La fe mueve... ¿montañas?





Amar Bharati, con su brazo anquilosado



Afirma una conocida frase de origen bíblico que la fe mueve montañas, pero en ocasiones me pregunto si estas montañas, en lugar de ser de piedra, tierra u otros minerales, no serán de un naturaleza inmaterial difícil si no imposible de comprender dado lo ilógico de sus motivaciones.

Véase si no el ejemplo que encontré hace unos días en internet, originalmente en el diario EL PAÍS, aunque indagando descubrí la misma historia en numerosas páginas incluyendo la Wikipedia en su versión inglesa, no así en la española.

Resumiendo, ésta es la siguiente. Amar Bharati, nacido hacia 1950, era un oficinista hindú que hasta 1970 llevó lo que se puede considerar una vida normal, pero en ese año abandonó su trabajo y a su familia para convertirse en un santón consagrado a la devoción de Shiva, uno de los principales dioses del hinduismo. Hasta aquí todo era relativamente normal, al fin y al cabo tenemos los casos de personajes históricos como san Pablo, san Agustín o san Ignacio de Loyola entre otros que dieron un giro drástico a sus vidas movidos por la fe religiosa, así como los de infinidad de personas anónimas que incluso hasta en nuestros días renunciaron a la vida mundana recluyéndose en conventos, en ocasiones de clausura.

Pero este personaje fue mucho más allá cuando tres años después, en 1973, decidió hacer profesión de su compromiso religioso, así como manifestar su protesta contra las guerras y su apoyo a la paz mundial de una manera drástica: levantando el brazo derecho y manteniéndolo alzado... de forma ininterrumpida durante los cincuenta y dos años transcurridos desde entonces, ya que al día de hoy sigue manteniendo esa extraña y antinatural postura que justificó como un gesto de agradecimiento a los dioses por permitirle acceder al ascetismo y a la vida contemplativa, así como su manera de postular por la paz mundial. En fin, tal como el torero Rafael Gómez Ortega “El Gallo” le respondió a Ortega y Gasset tras preguntarle por su profesión, hay gente pa tó incluidos los virtuosos de las chifladuras.

Claro está que ahora ya no lo hace por propia voluntad sino por obligación; como era de esperar a causa de su prolongada inmovilidad el brazo comenzó a resentirse primero con dolores y posteriormente perdiendo cada vez más sensibilidad y movilidad hasta convertirse en un miembro muerto completamente atrofiado.

Huelga decir que también tenemos ejemplos extremos similares en nuestra propia cultura, como los mártires cristianos de los primeros siglos de nuestra era motivados por la defensa exacerbada de su fe bajo la promesa, eso sí, de una recompensa en forma de vía rápida para acceder a la vida eterna; o sin ir tan lejos, los ascetas de todo tipo como los estilitas encaramados a una columna a la intemperie de la que jamás se bajaban, quienes vivían en cuevas o en el desierto como los animales o los que se emparedaban o encadenaban, a veces de por vida.

Otros comportamientos que hoy también calificaríamos de masoquistas, aunque menos drásticos que los anteriores, implicaban mortificar el cuerpo con ayunos interminables o torturas de variado tipo, incluidas las públicas de los disciplinantes en las procesiones que no fueron prohibidas hasta una fecha tan tardía como 1777 sin que se llegaran a extinguir por completo... pero el auge de estas conductas autodestructivas fue hace muchos, muchos años, y si bien hoy en día todavía se siguen utilizando instrumentos como los cilicios, los flagelos y las disciplinas modo de penitencia, su uso es residual y siempre anónimo, dado que para nuestra mentalidad tales conductas resultan anacrónicas cuando no directamente aberrantes.

En cualquier caso, y haciendo la salvedad de que a los occidentales nos resulta extremadamente difícil entender la espiritualidad de otras culturas, conductas como la de este santón se escapan a mi entendimiento, ya que aunque sus motivaciones religiosas e ideológicas sean profundas, algo que queda fuera de toda duda, no encuentro el menor sentido a un comportamiento autodestructivo cuya única explicación, conforme a nuestros parámetros, es porque sí. Al fin y al cabo, aunque las autoinmolaciones quemándose vivos de bonzos vietnamitas o de lamas tibetanos eran todavía más drásticas dado que acababan con sus vidas, tenían al menos un sentido digamos práctico al tratarse de un acto de protesta contra alguna causa determinada, bélica en el caso de la oposición a la guerra de Vietnam o política contra la ocupación china del Tíbet. Vamos, que lo hacían por algo y no por las difusas razones -al menos para mí- esgrimidas por Amar Bharati.

Cierto es que aquí y ahora cada vez pululan más protestantes de variado pelaje especializados en montar sus numeritos con las excusas más peregrinas, desde embadurnar cuadros a asaltar granjas ganaderas, embarcarse en cruceros por el Mediterráneo o interrumpir por las bravas eventos públicos e incluso privados, algo que dicho sea de paso se les suele dar bastante bien; pero al mismo tiempo éstos suelen mostrar un interés extremo por su integridad física, que una cosa es organizar una cencerrada, a ser posible grabada en busca de publicidad gratuita, y otra poner en peligro su integridad física, no sea que esto vaya a doler. Así pues me quedo sin dudarlo con el santón, que al menos no incordia a nadie.


Publicado el 17-10-2025