No sin papi y mami

Aunque cada vez me sorprenden menos las noticias estrambóticas que saltan a la prensa, no por ello dejan de ser capaces de sobresaltarme como me ocurrió al leer la noticia que publicaron ABC con fecha 21 de octubre de 2025 o EL PAÍS dos días más tarde... supongo que también aparecería en otros medios, pero bastará con éstos.
«No atendemos a padres»: la universidad frena la sobreprotección paterna a estudiantes era el titular de ABC, y Un cartel en la Universidad de Granada agita el debate de la sobreprotección: No atiende a padres. El alumnado es mayor de edad el de EL PAÍS, ambos suficientemente explícitos como para no necesitar explicaciones; al menos para quien cuente con testimonios directos de profesionales de la enseñanza a cualquier nivel, porque los niños malcriados o consentidos, una rareza casi anecdótica hasta hace poco reflejada, por poner un ejemplo, por Rudyard Kipling en Capitanes intrépidos, más conocida por su adaptación cinematográfica de 1937, ahora es prácticamente la norma.
Incluso se ha creado un apelativo popular, el de padres helicópteros, para definir a aquellos progenitores que revolotean continuamente en torno a sus retoños protegiéndolos de una manera tan agobiante que impiden a éstos madurar como se había hecho siempre, a fuerza de afrontar la vida adulta o preadulta sin red y aprendiendo a base de revolcones. En consecuencia estos chicos -o chicas, no vaya a venir el neoinquisidor de la corrección política a tirarme de las orejas- ven interrumpida su evolución natural hacia la adultez al haber crecido entre algodones creyendo que la vida real no es un remedo de la ley de la selva sino una edulcorada película de Disney. Lo cual es un regalo envenenado que hacen a sus retoños, algo que parecen ignorar pese a que las advertencias de los expertos son cada vez más explícitas y alarmantes.
Claro está que el problema es complejo -mucho me temo que las redes sociales tienen mucho que ver- y yo disto de comprender en profundidad sus raíces, pero me basta con lo que me cuentan docentes no ya de primaria y secundaria, sino incluso de preescolar para colegir que se está convirtiendo en algo realmente grave, porque grave es se mire como se mire que al menor percance del escolar, habitualmente por culpa suya al no mostrar el más mínimo interés por aprender y comportarse en clase con unos modales que habrían avergonzado a los barriobajeros de antaño, lleguen los padres -él, ella o ambos- al colegio o al instituto no recabando la opinión del docente como sería de esperar, sino reencarnados en hidras mitológicas y dando por buena la versión de su niño que, como han hecho los malos estudiantes desde que existen escuelas, les soltó la milonga en un -hasta hace poco fútil- intento de exculparse. Pero no, la culpa es por sistema del maestro o del profesor que le ha cogido manía, porque él es muy bueno y nunca miente.
Sin embargo yo pensaba que, pese a todo, cuando estos malcriados -y maleducados- adolescentes crecieran lo suficiente para tener que desenvolverse por sus propios medios en ámbitos como el universitario o el laboral, tal como hemos hecho todos, acabarían espabilando por la cuenta que les traía... pero al parecer no es así al menos en el primer caso a juzgar por la noticia que estamos analizando, aunque también me han llegado testimonios de profesionales que no querían verlos ni en pintura.
De hecho yo ya conocía desde hacía tiempo las quejas que me habían transmitido algunos profesores universitarios acerca del nivel de conocimientos cada vez más bajo con el que llegaban muchos alumnos a la universidad... pero lo que no podía imaginar era que acudieran a hacer un trámite o una reclamación de cualquier tipo de la mano de papá o de mamá, pese a ser mayores de edad y por consiguiente legalmente autónomos, tal como comentaba un profesor en el artículo de EL PAÍS:
Entre las mismas, recuerda la de un padre que acudió al final de un examen y le pidió que se lo repitiera otro día a su hija, porque la chica no había podido dormir en toda la noche por los nervios, como el resto de sus compañeros, sólo que ella no se había presentado. También la de algunos estudiantes que han asistido a la revisión de una prueba junto a sus progenitores. En estos casos, le explico a la madre que lo que hay que potenciar es el razonamiento crítico del estudiante, que sea él quien me rebata una corrección, no sus padres.
Algo por lo que a mí, en mi época universitaria e incluso en la de secundaria, me habría abochornado puesto que procuraba valerme por mí mismo, algo que no era ni mucho menos la excepción sino la regla; pero al parecer las cosas han cambiado mucho desde entonces y no precisamente para bien.
Veamos algunos comentarios de expertos extraídos de los dos artículos, empezando por EL PAÍS:
La psicóloga Beatriz Valderrama, experta en coaching [sic] e inteligencia emocional, remarca que estas acciones por parte de los progenitores son contraproducentes, porque impiden el desarrollo de las capacidades de los jóvenes y limitan su autonomía. (...) Para fomentar la autoeficacia de los jóvenes es fundamental permitirles probar y que se equivoquen, indica Valderrama. De lo contrario, los hijos se hacen cada vez más dependientes y no maduran. (...) Es muy importante que los padres no se obsesionen con impedir que sus hijos cometan los errores que ellos mismos cometieron en el pasado, enfatiza. Tienen que dejarles afrontar los retos diarios, incluso cuando creen que ellos pueden resolverlos mucho mejor, para que después estos jóvenes sean capaces de asumir las complicaciones que llegarán a sus vidas en el futuro, subraya.
Por su parte, se lee en ABC:
«La crítica que debemos hacer no es a los estudiantes sino a los padres, sí, pero también a un sistema educativo en el que los docentes han ido perdiendo autoridad, se la hemos ido arrebatando. En este caldo de cultivo, el intrusismo de las familias prolifera», refiere Arias Aranda. Este profesor universitario, que expuso algunas de estas tesis en el libro Querido alumno, te estamos engañando, confiesa que no es tan extraño que los padres asistan a la revisión de un examen en la facultad. «Supongo que no es lo mayoritario, pero es una realidad que vemos a menudo en la educación superior. Antes, por supuesto, esto era impensable».
Pilar, madre de Eva, se llevaba hace unos días las manos a la cabeza al comprobar que su hija fue la única que acudió en solitario a la jornada de puertas abiertas de una universidad privada en Madrid en la que, el año que viene, espera comenzar sus estudios superiores. (...) «Lo curioso es que todo el mundo la miraba como si fuera una huerfanita, pero mi hija estaba escuchando atentamente en qué consistiría su futuro académico más próximo y nosotros, sus padres, no le hacíamos falta para nada».
El filósofo y pedagogo Gregorio Luri también ha querido reaccionar al simbólico cartel que cuelga en la puerta del decanato de prácticas de la Universidad de Granada. «No me canso de decirlo: la sobreprotección es una forma de maltrato», introduce Luri a este diario.
Por su parte, Abigail Shrier defendió en su ensayo Mala terapia: por qué los niños no maduran que para luchar contra la crisis de salud mental en niños y adolescentes no necesitamos más psicólogos, sino menos. «Estamos sobreprotegiendo, sobrediagnosticando y sobremedicando a nuestros hijos», asegura. La protección ha llegado al nivel de que se prohíba a los padres de estudiantes mayores de edad la entrada en un despacho universitario.
Blanco y en botella... y aunque algunos de los entrevistados afirmaban que se trataba de casos aislados y no mayoritarios -por el momento, añado yo-, que ya hayan comenzado a darse en la universidad es una advertencia clara de lo que está por venir, máxime teniendo en cuenta la realidad actual de la enseñanza en los niveles preuniversitarios. Si no se lo creen y tienen oportunidad, pregúntenle a cualquier profesor o maestro que conozcan.
Mientras tanto, los dos partidos políticos mayoritarios llevan cuatro décadas empeñados en promulgar una nueva ley de educación -van ocho desde 1985, con una media de cinco años de duración cada una- todavía peor que la anterior, al tiempo que la mayor preocupación de uno de los partidos minoritarios parece ser la sustitución en los colegios de los mapamundis tradicionales por otros que reflejen el tamaño real de los continentes dado que lo que pretenden es acabar con una visión eurocentrista del mundo, que sobredimensiona regiones del norte global y subestima el tamaño real del continente africano. Asimismo, a los partidos nacionalistas parece importarles poco que las nuevas generaciones salgan de los centros educativos cada vez más ignorantes, con tal de que lo sean en sus respectivos idiomas vernáculos.
En resumen, a ninguno de ellos parece importarle demasiado que cada vez sea mayor el número de analfabetos funcionales entre los jóvenes, o que los problemas de salud mental en los adolescentes estén alcanzando unos niveles cada vez más alarmantes. Si Oswald Spengler (1880-1936) viviera ahora no cabe duda de que se vería obligado a reescribir su libro La decadencia de Occidente, no precisamente para corregir su teoría sobre el ocaso de nuestra cultura sino para reafirmarla, porque vamos cada vez más a peor y cada vez más deprisa.
Publicado el 24-10-2025