Selecciones ¿nacionales?

La selección
española celebrando el triunfo en el mundial de fútbol de
2026
Para comenzar vaya una aclaración: no me gusta el fútbol, como espectáculo me aburre amén de que jamás me han interesado las competiciones en las que el triunfo consiste en derrotar al rival, salvo cuando resulten inevitables.
Todavía me interesa menos como fenómeno sociológico excepto como mero observador y tan sólo dentro de los límites de mi curiosidad; pero que una afición, en principio tan normal y tan respetable como otra cualquiera, traspase todos los límites racionales convirtiéndose en una pasión cuando no en una obsesión, es algo que hace chirriar mis engranajes mentales.
No sólo en el caso del fútbol, por supuesto, sino también con cualquier otra cosa incluyendo mis propias aficiones ya que no se trata de una cuestión cualitativa sino cuantitativa, o si lo prefieren de forma más coloquial, en no pasarse de rosca sea con el balón, los videojuegos, el ajedrez, la ciencia ficción -también aquí existen frikis- o si me apuran con algo tan inofensivo como la filatelia.
Por tal motivo, podría sorprender que haya fijado mi atención en algo que está en mis antípodas, hasta el punto de que debí ser de los pocos españoles que voluntariamente no vimos la final en la que España se proclamó campeona mundial de fútbol. Hazaña que reconozco y por la que felicito a sus jugadores, pero que queda muy lejos de mis intereses y mis motivaciones personales. Así pues, ¿a qué viene este artículo?
Pues se debe a que el deporte, y especialmente con el fútbol, es algo especial tanto por su magnitud como por su intensidad no sólo en el aspecto deportivo, sino sobre todo en el social, algo que sí me interesa aunque sea tan sólo porque quiera o no afecta en mayor o menor grado a mi vida cotidiana. Aparte, claro está por mi curiosidad, limitada pero existente, sobre un tema que influye en la mayor parte de la población no sólo española, sino también mundial.
Puntualizo, eso sí, que no estoy hablando de la afición a este deporte sino a su exacerbación desmesurada, algo bastante habitual y en ocasiones incluso peligroso al desbordar todos los límites tolerables. Aunque no soy sociólogo ni de lejos y mis conocimientos de esta disciplina son muy superficiales, no es necesario ser un experto para rastrear el origen de los deportes de masas -llamémoslos así en sentido amplio- en los combates rituales que ya existían en el neolítico y siguen existiendo en tribus primitivas actuales -perdón, etnias, no se vayan a enfadar los defensores de la corrección política-, en los que los representantes de dos bandos contendientes luchan entre sí defendiendo el honor de su comunidad.
Esta ritualización de una contienda bélica se encuentra claramente reflejada en forma de combates singulares en clásicos antiguos como la Ilíada, pero también se puede encontrar su rastro en espectáculos de masas como los combates de gladiadores -en esencia simulacros guerreros-, en las carreras de carros bizantinas que en muchas ocasiones acababan como el rosario de la aurora, en los torneos medievales y desde finales del siglo XIX en los deportes propiamente dichos. Eso sin considerar antiguas rivalidades tan insólitas hoy en día como las que en su día se desataban entre los defensores acérrimos de determinados cantantes líricos o, en el caso español, en el ámbito taurino, de una intensidad comparable a los actuales enfrentamientos entre las aficiones de equipos rivales.
Con independencia de la época y el ámbito, detrás de todo ello siempre se encuentra el sustrato de un combate singular o enfrentamiento por delegación entre dos colectivos -o su equivalente sublimado actual- a través de sus respectivos representantes, campeones, paladines o héroes tribales, llámeselos como se prefiera. Por esta razón no es casualidad que fenómenos de este tipo en su momento muy arraigados se vieran reemplazados por otros nuevos, como fue el caso de las carreras en el hipódromo cuando fueron prohibidos los combates de gladiadores o en España con los toros por el fútbol.
Otra consecuencia evidente del trasfondo llamémosle tribal de estos comportamientos es el hecho de que, pese a existir multitud de deportes cada uno de ellos con sus correspondientes aficionados, tan sólo suelen darse en los mayoritarios, básicamente el fútbol, mientras en aquellos países en los que el fútbol no es el deporte predominante éste es sustituido por otros tal como ocurre con el béisbol o el fútbol americano -pese a su nombre una variante del rugby- en los Estados Unidos o el críquet en la India, donde son los aficionados a ellos quienes repiten las pautas de los seguidores del fútbol en el resto del planeta.
Por el contrario los aficionados a los deportes minoritarios, e incluso a otros con relevancia importante como el baloncesto o el balonmano, suelen ser mucho más calmados que los exaltados futboleros. Lo cual, a mi modo de ver, revela que en una gran mayoría lo que les mueve a éstos no es tanto la afición deportiva sino el entorno neotribal en el que se encuentran cómodos y acogidos.
Claro está que esto es aplicable a los clubes, sustitutos actuales de las primitivas tribus. Pero, ¿qué pasa con las selecciones? Porque aquí es donde aparece la fusión entre ambas compulsiones, el fervor selectivo hacia un único equipo y el nacionalismo, reuniendo bajo una misma bandera -en sentido literal- a quienes eran rivales acérrimos mientras defendían -es un decir- a sus respectivos colores movilizando incluso a mucha gente que habitualmente no suele prestar la menor atención a las competiciones futbolísticas, con lo cual el sentimiento tribal, o ultratribal en este caso, se manifiesta a unos niveles muy superiores ya que en este caso se trata del combate, ritual e incruento pero combate al fin y al cabo, entre dos naciones, infinitamente preferible por supuesto a una guerra de verdad pero con idéntica motivación en sus raíces más profundas: la victoria sobre el enemigo.
Hasta aquí todo lo dicho se puede entender perfectamente con independencia de que se compartan o no estos sentimientos atávicos, pero si bien hasta hace relativamente pocos años las selecciones eran una representación tangible y real del fútbol de un país, ahora las cosas han cambiado y no un poco, sino de forma completamente drástica.
Así, hasta hace alrededor de medio siglo los equipos de fútbol españoles, y por lo que yo sé también los de otros muchos países, tenían prohibido fichar a futbolistas extranjeros, lo cual originó en España el fraude de los oriundos, falsos descendientes de emigrantes españoles generalmente argentinos, a los que les facilitaba la obtención de la nacionalidad pudiendo incorporarse a la plantilla del equipo que había amañado su oriundez. No obstante la magnitud del fraude era relativamente reducida, a lo que se sumaba otra tajante restricción esta vez a nivel internacional: cuando un futbolista extranjero se nacionalizaba cumpliendo previamente todos los requisitos legales, sólo podía jugar en la selección de su nuevo país siempre y cuando no hubiera intervenido ni en un solo partido formando parte de cualquiera de las selecciones de su país de origen.
Restricción que al día de hoy sigue vigente aunque limitada a las selecciones absolutas -salvo en algunas excepciones muy estrictas- y no a las inferiores; en cualquier caso, pese a lo limitado de mis conocimientos legales entiendo que se trata de una vulneración flagrante de un principio tan fundamental en cualquier código legal como que los ciudadanos de un país tienen absolutamente los mismos derechos con independencia de que su nacionalidad sea por nacimiento o por cualquier otra causa. Lo cual, pese a la evidencia de que una normativa deportiva nunca puede contradecir a una ley nacional e incluso internacional de rango superior, parece no importarle a nadie al menos a nivel de las selecciones nacionales.
Donde sí se aplicó este criterio de la primacía legal fue a nivel de equipos a partir de la histórica sentencia conocida como el Caso Bosman. Ocurrió en 1995, cuando ya en el fútbol español se permitía un número reducido de jugadores extranjeros en las plantillas de los equipos. Tras la denuncia de Jean-Marc Bosman, un futbolista belga, al no permitírsele fichar por un equipo francés, la Unión Europea prohibió cualquier tipo de restricción al movimiento de los futbolistas profesionales dentro de su territorio, lo cual facilitó la internacionalización de los equipos europeos y no sólo con jugadores procedentes de países miembros de la UE, sino con el tiempo también de prácticamente todo el mundo merced a la relajación de las restricciones y a la manga ancha aplicada a las nacionalizaciones de los futbolistas procedentes de países hispanoamericanos en nuestro caso o de sus antiguas colonias en el de otras ligas europeas. Pero insisto, por incongruente que pueda parecer, este imperativo legal ni fue ni sigue siendo aplicable a las selecciones.
La consecuencia de esta disparidad de criterios fue la que cabía esperar: mientras hasta entonces tanto los equipos como las selecciones eran representativos del fútbol de sus respectivos países y asimismo existía una relación estrecha entre ambos, la internacionalización de los primeros provocó una deriva entre las competiciones europeas de clubes y las de las respectivas selecciones nacionales abriéndose entre ellas una brecha cada vez mayor.
Vayan unos datos al respecto: de los veintiséis jugadores de la selección española que participaron en la reciente copa mundial ocho de ellos, casi la tercera parte, militaban en equipos extranjeros; y viceversa el Real Madrid cuenta con 20 jugadores foráneos -las dos terceras partes de la plantilla-, con 16 el Atlético de Madrid -el 62%- y con 11 el Barcelona, sólo un 37%. Situación que se repite en otros equipos, tanto españoles como en el resto de las grandes ligas europeas.
Se me objetará que esto en principio no tenía por qué ser negativo sino incluso lo contrario dado que está en la línea de la integración europea, algo con lo cual estoy completamente de acuerdo; lo que yo me pregunto, y no es incompatible con lo anterior, es si en estas circunstancias las selecciones nacionales siguen teniendo el sentido tradicional de representar al fútbol cada vez menos nacional de sus equipos.
Y, dados mi europeísmo y mi recelo por todo cuanto suene a nacionalismo rancio, lo que me pregunto también es si no habrá llegado el momento de considerar obsoletas a las selecciones al menos a nivel intraeuropeo.
Existe asimismo otro factor que conviene tener en cuenta, el cada vez mayor número de futbolistas procedentes de familias emigrantes, muchos de ellos con raíces en el continente africano, en la gran mayoría de las selecciones europeas. Quiero dejar claro, para evitar posibles equívocos o que a alguien le dé por coger el rábano por las hojas, que discrepo radicalmente con todos aquellos que de una u otra manera -algunos de manera patosa- han mostrado su disconformidad con lo que consideran una adulteración de las esencias nacionales. Por el contrario, me parece una excelente manera de inclusión social a la que apoyo sin ambages. Eso sin contar con que estas personas, nacidas o criadas en el país, cuentan con la nacionalidad con los mismos derechos que quienes presumen de pedigrí.
Mis tiros van por otro lado y se refieren exclusivamente a la cuestión técnica que comentaba anteriormente: ¿son las selecciones nacionales realmente representativas del fútbol de sus países? Y no sólo del fútbol, puesto que un razonamiento idéntico podría hacerse también con otros eventos deportivos como los juegos olímpicos, en un entorno en el que la dinámica social ha dejado obsoletas unas estructuras pensadas para una época en la que las fronteras nacionales eran, y no sólo para el deporte, barreras difíciles de franquear. A ello se suman, claro está, las restricciones ya comentadas no a nivel de las legislaciones nacionales o supranacionales en el caso de la Unión Europea, sino las de las todavía más arcaicas normativas de las entidades deportivas, léase FIFA y UEFA.
Como consecuencia, tal como dice el refrán, quien hizo la ley hizo la trampa. Aunque tan sólo seguí muy por encima y a nivel de mera curiosidad el desarrollo del pasado campeonato mundial de fútbol, me encontré con situaciones cuanto menos pintorescas. Por ejemplo que la selección de Cabo Verde, peleona hasta el final, estaba formada en más de la mitad de sus integrantes por futbolistas que no es ya que no vivieran en el archipiélago, es que ni siquiera había nacido en él ni mucho menos jugaban en sus clubes, sino en equipos europeos; pero como disponían de doble nacionalidad, podían jugar en sus equipos como europeos y en la selección como caboverdianos. Sin entrar en disquisiciones legales y ni siquiera éticas, me pregunto si a la selección de Cabo Verde y a las de otros pequeños países en situación similar se les puede considerar representativas del fútbol de sus respectivos países cuando en realidad son más europeas tanto desde el punto de vista legal como en la práctica.
Gracias a una cacicada del atrabiliario Donald Trump, al que le tuvieron que explicar lo que significaba una tarjeta roja, me enteré de que Folarin Balogun, el futbolista estrella de la selección estadounidense que no se significa precisamente por ser una de las potencias mundiales de este deporte, lo único que tenía en común con este país era la nacionalidad conseguida por pura casualidad. Hijo de padres nigerianos nació en Nueva York de forma puramente accidental ya que sus padres, residentes en Londres, realizaron un viaje a los Estados Unidos durante el cual su madre dio a luz. La familia retornó a Gran Bretaña a los dos meses y allí fue donde Balogun creció y se formó como futbolista, militando en varios equipos británicos antes de pasar a la liga francesa. Lo cual no impidió que fuera llamado para formar parte de la selección de un país del que ni siquiera es oriundo y cuyo gobernante actual está empeñado paradójicamente en privar de la nacionalidad estadounidense a quienes la obtuvieron por nacimiento. Cosas veredes.
Tampoco la selección española se libra de paradojas. Díganme si no lo es el sorprendente caso de los hermanos Williams, Iñaki y Nico: ambos son hijos de inmigrantes ghaneses, nacieron en España y aquí desarrollaron sus carreras deportivas. Los dos hermanos juegan en el Athletic de Bilbao -¡si Sabino Arana levantara la cabeza!-, pero por sorprendente que pueda parecer sus carreras internacionales tomaron caminos radicalmente diferentes, ya que mientras Nico se convirtió en un destacado integrante de la selección española, su hermano Iñaki optó por representar a la de Ghana. Huelga decir cual de los dos ha alcanzado mayor proyección internacional, con el agravante de que las elecciones de ambos fueron de carácter irreversible merced a las comentadas normas de la FIFA.
Lamine Yamal, otro significado jugador de la selección española, nació también en España hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana. Es jugador del Barcelona, equipo en el que se formó como futbolista. Dadas sus circunstancias personales tenía la opción de jugar con la selección española, con la marroquí e incluso con la ecuatoguineana, decantándose por la española -los motivos para mí son obvios- pese a los intentos de los dirigentes del fútbol marroquí por captarlo, lo cual motivó críticas escasamente educadas por parte de los dirigentes de la federación del país africano.
Con Leo Messi, uno de los más reconocidos futbolistas en activo, ocurrió justo lo contrario. Nacido en Argentina, a los ocho años sus padres le llevaron a Barcelona para seguir un tratamiento médico. Tras sus inicios en equipos argentinos con trece años volvió a Barcelona para jugar en los equipos inferiores del equipo, donde se formó como futbolista convirtiéndose en su estrella indiscutible hasta que lo abandonó fichando por el Paris Saint Germain y posteriormente por el Inter Miami. Dadas sus circunstancias personales podría haber jugado con la selección española y así se le ofreció en varias ocasiones, pero él prefirió hacerlo con la argentina.
Otros casos cuanto menos llamativos son los de Robin le Normand y Aymeric Laporte, dos futbolistas franceses que acabaron recalando en la selección española. Ya por sus nombres cabía suponer que ninguno de los dos tuviera ascendencia española, aunque al no existir en Francia más apellido que el paterno podría ocurrir que este vínculo con nuestro país fuera por vía materna; pero tras una consulta a la wikipedia comprobé que no era así y que eran franceses de pura cepa.
Dentro de la movilidad existente entre las distintas ligas europeas ambos acabaron recalando en equipos españoles, le Normand en la Real Sociedad y Laporte en el Athletic de Bilbao. En teoría su destino tendría que haber sido la selección francesa, e incluso el segundo de ellos llegó a participar en algún partido de sus categorías inferiores; pero cuando ninguno de ellos logró ser llamado para la absoluta, y dado el interés que el seleccionador español mostró por ambos, se les concedió la nacionalidad española por la vía rápida, un privilegio que otorga el gobierno a quienes no reúnen las condiciones necesarias para obtenerla por los procedimientos normales. Esta vía se denomina oficialmente adquisición de la nacionalidad por carta de naturaleza y se otorga discrecionalmente por real decreto en base a circunstancias excepcionales de índole cultural, deportiva, científica, solidaria, etc...
Lo cual en principio me parece muy bien; el problema radica en que, hasta donde yo conozco, se suele aplicar mayoritariamente no sólo a futbolistas sino también a fichajes de cara a mejorar la tradicional mediocridad de los resultados olímpicos españoles. De nuevo según la Wikipedia, de 43 nacionalizaciones por carta de naturaleza 18 -en realidad 19, puesto que le Normand no aparecía en la lista-, el 43,22% del total, fueron a deportistas y parte de las restantes correspondían a nacionalizaciones honoríficas a personas significadas que lo tenían merecido, pero sin relevancia práctica.
Conozco al menos un caso que cuestiona la teórica objetividad de esta medida: el violinista Ara Malikian, libanés de ascendencia armenia nacido en 1968, se asentó en España en 1998 casándose con una española con la que creó una familia. Pese a su evidente integración en nuestro país y su deseo manifiesto de obtener la nacionalidad española, no sólo no se le concedió por carta de naturaleza sino que en 2013 se le denegó con la excusa de que no había cumplido el plazo de diez años establecido por ley para solicitar la nacionalidad con carácter general, pese a llevar quince años residiendo legalmente en España. Malikian se vio obligado a pelear con la burocracia y a denunciar públicamente su caso, quejándose con toda la razón de que mientras tanto a otros se la regalaban. Finalmente logró que le fuera concedida, pero su caso sólo se puede considerar como escandaloso.
En cualquier caso, la pregunta no puede se otra: selecciones ¿nacionales? Y por encima de todo: ¿nacionalismos?
Publicado el 26-7-2026