Corrección lingüística





La peor censura es la que pretende defender los derechos de cualquier minoría presuntamente agraviada


Desde que la corrección política se ha convertido casi en una nueva Inquisición -todavía no han quemado a nadie, pero es cuestión de esperar suficiente tiempo-, la verdad es que uno no sabe hasta donde podremos acabar llegando, dado que la estupidez humana es como el universo, potencialmente infinita.

Por esta razón, y vistos los continuos esfuerzos que realizan sus apóstoles intentando modificar hasta las raíces mismas del idioma, o bien pretendiendo censurar elementos históricos y culturales tan arraigados como la iconografía de Santiago Matamoros o las cuatro cabezas de moros del escudo de Aragón, no me extrañaría que tarde o temprano empezaran a depurar determinados términos o frases hechas del español coloquial, por eso de no herir las finas sensibilidades de algunos... al fin y al cabo, ¿no han intentado hacerlo ya con algunos cuentos infantiles presuntamente machistas o demasiado crueles?

Así, en esta España de Pin y Pon que se nos avecina, en la que el cerrilismo de la ridícula censura franquista, esa que borraba los puñales y las flechas de las viñetas del Capitán Trueno, se va a quedar en un simple juego de mari... (¡huy lo que se me iba a escapar!), todo pudiera ser que empezaran a prohibirse frases y términos atentatorios contra algún colectivo social de esos a los que conviene no irritar.

Por esta razón, y dado que dentro de poco podrían empezar a ser puestos en la picota términos y expresiones tales como los que siguen, de perdidos al río he aquí varias propuestas de mi cosecha, no sea que vayan a acusarme de algófobo y la acabemos liando:

Para empezar, y en relación con nuestros vecinos de la orilla de enfrente del Mediterráneo, serían reprobables las frases no hay moros en la costa, el oro y el moro, bajarse al moro, sudar como un beduino o el propio calificativo de beduino que, según el DRAE, tiene en su segunda acepción el significado de hombre bárbaro y desaforado.

Asimismo son numerosos los topónimos potencialmente vejatorios para los magrebíes, razón por la que deberían cambiarse los de Valdemoro y el madrileño Campo del Moro por los de Valdemagrebí y Campo del Magrebí respectivamente, que suenan mucho más correctos. Otros topónimos reprobables, por idéntico motivo, son el de la localidad salmantina de Castellanos de Moriscos, que sin duda quedaría mucho más aceptable como Castellanos de Hispanomusulmanes; el de la gaditana Benamahoma, que por respeto a la religión musulmana debería convertirse en Hijos del Profeta; el del segoviano río Moros, afluente del Eresma, al que debería rebautizarse como Río Magrebíes, o el del puerto granadino del Suspiro del Moro, cuyo nombre históricamente correcto sería el de Suspiro del Nazarí, por pertenecer a esta dinastía Boabdil, el último rey musulmán de Granada.

Personaje, por cierto, cuya acción reprobable según la versión de la Junta de Andalucía no habría sido, como comúnmente se cree, la de haber llorado como una mujer sin pertenecer a ese sexo -aunque la sexualidad, como es de sobra sabido, radica en la mente, no en la fisiología corporal-, sino la de haberlo hecho sin contar con motivos justificados para ello.

También sería posible suprimir las fiestas de Moros y Cristianos o, cuanto menos, exigir que cada bando venciera en años alternos, tal como al parecer ocurre ya en la pionera localidad valenciana de Alacuás, acabando así con la reprobable y extendida costumbre de que los triunfadores sean siempre los cristianos. Por último, ¿cómo se puede consentir que se llame pincho moruno a un preparado de carne de cerdo, prohibida como es sabido por la religión musulmana?

Bajando más al sur, al África subsahariana -antigua África Negra, término obviamente desaconsejado-, nos encontramos con expresiones tales como merienda de negros, trabajar como un negro, verlo todo negro o ponerse negro, así como con el propio término negro para referirse a un escritor trabajando al servicio de otro sin tener el reconocimiento de la firma. Eso sin contar con connotaciones negativas como la de dinero negro para referirse al dinero ganado de forma irregular o incluso ilegalmente, por lo cual sería recomendable sustituirlo por dinero no controlado por Hacienda, que aunque resulte más largo es bastante más preciso y, por supuesto, más respetuoso con la población africana.

Por último, ¿qué decir de calificativos tales como cafre, zulú u hotentote, todos ellos relativos a etnias -no tribus, ya se sabe que este término es fruto del colonialismo europeo- africanas, los cuales son utilizados frecuentemente como sinónimos de bárbaro, cruel, salvaje, bruto, zafio o rústico?

Los chinos tampoco salen bien librados en expresiones como engañarlo como a un chino, trabajar como un chino, tortura china, jugar a los chinos o sonarte a chino, pese a su evidente capacidad para estar al frente del progreso mundial. Incluso, ya puestos, sería preferible renunciar al término flan chino ya que, aunque se trata de un postre muy popular, podría inducir a asociar a los chinos con el temblor y la blanda consistencia típicos de estos dulces.

Yéndonos a otras regiones del mundo, tropezamos con hacer el indio, beber como un cosaco, cabeza de turco o punto filipino. Y ni siquiera antiguas etnias hoy desaparecidas se libran de la mala fama que de forma poco objetiva les endosaron los historiadores romanos -los colonialistas de entonces-, como ocurre con los términos vándalo, huno o bárbaro utilizados para definir a gente salvaje o desalmada, dando por sentado, en una nueva interpretación eurocentrista, que todos los miembros de estos antiguos pueblos lo eran.

Los calificativos poco recomendables desde el punto de vista de la corrección política tampoco respetan a los propios europeos: despedirse a la francesa, hacerse el sueco, trabajar para el inglés o los decididamente escandalosos hacer el francés y beso griego, cuyos significados rehúso explicar por decoro.

Y, ya dentro de España, ¿qué me dicen de contestar a la gallega y ponerse flamenco, o bien asociar ciertos defectos (tacaño como un catalán, chulo como un madrileño, tozudo como un aragonés, bruto como un vasco, aplatanado como un canario, fulero como un andaluz...) a determinadas regiones del país? O, todavía peor, hacer chistes -generalmente de tontos- a costa de sufridos pueblos como Lepe...

Los gitanos tienen también términos tales como eres un gitano o esto no se lo salta un gitano (algo absurdo, puesto que los miembros de esta etnia no cuentan, evidentemente, con unas condiciones atléticas superiores a las del resto de la población), o llamar brazo de gitano a un dulce haciendo alusión al tono oscuro de su piel, una discriminación de todo punto intolerable.

Otro tanto ocurre con trabajar como un enano, disfrutar como un enano o crecerle los enanos, todos ellos discriminatorios hacia las personas de estatura insuficiente, o con la ocasión la pintan calva, por idéntica razón hacia los alopécicos; al tiempo que no estar católico (por estar enfermo) o hablar en cristiano (por hacerlo en español) supone un menosprecio evidente hacia los fieles de otras religiones o hacia los hablantes de otros idiomas.

En resumen: de acuerdo con estas premisas, resultaría perentorio purgar en profundidad el idioma y, para hacerlo efectivo, sería recomendable obligar además a todos los españoles a acatar estas nuevas normas, incluso recurriendo a multas o, en caso de reincidencia grave, penas de cárcel, siendo de lamentar que, por imposición constitucional, haya que descartar las otrora edificantes hogueras.

Todo sea por la corrección política.


Publicado el 13-5-2011
Actualizado el 13-9-2011