El “anticolonialismo” norteamericano





James Monroe, probablemente el primer imperialista norteamericano
Fotografía tomada de la Wikipedia



Antes de nada, he de advertir que este artículo no está incitado por ningún tipo de antiamericanismo, tan trasnochado a estas alturas como sectario; de ser una crítica lo es del colonialismo en su conjunto, rapaz por definición, que tanto daño ha causado y sigue causando, décadas después de su práctica desaparición, a través de la herencia envenenada que recibieron los nuevos países emancipados hace ya más de cincuenta años.

Pero ésta es otra historia que merece un análisis propio, por lo que en esta ocasión me voy a ceñir exclusivamente al análisis del colonialismo norteamericano; no porque haya sido peor que otros, que no lo ha sido en absoluto, sino porque choca de plano con la imagen anticolonialista que han pretendido vender desde siempre los sucesivos gobiernos de este país. Al fin y al cabo los ingleses, sin duda los responsables del colonialismo más rapaz y dañino de todos los europeos, jamás tuvieron el menor escrúpulo en disimular su explotación de los países de medio mundo, cuidándose eso sí de endilgarnos a los españoles una Leyenda Negra totalmente falsa, pero sin duda beneficiosa para sus intereses. En cuanto a los otros colonialismos tales como el francés, el holandés, el ruso, el portugués, el belga e incluso los efímeros intentos imperiales alemanes e italianos -España a esas alturas ya no pintaba nada, salvo en la disparatada aventura marroquí-, ni siquiera se preocuparon por denigrar a sus rivales para desviar la atención de sus propios desmanes; simplemente, actuaron.

El caso norteamericano, vuelvo a insistir, es completamente distinto ya que, actuando en la práctica básicamente igual que cualquier otra potencia europea y limitado únicamente por las circunstancias de haber llegado tarde al reparto, fue no obstante no sé si denominarlo ingenuo o hipócrita, posiblemente una mezcla de ambas cosass. Y desde luego, ya prometía cuando James Monroe, quinto presidente de la república entre 1817 y 1825, promulgó en 1823 la famosa Doctrina Monroe que, bajo la presuntamente filantrópica divisa de América para los americanos, encerraba en realidad la firme voluntad de la naciente potencia de considerar al continente americano como su coto particular, siendo sus consecuencias más inmediatas el apoyo a los independentistas del tambaleante imperio español. Lo que ocurriera posteriormente, con constantes intromisiones en la política interna de estos países, amén de sobradamente conocido también desborda las pretensiones del artículo.


Primer ensayo: Luisiana y Florida




El castillo de San Marcos, un vestigio del pasado español de Florida. Fotografía tomada de http://www.history.com


Centrémonos, pues, en las intervenciones netamente coloniales -es decir, de conquista y anexión a la antigua usanza- que practicaron los distintos gobiernos norteamericanos a raíz, casi, de su propia independencia y de las cuales la primera víctima fue España, sin que le valiera de nada su importante apoyo a la todavía reciente emancipación norteamericana. La expansión territorial del nuevo país comenzó de manera imparable anexionándose en primer lugar los territorios situados al oeste de los montes Apalaches, hasta que tropezó con el vasto territorio de Luisiana, que con sus más de dos millones de kilómetros cuadrados se extendía por la amplia cuenca del Missisipi desde el golfo de México hasta la frontera canadiense. La Luisiana, que había sido colonizada por Francia a mediados del siglo XVIII, fue cedida a España en 1763, al término de la Guerra de los Siete Años, en compensación por la pérdida de Florida. Aunque nuestro país logró reconquistar esta península veinte años más tarde, mantuvo su soberanía sobre la Luisiana hasta que en 1800 Napoleón, dentro de las infamantes condiciones con las que expolió una y otra vez a España, se la arrebató para vendérsela apenas tres años después al gobierno norteamericano.

Claro está que cabe especular sobre qué hubiera podido pasar de haberse mantenido la Luisiana bajo control español; lo más probable, a juzgar por lo acontecido con la vecina Florida, es que de una u otra manera hubiera acabado en poder de los Estados Unidos. Pero no nos adelantemos. Florida, a diferencia de la Luisiana, había sido española, salvo durante un breve período de dominación inglesa, desde mediados del siglo XVI, y continuaba siéndolo una vez finalizada la Guerra de la Independencia. Los libros de historia suelen afirmar que Fernando VII la vendió a los Estados Unidos en 1819, pero no fue exactamente así: los norteamericanos, siguiendo una práctica que posteriormente aplicarían en los territorios mexicanos situados al norte del río Grande, procedieron a fomentar una colonización clandestina -por supuesto independentista- que acabarían utilizando como quinta columna.

En el caso concreto de Florida, en realidad el debilitado gobierno de Fernando VII -por una vez, y sin que sirva de precedente, sería injusto culparle de ello- se vio ante unos hechos consumados con Florida ocupada por tropas norteamericanas -la excusa fue la lucha contra los indios semínolas- y unaoferta de compra que era tan sólo una burda manera de camuflar la más que decidida anexión en plan trágala: “ o aceptas el dinero que te ofrecemos, o te quedas sin dinero y sin territorio”. A España, imposibilitada de reaccionar, no le quedó otro remedio que aceptar la imposición, con el sarcasmo añadido de que los cinco millones de dólares que presuntamente debía pagar el gobierno norteamericano al español en concepto de compra de la colonia, volaron en forma de indemnizaciones a los colonos anglosajones que se habían asentado ilegalmente en el territorio. Vamos, que ni siquiera se llegó a oler un solo dólar.


Rebanando a México




En blanco, territorios arrebatados por Estados Unidos a México. En marrón,
el Valle de la Mesilla, comprado en 1853. Mapa tomado de la Wikipedia


Las infamias del naciente imperialismo yanqui no habían hecho más que empezar. A cambio de la cesión de Florida, España logró garantizar su soberanía sobre los territorios situados al norte del actual México y al oeste de la Luisiana, repartidos entre los actuales estados de Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah, la mitad del de Colorado y parte de los de Wyoming, Oklahoma y Kansas.

Cuando México se independizó de España en 1821 lo hizo, lógicamente, con la integridad del territorio heredado del antiguo virreinato, extendiéndose por el este hasta la Luisiana y, por el norte de California, hasta Oregón. Sin embargo, estas fronteras no durarían mucho. Repitiendo la hipócrita jugada que tan buenos resultados diera en Florida, enseguida comenzaron a llegar colonos anglosajones a la entonces casi despobladas Texas, con el consentimiento de las autoridades mexicanas. Sin embargo, lejos de acatar la soberanía mexicana, Stephen Austin, el “padre” de la “patria texana”, organizó en 1836 una rebelión que pronto proclamó su independencia, por supuesto con el visto bueno del gobierno de los Estados Unidos. Tras una guerra en la que el cine y la propaganda norteamericanos convirtieron en épica -por parte de los sublevados, claro-, el presidente mexicano Santa Anna se vería obligado a reconocer la independencia de la flamante república... a cuyos dirigentes les faltó el tiempo para solicitar la anexión a los Estados Unidos, algo a lo que en principio éstos no accedieron por cuestiones políticas.

No obstante, la existencia de Texas como estado independiente tan sólo duraría nueve años ya que, en 1845, se acabaría integrando en la Unión, lo cual provocó el estallido, dos años más tarde, de una guerra entre los Estados Unidos y México, que lógicamente no aceptaba la anexión norteamericana de su antiguo territorio. El casus belli fue una disputa fronteriza entre México y Texas, ya que esta última, apoyada por los Estados Unidos, exigía que ésta estuviera marcada por el río Bravo, mientras el gobierno mexicano sólo la aceptaba en el río Nueces, su límite tradicional, situado más al norte. La entrada de tropas norteamericanas en el territorio en disputa supuso la ruptura de hostilidades, con unos resultados catastróficos para México ya que, derrotado completamente e invadido por su poderoso vecino, se vio obligado en 1848 no sólo a reconocer la “independencia” -en la práctica anexión- texana, sino también a ceder a los Estados Unidos los vastos territorios comprendidos entre la costa californiana y Texas. Eso sí, muy en su estilo, el gobierno norteamericano “indemnizó” al mexicano con 15 millones de dólares, justo la mitad de lo que habían ofrecido por su compra antes de la guerra.




El Álamo, un ejemplo de como Hollywood fue capaz de transformar una perfidia histórica
en una presunta y heroica epopeya. La propaganda es así... Ilustración tomada de la Wikipedia


Por si fuera poco, cinco años más tarde, en 1853, los Estados Unidos le “compraron” a México, por 10 millones de dólares, otros 77.000 kilómetros cuadrados en eel valle de La Mesilla, situado al sur de Arizona y Nuevo México, transacción que se realizó de forma pacífica aunque con el ejército norteamericano preparado para intervenir por si acaso los mexicanos no aceptaban. Como para no hacerlo... y gracias a que no llegaron a cuajar las pretensiones iniciales de los insaciables yanquis, que abarcaban prácticamente la mitad norte del actual territorio mexicano.

En su conjunto las sucesivas rapiñas supusieron para los Estados Unidos la anexión de unos 2.400.000 km2, casi cinco veces la extensión de España y más de la mitad del territorio original mexicano. Con el añadido de que, posteriormente, tanto California como Texas se revelarían como los principales motores económicos de la Unión. En consecuencia, se trató de un excelente negocio.

Como puede comprobarse, cuando ni siquiera habían transcurrido cien años desde su declaración de independencia los Estados Unidos habían demostrado ya ser unos aventajados alumnos de la perfidia colonial inglesa, no importándoles, en su afán por extenderse de océano a océano, hacer todo lo que fuera necesario para conseguirlo. Huelga decir que la anglosajonización de los antiguos territorios españoles fue implacable incluso en aquéllos como California donde la huella hispana era más profunda. Paralelamente tendría lugar la persecución y exterminio de las tribus indias dispersas por todo el Oeste que, por conocida, no creo necesario repetir.

La consolidación de su territorio continental -Alaska fue comprada a Rusia en 1867, al menos en esta ocasión sin coacciones militares previas- no supuso el fin de las aventuras coloniales norteamericanas, quizá debido a que a esas alturas las grandes potencias europeas, principalmente Gran Bretaña y Francia, ya se habían repartido la mayor parte de los territorios disponibles. Por supuesto que sus gobiernos practicaron a fondo el intervencionismo y el colonialismo económico en prácticamente todo el continente y posteriormente en otros muchos lugares del mundo, pero vuelvo a repetir que estamos ciñéndonos tan sólo al colonialismo a la antigua usanza.


Objetivo: España




El hundimiento accidental del Maine fue utilizado como excusa por los Estados Unidos
para declarar la guerra a España. Fotografía tomada de la Wikipedia


Otro ejemplo de perfidia fue la desastrosa -para España- guerra de 1898. Entonces tanto en Cuba como en Filipinas había guerras independentistas, y daba la casualidad de que ciertos importantes sectores económicos norteamericanos estaban muy interesados en controlar la economía cubana, en especial la explotación de la caña de azúcar. De hecho, al menos cuatro presidentes de los Estados Unidos -John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses S. Grant- habían intentado recurrir a la treta habitual de ofrecer la compra de la isla, a lo que siempre se había negado el gobierno español.

A ellos se sumaba un sector belicista encabezado por Theodore Roosevelt, futuro presidente de los Estados Unidos y entonces secretario adjunto de la Armada, cargo desde el que organizó la guerra contra España a espaldas del presidente McKinley, que no era proclive a ella, con el apoyo incondicional del inmoral Randolph Hearts, inmortalizado muy a pesar suyo por Orson Welles en Ciudadano Kane. Fue Roosevelt quien propaló la falacia, que posteriormente se demostraría falsa, de la voladura intencionada del acorazado Maine por parte de unas autoridades españolas que lo último que deseaban era proporcionar una excusa a los Estados Unidos para que éstos la utilizaran como casus belli, tal como finalmente ocurrió gracias, en buena medida, a sus trapacerías.

Una vez abiertas las hostilidades este belicoso individuo intervino personalmente en la invasión de Cuba al mando de un batallón de caballería, lo que le valió para ganarse una injustificada reputación de héroe por la que fue propuesto para recibir la Medalla de Honor, máxima condecoración militar estadounidense; tras varios intentos fallidos -y con razón-, ésta le sería entregada finalmente en 2001, ya a título póstumo, por el entonces presidente George W. Bush, otra buena pieza con el que probablemente habría congeniado. Sorprendentemente, el galardón que sí recibió Theodore Roosevelt en vida, con la excusa de su mediación en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, fue el Premio Nobel de la Paz de 1906, lo cual no deja de ser un sarcasmo ya que el buen señor de pacífico no tenía absolutamente nada.




Theodore Roosevelt, el Rambo del barrio. Fotografía tomada de la Wikipedia


Otro de los méritos de tan insigne personaje, ya como presidente de los Estados Unidos (1901-1909), fue el establecimiento, como guía de la política internacional de su país, de la doctrina del Big Stick -el Gran Garrote-, lo que da buena idea de como las gastaba el angelito. Fruto de sus sutiles métodos sería la secesión de Panamá, de la que hablo más adelante, que inauguraría una larga lista de intervenciones militares e injerencias en los asuntos internos de numerosos países americanos.

Como cabe suponer, la intromisión norteamericana en Cuba y Filipinas, justificada con la hipócrita excusa de apoyar a los movimientos independentistas de ambas naciones, pronto se revelaría como lo que realmente era, un expolio colonial puro y duro. Una vez arrebatada a España, Cuba estuvo ocupada militarmente por tropas norteamericanas hasta 1902, año en el que le concedieron formalmente la independencia tras chantajear al nuevo gobierno cubano obligándole a incluir en su Constitución la conocida como Enmienda Platt, mediante la cual los Estados Unidos se arrogaban el derecho a intervenir en los asuntos internos del nuevo estado siempre que lo consideraran oportuno. Y así lo hicieron en 1906-1909, 1912 y 1933. Asimismo hubo un intento de apropiarse de la isla de Pinos, situada frente al extremo occidental de Cuba, a la cual se había dejado de forma deliberada en una situación jurídica ambigua, no resolviéndose el contencioso sobre su soberanía hasta 1925. Pese a que la Enmienda Platt fue derogada oficialmente en 1934, las intromisiones norteamericanas en la política interna cubana proseguirían hasta la revolución castrista de 1959, incluyendo la frustrada invasión de Bahía Cochinos en 1961.

Peor aún fue el caso de Filipinas, donde la firma de un acuerdo de alto el fuego -el Pacto de Biak-na-Bato- en diciembre de 1897 entre el gobierno español y los insurgentes filipinos no impidió el apoyo norteamericano a los rebeldes, a los cuales armó incitándoles a combatir de nuevo contra España. Paralelamente la batalla naval de Cavite, en mayo de 1898, supuso la derrota de la flota española y la invasión norteamericana del archipiélago. Pese a que oficialmente los Estados Unidos tan sólo pretendían ayudar a Filipinas a emanciparse de nuestro país, la nueva república independiente proclamada en junio de 1898 tuvo una existencia efímera, pues pronto se comprobó que sus presuntos libertadores habían llegado para quedarse, reemplazando el dominio español por el suyo propio.

Buena muestra de la doblez con que actuaron los Estados Unidos fue la declaración del presidente McKinley afirmando que “devolver las Filipinas a España sería cobarde y deshonroso” (!), y que “los filipinos no estaban preparados para autogobernarse y pronto sufrirían peor desorden y anarquía que en tiempos de España”. Así pues se quedaron allí y no precisamente en plan amistoso, ya que para llevar adelante su “humanitaria” pretensión de recoger a todos los filipinos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por la gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos” se vieron “obligados” a sofocar la rebelión de sus chasqueados pupilos. Esta guerra, mucho menos conocida que la librada contra España, duró desde 1899 hasta 1902 causando la muerte a 20.000 soldados filipinos y a más de un millón de civiles, el 10% de la población, lo que le ha valido ser calificada de genocidio.

Una vez conseguida la victoria los Estados Unidos convirtieron a las Filipinas en una colonia, y allí permanecieron hasta que fueron desalojados por los japoneses en 1942, retornado a ellas tras la expulsión de las tropas niponas en 1945. Todavía les costaría concederles la independencia, algo que finalmente tuvo lugar en 1946, de forma más nominal que real, casi cincuenta años después de que hubieran “liberado” al país del yugo colonial español. Mientras tanto, y por no faltar a sus costumbres, los nuevos amos de las islas habían procedido a desmantelar de forma sistemática todo atisbo de cultura española, imponiendo el inglés como lengua oficial. Y lo consiguieron, ya que en la década de 1920 Vicente Blasco Ibáñez pudo constatar la efectividad con la que habían conseguido erradicar nuestro idioma.

Cuba y Filipinas no fueron los únicos territorios arrebatados a España tras la guerra de 1898, ya que los Estados Unidos aprovecharon para rebañar también, a modo de propina, las islas de Puerto Rico y Guam, donde ni por asomo había movimientos independentistas. Las cuales, por cierto, siguen siendo colonias norteamericanas, por más que eufemísticamente se considere un Estado Libre Asociado a la primera y goce de un estatuto de autonomía la segunda, e independientemente también de que sus respectivos habitantes acepten esta situación, ya que no estoy considerando su hipotética descolonización sino las circunstancias arteras de las que se sirvieron los Estados Unidos para apropiarse de ellas.


Hawai y Panamá: suma y sigue




Liliuokalani, la última reina de Hawai, destronada por los Estados Unidos
Fotografía tomada de la Wikipedia


Además de los zarpazos asestados a la debilitada España, los gobernantes norteamericanos de la época perpetraron otras dos más que discutibles intervenciones en Hawai y Panamá. Las islas Hawai eran entonces una monarquía reconocida por las principales potencias, y disfrutaban de un gobierno relativamente homologable con los europeos de la época. Pero a finales del siglo XIX una serie de disturbios políticos convulsionaron al archipiélago y en 1893 el gobierno de los Estados Unidos, alegando “posibles amenazas a los bienes y a las vidas de sus ciudadanos residentes en las islas”, se apresuró a intervenir militarmente en ellas. Previamente, claro está, un grupo de residentes europeos y norteamericanos se habían apresurado a crear un Comité de Seguridad en cuyos planes figuraban el derrocamiento de la monarquía y la anexión a los Estados Unidos. ¿Les suena? Y así ocurrió. La reina Liliuokalani se vio forzada a abdicar en enero de 1893, proclamándose en julio de ese mismo año la República de Hawai... que duró exactamente cuatro años, puesto que las islas fueron anexionadas a los Estados Unidos el 7 de julio de 1898, primero como territorio y desde 1959 como estado.

No menos turbio fue el asunto de Panamá. Tras el éxito obtenido en la construcción del Canal de Suez, Ferdinand de Lesseps intentó repetir la proeza con el Canal de Panamá, cuyas obras se iniciaron en diciembre de 1879. Lamentablemente Lesseps no previó que las dificultades orográficas del istmo de Panamá eran infinitamente mayores que las del de Suez, razón por la que las obras acabaron paralizándose diez años más tarde, dejando el canal inconcluso y un gravísimo quebranto económico a sus accionistas, sobre todo, franceses.

Una vez consumado el abandono francés serían los Estados Unidos quienes fijaran su atención en esta vía de comunicación transoceánica, para lo cual entraron en negociaciones con el gobierno de Colombia, país del que entonces formaba parte Panamá. Pero como éstas no daban el fruto deseado a causa de las convulsiones políticas colombianas, y por si fuera poco el golpe de estado de 1900 puso en la presidencia del país a José Manuel Marroquín, poco o nada predispuesto a ceder a las exigencias yanquis, Theodore Roosevelt -sí, el mismo individuo, un auténtico Rambo avant la lettre-, que ya era presidente, decidió tirar por la calle de en medio.

Así, aprovechando la inestabilidad política colombiana fomentó la secesión de Panamá, cuya independencia se apresuró a reconocer en noviembre de 1903. Apenas una semana más tarde, ¡oh, casualidad!, los Estados Unidos firmaban un tratado con las autoridades del nuevo país cuyas condiciones, por decirlo de una manera suave, eran leoninas: los Estados Unidos se apropiaban no sólo del canal sino también del territorio circundante a ambas orillas, la conocida como Zona del Canal de Panamá, en la cual ejercerían no sólo el control del mismo sino también la soberanía -esto, la convertía en una colonia de facto- por tiempo indefinido. Esta situación se mantuvo durante décadas hasta que, tras la firma en 1977 de los Tratados de Reversión entre Jimmy Carter y Omar Torrijos, la zona retornó a la soberanía panameña el 31de diciembre de 1999, tras casi un siglo de dominio estadounidense.

No tendría esa suerte la base naval de Guantánamo, en Cuba, de triste memoria como campo de concentración tras la Guerra de Irak. El gobierno cubano cedió en 1903 a los Estados Unidos, en calidad de arrendamiento perpetuo, el territorio sobre el que se asienta, vecino de la ciudad homónima... y así sigue pese a las continuas reclamaciones cubanas ya que, como cabe suponer, tras la revolución castrista de 1959 las distintas administraciones norteamericanas no han sido precisamente proclives a abandonarlo.


A modo de postre




Vestigio colonial español en las Islas Marianas
Fotografía tomada de la Wikipedia


Todavía poseen los Estados Unidos algunos pequeños territorios más, tanto en el Caribe como en el Pacífico. En el primer mar cuentan con la mitad del archipiélago de las Islas Vírgenes -la otra mitad es británica-, comprada a Dinamarca en el transcurso de la I Guerra Mundial tras “insinuar” al gobierno danés que en caso de ser invadido el país por Alemania, cosa que finalmente no ocurrió, los Estados Unidos procederían a ocupar las islas para evitar que fueran usadas como base por los submarinos alemanes. Y así siguen. A la que sí ocuparon por cierto, ya en la II Guerra Mundial, fue a la neutral Islandia, relevando a las tropas británicas en junio de 1941 incluso antes de entrar en guerra contra las potencias del Eje.... porque da la casualidad de que no fueron los nazis los únicos que se dedicaron a avasallar a los países neutrales.

En el Pacífico, además de la isla de Guam, poseen desde el final de la II Guerra Mundial el resto del archipiélago de las Marianas, vendidas por España a Alemania en 1899 y ocupadas entre 1914 y 1944 por Japón. A ellas se suma la mitad del archipiélago de Samoa, repartido en 1899 entre Alemania y los Estados Unidos; mientras la antigua parte alemana, que pasó a ser controlada por Nueva Zelanda en 1914, alcanzó su independencia en 1962, la parte norteamericana no tuvo esa suerte.

Quedan además bajo soberanía norteamericana algunas islas e islotes deshabitados de escasa importancia, razón por la que no es necesario hacer una relación exhaustiva de los mismos.


Liberia, o un ejemplo como a las buenas intenciones las puede cargar el diablo




Joseph Jenkins Roberts, primer presidente de Liberia
Fotografía tomada de la Wikipedia


Aunque los Estados Unidos nunca llegaron a poseer colonias en África, resulta conveniente recordar el caso particular de Liberia, puesto que de una manera indirecta sí estuvieron involucrados en el surgimiento de este estado. La historia arranca a principios del siglo XIX, y se enmarca en la pugna desatada entre los partidarios y los adversarios de la esclavitud. La American Colonization Society, una entidad filantrópica fundada en 1816 con la misión de manumitir esclavos negros, pergeñó la genial idea de adquirir un territorio en la costa del Golfo de Guinea con objeto de enviar allí a los negros libertos. Huelga decir que los antiguos esclavos no procedían en su mayor parte del territorio elegido -la actual Liberia- y que en muchos casos estaban además completamente desligados del continente africano tras varias generaciones nacidas en América. Y por supuesto, tampoco preocupó a nadie que ese lugar estuviera habitado por una población autóctona que nada en absoluto tenía en común, salvo el color de la piel, con los recién llegados. Por si fuera poco, la ocupación de la futura Liberia en poco o nada se diferenció de las prácticas coloniales de las potencias europeas contemporáneas.

Así pues, pasó lo que tenía que pasar. Tras iniciarse los asentamientos de negros norteamericanos en 1822, en 1847 la American Colonization Society cedió la tutela del nuevo país a sus patrocinados, los cuales se constituyeron en un estado independiente con unas estructuras políticas formalmente copiadas de las de los Estados Unidos.

Sin embargo la realidad fue muy distinta, ya que los negros llegados de América, apenas un 5% de la población total, se apresuraron a acaparar todos los resortes de poder dejando a los indígenas completamente marginados. En consecuencia Liberia fue en la práctica una colonia más, con la única diferencia de que los colonizadores eran del mismo color de piel que los colonizados. O todavía peor, puesto que los américo-liberianos remedaron las pautas de conducta de los blancos, firmemente convencidos de su superioridad cultural sobre sus súbditos africanos. Con lo cual, el pomposo nombre con el que fuera bautizado el país no pasó de ser un sarcasmo.

Esta situación se mantendría sin cambios, pese a las periódicas revueltas nativas, hasta que en 1980 éstos consiguieron finalmente expulsar del poder a los américo-liberianos, lo cual, lejos de resolver el secular conflicto, lo enconó todavía más sumiendo al país en una espiral de violencia y de guerras tribales que lo ensangrentaron durante más de dos décadas hasta la firma de los acuerdos de paz de 2003.

En resumen, la única aventura colonial norteamericana en África no se puede decir que resultara precisamente un éxito, por muy bienintencionadas que pudieran haber sido las intenciones de sus promotores.


Publicado el 12-7-2016