hasta ahora impunemente, proselitismo a favor del integrismo religioso, algo que no debe ser consentido en ningún caso puesto que atenta de forma frontal no sólo contra nuestra seguridad, sino también contra nuestro propio concepto de los derechos humanos. Puede que los trágicos atentados del 11 de marzo no hubieran podido ser evitados de ninguna manera, pero de haberse ejercido un control más efectivo sobre las activas células que los organizaron -y esto no lo he dicho yo, sino los expertos policiales- impidiéndoles moverse a su antojo a todo lo ancho de España, quizá les habría resultado bastante más difícil organizar la masacre.


Publicado el 25-6-2004