Hasta que el estofado nos separe

El tierno abrazo de las dos
zanahorias
Dicen los expertos que tenemos una tendencia innata a humanizar todo cuanto recoge nuestra vista, y no tengo ningún motivo para dudar de su veracidad; y si no, véase este ejemplo. Hace unos días buscaba comprar zanahorias con pretensiones puramente culinarias, encontrándome que, a diferencia de las esbeltas y perfectamente cilíndricas hortalizas salidas de un invernadero, el frutero vendía manojos de otras más imperfectas y asimismo más feas, lo cual lejos de provocar mi rechazo ya que, a diferencia de la mayoría, procuro no comer con los ojos, me hizo suponer que su origen fuera más natural. Así pues, las compré sin dudarlo un momento.

El abrazo visto por el otro
lado
Al llegar a casa y guardarlas en el frigorífico descubrí con sorpresa que dos de ellas estaban estrechamente entrelazadas, lo cual me indujo a pensar, no sé por qué, en hisotrias basadas en amores desgraciados como las de Romeo y Julieta, Abelardo y Eloísa, Dafne y Apolo, Orfeo y Eurídice, Tristán e Isolda o nuestros Calixto y Melibea y los Amantes de Teruel.

Las zanahorias, ya
separadas, listas para el sacrificio
Porque díganme ustedes si no resulta tierno -en el sentido figurado, no en el literal- ver a dos zanahorias estrechamente entrelazadas, todavía más teniendo en cuenta que su ineludible destino era acabar en un estofado. ¿O no? Por cierto, estaban bastante buenas.
Publicado el 16-3-2025