Monstruitos reales



Si nos preguntaran a cualquiera de nosotros qué animales consideramos peligrosos -para los humanos, se entiende- probablemente pensaríamos en las antaño llamadas fieras: el león, el tigre y otros grandes felinos; el oso, el lobo, el rinoceronte, el hipopótamo, el elefante, el búfalo, el cocodrilo y su pariente el caimán, las serpientes venenosas, algunas especies de tiburones o el españolísimo toro de lidia, junto con otros menos conocidos pero no por ello de fiar como el dragón de Komodo, los elefantes marinos, algunas medusas, la anguila eléctrica, la raya eléctrica, la barracuda, la morena, ciertos peces armados con espinas venenosas... aunque, por más que pueda sorprender, el animal que más muertes humanas causa en el mundo es el mosquito, no por sí mismo sino por las enfermedades que puede transmitir. Y tampoco hay que olvidar a los parásitos de todo tipo causantes asimismo de muchas enfermedades graves e incluso mortales.

Pero no es mi intención hablar ni de los unos ni de los otros, sino de una serie de monstruitos que, pese a no ser un peligro potencial para los humanos, serían dignos de aparecer una película de terror o de ciencia ficción de serie B, puesto que si analizamos sus comportamientos veremos que son absolutamente espeluznantes... al menos para sus presas.

Ah, no busquen aquí a las pirañas; pese a su mala reputación por culpa de películas y novelas baratas, estos peces amazónicos no son tan fieros como los pintan ni suelen representar un peligro grave para los lugareños; en realidad, suelen ser éstos los que incluyen a las pirañas en su dieta.




El gusano bobbit




Fotografía procedente de la Wikipedia


Su nombre científico es Eunice aphroditois, y también se le conoce como gusano de arrecife gigante. Su peculiar nombre procede del rocambolesco suceso ocurrido en 1993 en el que Lorena Bobbit cortó el pene a su esposo, lo que ya nos da una idea de por donde va el animalito.

El gusano bobbit es un anélido poliqueto, es decir, un pariente lejano de las humildes lombrices de tierra. Los poliquetos son unos animales marinos y los hay filtradores, como los gusanos tubícolas, y también depredadores, alimentándose estos últimos de presas pequeñas como crustáceos, bivalvos, esponjas u otros.

Pero el gusano bobbit es un caso particular. En primer lugar por su tamaño, ya que puede alcanzar hasta tres metros de longitud; no es el gusano más largo que se conoce, pero sí el más matón ya que sus habilidades predatorias van mucho más allá de lo habitual entre sus discretos primos gracias a sus afiladas mandíbulas, que le convierten en un digno émulo de los letales monstruos que pululaban por las antiguas películas de serie B. Por si fuera poco también segrega un veneno que inyecta a sus víctimas, que pueden llegar a ser mayores que él, para poder devorarlas con tranquilidad. Si añadimos que está cubierto por un exoesqueleto duro que le da un aspecto acorazado, convendremos que sólo con verlo ya nos daría un escalofrío.

El gusano bobbit caza al acecho enterrándose en el fondo marino a excepción de la cabeza y los primeros anillos del cuerpo, con la que vigila a sus presas potenciales. Cuando una de ellas se acerca demasiado sale de su escondite con extrema celeridad aferrándola con las mandíbulas, pudiendo llegar incluso a partirla en dos. Acto seguido se repliega a su madriguera llevándose aferrado el botín. Los vídeos existentes en internet dan muestra de su pasmosa agilidad, que le lleva a atacar a peces, calamares, pulpos e incluso tiburones pequeños.

Aunque dado su hábitat es poco probable tener un percance con ellos, los expertos afirman que en caso de mordedura ésta sería extremadamente dolorosa por la combinación de sus afiladas mandíbulas y el efecto de la toxina.

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El hongo oruga




Fotografía procedente de la Wikipedia


No sólo hay animales que podemos considerar monstruosos por la forma de cazar y alimentarse, también nos encontramos con vegetales aunque, aprovecharé para puntualizarlo antes de que un botánico se me eche encima, actualmente se considera a los hongos como un grupo taxonómico independiente al mismo nivel que el animal y el vegetal.

Hecha esta puntualización pasemos a conocer al Ophiocordyceps sinensis, un hongo parásito de las larvas de determinadas mariposas, es decir, de sus orugas. Los hongos parásitos no son ninguna rareza, e incluso algunos de ellos son los responsables de diversas enfermedades de la piel tales como la tiña, el pie de atleta o la candidiasis. Pero, aunque molestos y difíciles de erradicar, estos hongos no se comportan ni de lejos como el que nos ocupa, que por fortuna afecta a los insectos y no a los humanos. Y no es ninguna broma, al menos desde el punto de vista de las propias orugas.

El hongo, que como todos ellos se transmite por esporas, germina en la oruga cuando ésta está viva y, no contento con matarla, la momifica alimentándose de sus tejidos internos. Por si fuera poco, y como al fin y al cabo también necesita reproducirse, segrega un largo tallo que emerge de la cabeza de lo que fuera la oruga, que utilizará para dispersar sus esporas.

Basta con ver fotografías de las orugas momificadas para fruncir el ceño, ya que si de por sí esos bichos suelen ser ya repulsivos -al menos para mí- todavía lo son más convertidas en protagonistas potenciales de una película de terror que se podría titular algo así como La invasión de los hongos momificadores. Sin embargo los chinos no piensan lo mismo, puesto que atribuyen a estos hongos -con su envoltorio momificado- unas presuntas propiedades medicinales que además alcanzan unos precios tan elevados que en extremo oriente se ha desarrollado su cultivo -no he conseguido averiguar si también sobre orugas- para venderlo como suplemento alimenticio. Ya hay que tener ganas.




El Cordyceps militaris sobre una crisálida de procesionaria
Fotografía procedente de higieneambiental.com


Por cierto, existe también otro hongo, el Cordyceps militaris, que crece sobre las crisálidas de la procesionaria del pino. Sin llegar al grado de sofisticación de su homólogo chino, sus esporas se pegan a los pelos de las orugas cuando éstas descienden de las copas de los pinos y los abetos para enterrarse en el suelo, germinando cuando ésta se convierte en crisálida matándola e impidiendo que alcance el estado adulto. Dado que las procesionarias pueden convertirse en una plaga de los pinares de nuestro país, se han hecho estudios para combatirlas mediante este hongo, sin que me conste que haya previsiones gastronómicas para el mismo.

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La lamprea




Boca de una lamprea. Fotografía procedente de la Wikipedia


A diferencia de los casos anteriores la lamprea es un pez conocido y muy apreciado en lugares como Galicia, Portugal o Borgoña, aunque a decir de los entendidos hay que estar preparado para comerla a causa de su fuerte sabor, sobre todo si está cocinada con su propia sangre. La lamprea es un pez serpentiforme de apariencia similar a las anguilas o a las morenas, aunque no está emparentada con ellas. De hecho los ictiólogos la tienen clasificada en un grupo propio diferente de los otros dos a los que pertenecen la práctica totalidad de los peces, el de los peces cartilaginosos -tiburones y rayas- y el de los peces óseos, o modernos.

Se trata de unos animales muy primitivos de cuerpo gelatinoso y sin escamas que habitan tanto en agua dulce como en agua salada, y cuentan con una característica única dentro de los vertebrados: carecen de mandíbulas -por eso a su grupo taxonómico se le denomina agnatos- y su boca es circular en forma de ventosa, con la que se fija a las presas de las que se alimenta. Por esta razón sus dientes no están alineados en dos filas, como suele ser habitual en los peces, sino que se distribuyen en varios círculos concéntricos alrededor del orificio central que podríamos considerar la garganta. Poseen también una lengua de naturaleza córnea -como los dientes- capaz asimismo de raspar los tejidos.

Porque aunque las lampreas son carnívoras y se alimentan de otros peces, su modo de cazar es asimismo peculiar y digno de una película de terror: dado que por razones obvias no pueden masticar, su modus operandi consiste en adherirse al cuerpo de sus presas -tiburones, salmones, bacalaos e incluso mamíferos marinos- con la ventosa bucal y raspar la piel y la carne con los dientes y la lengua hasta llegar a los vasos sanguíneos para succionar la sangre gracias a esta última, que actúa como un émbolo. Cabe añadir que las lampreas son hematófagas, por lo que se las podría considerar como vampiros acuáticos. Sus presas son de gran tamaño, en su mayoría también predadores, y lo que no he conseguido averiguar es si éstas sobreviven o no a sus ataques, aunque cabe suponer que no les resulten en absoluto agradables.

Todavía peor es el caso de sus primos, los mixinos, los únicos peces agnatos -es decir, sin mandíbulas- junto con las lampreas. Son incluso más primitivos que éstas, y aunque de hábitos generalmente carroñeros, en ocasiones pueden introducirse en las cavidades internas de peces vivos para roer sus vísceras desde dentro.

Aunque las lampreas no son peligrosas para los humanos -evidentemente no ocurre lo mismo al contrario-, existe una antigua leyenda que afirma que los potentados romanos aplicaban un castigo extremadamente cruel a los esclavos que habían cometido una falta suficientemente grave o eran ya demasiado ancianos para resultar útiles: los arrojaban vivos a las piscinas donde conservaban lampreas y morenas a la espera de ser cocinadas para un banquete. Sea o no verdad, lo cierto es que no ayuda a ver con buenos ojos a estos animales ya de por sí bastante repulsivos.

P.D.: Nunca he probado la lamprea y, sinceramente, tampoco tengo demasiado interés en intentarlo.

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Las avispas parasitoides




Sí, la fotografía es fuertecilla. Original procedente de pepenosela.blogspot.com


Otros monstruitos terroríficos para sus víctimas son las avispas parasitoides. Éstas han desarrollado un sofisticado sistema de crianza para sus larvas: cuando localizan una presa, generalmente una oruga, la paralizan con su veneno y, tras perforar la piel con su ovopositor -una especie de estilete hueco-, depositan sus huevos en el interior de su víctima. El veneno no mata a la oruga, pero mientras ésta sigue creciendo también lo hacen las larvas de la avispa que nacen de los huevos, las cuales se alimentan de su involuntaria anfitriona. Una vez que sus huéspedes han terminado su ciclo de crecimiento la abandonan cuando todavía está viva, e incluso mantienen con vida lo que queda de ella, convertida en un zombi, para que las proteja de posibles depredadores mientras las larvas de avispa desarrollan su propia metamorfosis.

Algunas especies de avispas, por el contrario, excavan madrigueras y depositan allí a sus presas, paralizadas por el veneno pero vivas, para que sus larvas se alimenten de ellas.

Las avispas no sólo parasitan a las orugas, sino también a diferentes insectos como moscas, pulgones, mariquitas, cucarachas e incluso tarántulas mucho mayores que ellas.

Y lo que ya supone rizar el rizo es el hiperparasitismo de otras avispas, como la Lysibia nana, que parasitan a las larvas de las avispas parasitoides, pagándoles con su misma y macabra moneda.

Pese a que el comportamiento de estos insectos resulta digno de la película Alien y sólo su pequeño tamaño les hace pasar desapercibidos al común de los mortales, lo cierto es que resultan de una inestimable ayuda para la agricultura, puesto que constituyen un eficaz método de control de plagas siempre y cuando, claro está, se consiga encontrar el parasitoide adecuado para la plaga en cuestión. Pero la verdad es que, viendo las fotografías de los bichos infectados con sus cuerpos repletos de larvas devorándolos vivos, resulta difícil no sentir repulsión.

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El cuco




Pollo de cuco alimentado por un carricero común. Obsérvese la
diferencia de tamaño. Fotografía procedente de la Wikipedia


A diferencia de los ejemplos anteriores, el cuco es un ave simpática que incluso fue la elegida para adornar los relojes. Es del tamaño aproximado de una paloma, insectívoro -se alimenta principalmente de orugas, por lo que se le puede considerar beneficioso- y tiene hábitos migratorios, pasando el verano en Eurasia, donde cría, y el invierno en África, el sudeste asiático y Ceilán. Entonces, ¿por qué aparece aquí?

Pues por lo que los ornitólogos denominan parasitismo de puesta, aunque en lenguaje coloquial se podría denominar okupación y gorroneo. Y la verdad es que se lo montan muy bien. La hembra, en lugar de poner los huevos en su propio nido como Dios manda, lo hace en nidos ajenos pertenecientes a otras especies de pájaros. Y lo primero que hace es aprovechar la ausencia de los propietarios del nido para quitar de en medio uno de los huevos legítimos, al que sustituye por uno propio, llegando su sofisticación hasta el extremo de imitar la coloración de éstos. Posteriormente, cuando nace el polluelo lo primero que hace es desembarazarse del resto de los huevos, a los que arroja fuera del nido, e igual hace con sus hermanos putativos si éstos ya habían nacido. En consecuencia se queda como único representante de la progenie de sus sufridos padres adoptivos, algo que le beneficia puesto que éstos suelen ser pájaros pequeños de un tamaño sensiblemente menor que el del oportunista pollo, que así acapara todos sus esfuerzos por criarlo como si fuera suyo. No es el único caso de parasitismo de puesta, tanto entre las aves como en otros grupos animales, pero sí el más conocido y posiblemente el más descarado.

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La mantis religiosa




Mantis hembra devorando a un macho tras el apareamiento
Fotografía procedente de la Wikipedia


Volvemos a los insectos con un ejemplo bastante conocido, al que sólo su pequeño tamaño -aunque considerable para un hexápodo- de seis o siete centímetros le salva de ser considerado un monstruo, puesto que basta con ver una fotografía ampliada para apreciar lo feroz de su aspecto. Y realmente lo es a su escala, ya que es un temible depredador capaz de capturar y devorar vivas a sus presas, no sólo insectos y otros pequeños invertebrados, sino también animales mayores como ranas, lagartijas, ratones o colibríes.

La mantis es también famosa por su canibalismo de género, que se diría ahora, ya que no resulta infrecuente que las hembras devoren a los machos tras el apareamiento e incluso durante éste, empezando siempre por la cabeza... lo que resulta un buen ejemplo de práctica sexual de riesgo.

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Las plantas carnívoras




Dionea atrapando a un escarabajo
Fotografía procedente de la Wikipedia


Uno de los muchos tópicos de monstruos peligrosos tan frecuentes antaño en la literatura y el cine de ciencia ficción y terror es el de las plantas carnívoras, capaces de atrapar, matar y digerir a los sufridos protagonistas que únicamente acababan librándose de ellas y de una muerte cierta tras denodados esfuerzos. La realidad es mucho más prosaica, al menos a nuestra escala, ya que las plantas carnívoras de verdad tan sólo con capaces de capturar insectos y animales de su tamaño... lo que no impide que sean extremadamente efectivas.

Las plantas carnívoras no pertenecen a un único grupo taxonómico, sino que son fruto de una evolución convergente de especies no relacionadas entre sí, por lo cual sus estrategias de caza son diferentes aunque todas tienen en común métodos desarrollados para atraer y capturar a sus presas, a las cuales digieren gracias a la secreción de unas sustancias equivalentes a los jugos gástricos de los animales. Sús métodos de atracción no son muy diferentes a los que emplean las plantas fanerógamas para llamar la atención de los insectos polinizadores, como son flores de colores llamativos, el néctar o los olores atractivos. Por lo demás, existe bastante variedad entre ellas.

Así, la dionea atrapamoscas ha desarrollado hojas en forma de pinzas que se cierran cuando el insecto se posa en ellas, quedando atrapado en un abrazo mortal. La drosera cuenta con pelos pegajosos que atrapan a sus presas, tras lo cual éstos se repliegan encerrándolas. Las conocidas como plantas odre poseen unos jarros de los que los insectos no pueden salir, cayendo en el líquido del fondo donde mueren y son digeridos. Y otras, por último, tienen trampas que mediante un sistema hidráulico de presión se abren cuando un insecto se acerca a ellas, succionándolo y cerrándose acto seguido, o trampas nasa en las que resulta fácil entrar pero imposible salir.

Aunque las plantas carnívoras suelen ser populares y utilizadas con fines decorativos, no creo que sea ésta la opinión de las moscas, mosquitos y demás insectos domésticos, por lo general bastante molestos.

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La hormiga león




Larva de hormiga león. Apréciese el tamaño de sus mandíbulas
Fotografía procedente de la Wikipedia


Pese a su nombre -los entomólogos han bautizado a su familia como Myrmeleontidae-, este insecto no tiene relación taxonómica ni con las hormigas ni con los himenópteros, y el aspecto de los adultos recuerda a las libélulas con las que tampoco guardan parentesco. El nombre de hormiga león proviene de sus larvas, que aunque tampoco tienen el menor parecido con las verdaderas hormigas ni forman colonias, son uno de los predadores más eficaces de éstas, por lo que en realidad debería llamárseles león de hormigas.

Mientras los adultos son voladores, las larvas se entierran construyendo unas trampas de caza en forma de embudo, en cuya base se atrincheran al acecho de sus presas asomando únicamente las mandíbulas. Cuando una de ellas -generalmente hormigas u otros pequeños insectos- tiene la mala suerte de caer en la trampa le resulta prácticamente imposible salir de ella, puesto que resbala en las escurridizas paredes al tiempo que la larva le bombardea con granos de tierra o de arena para impedirle escapar. Finalmente caerá al fondo, donde es atrapada con una rapidez escalofriante; la larva le clava sus afiladas mandíbulas, que tienen forma de tenaza y han evolucionado para perforar el exoesqueleto de quitina, inyectándole enzimas digestivas para succionar los líquidos resultantes.

Como es fácil deducir, a su escala -apenas miden un centímetro y son inofensivas para los humanos- son unos auténticos monstruos... y también feroces ya que no respetan ni a sus propios congéneres siendo habitual el canibalismo entre ellas.

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La estrella de mar




Estrella de mar devorando unos mejillones
Fotografía procedente de ocean.si.edu


Este animal, de aspecto tan inofensivo e incluso simpático, es un feroz depredador de moluscos, corales, artrópodos, otros invertebrados marinos e incluso peces de pequeño tamaño. Sus brazos están provistos de pies ambulacrales, un sistema de ventosas hidráulicas que la estrella de mar utiliza para desplazarse, capturar a sus presas y, en el caso de los bivalvos, abrir las conchas gracias a su considerable capacidad de succión.

Pero lo que les trae aquí no son sus métodos de caza, sino la forma en la que devoran a sus presas. Una vez las han aferrado lo suficiente para que éstas no escapen o vuelvan a cerrar sus conchas, la estrella saca literalmente el estómago por la boca, situada en la cara inferior del disco central, y engulle entera a su captura digiriéndola literalmente desde fuera de su cuerpo, lo que le permite alimentarse de animales de un tamaño muy superior al de su boca. Para ser más exactos habría que precisar que este estómago extraíble, denominado cardíaco por los zoólogos, es uno de los dos de que dispone el animal siendo el segundo estómago, el pilórico, de un comportamiento más normal. Una vez terminada la digestión, o predigestión, en el estómago cardíaco éste transfiere los jugos resultantes al segundo estómago, donde concluye el proceso.

Si nos ponemos en la piel, o en las conchas, de una almeja, pongo por caso, podremos entender que no tiene mucha gracia que llegue lo que para ella es un monstruo, aferre con sus brazos las valvas, las abra pese a los esfuerzos de la almeja por mantenerlas cerradas y, acto seguido, extrayendo el estómago del interior de su boca la envuelva y comience a digerirla cuando todavía está viva. Porque las estrellas de mar, a su escala, son unos auténticos monstruos.

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La escolopendra




Escolopendra mediterránea, la mayor escolopendra europea
Fotografía procedente de la Wikipedia


Las escolopendras son los primos mayores de los ciempiés, miriápodos como ellos pero de mucho mayor tamaño. De hecho son de los mayores artópodos terrestres; la escolopendra gigante puede llegar a alcanzar los 30 centímetros de longitud, bastante más que insectos como el weta gigante -un grillo de Nueva Zelanda- que sólo alcanza los 20 o el escarabajo goliath, que se queda en los 12. Hay mariposas y libélulas con una envegadura de alas de 20 a 30 centímetros, pero sus cuerpos son bastante más pequeños. Asimismo una especie de insecto palo originaria de Borneo puede sobrepasar el medio metro, pero su cuerpo es extremadamente delgado y por consiguiente de poco peso. Son animales herbívoros y maestros del camuflaje, por lo que de monstruitos tienen poco.

Estos miriápodos tratan también de tú a tú a otros invertebrados terrestres de gran tamaño como las arañas y los escorpiones, sobre todo en lo relativo a su longitud. Aunque las patas de la araña cazadora gigante de Asia pueden alcanzar los 30 centímetros de envergadura, su cuerpo es sensiblemente más pequeño, mientras la araña con el cuerpo de mayor tamaño es la Goliat, capaz de alcanzar los doce centímetros... que no está mal pero queda muy por debajo de la longitud de las mayores escolopendras; eso sí, su peso es superior. Por su parte, los escorpiones gigantes del sudeste asiático llegan a rebasar los veinte centímetros y son asimismo más macizos.

Además de su impresionante -y para mí repulsivo- aspecto las escolopendras son carnívoras y unos depredadores feroces; armados con unos colmillos venenosos denominados forcípulas con los que inyectan el veneno a sus presas: en general invertebrados como insectos, arañas, caracoles o lombrices, aunque las más grandes se atreven con pequeños vertebrados como ratones, lagartijas, ranas, pájaros e incluso murciélagos. Su picadura es dolorosa, aunque no suele resultar mortal.

Aunque la escolopendra gigante vive en zonas tropicales de América, en España contamos con la escolopendra mediterránea, que con sus 15 centímetros tampoco está nada mal. Existen en total unas 700 especies, algunas de respetable tamaño como la escolopendra china, la escolopendra asiática de cabeza roja o la escolopendra de Sonora. Y, por sorprendente que parezca, hay quien las tiene de mascotas.

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La avispa asiática




Avispa asiática. Fotografía procedente de la Wikipedia


La avispa asiática, Vespa velutina según su nombre científico, es una pariente de las avispas corrientes que, como su nombre indica, es originaria del sudeste asiático, habiéndose convertido en una especie invasora en Europa extendida por todo el norte de nuestro país. Es de mayor tamaño que la avispa común -dos centímetros y medio frente al centímetro y medio de éstas- pero menor que el avispón europeo, que puede llegar a alcanzar los tres. Como todas las avispas pica, y si bien no es más agresiva que las autóctonas su picadura sí resulta más dolorosa a causa de su mayor tamaño, aunque no suele ser peligrosa salvo en caso de alergia al veneno de estos insectos.

Al igual que sus congéneres la avispa asiática es cazadora ya que aunque los adultos no son carnívoros sí lo son sus larvas, a las que alimenta con sus presas. La diferencia entre esta avispa y las europeas radica en que es un feroz depredador de las abejas que está trayendo de cabeza a los apicultores, dado que arrasa por completo las colmenas provocando unas auténticas hecatombes de las indefensas abejas que, a diferencia de sus parientes asiáticos, carecen de medios de defensa frente a este implacable enemigo. Aunque las abejas no son sus únicas presas sí suponen alrededor del 85 % del total de éstas, lo que magnifica el problema dada su relevancia económica y medioambiental.

Su modus operandi no puede ser más brutal: se sitúa rondando la entrada de las colmenas y, valiéndose de su mayor tamaño, captura a sus víctimas en pleno vuelo despedazándolas brutalmente, puesto que tan sólo se apodera del tórax, que llevará a su nido, abandonando la cabeza y el abdomen, lo cual ha provocado su apelativo de avispa asesina.

Y es que, situándonos a su escala, sus incursiones en las colmenas podrían equipararse a los sanguinarios asaltos de pueblos tales como los asirios, los hunos, los mongoles o los vikingos, tan temidos en su día por sus indefensas víctimas.

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Publicado el 1-7-2021
Actualizado el 3-11-2021