¿Arte o tomadura de pelo?


Lo he dicho ya en más de una ocasión, y mucho me temo que tendré que seguirlo repitiendo en el futuro: sin la menor pretensión de generalizar tengo la certeza de que, bajo el cobijo del mal llamado arte contemporáneo, se esconde mucha extravagancia y mucha tomadura de pelo. Desconozco las razones por las que estos oportunistas logran medrar e incluso imponer tendencias, pero lo cierto es que es así para sorpresa mía. No obstante, prefiero reservar esta reflexión para otro momento centrándome en dos casos recientes que a mí me resultan, como poco, escandalosos.

Comencemos por el primero. El artículo Una pareja arruina sin querer una obra de arte en Seúl valorada en 400.000 euros al creer que era parte del montaje interactivo, publicado en eldiario.es, relata como un cuadro pintado en 2016 por John Andrew Perello, alias JonOne, se expuso en un centro comercial tal como fue concebido por su autor, acompañado por los materiales -botes de pintura, pinceles y otros utensilios- sobrantes de su ejecución para (sic) “mostrar el proceso creativo como parte inseparable del resultado final”.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Una pareja de veinteañeros que pasaban por allí -recuerdo que el cuadro se encontraba no en un museo ni en una galería de arte, sino en un centro comercial- vieron el tinglado y pensaron que se trataba de “una obra colaborativa abierta al público”; algo que no resultaba disparatado, pue en el arte contemporáneo te puedes encontrar propuestas de lo más inverosímil. Continúa explicando el artículo que nadie les advirtió que no era así, ni existían barreras físicas ni advertencias que impidieran el acceso a los botes y demás integrantes del atrezzo. Por si fuera poco el cuadro era también el único de la exposición que carecía de marco, lo que aumentaba la confusión.




Adivinen ustedes cuales fueron las pinceladas añadidas; yo no he sido capaz de encontrarlas


Así pues ni cortos ni perezosos agarraron sendos pinceles, los mojaron en el bote de pintura que más fue de su agrado y colaboraron entusiásticamente en la “obra de arte” sumando su desinteresada aportación a la del autor, la cual parece ser que no le agradó demasiado pese a demostrarse que los coautores habían obrado de buena fe. Reconozco que la anécdota me causó hilaridad, pero no tanto que el invento estuviera valorado en 400.000 euros cuando lo único que veo en él es una mezcla anárquica de brochazos en la que el añadido de la pareja sospecho que sería imposible de identificar salvo comparándolo con fotografías anteriores al atentado, y aun así dudo mucho que se apreciaran diferencias significativas.

Claro está que su autor no debía pensar lo mismo dadas sus declaraciones: “Espero que la pieza sea restaurada para encontrarse con el público coreano como antes”. Por mi parte, yo prefiero dejarlo aquí.




Aunque lo parezca no es el anuncio de una frutería


Pasamos a la segunda obra de arte, de la que reproduzco una fotografía también tomada del artículo que me ha servido de información. Ésta no se titula, como cabría suponer, Plátano pegado a la pared con una cinta adhesiva, sino que atiende al enigmático nombre de Comediante; y si no entienden su significado les sugiero que pidan a su autor que se lo explique, ya que yo no tengo la menor idea.

El invento es obra -es un decir- de Mauricio Cattelan, que no parece que se herniara demasiado para perpetrarlo; fue expuesto por vez primera en 2019, aunque a partir de entonces ha llevado una larga y ajetreada vida no exenta de sobresaltos: al tratarse de un plátano real -lo cual obligaba lógicamente a reponerlo de forma periódica cuando se pudría-, fueron varias las ocasiones en las que alguien lo despegó, lo peló y se lo comió, lo cual dicho sea de paso suele ser el destino habitual de los plátanos.

El periódico El Conficencial relataba en el artículo Se confunde y se come (otra vez) el plátano de Cattelan, valorado en seis millones de dólares los avatares del cuadro, añadiendo que en esta última ocasión no se había tratado de un acto premeditado sino del despiste de alguien que debió pensar que se trataba de una gentileza del museo hacia sus visitantes.

Prescindiendo de la inevitable reflexión sobre si el plátano en cuestión es arte o una simple tomadura de pelo, lo que me escandalizó fue que estuviera valorado en 150.000 dólares y que por uno de sus antecesores -al parecer no se trata de una obra exclusiva- el comprador pagara ¡6,2 millones de dólares! y además se lo comiera. Partiendo de la base de que cualquiera es muy libre de gastar su dinero como mejor le apetezca, no dejo de pensar que hay cosas que se salen, y mucho, de lo normal, sobre todo cuando por poco más de uno o dos euros te puedes comprar un kilo de plátanos de excelente calidad y el trozo de cinta aislante, supongo, saldría prácticamente gratis.

Por su parte el autor calificaba sin ningún rubor a su invento como una “obra de comentario que invita a hacer una reflexión sobre lo que valoramos”, mientras el director de una galería de arte -supongo que después de que ambos hubieran cobrado- añadía la siguiente perla: “esta obra, que combina un profundo pensamiento crítico con un ingenio subversivo, es decisiva para el artista y para nuestra generación”. Sin comentarios.

Puesto que el plátano -y supongo que también la cinta adhesiva- fue reemplazado por otro de forma inmediata, no veo la razón para que se formara tal revuelo, sobre todo teniendo en cuenta que aun comprándolo en una frutería de lujo no costaría ni de lejos los 150.000 dólares en los que estaba valorada esta insigne obra de arte. Porque como gamberrada siguiendo la iniciativa de Marcel Duchamps y su famoso urinario podía resultar divertida, pero cuando están por medio estos dinerales la cosa aparenta ser mucho más grave.

En conclusión, y poniéndome como ejemplo ya que no conozco a nadie más desmañado que yo para la pintura y las artes plásticas, me ofrezco para emborronar un lienzo con brochazos de colores o para pegar un plátano o cualquier otra fruta a una pared, prometiendo a los posibles compradores unos precios bastante más asequibles que los anteriormente citados, al tiempo que espero que no se enteren ni los pintores de brocha gorda ni los fruteros, no sea que vinieran a hacerme la competencia; con toda sinceridad, no creo que me fueran a salir demasiado peor.


Publicado el 25-8-2025