La funesta manía de pensar





Hasta su abuelo, de Goya


Tradicionalmente se ha atribuido la frase “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar” al rector de la extinta universidad catalana de Cervera, el cual la habría pronunciado durante una visita realizada en 1827 por Fernando VII, el rey felón, en una rastrera muestra de pleitesía hacia el absolutismo cerril implantado por el rey más nefasto -y mira que los ha habido- que se recuerda en España. Otros autores la cambian por la de “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”, pero viene a ser lo mismo.

Huelga decir que lo que el rector pretendía con tan servil proclama no era sino hacer una profesión de fe absolutista en unos tiempos en los que cuestionar la autoridad real resultaba extremadamente peligroso, dado que cualquier tipo de disidencia política, incluso la de los liberales más moderados, era perseguida con saña; era, en definitiva, el mismo espíritu que el que imbuía a aquella otra conocida frase de “¡Vivan las caenas!” gritada algunos años antes -en 1814-, con no menor entusiasmo, a la vuelta de Fernando VII a España.

Por este motivo habitualmente se ha identificado a estas frases con el reaccionarismo político más extremo, aquél que exige a sus seguidores una obediencia servil sin pensar en absoluto, muy en la línea de movimientos políticos tales como el carlismo o el posterior franquismo, así como las tendencias más ultramontanas del catolicismo.

Sin embargo, yo no soy de esa opinión. No porque no esté convencido de lo que acabo de comentar, sino porque pienso que esa renuncia voluntaria a pensar está en realidad mucho más extendida de lo que se piensa, y no sólo se reduce a las cavernas políticas y religiosas de nuestra sociedad sino que, por el contrario, abarca ámbitos que en principio pudieran ser insospechados, en la práctica la mayor parte del espectro político y social de nuestro país, por mucho que esto pueda sorprender.

Y es que no hace falta ser un dirigente facha para acariciar la idea de ser obedecido sin rechistar por tus correligionarios o, todavía peor, por tus votantes, ni por desgracia está limitado este problema a las dictaduras, ya que aflora con fuerza en nuestra actual democracia... en realidad una partitocracia, pero ésta es ya otra historia.

Un término que me encanta es el de librepensador, no tanto en la acepción que le da el diccionario de la Real Academia de la Lengua -“Partidario de la doctrina que reclama para la razón individual independencia absoluta de todo criterio sobrenatural”-, aunque también, sino según el concepto más literal de pensar libremente, es decir, reflexionar por ti mismo sin ningún tipo de injerencias ajenas, sean éstas religiosas -el origen histórico del término- o de cualquier otra índole más acorde con los tiempos actuales. Huelga decir que lo que yo defiendo es la conveniencia de pensar por uno mismo llegando a tus propias conclusiones; sin embargo, y por desgracia, esto no suele ser lo más habitual.

De hecho, y casi desde los mismos orígenes de la sociedad occidental, el poder se ha empeñado en dificultar al librepensamiento, sustituyéndolo por unos dogmas canónicos de obligado cumplimiento. Por supuesto la Iglesia Católica entró de lleno en esta dinámica disponiendo de todos los medios coercitivos a su alcance, Inquisición incluida, para “convencer” a los réprobos de lo recto -y lo que es peor, lo excluyente- de su doctrina; pero sería injusto considerarla como la única culpable de esta tiranía. Aparte de que otras religiones han sido, y todavía lo siguen siendo, mucho peores, tradicionalmente el poder secular no le ha ido a la zaga a la hora de imponer sus verdades oficiales por las buenas o por las menos buenas, hecho éste en modo alguno privativo de las dictaduras; ahí están aberraciones tales como la Caza de brujas desatada en los Estados Unidos a mediados del siglo XX para demostrarlo, y eso que estamos hablando del paradigma de la democracia.

Así pues, esta represión del librepensamiento no ha sido patrimonio ni de las dictaduras -aunque toda dictadura que se precie reprimirá la libertad de expresión por la cuenta que le trae-, ni tampoco de lo que tradicionalmente se ha considerado la derecha, como bien han demostrado los regímenes comunistas allá donde se implantaron, desde la Unión Soviética de Lenin y Stalin hasta los actuales gobiernos déspotas de Cuba o Corea del Norte, eso sin contar, claro está, con lo que ocurre en la mayor parte del mundo islámico, donde la discrepancia se puede llegar a pagar con la muerte.

Pero lo peor, y lo más triste de todo, no es que los poderes fácticos, sean éstos gubernamentales, religiosos o de cualquier otra índole, pongan todo su tesón en conseguir que los ciudadanos no piensen. No, lo peor es que una mayoría de los ciudadanos renuncian voluntariamente a pensar, limitándose a adoptar un cliché predeterminado que es elegido -voluntariamente en las democracias, de forma forzosa en las dictaduras- entre los varios posibles, ya que es evidente que resulta mucho más fácil y cómodo seguir unas consignas que te vienen dictadas antes que reflexionar poniendo en cuestión cualquier cosa que se ponga en nuestro camino, algo de todo punto incompatible con el hecho de pensar por ti mismo.

Entiéndase: comprometido no es sinónimo de librepensador sino, antes bien, justo lo contrario. A mí siempre me han causado una mezcla de lástima e irritación los intelectuales “comprometidos” no con una causa noble o con unas ideas determinadas, sino con una ideología política concreta independientemente de que los líderes de turno hagan mangas o capirotes conforme su santa voluntad o bien en base a los intereses de su partido. Por supuesto que el intelectual debe comprometerse con la sociedad intentando, en la medida de sus capacidades, y siempre de acuerdo con sus ideas, ayudar a mejorarla; pero esto, lejos de atarle a unas siglas, sean éstas las que sean, debería alejarle de todas ellas como única manera de mantener a salvo su libertad de pensamiento. No me voy a molestar en poner ejemplos de estos falsos librepensadores, pero seguro que todos tenemos en mente más de un nombre porque haberlos haylos, y muchos.

Descendiendo un peldaño más, todavía peores son aquellos -la mayoría- que se limitan a no pensar ni tan siquiera por delegación, aquellos cuya máxima actividad “intelectual” suele ser devorar los programas de telebasura o las retransmisiones deportivas, aquellos para los que el colmo de la felicidad es un fin de semana de discoteca y borrachera. Se trata del hombre masa, del individuo alienado al que los poderes fácticos procuran mantener bien alimentado al tiempo que le facilitan todo lo necesario para que no sienta siquiera la tentación de ejercitar sus neuronas. ¿Para qué? Ya hay otros que piensan por él, evitándole tener que realizar tan desagradable esfuerzo.

Por supuesto quedan a pesar de todo los inconformistas, esa ínfima minoría a la que, pese a todas las dificultades, no le arredra tener que navegar contra corriente con tan de salvar su bien más preciado y, quizá, el único que merece la pena preservar, su libertad de pensamiento sin ataduras de ninguna clase y sin compromisos de ningún tipo. Éste es el auténtico intelectual, tan escaso como una especie exótica pero sin embargo imprescindible para que la sociedad avance, por muy incómodo que pueda resultar no ya a los poderes fácticos, sino también a sus propios vecinos, que sin duda le tildarán de extravagante o de bicho raro, cuando no se aparten de él como si estuviera apestado... y en cierto modo lo está, ya que el virus que puede contagiar no puede ser más peligroso: la inteligencia.

En cualquier caso, y esto es lo verdaderamente triste, no tenemos sino lo que nos merecemos, una sociedad aborregada que se niega a hacer la más mínima gimnasia mental, unos sectores relativamente más motivados que se han limitado a asumir como propia una ideología determinada tal como se endosan una ropa fabricada en serie, y por último una exigua minoría que, pese a todo, sigue teniendo la funesta manía de pensar, la única que merecería en justicia ser redimida de la mediocridad que la inunda y la rodea.

Así nos va.


Publicado el 11-7-2010