El (nuevo) opio del pueblo y otras zarandajas fastidiosas





Fotografía original tomada de la Wikipedia



Antes de empezar deseo hacer una aclaración que considero, si no necesaria, sí pertinente dada la extendida afición de muchos a coger el rábano por las hojas.

Mi primera experiencia con la informática fue hace ya casi cincuenta años, a finales de los años setenta, cuando en los últimos cursos de la universidad nos enseñaron programación fortran, un lenguaje hoy prácticamente olvidado. Entonces faltaban todavía varios años para que se construyera el primer ordenador personal, mientras los teléfonos móviles, no digo ya los inteligentes -me niego escribir el dichoso palabro inglés- y sus hermanas mayores las tabletas -ídem- pertenecían todavía al ámbito de la ciencia ficción. Huelga decir que entonces teníamos que pasar las líneas del programa a tarjetas perforadas y llevarlas al centro de cálculo de la universidad, donde días después nos daban el resultado -con suerte, si no habíamos cometido errores- impreso en las grandes hojas plegadas típicas de entonces.

Conseguí mi primer ordenador personal -un modesto XT clónico que entonces costaba un auténtico dineral- en 1988 gracias a un concurso de televisión, y desde 1986 hasta mi jubilación trabajé en un centro de investigación científica donde siempre manejé equipos informáticos e instrumentación científica que los utilizaba.

En 2006, hace veinte años, creé mi página personal, desarrollada por mí en su totalidad, a la cual sigo actualizando y aumentando.

En resumen, no creo dar el perfil de un analfabeto digital.

Viene todo esto a cuento para ubicar en su contexto mi opinión -y mi decisión- respecto a los teléfonos móviles. Yo lo uso, no sólo por comodidad sobre todo cuando estoy fuera de casa, sino también por necesidad; pero se trata de uno básico, ni tengo ni quiero tener un teléfono inteligente, lo que me ha valido acusaciones de tozudez pese a que tengo mis razones y no tengo ningún inconveniente en explicarlas. De hecho, éste es precisamente el motivo del artículo.

Éstas son variadas y de diferente tipo. La más inmediata es que no tengo ninguna necesidad de llevar siempre un miniordenador en el bolsillo, primero porque prefiero usar un ordenador de sobremesa o portátil, este último sobre todo en los viajes, al tiempo que me niego a ir por la calle en plan zombi mirando más al chisme que al suelo y a los obstáculos que puedan surgir en el camino. En cuanto a los trayectos en transporte público o los tiempos muertos en las salas de espera, recurro a un adminículo llamado libro que cuenta además con la ventaja de que no se le gasta nunca la batería.

La segunda razón es de índole práctica. Jamás me han gustado las pantallas táctiles, y me resultan engorrosas sobre todo cuando hay que pulsar en una tecla o en un recuadro más pequeños que la yema del dedo. A ello se suma el tamaño de la pantalla en comparación con un monitor, por lo que las páginas, salvo que estén diseñadas especialmente para estos aparatos, aparecen parcialmente, lo que obliga a andar deslizándola a un lado y a otro para poder leer completo lo que te interesa.

También existe una desconfianza intuitiva. Si bien en internet todo está pensado para sacarte dinero o información por todos los lados, los expertos recuerdan continuamente que en los móviles y las tabletas es más arriesgado.

Puedo dar fe de lo que le pasó a una persona conocida que sin esperarlo se encontró con el cobro de una suscripción a un portal de videojuegos de la cual no tenía ni la más remota idea de su existencia ni por supuesto había solicitado. En su compañía telefónica le explicaron lo sucedido: al parecer le había saltado una de esas molestas pantallas emergentes y al intentar cerrarla habría activado sin saberlo la suscripción.

A mí también me salen estos incordios pese a los filtros que tengo instalados en el navegador, las cuales suelen tener un iconito para cerrarlos casualmente camuflado en una de las esquinas o en cualquier otro lugar escasamente visible; pero mientras en un ordenador se puede cerrarlas sin problemas con el puntero del ratón, al hacerlo con el dedo en la pantalla de un móvil es fácil que acabes pulsando involuntariamente donde no querías, con las consecuencias comentada y con la complicidad necesaria de la compañía telefónica al no incluir la exigencia de una confirmación.

Asimismo estoy harto de leer que un móvil es más fácil de piratear que un ordenador, eso sin contar con el riesgo de perderlo o de que te lo roben. Súmese a eso el empeño que ponen por todos los lados -luego hablaré más de esto- para que tengas en el móvil absolutamente todo, incluyendo claves bancarias, tarjetas de crédito, etc. Quizás resulte cómodo, pero yo lo encuentro arriesgado aunque sólo sea por no poner todos los huevos en la misma cesta. Al fin y al cabo yo hago los trámites desde casa y pago con una tarjeta de crédito de plástico de las de toda la vida.

Añado por último que el uso que le dan mayoritariamente a los móviles buena parte de sus usuarios es poco más que para jugar, para cotillear en el whatsapp -sí, por supuesto también tiene usos serios, pero me temo que minoritarios- o, mucho más peligroso, para darse chutes en las redes sociales, por lo cual estos aparatos se han convertido en la práctica en un efectivo chupete no sólo para adultos sino también, y esto es mucho más grave, para adolescentes e incluso niños. En definitiva, se trata de un soma cibernético que cada vez tiene más alarmados a sociólogos, psicólogos y médicos.

Teniendo en cuenta que detrás de esta nueva droga se encuentran individuos tan atrabiliarios como Elon Musk, no es para tomárselo a broma. Sí, también te puedes conectar a las redes sociales desde un ordenador aunque yo no lo hago, pero hasta donde yo sé la gran mayoría de las conexiones se hacen desde los móviles.

Resumiendo, no sólo me apaño perfectamente con los ordenadores sino que no echo de menos en absoluto a los móviles inteligentes, bastándome con uno básico que me dé servicio telefónico y me permita recibir mensajes. Lo demás lo hago en casa, y cuando me apetece leo.

Pero... siempre tiene que aparecer alguien empeñado en fastidiarte. En un principio las aplicaciones informáticas de las distintas compañías, y estoy hablando de servicios públicos de los que no puedes prescindir, estaban diseñadas para los ordenadores, pero tras el auge de los móviles también se desarrollaron versiones para éstos que inicialmente coexistieron con las anteriores.

Así pues, cada cual podía elegir lo que mejor le cuadrara y todos contentos. El problema fue que por razones que ignoro pero supongo intencionadas, algunas de estas compañías decidieron suprimir la opción de hacer los trámites mediante la aplicación para ordenadores pese a que, irónicamente, seguían manteniéndola con carácter tan sólo, digamos, informativo.

Como cabe suponer ni estuve ni estoy conforme con esta imposición innecesaria y arbitraria, la cual me creó molestias e inconvenientes. Primero me ocurrió con mi banco cuando me comunicó amablemente que a partir de determinada fecha tendría que hacer cualquier tipo de trámite mediante el teléfono móvil sí o sí. Reclamé y al menos en esta ocasión conseguí que me dejaran seguir usando la aplicación antigua desde el ordenador, tal como había estado haciendo siempre. Y no, no pretendo apuntarme el tanto; según me dijeron yo no había sido el único discrepante, y sospecho que debimos de ser los suficientes para conseguir que cambiaran de opinión. Por cierto, alguien que no siguió mi ejemplo me confesó tiempo después que la flamante aplicación para el móvil era un engorro.

No siempre tuve la misma suerte. Más recientemente tropecé con la compañía del gas por idéntico motivo: tras llevar años enviando las lecturas del contador mediante un formulario de su página web también la suprimieron manu militari , esta vez no dejándome más recurso que el del pataleo. Reclamé, por supuesto, pero hicieron oídos sordos recomendándome las otras vías de que disponía como si no las conociera de sobra: la puñetera app para móviles con fotografía incluida del contador -nunca hasta entonces la habían pedido- o una llamada de teléfono, curiosamente sin fotografía ni falta que le hacía. Obviamente a partir de entonces opté por la llamada telefónica, y menos mal que no se les antojó obligar a hacerlo por morse, tam tam o mediante señales de humo.

Una variante menos escandalosa me ocurrió con la compañía del agua, donde el formulario de su página web dejó de funcionar sin ningún aviso y sin que apareciera, curiosamente, su equivalente para móvil; por fortuna, en este caso sí admitían enviar la lectura, junto con otras alternativas no digitales, mediante un correo electrónico. Eso sí, todavía estoy esperando que respondan a mi pregunta sobre las razones por las que el formulario ya no funcionaba pese a que seguía allí.

He de añadir que en estos dos últimos casos llovía sobre mojado, y no precisamente por razones tecnológicas: aparte de que los empleados encargados de leer los contadores en los domicilios acostumbran a ir justo a las horas en las que no suele haber nadie en casa, también se les ocurrió suprimir las hojas que solían poner en el portal para que los vecinos anotaran sus lecturas.

También protesté por esto, pero me dijeron que se debía a que lo prohibía la ley de protección de datos... lo cual no deja de resultar sarcástico primero porque a nadie le obligaban a poner un dato tan inocente como la lectura del contador, salvo claro está si alguien quisiera cotillear el consumo de sus vecinos, y segundo porque esta dichosa ley de protección de datos, con la que también he tropezado en otras ocasiones que rozaban el surrealismo, no parece protegernos demasiado cuando nos roban impunemente los datos personales por todos los lados y no precisamente por culpa nuestra.

Una pregunta final: si tanto interés tienen estas compañías, insisto, de servicios públicos por enchufarnos el trágala de la comunicación con ellas exclusivamente mediante el teléfono móvil, cuando por todos lados nos llegan cantos de sirena para que usemos este adminículo hasta para las cuestiones más nimias e innecesarias, cuando la trastienda de las redes sociales muestra cada vez más su faceta más ominosa, ¿resulta ingenuo picar el anzuelo? O, por el contrario, ¿no me habré convertido en un irrecuperable fósil viviente?

Por si acaso, y por precaución, seguiré emulando a Astérix.


Publicado el 22-2-2026