La isla de los muertos, un cuadro inquietante



Pocos cuadros me han causado mayor impacto al contemplarlos por primera vez que el conocido La isla de los Muertos, del pintor simbolista suizo Arnold Böckling... una de sus versiones, ya que como veremos más adelante Böckling llegó a pintar hasta cinco variantes del mismo. Tendría yo entonces alrededor de unos 20 años, y descubrí su existencia gracias a una enciclopedia de historia del arte que todavía conservo y que compramos en casa por entonces. Cierto es que el dato de la edad es importante: ahora, con bastantes más años a mis espaldas, el cuadro me sigue gustado bastante, como en general todos los vinculados a este movimiento pictórico, pero tampoco me inspira ya esa fascinación que me cautivó en su momento... supongo que será cosa simplemente de la edad.

En cualquier caso el cuadro es una excelente obra de arte bastante valorada por los expertos, como en general toda la creación de nuestro pintor suizo, por más que la labor de los pintores simbolistas haya quedado eclipsada por la de sus contemporáneos -y rivales artísticos- impresionistas, sin duda mucho más conocidos por el gran público. Por esta razón, no estará de más una pequeña reseña sobre el simbolismo y sobre el propio Böckling.

El simbolismo, que en realidad abarca diferentes disciplinas artísticas, surgió en Francia, o por decirlo con mayor propiedad en el área cultural francófona, a finales del siglo XIX, pudiendo considerársele como el heredero natural del romanticismo. Dicen las enciclopedias que su precursor literario fue el poeta Charles Baudelaire, y que también el propio Edgard Allan Poe influyó en sus cultivadores. En lo que respecta a la pintura yo le encuentro, aparte de la ya citada influencia romántica, vínculos con otros movimientos postrománticos afines tales como los prerrafaelitas ingleses o los pintores historicistas españoles, sin olvidarnos tampoco del gusto de muchos pintores academicistas de mediados de la centuria, tales como Jean-Léon Gérôme, por los temas históricos o mitológicos.

Sin embargo, si bien comparte con todos ellos una estética digamos académica -los pintores de esta escuela demuestran tener un espléndido dominio de las técnicas pictóricas-, lo que singulariza al simbolismo es el enfoque onírico y misterioso de los temas reflejados en sus lienzos, siguiendo un tanto la línea de las pinturas de temática mitológica de los academicistas o de las recreaciones literarias de los prerrafaelitas, pero profundizando mucho más en su recreación de esos mundos imaginarios y fantásticos que suelen aparecer en nuestros sueños. De hecho, hay quien considera al surrealismo como el sucesor natural del simbolismo, lo cual es bastante cierto en lo referente a la temática pero no tanto en lo que respecta a la estética de los cuadros, completamente realista dentro de su subjetividad mientras el surrealismo deriva ya hacia las estéticas vanguardistas propias del siglo XX.

En cualquier caso esto no es, ni pretende serlo en absoluto, un tratado de pintura, sino una simple aproximación a este fascinante universo pictórico que, de haberse prolongado a lo largo del siglo XX, podría haber entroncado perfectamente con la literatura de ciencia ficción e incluso con la literatura fantástica actual. Pero el simbolismo fue básicamente un fenómeno postromántico que, al igual que sucediera en la música o la literatura, a duras penas sobrevivió al cambio de siglo.

Arnold Böcklin, encuadrado plenamente en el movimiento simbolista, nació en 1827 en la ciudad suiza de Basilea y desarrolló gran parte de su actividad artística en Italia, falleciendo en Fiesole, una localidad cercana a Florencia, en 1901. Pese a no ser uno de los pintores simbolistas más renombrados, sus cuadros presentan siempre un gran atractivo rayano en la fascinación, con especial gusto por los paisajes de ruinas románticas y las escenas mitológicas. En este enlace puede contemplarse una parte importante de su obra.


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Autorretrato de Arnold Böcklin


Uno de sus cuadros más conocidos, además de la serie de La isla de los muertos, es sin duda su autorretrato pintado en 1872, donde la aportación simbolista corre a cargo del descarnado esqueleto de la Muerte que aparece, tras él, tocando en el violín los ásperos acordes de la Danza Macabra.

Centrémonos ya en los cuadros de La isla de los muertos. Como ya he comentado el tema debió de resultarle atractivo a nuestro pintor, ya que entre 1880 y 1886 pintó nada menos que cinco versiones que, en lo básico, resultan ser idénticas: una barca, en la que un remero transporta lo que parece ser un ataúd y a una enigmática figura envuelta en una túnica blanca, se aproxima a una isla de escarpadas laderas en cuyo interior se vislumbra un cementerio. Pese a que las islas cementerio existen en realidad -sin ir más lejos en la de San Michele está radicado el de Venecia- y, como resulta obvio, los cadáveres han de ser trasladados a ellas forzosamente en barca, Böcklin recreó un paraje imaginario imprimiéndole un aura de tenebrosa irrealidad que no sólo me ha fascinado a mí, sino también a numerosos escritores y artistas de todo tipo, siendo quizá su influencia más conocida el célebre poema sinfónico de Rachmaninov titulado, precisamente, La isla de los muertos, en el que las lúgubres notas del Dies irae rememoran a los sombríos trazos del cuadro de Böcklin.

Aunque se ha querido ver en el cuadro una alegoría del mito griego de la muerte, con el barquero Caronte trasladando el alma de un fallecido al Hades, en realidad parece ser que Böcklin nunca pretendió ir tan lejos, limitándose a reflejar un paisaje onírico que, desde luego, tiene la virtud de no dejar a nadie indiferente. Dicen los estudiosos que Böcklin se inspiró en el Cementerio de los Ingleses de Florencia, donde está enterrada una de sus hijas, aunque desde luego este camposanto no tiene nada de isla.

Curiosamente Böcklin nunca llegó a dar ningún título a su pintura, a la cual describió simplemente como una “imagen de ensueño”, término ciertamente adecuado puesto que el cuadro, en cualquiera de sus versiones, refleja un escenario hipnótico. En realidad, el nombre por el que lo conocemos se debe al tratante de arte Fritz Gurlitt, que se lo puso -con notable acierto, dicho sea de paso- en 1883 apoyándose en una carta remitida por el propio autor.

La primera versión del cuadro fue pintada en Florencia en 1880 por encargo de Alexander Günther, aunque Böcklin acabaría conservándolo. Todavía no lo había terminado cuando Marie Berna, reciente viuda del financiero Georg Berna, le pidió una copia del mismo fascinada por su temática, solicitándole que incluyera la figura blanca y el ataúd en recuerdo de su marido, cosa que Böcklin hizo en ambas versiones. El tercer cuadro es de 1883, y fue pintado por encargo de la galería Gurlitt Fritz. Cuenta con el triste honor de haber sido propiedad de Adolf Hitler, quien al parecer apreciaba mucho a este cuadro. La cuarta versión, desgraciadamente desaparecida, data de 1884. Böcklin la pintó simplemente pos cuestiones pecuniarias -lo que indica la fama que había adquirido el cuadro ya entonces- y acabó en manos del barón Heinrich Thyssen, perdiéndose en un bombardeo durante la II Guerra Mundial. La quinta y última versión fue pintada en 1886 por encargo del Museo de Bellas Artes de Leipzig.

Pasemos ahora a cotejar las distintas versiones. Según la Wikipedia la cronología y las características técnicas de estos cinco cuadros son las siguientes:


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Primera versión. Óleo sobre lienzo de 111x155 cm., pintado en 1880. Se conserva en el Kunstmuseum de Basilea.


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Segunda versión. Óleo sobre tabla de 74x122 cm., pintado en 1880. Se conserva en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.


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Tercera versión. Óleo sobre tabla de 80x150 cm., pintado en 1883. Se conserva en el Staatliche Museen de Berlín.


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Cuarta versión. Óleo sobre cobre de 81x151 cm., pintado en 1884. Se conservaba en Berlín o en Rotterdam -las distintas fuentes consultadas discrepan-, y resultó destruido durante la II Guerra Mundial.


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Quinta versión. Óleo sobre tabla de 80x150 cm., pintado en 1886. Se conserva en el Museo de Bellas Artes de Leipzig.

En cuanto a las diferencias entre las distintas versiones éstas son pequeñas, aunque significativas. Las dos primeras, muy parecidas, reflejan un ambiente nocturno, sustituido por un cielo encapotado en las más recientes. Las últimas versiones muestran un muro de piedra, inexistente en las primeras, a modo de cierre del cementerio en el interior de la isla, más elevado en la quinta y con dos leones adornando a modo de remate los monolitos verticales que sirven de puerta de acceso. En la tercera versión Böcklin inscribió sus iniciales sobre la puerta de entrada de la tumba situada más a la derecha, sobre el acantilado, en un claro gesto simbólico. A la quinta versión se le ha denominado la “mística”, quizá por su carácter más simbólico si cabe que el del resto de sus compañeras.

Y eso es todo. Sólo cabe añadir que han sido numerosos los dibujantes y los pintores -algunos de la talla de Dalí- que, con mayor o menor fortuna, se han inspirado en el cuadro de Böcklin, lo que indica la profunda influencia que ha ejercido a lo largo de su algo más de un siglo de existencia. Al fin y al cabo, no era de extrañar que me impresionara tanto.


Publicado el 15-3-2011