Veganismo versus mundo





Hamburguesa vegana. Sinceramente, prefiero una berenjena o un tomate
Fotografía tomada de la Wikipedia



Antes de nada, vayan por delante un par de aclaraciones para evitar posibles malentendidos. La primera, que nunca me ha gustado ni he consentido que nadie ajeno se entrometiera en mi vida privada, y por consiguiente yo también evito entrometerme en las ajenas sin más limitaciones que las legales o los posibles trastornos motivados por una falta de respeto a las más elementales normas de convivencia.

Y la segunda, que en cuestiones de alimentación me dejo guiar únicamente por los médicos y los expertos en nutrición, que en general vienen a coincidir en los detalles fundamentales de una dieta sana y equilibrada: evitar un consumo excesivo de carne, respetar la proporción entre los principales nutrientes -proteínas, hidratos de carbono y lípidos-, evitar la ingesta excesiva de calorías, elegir alimentos sanos y huir de la comida basura y de la ultraprocesada.

Por lo cual no veo razón por la que me deba abstener -y no lo hago- de comer carne o pescado e incluso de otros alimentos de origen animal como leche y sus derivados, huevos, miel ¡o hasta del colorante alimentario E120 extraído de las cochinillas!, dado que no está justificado por cuestiones de salud. Si más adelante, por prescripción médica, me viera obligado a prescindir de algún alimento lo haría, pero en modo alguno por las motivaciones éticas esgrimidas por los defensores del veganismo -el rechazo al maltrato animal es otra historia- ni mucho menos por la presunta empatía que afirman sentir por ellos, lo cual ya es hilar fino puesto que este concepto tan sólo es aplicable entre humanos1.

Una vez explicado esto, podemos pasar a considerar el artículo que apareció publicado en EL PAÍS, con fecha 9 de enero de 2025, bajo el título El mundo contra los veganos: ¿puede resistir el movimiento a la ola reaccionaria y a su propia crisis de fe? , que me chirrió desde un principio porque, recurriendo a la conocida expresión coloquial, ¿qué tiene que ver la velocidad con el tocino?

Y es que hay que tener cuajo. Para empezar, tropezamos con el típico victimismo pueril habitual en las minorías presuntamente oprimidas inventándose un agresor al que acusar de sus desgracias, reales o habitualmente ficticias; porque, ¿a santo de qué el mundo -anda que se quedaron cortos- tendría que estar en contra de los veganos? Como si no hubiera problemas más importantes por los que preocuparse.

Por si fuera poco, el anónimo redactor del titular -por lo que yo sé éstos suelen ser escritos por alguien diferente del redactor, buscando por lo general llamar la atención del lector sin demasiados escrúpulos aun a costa de falsear la noticia- sigue arremetiendo urbi et orbe con una segunda perla culpando de antiveganismo a la ola reaccionaria que presuntamente les aflige... casi nada.

Y sí, me di por aludido. ¿Acaso soy reaccionario por comer los alimentos que ellos consideran tabú sin fastidiar a nadie, pese a que jamás los he criticado ni les he dado la tabarra opinando sobre su doctrina? ¿Acaso impido a alguien practicar el veganismo o intento catequizarlo para que lo abandone?

Porque mi actitud hacia ellos y hacia cualquier otro colectivo cuyas consignas no comparta no es ni siquiera tolerancia sino indiferencia -lo que implica respeto-, desde la base que ellos pueden hacer lo que mejor les parezca siempre que no me molesten y viceversa; vive y deja vivir, y así todos contentos.

Por consiguiente el titular no puede ser más falaz, y lo de la ola reaccionaria me resulta no sólo impertinente y fuera de lugar sino, si me apuran, también sectario. Porque el sectarismo consiste no es reclamar el derecho de vivir a tu manera, algo absolutamente legítimo mientras se respeten las normas de convivencia, sino en criticar a quienes no te secunden, en practicar cualquier tipo de proselitismo tanto por activa como por pasiva y, si es posible, en forzar a los demás a cumplir con sus imposiciones. Y por ahí sí que no paso.

En lo que respecta al artículo éste también tiene su miga:


Es paradójico: justo cuando los conservadores de media España se habían acostumbrado a que alguien en la mesa cenara un filete de seitán en Nochevieja en vez de cordero, pollo o bacalao, la llama del veganismo empieza a titilar.


Y dale con la matraca. ¿Conservadores por no seguir sus dictados? El redactor podría haber explicado, pero no lo hace, por qué razón comer carne u otros alimentos vegetales nos convierte en conservadores mientras, deduzco de sus palabras, hacernos veganos nos conduciría al paraíso de los progresistas.

Una vez sentenciada esta arbitraria catalogación seudopolítica, el redactor se dedica a especular sobre las razones por las cuales el veganismo se encuentra aparentemente en retroceso exponiendo varios casos supongo que reales, alguno tan chusco como el de un político norteamericano defensor del veganismo que fue pillado in fraganti comiendo a escondidas un plato de pescado. Finalmente, llegará a la conclusión de que:


Esta paradoja, que descienda el número de veganos estrictos pero aumenten las opciones vegetales en restaurantes, se explica en parte por un cambio de foco hacia el bienestar. La renuncia total a los productos de origen animal ha perdido peso frente a una preocupación más amplia por la salud y la longevidad. Para muchos, el objetivo ya no es eliminar la carne, sino reducir el consumo de ultraprocesados. La idea de alimentación saludable se ha desplazado así del “menos carne” al “menos aditivos”. A ello se suman los discursos críticos con la dieta vegetal -desde su supuesto impacto en el desarrollo muscular o infantil- y las dificultades prácticas de mantenerla en una sociedad mayoritariamente carnívora.


Y es que la carne débil, por lo cual no es de extrañar que a muchos les acaben desagradando el ascetismo y las penitencias, sobre todo si no están avalados por los criterios médicos pertinentes. Aunque, eso sí, sobraba la coletilla de la sociedad mayoritariamente carnívora -en realidad somos omnívoros-, lo cual dice bastante de lo que realmente debía estar pensando el redactor dado el tono peyorativo de un adjetivo que pretende compararnos con los depredadores del mundo animal, al tiempo que siento curiosidad por saber si a él le habría gustado que le tildaran de herbívoro.

Eso sí reconoce el daño que están haciendo las nefastas redes sociales, tal como relata uno de los entrevistados por el redactor:


Hace una década las redes sociales empujaron mucho al veganismo; las imágenes de granjas eran impactantes y llevaron a muchos a reflexionar.


Obviando que existe una manera sencilla de evitar esta influencia perniciosa que va mucho más allá de los hábitos dietéticos: ignorarlas.

Finalmente entra en la flagrante contradicción de afirmar que “aumentan las opciones vegetales en restaurantes” al tiempo que, citando a la Asociación Vegana de Madrid, añade que “también es más habitual que restaurantes no veganos incorporen alguna opción vegetal en sus cartas”. ¿En qué quedamos?

Conviene recordar que la única obligación legal de los hosteleros es respetar las normativas vigentes y en especial las relativas a la salubridad del local y de los alimentos que sirven, teniendo libertad total para elegir los menús y para establecer los precios. Por consiguiente, ni se les puede ni se les debe obligar a preparar determinados platos, sean veganos o no, siendo la respuesta de sus clientes la que determine su presencia o su ausencia en los menús sin que se pueda hablar de ningún tipo de discriminación.

Y si bien es loable que atiendan a quienes por motivos médicos como alergias o intolerancias no pueden consumir determinados alimentos, no veo que tengan la obligación de hacerlo ante exigencias de índole religiosa o como en este caso ética. Y si a alguien no le gusta lo que le ofrecen, lo normal es que busque otro lugar que le satisfaga sin protestas ni pataletas.

En cualquier caso el artículo deja sin explicar a qué puede deberse este retroceso, aunque si su autor leyera los comentarios enviados por los lectores quizás esto podría ayudarle a disipar sus dudas.

Expurgando tanto a los talibanes del veganismo como a los del bando contrario, que de todo había, pude encontrar estas opiniones sensatas incluyendo alguna reflexión interesante:


Los que han dejado de serlo es porque seguían una moda, y durante un tiempo fue guay decir que eras vegano o vegetariano. Los que llevamos 40 años siéndolo ahí estamos, sin tanta tontería y no diciendo a nadie lo que debe o no comer. Y desde luego de comer productos ultraprocesados nada, que muchos productos vegetarianos o veganos tienen muchos ingredientes poco o nada sanos.

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La tontería y el postureo van cambiando... ya no queda guay ser vegano.

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No tengo ningún problema con la gente que opta por comer únicamente productos vegetales. Pero que luego me diga que lo hace por unos principios que son mejores que los míos, eso sí que no lo respeto.

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Que caiga la venta de productos normalmente muy procesados y sobre todo envueltos en plástico, no tiene por qué ser una mala noticia para el veganismo.

Cuando tomas una decisión tan importante y difícil, adquieres un compromiso con el medio ambiente que debe englobar todos los niveles... ¿de qué le sirve al planeta que te hagas vegano si sigues ensuciándolo con plástico y productos químicos? quizá más gente está tomando conciencia y por eso bajan las ventas.

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Muchas de las empresas y restaurantes veganos van fallando precisamente porque ofrecen un producto ultraprocesado y centrado en reemplazar a la carne en vez de poner en valor los productos vegetales. ¿Realmente qué vegano quiere comerse un texturizado de proteína de guisante con forma de filete que “sangra” al cortarse? Esas eran ideas ridículas para atraer a gente que consume carne.

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Es normal. Excepto la gente que lo hace por una convicción muy profunda, ética o religiosa, es normal fluctuar, lo haces un tiempo, una temporada, te cansas y vuelves a lo habitual. La gran mayoría lo hace por moda, por influencia, no por convicción profunda, es normal que fluctúen cuando se cansan.

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Respeto que cada uno haga lo que quiera (dentro de la ley y sin dañar a los demás), por eso mismo no sé por qué nos llaman “reaccionarios” y “conservadores” a los que no somos veganos. Por cierto, ¿la comida vegana no podría consistir en consumir verduras o legumbres al natural y no en productos superprocesados que intentan imitar la carne?


Resumiendo, resulta importante la alusión al factor moda, ya que el instinto gregario de una fracción significativa de la población permitirá que la pastoreen de forma descarada hacia donde les interese a sus promotores, por lo general en busca de un beneficio económico. En contra de lo que pudiera parecer estas modas no se limitan a la forma de vestir, sino que pueden corresponder a cualquier ámbito. Otra característica suya es que por su propia naturaleza -y por los intereses que tienen detrás- las modas suelen agotarse tarde o temprano para ser reemplazadas por otras, equivalentes o no. Por consiguiente, era de esperar que la moda del veganismo tarde o temprano comenzara a desinflarse.

En este caso a algo tan evidente como los intereses económicos -los alimentos veganos suelen ser bastante más caros que los normales- se suma la falta absoluta de escrúpulos de la industria alimentaria, en especial de las grandes compañías multinacionales que han engullido a buena parte de las empresas tradicionales. Porque, como acertadamente apuntaban algunos lectores, una cosa es comer alimentos vegetales naturales o con una mínima manipulación, y otra muy distinta recurrir a productos ultraprocesados que, con independencia de sus ingredientes originales, son tan poco de fiar como los ultraprocesados de origen animal: carne vegana, leche vegana, queso vegano, huevos veganos y todo tipo de sustitutos más o menos conseguidos de sus equivalentes verdaderos.

En realidad el problema no estriba tanto en su falsedad, al fin y al cabo siempre han existido sucedáneos de productos como el chocolate, el café, el flan de huevo -los flanines de mi infancia- o la seudonata con la que rellenan la bollería industrial, o más recientes como las imitaciones de angulas o cangrejos a base de surimi; pero con el tema del veganismo ha ido mucho más lejos la manipulación ofreciendo ultraprocesados de dudosa salubridad, con el agravante de que los sucedáneos tradicionales eran más baratos al estar elaborados con ingredientes de peor calidad, mientras sus equivalentes veganos casualmente son bastante ser más caros, llegándose a extremos tan aberrantes como los filetes veganos impresos en 3D.

Ciertamente ser vegano no implica consumir esas bazofias, pero cuando tras ellas están unas corporaciones tan poderosas y con tanto poder de convicción aunque sea para conseguir que te tires por un precipicio, toda precaución es poca.

Y si a ello se suma una manipulación política descarada proveniente de sectores ultramontanos que han hecho de la corrosión su modus vivendi, sin que a cambio ofrezcan alternativas no ya válidas sino siquiera verosímiles, pues apaga y vámonos. Si Orwell resucitara, estoy convencido de que retornaría espantado a su tumba.


Addenda

Y lo malo es que la labor de zapa de estos sectarios laicos va consiguiendo poco a poco resultados. En Ámsterdam y en otras ciudades holandesas -es de sobra sabido que a los holandeses hace décadas que les dio por ser progres, aunque habría que preguntar a los indonesios lo que piensan de su antigua metrópoli colonial, o a los sudafricanos, negros se entiende, de los boers inventores del apartheid- se ha prohibido hacer publicidad de la carne y de los productos cárnicos en espacios públicos. Así, sin anestesia, junto con otros inventos demoníacos como los combustibles fósiles, los vuelos, los cruceros o los vehículos de gasolina. Supongo que los fantasmas, las almas o lo que sea de los inquisidores de toda laya que a lo largo de la historia incitaron prohibiciones estarán bailando de alegría allá donde se encuentren, preferiblemente lejos.

Al parecer detrás de esta nueva variante de la Ley Seca -exagero, pero démosle tiempo al tiempo- hay una organización vegano-ecologista-animalista y vete a saber cuantos ístas más llamada ProVeg; y no exagero, puesto que éstos son sus postulados políticos:


En su labor política, ProVeg informa y apuesta por la capacidad de los alimentos de origen vegetal y un estilo de vida 100 % vegetal para hacer frente a problemas de diferentes ámbitos como el bienestar animal, la protección del medioambiente y el clima y la conservación de recursos.


Por lo cual, no es de extrañar que centren sus tabúes en el presunto daño medio ambiental provocado por la ganadería -aparentemente los desmanes de las grandes multinacionales agrícolas, incluida la deforestación de vastas regiones selváticas, les preocupan bastante menos- y en su obsesión por que dejemos de comer carne estemos de acuerdo o no en ello:


Sabemos que la mayoría de las emisiones de carbono en el sistema alimentario provienen de la producción de carne, por lo que tiene sentido que Ámsterdam restrinja la publicidad de la carne como parte de su estrategia para promover el cambio del sistema alimentario.


Sin comentarios, y por supuesto sin la menor referencia a los estudios científicos que presuntamente deberían corroborarlo; habiendo fe, todo lo demás sobra. Asimismo, en su página web hacen la siguiente declaración de intenciones sobre lo que consideran su misión, con las connotaciones seudorreligiosas que implica esta presunta labor misionera:


Acelerar la transición hacia un sistema alimentario global sostenible haciendo que los alimentos ricos en vegetales y las proteínas alternativas sean más accesibles y atractivos.


A cambio, añado yo, de ofrecernos una dieta a base de alimentos ultraprocesados. Buena alternativa, y el rigor científico brillando de nuevo por su ausencia.

Y lo malo no es que tengan sus manías y hagan de su alimentación y de su vida lo que les pete, eso es asunto suyo; lo malo es su obsesión por catequizarnos y convertirnos a sus creencias queramos o no; aunque lo peor, sin duda, es que hayan encontrado suficiente eco para que la extrema izquierda cuyo talante democrático, como el valor en la antigua mili se les supone, se apropie de sus postulados para hacer lo que ellos llaman política y yo considero activismo, sin que les importe lo más mínimo a unos y otros que la inmensa mayoría de la población no comulgue con sus dogmas.




1 https://es.wikipedia.org/wiki/Empat%C3%ADa


Publicado el 18-1-2026
Actualizado el 14-2-2026