Las dichosas redes sociales





¿Redes sociales? No, gracias


Pese a que el fenómeno de las redes sociales y las nuevas tendencias de lo que se ha venido a denominar la web 2.0 me han cogido ya un tanto talludito, creo sinceramente que mi capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías, y en especial a las relacionadas con internet, sigue estando razonablemente intacta, máxime teniendo en cuenta que la salida al mercado del primer PC fue posterior en un par de años a la finalización de mis estudios universitarios, y que la popularización de internet a finales de los años noventa del pasado siglo me pilló frisando la cuarentena, lo que no me ha impedido en modo desenvolverme con relativa soltura en el ámbito informático, navegar por la red sin ningún tipo problemas e incluso disponer de una página propia diseñada y mantenida íntegramente por mí. En resumen, no me tengo por un pardillo o, por utilizar la terminología al uso, no me considero en modo alguno un analfabeto digital.

Sin embargo, y voy a decir una perogrullada, que sea capaz de hacer algo no quiere decir que tenga que estar necesariamente interesado en ello. Dicho con otras palabras, aunque no reniego en absoluto de la tecnología en general, puesto que ésta nos permite mejorar nuestra calidad de vida, entiendo que de entre toda la ingente oferta que se despliega ante nosotros deberemos seleccionar aquello, y sólo aquello, que estimemos que nos pueda resultar útil, siempre teniendo en cuenta que no todos tenemos ni los mismos requerimientos ni las mismas necesidades... ni, tampoco, las mismas aficiones.

En resumen, siempre he procurado huir, y no sólo en este ámbito sino también en cualquier otro, de la tentación de dejarme arrastrar por cualquier tipo de moda, con independencia de que esta iniciativa me pudiera resultar positiva o no... y con independencia, también, de que una parte importante de la sociedad acostumbre a comportarse precisamente así, tal como refleja el conocido dicho de “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

Hecha esta necesaria introducción, paso a explicar que mi desinterés por las redes sociales tan en boga hoy es completo, y que tan sólo por obligación -relativa, claro está- mantengo una cuenta abierta en Facebook, la única en la que al día de hoy he metido las narices. Y les aseguro que este rechazo no es por fobia, ni tan siquiera por desconfianza, sino porque estimo que, al menos en su formato actual, y dadas mis circunstancias personales, no me aportarían gran cosa, por lo que no me merece la pena complicarme la vida con ellas.

Antes de seguir adelante, quiero insistir de nuevo en que ni me mueve la cabezonería ni se trata de desconfianza ante lo desconocido; de hecho, si creyera que me podría resultar útil, cambiaría sin problemas de actitud. Pero pienso que por el momento esto no sucede, y creo opinar con conocimiento de causa.

Para empezar, mis necesidades dentro del ámbito de la red están ya razonablemente cubiertas por otras alternativas más discretas y menos mediáticas -lo cual desde mi punto de vista es una ventaja- y asimismo, en la mayoría de los casos, más antiguas. Si distinguimos entre lo público y lo privado, en el primero de estos dos ámbitos me desenvuelvo de sobra con mi propia página personal o, según el caso, con los comentarios en las páginas y foros de mi interés, mientras en el segundo me apaño tan ricamente con las vetustas listas de correos, que tienen la ventaja de que suelen estar dedicadas a un tema concreto y sólo a ese tema concreto. Eso sin contar, claro está, con que cuando quiero dirigirme a alguien a nivel personal le envío un correo electrónico. Por último, entre lo público y lo privado tenemos asimismo los foros temáticos, a los que entro en función de las circunstancias de cada momento o si quiero consultar sobre un tema determinado a gente que pueda entender del mismo más que yo. Así de sencillo, y por el momento no he tenido hasta ahora necesidad de nada más.

Como es fácil de comprender, no estoy por la labor de meterme en un berenjenal que nada práctico me aporta y que lo único que va a conseguir va a ser robarme parte del poco tiempo libre del que dispongo o, todavía peor, de alguna de las actividades a las que me dedico. Sólo por eso ya encuentro una buena razón para desentenderme de las redes sociales, pero no es en modo alguno el único motivo.

Por lo que yo sé, y esto sí que me causa un rechazo instintivo, las redes sociales son pasto de la frivolidad, por decirlo de una manera sencilla. Sí, ya sé que no siempre es así; mucha gente utiliza Facebook para incluir allí sus currículos profesionales, y también es susceptible de funcionar de forma parecida a las vetustas listas de correos, es decir, a través de grupos dedicados a una temática concreta. Es más, lo sé de sobra porque mi “estreno” en Facebook fue en una página abierta por Arturo Canalda y pensada para que los que llevamos este apellido, bastante poco frecuente por cierto -pocos más de mil en España, contando tanto los paternos como los maternos-, pudiéramos conocernos e intercambiar nuestras experiencias al respecto. La iniciativa fue simpática y la acogí con agrado, colaborando con mis propias investigaciones acerca del origen de nuestro apellido, pero como cabía esperar pronto perdió fuelle.

Mucho más recientemente la apertura, también en Facebook, de una página dedicada a los bolsilibros me obligó prácticamente a entrar en ella, aunque en realidad yo no le encontraba ventajas apreciables respecto a otras iniciativas similares alojadas en las tradicionales listas de correos de Yahoo. Al día de hoy esta página sigue funcionando y está bastante activa, y yo intervengo en ella siempre que lo estimo necesario.

Pero el problema real no es éste, sino el hecho de que, a diferencia de las listas de correos, que son razonablemente “estancas”, Facebook es en la práctica una especie de totum revolutum en el que, a poco que te descuides, te empezarán a llover solicitudes de amistad por parte de personas que no has conocido en tu vida ni tienes tampoco mayor interés en conocer. Por supuesto hago caso omiso de todas estas pintorescas peticiones, al igual que lo hago con los mensajes de tipo “Fulanito ha colgado fotografías de sus vacaciones” o similares, pero en ocasiones puede llegar a ser cargante.

Y es que, se mire como se mire, esta red social funciona, como todas, siguiendo unos esquemas virales que a mí, qué quieren que les diga, no me convencen en absoluto, sobre todo teniendo en cuenta que se corre el riesgo de poner al descubierto no ya tu intimidad real, que esa ni por asomo se me ocurre airearla en la red, pero sí la que compartes con tus amigos de verdad -y no esos absurdos seudoamigos facebookeros- pero que no deseas que sea de público conocimiento por parte de desconocidos. Sí, ya sé que todo esto se puede regular en tu perfil, pero para mayor seguridad prefiero no hacerlo.

Otro molesto inconveniente con el que me he topado es, en ocasiones, en el de los comentarios a las noticias publicadas en los periódicos digitales; yo suelo estar registrado, con el correspondiente seudónimo, en aquéllos que suelo leer y en los que de vez en cuando acostumbro a intervenir, pero el problema estriba en que en algunos de ellos no es posible hacerlo en un foro administrado por el propio periódico, sino que te fuerzan a hacerlo vía Facebook o cualquier otra red social, por lo que mis deseos de no mezclar las churras con las merinas se van necesariamente al garete... por lo que en estos casos renuncio a meter baza en aras de mi intimidad.

Sumémosle, por último, a todos los que utilizan esta red social para decir tonterías, frivolidades y cosas sin la menor trascendencia ni, por supuesto, el más mínimo interés; aunque tengo entendido -ni siquiera me he llegado a molestar en aprender a hacerlo- que toda esta morralla se puede filtrar, dado lo comentado anteriormente lo cierto es que, salvo en lo que respecta a las intervenciones específicas a las que he hecho alusión, Facebook no me interesa en absoluto, puesto que nada me aporta realmente interesante.

Y si esto es aquí ¿qué quieren que les diga de Twitter, el otro peso pesado de las redes sociales? A diferencia de Facebook, al que no niego su utilidad para quien no disponga de página web ni de blog propio, puesto que hasta cierto punto suple sus prestaciones, la red social del pajarito tan sólo permite mandar mensajes de texto con un máximo de 140 caracteres, es decir, frasecitas cortas al estilo de los SMS de los teléfonos móviles aunque, a diferencia de éstos, no van dirigidos a un destinatario concreto, sino que se remiten a mogollón para que los lea todo el que quiera, y al parecer el éxito de los twitteros resulta ser directamente proporcional al número de lectores -o seguidores- de sus tonterías.

Estos trinos o gorjeos -eso es lo que significa twitter en español- evidentemente no pueden dar mucho juego, por lo que en la práctica -y eso no lo digo yo, sino cualquier estudio realizado sobre los mensajes cruzados por este medio- el nivel de sandeces, tonterías, memeces y frivolidades sin sentido de todo tipo ha de ser, lógicamente, mucho más elevado que en el caso de Facebook, ya que las posibilidades de hacer algo serio aquí se desvanecen prácticamente por completo. De hecho, según la entrada correspondiente de la Wikipedia, un reciente análisis de una muestra de mensajes -tuits, en la jerga del medio- dio los siguientes resultados: 40% de cháchara sin sentido; 38% de conversaciones, telegráficas añado yo, ya que los 140 caracteres no dan para mucho; 9% de mensajes repetidos, dado que al parecer uno de los deportes favoritos de sus usuarios consiste en reenviar los mensajes de terceros que, por una u otra razón, les hayan gustado; 6% de autopromoción, práctica que suele ser utilizada por determinados profesionales que dependen de su imagen pública, como los cantantes; 4% de mensajes basura, y seré piadoso al no considerar basura también a buena parte de todo lo anterior, y el 4% restante -la suma de los porcentajes me da 101, supongo que por los redondeos de los decimales- de noticias, no sólo telegráficas sino muchas de las cuales, además, suelen ser al parecer del tipo de “El famosete tal se ha tropezado y se ha roto las narices”, u otras de similar trascendencia.

Como es fácil de suponer, mi interés por el dichoso Twitter es absolutamente nulo, ya que para mí no pasa de ser un mero -y bobo- entretenimiento para adolescentes ociosos y renegados de otras actividades más productivas, como por ejemplo leer. Por cierto, este corto párrafo que acaban ustedes de leer tenía 244 caracteres, casi el doble de los permitidos, así que díganme con toda sinceridad si se puede decir algo mínimamente coherente con este invento, salvo frasecitas del tipo “Estoy depre”, “Me gustan los bocatas de chorizo”, “Acabo de...” -completen ustedes la frase con el verbo que mejor les parezca- u otras tonterías por el estilo.

Y, aunque no descarto que en ciertos casos haya quien le pueda encontrar una utilidad real -al parecer muchos políticos le han cogido gustillo al invento-, incluyendo convocatorias masivas a, pongo por caso, una manifestación, en lo que a mí respecta lo tengo muy claro: que le den morcillas al pajarito. Ni estoy en Twitter, ni se me espera.

Pero como todo lo malo se pega, al abrigo del éxito de las dos anteriores en estos últimos años han sido infinidad las redes sociales de todo tipo que, con variada suerte, han surgido en internet como setas en otoño. Dentro de las más populares, además de Facebook y Twitter podríamos citar también -en orden alfabético- a Badoo, Bebo, Google+, Myspace, Netlog, Orkut, Tuenti,.. y así hasta varios centenares más. Eso sí, no me pregunten por las características específicas de cada una de ellas, porque las ignoro por completo en las dos acepciones que da el DRAE para este verbo, ya que ni las conozco ni me interesan, lo que no evita que de vez en cuando me lleguen “invitaciones” para adherirme a alguna de ellas, vete a saber siguiendo que inescrutables caminos.

Caso aparte es Linkedln, una red social orientada al ámbito profesional y no al ocio, por lo que se le podría considerar como la vertiente seria de todo este tinglado. Evidentemente -he de advertir que hablo de oídas- una red social enfocada de esta manera puede llegar a ser extremadamente útil, y en otras circunstancias es muy probable que yo le hubiera podido sacar bastante jugo; pero en mis condiciones actuales la verdad es que no la necesito, lo que no evita que de vez en cuando sea “invitado” a adherirme a ella por personas que me resultan completamente desconocidas; las cuales por supuesto ignoro, aunque si algún día cambiaran mis circunstancias y estimara de utilidad hacerlo, por supuesto lo haría.

En cualquier caso, al día de hoy no estoy interesado en ampliar mis “amistades” más allá de lo que pueda controlar personalmente en el sentido más literal del adverbio, y desde luego la conocida teoría de los seis grados de separación, que postula que entre dos personas cualesquiera del planeta tan sólo existe un máximo de seis grados de separación a lo largo de una cadena de cinco intermediarios, la verdad es que me trae completamente al fresco, ya que no tengo el menor interés en conocer a todo -en sentido literal- el mundo y, dentro de mi modestia, me conformo con mi entorno más inmediato.

¿O no?


Publicado el 5-4-2013