La dictadura del progresariado





A algunos la capacidad craneal parece venirles demasiado grande


Hace unos días me comentaba un amigo lo que le había ocurrido con una carta que remitió a la sección de cartas al director de uno de los grandes diarios nacionales, cuyo nombre voy a callar por eso de que está feo señalar con el dedo.

La carta en cuestión era una inocente misiva de temática literaria, y nada había en ella de lenguaje políticamente incorrecto, presunta exaltación de -ismos varios ni lesión alguna de finas epidermis minoritarias, étnicas o autóctonas; pero en ella ¡ay! mi amigo incurría en el grave delito de utilizar la palabra poetisa, así como suena; aunque, justo es decirlo, previamente había consultado al oráculo del DRAE, no fuera a ser que los sesudos custodios de la lengua española se hubieran desmelenado en un arrebato místico sin él saberlo. Pero no, allí lo decía bien claro:


poetisa.

(Del lat. poetissa).

1. f. Mujer que compone obras poéticas y está dotada de las facultades necesarias para componerlas.

2. f. Mujer que escribe obras poéticas.


Sin embargo, y para su sorpresa, de poco le habría de servir este certificado de aptitud, ya que el fino olfato inquisidor de sus interlocutores debió de hacer saltar todas las alarmas de su venerado Libro de estilo, aplicable a machamartillo no sólo al personal en nómina, sino también de forma sorprendente a los modestos particulares que tan sólo pretendían ver sus cartas publicadas en el periódico. ¿Que su libro sagrado entraba en contradicción con el diccionario de la RAE? Poco importaba, que para chulos ellos y lo que decía el Libro de estilo iba a misa... laica, por supuesto. Así pues, o pasaba por las horcas caudinas de trocar el nefando poetisa por el políticamente correcto poeta, aplicable según su sacrosanta biblia1 tanto a personas como a personos, o se quedaba con las ganas de ver su nombre impreso en letras de molde. Y como mi amigo no tragó, su carta acabó siendo condenada al cesto de los papeles, ignoro si celulósicos o virtuales, en aplicación del justo castigo reservado a los réprobos idiomáticos.

No deja de ser paradójico, y mucho, que estos progres lingüísticos, acérrimos defensores de la corrección política inmaculada, no tengan el menor reparo en suprimir por su cuenta y riesgo un término femenino existente al menos desde tiempos de Cicerón, saltándose a la torera la autoridad de una Academia entre cuyos doctos miembros figura -nueva paradoja- uno de sus ex-directores; sobre todo, cuando de forma sistemática y paralela se dedican a jalear justo lo contrario, la feminización insensata e innecesaria -el español, a diferencia del inglés, cuenta con unos hermosos artículos con sus correspondientes género y número- de cuanto sustantivo o adjetivo de género común o neutro cae a su alcance, engendrando con ello hermosos monstruos del estilo de jueza o concejala. Y eso que todavía no han llegado a los extremos de otros, todavía más radicales, que recurren a duplicaciones ridículas del estilo españoles y españolas, padres y madres de alumnos y alumnas... por no hablar ya de la soberana majadería de utilizar la inocente arroba como aséptico compendio de ambos géneros. Pero visto el percal, puede que tan sólo sea cuestión de tiempo.

Pero lo peor de todo no es que el susodicho Libro de estilo contenga mantras tan peculiares y discutibles como el que nos ocupa; lo peor, con diferencia, es que pretendan imponérselo a todo hijo de vecino que ose asomar tímidamente la nariz por su redacción. A eso, hace no tantos años, se le llamaba censura; claro está que entonces quienes lo hacían eran los otros, que además eran malos.

Desde mi punto de vista esta actitud no deja de ser una incongruencia absoluta, pero ya se sabe que los que no estamos imbuidos de la iluminación del progresismo no pasamos de ser unos retrógrados ignorantes, que eso y cosas peores corres el riesgo de que te llamen si no comulgas con sus indigestas ruedas de molino. Porque desde luego, la tolerancia que predican estos apóstoles de la progresía es tan particular como la famosa divisa que George Orwell, nada sospechoso de ser un carca, hizo escribir en la fachada de su granja: Todos somos iguales, pero unos más iguales que los otros.

Y aquí nos adentramos en otro campo cenagoso no menos preocupante, el de cómo las vanguardias de todo tipo, desde las artísticas a las literarias, pasando claro está por la militancia progre, en aras de una presunta libertad frente a las también presuntas cadenas del academicismo, el conservadurismo2 o simplemente el sentido común, han acabado imponiendo su dictadura particular no menos férrea -y en muchas ocasiones incluso todavía más- que aquélla frente a la cual decían combatir... pero debatir sobre esto nos extendería demasiado, así que prefiero reservarlo para otra ocasión.




1 2ª acepción del DRAE: Obra que reúne los conocimientos o ideas relativos a una materia y que es considerada por sus seguidores modelo ideal.

21ª acepción del DRAE: Que conserva.


Publicado el 14-11-2008