Tocando las narices





Para fiarse de los políticos


Conforme pasa el tiempo, cada vez tengo más claro que una de las actividades más frecuentes de los políticos es la de tocarnos las narices a los ciudadanos, entendiendo como tal las siguientes definiciones del diccionario: molestar, fastidiar, enfadar... junto con otras acepciones más escatológicas -aunque también más rotundas- que renuncio a reflejar aquí por cuestiones de decoro y porque puede leerlo algún niño.

Quede claro que no me estoy refiriendo a cuando un gobernante se ve obligado a adoptar una medida desagradable o impopular, aunque necesaria; al fin y al cabo supongo que a ningún cirujano le agradará tener que amputar una pierna, o un brazo, por poner un ejemplo, pese a lo cual en ocasiones no habrá otro remedio.

No, cuando nos tocan realmente las narices es cuando se sacan de la manga ocurrencias de todo punto inútiles que sólo sirven para fastidiar al ciudadano, a la par que para camuflar una más que posible incompetencia del político en cuestión, que ya se sabe que a estos individuos les encanta por lo general fingir que hacen algo útil aunque, en la práctica, lo único que hagan es la puñeta, algo que sí se les suele dar la mar de bien.

Y es que a los políticos, insisto en ello, les encanta fingir. Fingen que hacen algo cuando en realidad no hacen nada -nada bueno, se entiende-, a la par que camuflan sus meteduras de pata o sus incapacidades supinas detrás de toda una pirotecnia hueca con la que pretenden convencernos -y por desgracia en muchas ocasiones lo consiguen- de que son unos probos y eficientes servidores públicos, cuando en realidad lo único que hacen es jorobar la marrana; frase castiza que nada tiene que ver con la zoofilia tal como podrían pensar algunos retorcidos, sino con estropear el eje de una noria -la marrana- impidiendo su normal funcionamiento... y así nos va.

Ejemplos de esta angixetemitis1 los tenemos por doquier, por mucho que nos pese, pero me voy a limitar e exponer dos de ellos hermanados por una misma excusa, el uno antiguo aunque por desgracia lo seguimos padeciendo puntualmente todos los años, y el otro una reciente ocurrencia de nuestro ingenioso presidente del gobierno.

Vayamos con el primero, que no es otro que el dichoso, molesto, incómodo, absurdo y completamente inútil adelanto de hora veraniego. Allá por 1973 unos señores con mucho petróleo y poca democracia decidieron hacer la puñeta a los pérfidos occidentales, poniéndoles el oro negro a precio de marisco o casi. Esto obligó a adoptar medidas de ahorro energético, algunas más o menos justificadas y otras de cara a la galería que casualidad o no, y al menos en nuestro país, fueron las más llamativas.

Así, a alguien se le ocurrió en mala hora -confío en que arda en los infiernos- rescatar una iniciativa que ya había sido adoptada durante las dos Guerras Mundiales -por los países beligerantes, claro, aquí ni nos enteramos- y rápidamente derogada al terminar los conflictos bélicos: adelantar una hora el reloj durante los meses de verano para, teóricamente, ahorrar combustible en base a un hipotético mejor aprovechamiento de las horas de luz solar.

Lo malo fue que acabó la crisis del petróleo de entonces -posteriormente tendríamos varias más, alternadas con períodos de prosperidad- y a nadie se le ocurrió algo tan lógico como dejar en paz el reloj; al contrario, como se ve que disfrutaban angixetemitizándonos y seis meses al año les parecían poco, en 1996 nos atornillaron todavía más regalándonos un mes extra de propina -octubre- con horario veraniego. Y hasta hoy.

No hace falta ser un experto en el tema para sospechar que el presunto ahorro energético conseguido gracias al cambio de hora pueda ser, cuanto menos, discutible, y en cualquier caso insignificante, dado que hoy en día infinidad de actividades como las industriales, los transportes e incluso el ocio, se desarrollan indistintamente durante las horas diurnas y nocturnas. De hecho, según  un estudio de Red Eléctrica Española el ahorro real en electricidad oscilaría entre el 0,1 y el 0,5% del consumo total, una cifra realmente insignificante cuando bastaría con algo tan sencillo como una reforma eficaz del alumbrado público para obtener una mejora mucho mayor sin necesidad de andar fastidiando a los ciudadanos. Por supuesto los políticos ocultan estos datos o directamente los falsean, intentando vendernos la moto de que el ahorro alcanzaría el 3 y hasta un desorbitado 5%... lo cual no se lo creen ni ellos. Pero ahí siguen.

Vayamos ahora al segundo ejemplo, en esta ocasión Made in Spain, aunque vete a saber si no acabarán copiándonoslo, porque ya se sabe que todo se pega menos la hermosura. Me estoy refiriendo a la más que discutible rebaja de la limitación de velocidad, en las autopistas y autovías -curiosamente no en el resto de la red viaria-, de 120 a 110 kilómetros por hora, la cual fue implantada manu militari por el gobierno de Rodríguez Zapatero, con el agravante de la alevosía y la nocturnidad, en febrero de 2011 con el pretexto de que esa reducción se traduciría en un menor consumo de gasolina, que no estaban los tiempos para irla derrochando. Y se quedaron tan frescos. Eso sí, al menos prometieron que la medida sería temporal hasta que el precio del petróleo volviera a unos valores más normales, pero si a estas alturas todavía queda todavía alguien que se fíe de las promesas de los políticos, o es un ingenuo, o es un...

Y como de costumbre, nos llegan con las cuentas del Gran Capitán arguyendo que esta medida permitiría ahorrar ¡un 15% en los vehículos de gasolina y un 11% en los de motor diésel! ¿A estos señores todavía no les ha dicho nadie que los Reyes Magos son los padres?

Cualquiera que entienda mínimamente como funciona el motor de un coche, sin necesidad de ser mecánico, no tendrá menos que llevarse las manos a la cabeza ante tal disparate. Para empezar, sí es cierto que los motores tienen un óptimo de consumo de gasolina, tal como se refleja en la siguiente gráfica, tomada de esta página web:



Que, como puede apreciarse, corresponde a una velocidad de unos 80-90 kilómetros por hora, aunque lamentablemente el artículo no indica si se trata de un vehículo de gasolina o diésel ni la potencia del motor, factores que podrían modificar la curva; pero la daremos por buena. Es evidente que cuanto más aumenta la velocidad a partir de ese mínimo, como todo el mundo sabe, se gasta más gasolina, pero si nos fijamos con detenimiento en el tramo comprendido entre los 110 y los 120 kilómetros por hora veremos que el incremento en el consumo, aunque real, es moderado en comparación con el elevado gasto que se produce a velocidades bajas... claro está que los argumentos esgrimidos por el gobierno tienen trampa.

Y es que el señor ministro olvidó decir varias cuestiones importantes. La primera, que este ahorro sólo sería efectivo, lógicamente, para turismos -los camiones, autobuses y demás vehículos pesados son otra historia- que circulen por autopistas y autovías en las que sea técnicamente posible viajar a 120 kilómetros por hora, lo cual no ocurre en todas ya que, principalmente en las antiguas pero también en otras que discurren por zonas montañosas -me pasó hace poco en la A-7 en su recorrido por la provincia de Málaga-, a veces la velocidad máxima permitida -por seguridad, no por caprichos políticos- es incluso inferior a los 110 kilómetros por hora durante buena parte de su trazado.

Además quedan fuera de la limitación todas las demás carreteras, tanto las nacionales de 100 kilómetros por hora como las regionales y locales en las que la velocidad máxima permitida es todavía menor... por no hablar ya del tráfico de las ciudades, un auténtico devorador de combustible -atascos incluidos, además de culpable de los altos índices de contaminación que padecen éstas- al que no se han atrevido a tocarle ni un solo pelo pese a que, sin duda, el ahorro hubiera podido ser infinitamente mayor. Teniendo en cuenta, en definitiva, que los desplazamientos de turismos por autopistas y autovías suponen una mínima parte de los recorridos totales del parque automovilístico español, la conclusión obvia es que, se ponga como se ponga el señor ministro, esto no ha sido sino el consabido chocolate del loro.

Y no queda ahí todo. Husmeando por Internet encontré esta interesante página:

En la que su responsable hace algunos cálculos sencillos -para empezar la reducción en el consumo de gasolina que le sale es del 4,6%, no del 15%, más del triple- considerando además otros factores importantes tales como el tiempo que se pierde, llegando a la conclusión de que, a efectos prácticos -y no sólo económicos- se acaba haciendo un pan con unas tortas.

No he terminado aún con los argumentos adversos. En realidad lo que determina el consumo de un motor, junto con otros factores externos que comentaré a continuación, no es la velocidad del coche, sino la velocidad de rotación -las revoluciones por minuto- del motor, siendo una ley general que, cuanto mayor sea este valor, más combustible se consume. Por esta razón una conducción eficiente -conviene usar siempre las marchas más largas posibles, puesto que el motor va más desahogado- puede ser mucho más efectiva, según todos los expertos, que una limitación de velocidad arbitraria, aunque claro está esto es algo que depende exclusivamente de los hábitos del conductor. Y, aunque lo habitual es que los coches tengan cinco marchas, existen en el mercado vehículos con seis, cuya sexta marcha está optimizada precisamente para unas velocidades de crucero altas, por lo que podría darse la paradoja de que un vehículo de estas características acabara consumiendo más combustible al verse obligado a viajar en quinta sin poder aprovechar las ventajas de la sexta marcha. Eso sin olvidar que, al ir el motor más forzado, podría incluso producirse un mayor desgaste del mismo.

Sumémosle a ello factores externos al motor tales como la presión de los neumáticos, la carga del coche, las ventanillas abiertas -que afectan notablemente a la aerodinamicidad-, el aire acondicionado, los faros -algún lumbreras ha sugerido obligar a llevarlos encendidos durante el día, aunque sea en la Mancha en pleno mes de agosto- y, por supuesto, una conducción eficiente, que no es cuestión de ir en tercera a 110 kilómetros por hora. Todo ello, según el RACC, podría conducir a unos ahorros de gasolina muy superiores a los inflados cálculos del gobierno, no digo ya a las cifras reales que, según este organismo, tan sólo afectarían en cualquier caso a un 20% del total de los kilómetros recorridos por todo el parque automovilístico español atascos aparte, estimándose el ahorro, como mucho, en un 2% del consumo, o en un 1% del precio de las importaciones de petróleo; un 5% según el gobierno, dicho sea esto para que nadie me acuse de no dar las dos versiones, así que cada cual elija la que le merezca más confianza.

Eso sin contar, claro está, con que a ese 1%, que supone la descomunal cifra de entre 2 y 3 millones de euros al año -una nadería comparada con lo que siguen despilfarrando los políticos en cuarenta mil estupideces-, habrá que descontar el cuarto de millón de euros que costaron las pegatinas que se pusieron sobre las señales de limitación a 120 y, con un poco de suerte -leí las declaraciones de un fabricante que decía que a sus pegatinas no habría manera de despegarlas-, otro tanto de una nueva tanda de pegatinas cuando a alguien con un poco más de sustancia en la sesera se le ocurra desfacer el entuerto... y el ahorro ni siquiera sería éste, ya que de no cambiar de opinión, el gobierno mantendrá esta limitación tan sólo hasta el verano, es decir, menos de medio año.

Basta con echar un vistazo a los periódicos, o a Internet, para constatar que la medida no es ya que sea impopular, es que no hay por donde cogerla. Pero como los señores políticos suelen ser no sólo inaccesibles al desaliento, sino también de todo punto incapaces de reconocer que han metido la pata hasta el cuezo, se han sacado de la manga otros argumentos alternativos tales como el de la seguridad alegando que, a menos velocidad, menos accidentes mortales... ¡toma!, y si limitaran la velocidad máxima en autovías a 40 kilómetros por hora, seguro que conseguían reducir aún más la mortalidad. O mejor todavía, si rescataran la antigua ley inglesa de la Bandera Roja, que a finales del siglo XIX prohibía a los vehículos sin caballos transitar a más de cuatro millas por hora (6,5 kilómetros) por los caminos libres, y a más de dos ( 3,2 kilómetros) en lugares poblados, con el añadido de un abanderado que, provisto de una bandera roja, debía ir advirtiendo previamente de la llegada del vehículo...

Pero mejor no les doy ideas.

Lo cierto es que, como cualquiera con un mínimo de sentido común sabe, las autopistas y autovías son con diferencia mucho más seguras que las carreteras, por lo cual sin duda hubiera tenido más lógica, siempre según sus propios razonamientos, reducir la velocidad en las carreteras... pero no lo han hecho. Y como se da la circunstancia de que, por razones ajenas al invento, el número de accidentes mortales viene reduciéndose por fortuna desde hace años, al constatar que esta Semana Santa la mortalidad ha disminuido ligeramente con respecto a la del año pasado -también fue inferior el número de desplazamientos-, les ha faltado el tiempo para ponerse la medalla sin diferenciar, claro está, entre los accidentes ocurridos en las autovías y los de las carreteras, única manera real de poder establecer comparaciones válidas. Una de dos, o son unos cínicos de tres pares de narices, o son directamente idiotas... o ambas cosas a la vez.

Eso sí, ante las protestas por la reducción del límite de velocidad su respuesta fue poner el ejemplo de Norteamérica, donde estos límites son inferiores a los europeos... cosa que no hacen, casualmente, cuando la gente se queja del precio de la gasolina. Entonces, mira por donde, el ejemplo no son ya los Estados Unidos, donde es mucho más barata, sino Alemania, donde es más cara... y donde no hay limitación de velocidad en las autopistas. Amén de callarse que si la gasolina está tan cara es fundamentalmente porque más de la mitad del precio que pagamos son impuestos, por lo que Hacienda gana mucho más a costa de nosotros que los países productores o las multinacionales petroleras, tradicionalmente los malos de la película.

Huelga decir que, de paso, la suspicacia de la gente -y es que el gato escaldado huye del agua independientemente de cual pueda ser su temperatura- nos ha hecho sospechar a muchos la posible existencia de un desagradable efecto colateral, el aumento en la recaudación por multas de tráfico a causa de un exceso de velocidad... al fin y al cabo muchas veces los radares no están puestos donde una velocidad excesiva pudiera ser potencialmente peligrosa, sino donde se puede cazar a destajo a los ingenuos a los que, a causa de un despiste, se les pueda acelerar momentáneamente el coche; amén de que en estos últimos meses han menudeado las noticias acerca de presuntas presiones a los guardias civiles por parte de Tráfico para que éstos incrementaran el número de multas impuestas a los conductores.

Sin embargo, fuentes oficiales han reconocido que, probablemente a causa del temor de los conductores -Tráfico se negó en redondo, qué casualidad, a informar sobre el nuevo margen de tolerancia aplicado a los radares-, ha disminuido la recaudación por multas de tráfico... Es que encima son rematadamente tontos.


Post data

Insisto de nuevo: la desfachatez de los políticos clama al cielo. Hoy me desayunado con unas declaraciones del ministro de Industria en las que se apunta el “éxito” -el entrecomillado es mío- de un presunto ahorro de gasolina de un 8,4% en el pasado mes de marzo, que por supuesto ha atribuido a la polémica reducción del límite de velocidad.

Huelga decir que este señor ha ignorado olímpicamente, doy por supuesto que de forma deliberada, factores tales como que el consumo de combustibles venía bajando de forma continuada desde febrero de 2008, es decir, desde tres años antes de que se le encendiera la bombilla, un promedio del 14% la gasolina y un 9% el gasóleo, como demuestra también esta página web, es de suponer que a causa de la crisis económica y sin necesidad de "ayudas" gubernamentales de ningún tipo aparte de la pésima gestión de la crisis económica, que sin duda ayudaría lo suyo.

También olvida el señor ministro que la Semana Santa de 2010 -fecha de desplazamientos masivos- cayó a caballo entre marzo y abril, mientras la de 2011 lo ha hecho a finales de abril, por lo cual comparar ambos meses de marzo tal como él hace es, cuanto menos, discutible desde un punto de vista estadístico. Pero da igual, porque ya ha tenido su ratito de gloria. Eso sí, ha eludido decir si, una vez concluido el plazo dado por el gobierno para el mantenimiento de la restricción -hasta junio- ésta será levantada o, por el contrario, prorrogada, que ya se sabe lo que entienden los políticos por provisional.

Abundando en este mismo tema el diario ABC publicaba, el mismo día de las triunfalistas declaraciones ministeriales, un artículo en el que el portavoz de la Asociación de Empresarios de Estaciones de Servicio de la Comunidad de Madrid declaraba unas pérdidas de ingresos en las gasolineras -lo que quiere decir que la gente ahora reposta menos- del orden de un 8% en 2010, y de entre el 18 y el 20% en el primer trimestre del año, las cuales atribuía -y es de suponer que conocerá el percal- al encarecimiento del precio de los combustibles. Así pues menos lobos, caperucita, digo señor Sebastián.


Nueva post data

El 1 de julio de 2011, cumpliendo con su vaga promesa -aunque al parecer hubo serias discrepancias entre los diferentes ministros- el gobierno de Rodríguez Zapatero retiró la limitación de velocidad a 110 kilómetros por hora en autopistas y autovías, recuperando la antigua de 120. Por supuesto que según sus portavoces con esta medida se habían ahorrado una burrada de barriles de petróleo... lo cual, con todos mis respetos, no se lo creen ni ellos. Pero ya se sabe que conseguir que un camello atraviese el ojo de una aguja es una fruslería comparado con el logro de que un político dé su brazo a torcer reconociendo que estaba equivocado.

Pero esto no es lo peor de todo. Tan sólo una semana más tarde algunos medios nos bombardeaban con la noticia de que, a raíz del incremento en la velocidad máxima permitida, habían aumentado los accidentes de tráfico. Prescindiendo del nimio detalle de que en tan breve lapso de tiempo era virtualmente imposible sacar conclusiones estadísticas mínimamente fiables, sobre todo teniendo en cuenta además que coincidía con una salida masiva de vacaciones, se da la circunstancia de que los datos esgrimidos por estos tacófobos2 correspondían a la totalidad de la red viaria española, cuando el dichoso tema de la limitación de velocidad afectó tan sólo, vuelvo a repetirlo, a las autopistas y autovías, que casualmente son donde menos accidentes se producen. ¿Manipulación burda de los datos, o simple ineptitud? Que cada cual opine lo que crea más conveniente.


Y todavía otra post data más

Como está más que comprobado que en este país salir de Málaga equivale a caer en Malagón, el cambio de gobierno -y de signo político- de finales de 2011 sirvió, y no sólo en el caso que nos ocupa, para que apenas unos meses después nos acordáramos ya del famoso dicho aquél de “Virgencita, Virgencita, que me quede como estaba”. Centrándonos en el tema de los dichosos límites de velocidad, pronto los sesudos -es un decir- pensadores -es otro decir- del Partido Popular comenzaron a elucubrar posibles maneras nuevas de angixetemitizarnos, por supuesto diferentes a las de sus predecesores pero no menos útiles que éstas a la hora de fastidiar al personal, que en el fondo es de lo que se trata.

Así, en un primer amago se les ocurrió sugerir un incremento del límite de velocidad en autopistas y autovías... compensado por una correspondiente reducción en los límites de velocidad de las carreteras convencionales... así lo dijeron, lo juro por Zipi y Zape, sin especificar a que tipo de carreteras convencionales se referían, y eso que no hace falta ni siquiera tener carnet de conducir para saber que no es lo mismo una carretera nacional que una comarcal o local, de idéntica manera que no se conduce igual por una carretera de la Mancha que por su equivalente administrativo que atraviesa los Picos de Europa, pongo por ejemplo.

Puesto que lo más probable es que no lo supieran ni ellos la propuesta acabó pasando a mejor vida, aunque apenas unos meses después volvieron a amenazar con seguir ******** a la ******* con una nueva idea todavía más original si cabe: aumentar a 140 kilómetros por hora el límite de velocidad... tan sólo en las autopistas de peaje, casualmente cuando bastantes concesionarias de las mismas estaban empezando a declararse en quiebra. Aquí, sinceramente, ya no se puede hablar de ineptitud sino de pura y descarada desfachatez, ya que se da la circunstancia de que si bien no todas las autopistas y autovías libres, en especial las más antiguas, resultarían adecuadas para este nuevo límite, no es menos cierto que las más modernas no tienen absolutamente nada que envidiar en cuestiones de trazado y seguridad a aquéllas en las que hay que rascarse el bolsillo, por lo que no existía más justificación a este desafuero que la indisimulada intención de echarles una mano a sus agobiados amiguetes empresarios. Y aunque por el momento -estoy escribiendo esto a principios de enero de 2013- parecen haberse olvidado de tamaña mamandurria, si les he de ser sincero de estos individuos no me fío ni para darles la hora, no sea que de paso se me queden también con el reloj.




1 Del griego angixete, tocar, y myti, narices. No, no lo busquen en un diccionario, porque no lo van a encontrar; me lo acabo de inventar con la ayuda del traductor de Google. ¿A que queda bonito?

2 Del griego tacos, velocidad, y fobos, que sienten aversión o miedo. Ésta no me la he inventado yo, que conste.


Publicado el 27-4-2011
Actualizado el 4-1-2013