Ciencia y política





El charlatán, de El Bosco


Es de sobra sabido que muchos políticos, en lugar de adaptarse a la realidad para intentar mejorarla, prefieren hacer justo lo contrario, forzar la realidad, al menos sobre el papel, para embutirla en sus particulares, y generalmente miopes, maneras de hacer las cosas. Todavía peor es cuando lo único que hay detrás de estos individuos es una demagogia hueca o un populismo cínico para los que cualquier cosa que pueda caer bajo su control es susceptible de ser utilizada para sus fines. Y conste que no estoy hablando de aberraciones de la magnitud de la seudociencia utilizada por el nazismo para justificar sus salvajadas, sino de manipulaciones infinitamente más inofensivas y prosaicas, pero no por ello menos falsas, frecuentes incluso en los muy democráticos países occidentales.

Porque, salvo excepciones, ni tan siquiera los políticos más decentes y aptos, que haberlos haylos por más que escaseen, son capaces de librarse de la tentación de aprovechar herramientas tan objetivas como la ciencia para llevar el agua a su molino, lo que les permite revestir a sus discutibles manipulaciones con una falsa pátina de verosimilitud capaz de engañar a todos aquellos que no estén lo suficientemente avezados en el conocimiento de los argumentos presuntamente científicos que utilizan. Al fin y al cabo, ya lo reconoció el propio Churchill cuando dijo que no confiaba en ninguna estadística que no hubiera manipulado personalmente, en la línea de la afirmación de Mark Twain, que no era político ni falta que le hacía, de que había tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas.



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