Profesiones sádicas





Así me imagino yo a algunos de los profesionales que cito aquí


Los legisladores y los burócratas, que han inventado dos lenguajes estrechamente emparentados entre sí, el legalés y el burocratés, imposibles de descifrar incluso para los mayores expertos en jeroglíficos egipcios, tablillas cuneiformes sumerias o escritura maya... sobre todo cuando publican textos presuntamente aclaratorios de otros anteriores de difícil comprensión.

Los fontaneros, que suelen tener la costumbre de colocar las llaves de paso y los contadores de agua en los sitios más recónditos e incómodos de las casas. ¿Disfrutarán acaso imaginando las contorsiones que tendremos que hacer, acordándonos de todos sus antepasados, cada vez que tengamos necesidad de abrir o cerrar la llave, o de leer el contador?

Los lumbreras que siempre se empeñan en situar los cajeros automáticos de los bancos en las fachadas más soleadas, por lo que en verano, junto a un demoledor efecto sauna, acrecentado por el chorro de aire caliente que suele expulsar el sistema de refrigeración justo sobre tu cara, no habrá manera humana de ver las instrucciones en la pantalla iluminada de lleno por el sol. Y con un poco de suerte, te quemarás además los dedos con las teclas recalentadas.

Los presentadores de los boletines meteorológicos, que acostumbran a comunicar con una sonrisa de oreja a oreja la llegada del buen tiempo cada vez que se aproxima una ola de calor capaz de derretir hasta las piedras.

Los locutores deportivos, en especial los radiofónicos, empeñados en sobresaltar con sus desaforados gritos hasta al más calmado de los mortales... y todavía más si no te gustan los deportes.

Los cerrajeros y similares, con su manía de adornar las puertas y las fachadas de los edificios con todo tipo de pegatinas prácticamente imposibles de despegar.

El inventor del abrefácil de los cartones de leche; si ustedes han sido capaces de abrir uno con sus manos sin el auxilio de unas tijeras, son merecedores de ser llevados a un programa de televisión y homenajeados públicamente por su hazaña.

Su colega el inventor del abrefácil de los paquetes de jamón y embutidos loncheados en los que las lonchas están siempre colocadas al contrario, por lo que es preciso reventar literalmente el paquete para poder sacar unas pocas.

Su colega -si no fue el mismo- al que se le ocurrió intercalar láminas de plástico entre las lonchas para evitar que se pegaran; en principio una buena idea, si no fuera porque estas láminas sólo llegan hasta la mitad de las lonchas y las otras mitades, indefectiblemente, se pegan.

Los fabricantes de conservas de pescado que no se molestan en rotular las latas, de manera que cuando una de ellas se sale de la caja no hay manera de averiguar lo que tiene dentro sin abrirla.

El inventor de las fundas de celofán que envuelven los libros y los discos de música, capaces de hacerte dejar las uñas -y la paciencia- en ellas sin conseguir abrirlas ni romperlas.

Los técnicos municipales que, cuando en una avenida existen una o varias medianas centrales que dividen en dos o más tramos el paso de peatones, en lugar de ponerlos alineados como sería lo lógico disfrutan colocándolos en zig-zag, con lo cual te obligan a desviarte a través de la mediana. Por si fuera poco, además del paseíllo lo más probable es que no dé tiempo a cruzar de una sola vez de una acera a la otra, debiendo esperar en mitad de la mediana a que vuelva a abrirse el semáforo.

Esos mismos técnicos municipales que, cuando hay que cruzar una avenida con varias calzadas, aunque no existan los rodeos comentados en el párrafo anterior se las apañan para que los semáforos se te vayan cerrando matemáticamente uno por uno en cada tramo del paso de peatones.

Esos mismos técnicos municipales que parecen disfrutar colocando los pasos de peatones existentes en las calles transversales a la torta de metros del cruce, obligándote a dar continuos, molestos e innecesarios rodeos... o a cruzar a las bravas por la esquina siempre que los coches -mal- aparcados te lo permitan.

Esos mismos técnicos municipales que al poner las direcciones prohibidas en las calles siempre las colocan justo al contrario de lo que dicta la lógica.

Los ingenieros que diseñan los enlaces de las autovías con tan mala uva que, o bien te equivocas de desvío, o bien te la juegas en una incorporación sin visibilidad y sin carril de aceleración.

Y sus colegas de Tráfico que colocan las señales y los carteles indicadores aparentemente a propósito para confundirte.

Los diseñadores de los sopladores que utilizan los barrenderos, unos artefactos que, aparte de producir un ruido infernal, sirven para poco más que para levantar enormes nubes de polvo y cambiar la basura de sitio.

Los responsables del hilo musical de tiendas, supermercados y centros comerciales, tan aficionados a seleccionar una “música” -es un decir- discotequera que, aparte de sonar siempre igual -de mal, por supuesto-, bastará con sufrirla un rato para acabar con la cabeza como un bombo.

Los inventores de esos malditos contestadores automáticos que, cada vez que llamas a algún teléfono de información, te tienen media hora pegado al aparato como un idiota, obligándote a pulsar teclas, o bien a decir cifras y palabras en voz alta y acento neutro, antes de conseguir que, con suerte, te atienda un avatar más o menos humano.

Los que diseñan esas malditas páginas de internet en las que resulta una auténtica tortura hacer cualquier trámite o gestión, por muy fácil que éste pudiera parecer a priori.

Y los que no contentos con ello, cuando pese a lo comentado anteriormente ya has aprendido más o menos a manejarlas, las cambian por completo para fastidiarte todavía más.

Los inventores de los malditos captchas, que no sólo consiguen evitar -supongo- que los bots informáticos cuelen spam o virus en internet, sino que además nos dejan a los usuarios humanos poco menos que bizcos a la hora de intentar desentrañar qué demonios de letras distorsionadas aparecen allí.

Los trapaceros que ponen los precios de los billetes de avión, conforme a unos incomprensibles criterios que parecen haber tomado directamente de los arcanos mayores del tarot.

Los inventores de las cuchillas de afeitar de dos hojas, en las que a partir del segundo uso el espacio intermedio entre las dos hojas se llena de jabón y de restos de pelos imposibles de limpiar, los cuales impiden que el apurado sea el correcto. Y no digo ya las de tres y hasta cuatro hojas... eso sí, a más hojas mayor precio, que no es cuestión de ser tontos.

Los que escriben los rótulos de los lomos de los libros tanto a un lado como al otro, de manera que resulta imposible leerlos de un vistazo en una estantería sin tener que estar contorsionando continuamente el cuello.

Los fabricantes de clavijas eléctricas de cuarenta tipos diferentes, de manera que resulta imposible intercambiarlas de un aparato a otro sin contar con una nutrida colección de ellas, normalmente una por aparato.

Los inventores de los calzoncillos -perdón, slips, que queda más fino- sin bragueta, que obligan a sus usuarios a hacer poco menos que un striptease cada vez que necesitan acudir a un urinario público.

Los inventores de los cuchillos de las cuberterías, útiles para untar la mantequilla o la mermelada pero con los que resulta imposible cortar, con lo cual acabarás teniendo que recurrir a un plebeyo cuchillo de cocina.

Los diseñadores del euroconector, que indefectiblemente se afloja cada vez que mueves el aparato al que está conectado o cuando rozas el cable, ya que éste hace de palanca al estar colocado en diagonal con respecto a la clavija en vez de ser, como hubiera parecido más lógico, perpendicular a ésta.

Los diseñadores de los frigoríficos, que tienen la manía de colocar unos soportes para las botellas en la parte interior de la puerta tan falsos que, tarde o temprano, se acaban cayendo provocando la rotura de las botellas.

Los arquitectos que diseñan viviendas sociales y, aprovechándose de que los futuros inquilinos no pueden ni elegir ni protestar, se desmadran con todo tipo de aberraciones presuntamente vanguardistas que, por lo general, además de estéticamente espantosas suelen ser poco o nada funcionales.

Los programadores de los paneles informativos de las paradas de autobús que, no satisfechos con entreverar la información útil -el tiempo de espera para las diferentes líneas- con algo sospechosamente parecido a la publicidad institucional, o bien con informaciones espurias, se las apañan para que, siempre que intentas saber cuanto tiempo te toca esperar, salte en ese momento obligándote a tragarte toda la morralla antes de poder enterarte de lo que verdaderamente deseas. Casualidad o no, les suele salir bordado.

Los fabricantes de calzado que ponen a los zapatos unas suelas repletas de rayas y dibujos en relieve, ideales para que cuando pisas una mierda o un chicle no haya manera humana de limpiarlas.

Los fabricantes de papel higiénico, que acostumbran a perforar los rollos con tal precisión que el papel siempre se parte por el lado más inoportuno justo en el momento más inoportuno.

Los fabricantes de las servilletas de papel que ponen en los bares, las cuales no sólo son ásperas sino además completamente inútiles para limpiar nada, puesto que su capacidad de absorción es nula.

Los manipuladores de herramientas ruidosas tales como taladros, sierras radiales, segadoras, sopladores de basura, martillos neumáticos u otras, que parecen mostrar especial empeño en utilizarlas justo cuando mayor es el número de gente a la que poder molestar.

Los repartidores que aparcan el camión debajo de tu ventana y lo dejan con el motor encendido, con lo cual las vibraciones te están machacando durante horas.

Los fabricantes de coches, que pese a colocar cada vez más dispositivos electrónicos de todo tipo en sus vehículos, a estas alturas siguen sin incluir un medidor del nivel de carga de la batería pese a su sencillez y su más que evidente utilidad.


Publicado el 22-9-2013
Actualizado el 3-8-2021