Me pareció ver un lindo hipopotamito





No, los hipopótamos reales no son como el simpático Pepe Pótamo por mucho que se empeñen los animalistas



La historia que voy a relatar me ha sorprendido no por el problema existente, que ya conocía, sino por la aparente incapacidad del gobierno colombiano para resolverla pese al tiempo transcurrido desde que se originó.

Todo empezó hace más de cuatro décadas cuando en 1981 al narcotraficante Pablo Escobar, que además debía ser también un megalómano de talla galáctica, se le ocurrió llevar al zoológico privado que había creado en su hacienda cuatro hipopótamos, un macho y tres hembras, lo cual ya plantea la primera pregunta: ¿cómo pudo colarlos por la aduana -evidentemente su tráfico está prohibido sin la pertinente autorización- dado que no era factible esconderlos en una maleta tal como suelen hacer los traficantes de animales exóticos de pequeño tamaño?

El caso fue que los animalitos llegaron a su destino aclimatándose sin problemas al clima colombiano. En 1993, tras la caída y posterior muerte de Pablo Escobar y el abandono de su hacienda, algunos de ellos lograron escapar y, tras adaptarse a su recobrada libertad, comenzaron a cumplir el mandato bíblico de crecer y multiplicarse.

Y así hasta hoy, cuando se calcula que su número ha crecido hasta alrededor de unos 170 ejemplares, estimándose que al carecer de enemigos naturales su población seguirá creciendo de forma exponencial alcanzando el millar hacia 2035 si nadie pone remedio, y hasta ahora no se ha puesto.

Cierto es que el problema de las especies invasoras, llegadas desde su hábitat natural por negligencias o imprudencias humanas, es conocido y padecido desde hace tiempo tal como ocurrió en Australia con los conejos o aquí con las cotorras, los mapaches, los siluros o los cangrejos americanos, pero ahora estamos hablando del tercer mamífero terrestre más grande del planeta después de los elefantes -africano y asiático- y del rinoceronte blanco, con un peso que en los machos adultos llega a las tres toneladas pudiendo rebasar las cuatro en los ejemplares de mayor tamaño.

Por si fuera poco, pese a ser herbívoros y a su aspecto cómico, están alterando el equilibrio ecológico de la región que han colonizado, siendo además unos animales muy agresivos que pueden atacar a quien se interponga en su camino, lo que los convierte en peligrosos. De hecho, se calcula que en su hábitat africano pueden causar unas 500 muertes al año, tantas como los elefantes y muchas más que los leones, los tigres o los osos en sus correspondientes territorios.

Por consiguiente la historia de los hipopótamos colombianos no es para tomársela a broma, lo que no impide que los sucesivos gobiernos de este país lleven tantos años mareando la perdiz sin llegar a adoptar ninguna solución definitiva de cara a erradicarlos o, como mínimo, a mantener controlada su población, algo que no se explica dado que, aunque en ocasiones las especies exóticas pueden llegar a ser imposibles de erradicar, en este caso estamos hablando de menos de doscientos ejemplares de un tamaño suficientemente grande para convertirse en presa fácil de unos cazadores expertos.

Entonces, ¿por qué no se los caza, habiéndose llegado incluso a proponer iniciativas tan peregrinas como trasladar parte de la colonia a países como Ecuador, Perú, Filipinas o la India? Países en los que, casualmente, jamás han vivido en estado salvaje.

Al parecer en este dislate han tenido mucho que ver los animalistas de marras, que en su idílica concepción de la vida animal salvaje como si fuera una película de animalitos de Disney acostumbran a causar con sus entorpecimientos más daños incluso que las propias plagas a cuya erradicación se oponen con un tesón merecedor de mejores causas. Así, en un artículo publicado en EL PAÍS con fecha 20 de diciembre de 2025, titulado Los hipopótamos de Pablo Escobar, 40 años de un grave problema ambiental , se afirmaba lo siguiente citando un reportaje del diario colombiano EL ESPECTADOR:


El reportaje trazaba también el mapa de las posibles salidas, todas conocidas y todas problemáticas. La anticoncepción con un fármaco que requiere varias dosis -y que cuesta un dineral- lograría la erradicación en unos 45 años. La captura y esterilización, que requiere al menos de 12 personas y seis horas de cirugía nocturna en un animal de tres toneladas, es un esfuerzo titánico. O la eutanasia, defendida por parte de la comunidad científica como la vía más eficaz, pero que tiene en contra a los sectores progresistas y animalistas de la sociedad colombiana.


Exactamente la misma tabarra que cuando se intenta controlar a las palomas o a las cotorras, sólo que los hipopótamos son un poquito más grandes y un poquito más peligrosos que éstas. Quizás la solución pudiera ser obligar a sus defensores a cuidarlos y vigilarlos si tanto cariño les tenían, ya que resultaría complicado entregarles un ejemplar a cada uno de ellos para que los mantuvieran en sus casas como mascotas. Porque, hablando ya en serio, estos animalistas de opereta no parecen ser conscientes, o si lo son lo disimulan muy bien, de los problemas que crean al dificultar y entorpecer unas medidas que podrán resultar drásticas, pero también necesarias para evitar un mal mayor, puesto que las soluciones que proponen no es ya que resulten inviables, es que además suelen ser absurdas y sin el menor sentido.

Por cierto, no puedo pasar por alto repetir una frase del párrafo que también tiene su miga:


O la eutanasia, defendida por parte de la comunidad científica como la vía más eficaz, pero que tiene en contra a los sectores progresistas y animalistas de la sociedad colombiana.


Para empezar, y vuelvo a insistir en la aberración que supone humanizar a los animales, incluso a las mascotas, como si fueran personajes de dibujos animados, según en DRAE el término eutanasia es aplicable únicamente a las personas:


Intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura.


Mientras que a los animales se los sacrifica, no se les aplica la eutanasia tal como explicaba la FUNDEU en su entrada Eutanasiar no es lo mismo que sacrificar:


La eutanasia es, según el Diccionario del estudiante de la Real Academia Española, el “hecho de acelerar o provocar la muerte de un enfermo incurable para evitarle sufrimiento, ya aplicando medios adecuados, ya renunciando a aplicar los que prolongarían su vida” y el verbo eutanasiar, derivado de este sustantivo, puede definirse como “practicar una eutanasia”.

(...)

[En el caso de un animal lo más adecuado] habría sido emplear el verbo sacrificar, que los diccionarios de uso definen como “matar a un animal”, ya sea para detener una enfermedad que se quiere erradicar o para su consumo.


Tal como se había venido haciendo toda la vida, añado, hasta que nos invadió la plaga de la ñoñería. Por brevedad y por no desviarme del tema no entro en detalles sobre el barbarismo eutanasiar, que evidentemente ni existe ni se le espera en el diccionario.

No acaba aquí la cosa. Que los animalistas se opusieran al hipopotamicidio era de esperar dadas sus cerriles pautas de conducta (Cerril: que se obstina en una actitud o parecer, sin admitir trato ni razonamiento), pero que según la redactora lo hicieran también los progresistas -las cursivas son mías- ya chirría bastante más tal como yo entiendo el progresismo (De ideas y actitudes avanzadas, también según el DRAE), algo que no encaja ni por el forro en la obtusa defensa de lo que es, se mire como se mire, una plaga peligrosa y no unos simpáticos animalitos que mientras tanto aprovechan su libertad para perpetuar la especie como Dios manda en su nueva tierra de promisión.


Publicado el 22-12-2025