La engañifa de la leche semidesnatada





He puesto una marca de leche extranjera, por eso de no hacer publicidad gratuita


Tal como ya he comentado en algún otro artículo, poca gente sabe que la leche desnatada surgió en realidad como un subproducto de la elaboración de la mantequilla; y como a los industriales lácteos les fastidiaba desperdiciarla, intentaron convencer a la gente de sus “ventajas” frente a la leche normal, es decir, tal como sale de la ubre de la vaca sin más manipulaciones que las necesarias para su esterilización, su conservado y su transporte.

De paso “olvidaron” decir que, junto con la nata, la leche desnatada perdía también gran parte de las sustancias liposolubles que contenía tales como varias vitaminas, entre ellas algunas tan importantes como la A, la D y la E ... pero, ¿para qué detenerse en esas minucias?

Y, como pese a todos sus intentos, eran todavía muchos los reacios a engullir el aguachirle de la leche desnatada, se inventaron la semidesnatada que, al igual que ocurría con el conocido vino de la tal Asunción, ni era lo uno ni era lo otro, aunque sí tuviera color. El caso es que, finalmente, lograrían salirse con la suya modificando los hábitos alimentarios de una parte importante de la población.

Así pues, y gracias a tenaces campañas publicitarias, la leche semidesnatada, a la que yo considero más propio denominar semientera puesto que no es que tenga más nata que la desnatada, sino que era entera a la que le habían quitado la mitad de la sustancia -y la mitad de las vitaminas-, acabaría imponiéndose en los mercados.

Ahora bien, ¿está justificada esa repulsa a la leche entera en beneficio de la semidesnatada o de la desnatada del todo? Evidentemente, hay casos que justifican su consumo: para empezar, cualquier tipo de enfermedades, intolerancias o alergias posibles, así como las dietas de adelgazamiento en las que interesa rebañar calorías por todos los lado;, sin olvidarnos tampoco de quien la toma simplemente por gusto, bien porque no le agrada el sabor de la leche entera o bien porque éste le resulta demasiado fuerte. Nada que objetar, faltaría más, a todos ellos.

No, a lo que yo me quiero referir es a su ingesta habitual por parte de una persona sin ningún tipo de patologías que así lo aconsejen y sin que existan tampoco razones de preferencias particulares; concretamente, a quienes no la toman por placer sino, más o menos obligados, porque creen -o así les han hecho creer- que gracias a la leche semidesnatada, o a la desnatada, pueden adelgazar o, por lo menos, pueden evitar engordar. Es pensando en ellos, y sólo en ellos, por lo que he escrito este artículo.

Y como soy de ciencias, nada mejor que hacer unos cálculos. Según la información aportada por los propios envases, 100 mililitros -aproximadamente medio vaso- de leche tienen el siguiente valor energético dependiendo de su naturaleza: 62 Kcalorías la entera, 44 la semidesnatada y 33 la desnatada. Si tomamos como referencia la semidesnatada, más popular que la desnatada, veremos que el “ahorro” respecto a la leche entera es de 18 Kcalorías por 100 mililitros, el doble -36- para un vaso, que vendrá a ser más o menos la cantidad ingerida cada día por un adulto, sola o bien mezclada con café.

¿Merece la pena, de cara a evitar un indeseable aumento de peso, renunciar a 40 Kcal por día a costa de una apreciable pérdida de sabor y, no lo olvidemos tampoco, de las consabidas vitaminas liposolubles? Sigamos con los cálculos. Un sobrecito de azúcar, alrededor de 10 gramos, aporta 48 Kcal, es decir, casi vez y media más que el “ahorro” de un vaso completo de leche; si tenemos en cuenta que muchos adultos toman café con leche, con lo cual como mucho la cantidad de leche será la mitad -100 ml.-, y dado que el café por sí solo prácticamente no aporta calorías, la conclusión en obvia: la energía suministrada por el azúcar es más de dos veces y media superior -48 Kcal frente a 18- que el que evitamos tomando leche semidesnatada. Por supuesto siempre podremos recurrir a un edulcorante artificial en lugar del azúcar, pero me consta que hay muchos que no lo hacen.

Huelga decir que si en vez de café con leche tomamos otras bebidas tales como leche con colacao -o similares- la diferencia se dispara, y todavía más si en el café -o el colacao- con leche mojamos delicatessen tales como churros o porras, tostadas untadas con aceite, mantequilla y/o mermelada, bollería variada... con lo cual estaremos haciendo, literalmente, un pan con unas tortas. Por cierto, una sola galleta ya aporta en torno a las 70 Kcal, aproximadamente el doble de las 36 que hemos tomado como referencia.

Un detalle importante a tener en cuenta es que para un adulto normal, que lleve una vida sedentaria, sus necesidades metabólicas diarias rondan las 2.000 Kcal en el caso de los hombres y algo menos, unas 1.500, para las mujeres. Si dividimos las 36 Kcal de “ahorro” al tomar unos 200 ml. diarios de leche semidesnatada en lugar de entera -sola o mezclada con café, considerando una media de 2 a 3 cafés con leche diarios-, veremos que este “ahorro” corresponde a un 1,8 % masculino y un 2,4% femenino. Es decir, el chocolate del loro...

Las estimaciones anteriores están hechas en relación al denominado metabolismo basal, es decir, el consumo energético que necesita el cuerpo simplemente para “funcionar”, es decir, sin ejercicio físico alguno. Puesto que la otra manera de bajar peso, aparte de la de comer menos, es precisamente la de hacer ejercicio físico, veamos a qué equivalen esas 36 Kcal de marras:

Según unas tablas que he encontrado en Internet, caminando -el ejercicio más simple y descansado de todos los posibles- se consumen entre 1,5 y 4,9 Kcal por minuto. Tomemos la media por simplicidad, es decir, unas 3 Kcal por minuto; según estas cifras, bastaría con caminar 12 minutos diarios, algo que hacemos incluso sin salir de casa, para enjugar el dispendio de tomar leche entera en lugar de semidesnatada.

Claro está que andar no adelgaza demasiado, así que vamos a considerar una actividad algo más efectiva tal como la bicicleta; en mi casa tengo una estática con contador de calorías incluido, y según éste vengo a consumir unas 300 Kcal en media hora de pedaleo al ritmo de uso habitual, es decir, 10 Kcal por minuto, por lo que bastaría con cuatro minutos escasos diarios para poder permitirme el lujo de tomar leche de verdad sin demasiados remordimientos de conciencia.

Por si todavía no están convencidos, vamos a hacer los cálculos de otra manera. Puesto que la leche entera suele tener alrededor de un 3,5% de materia grasa y la semidesnatada en torno al 1,5%, esta diferencia del 2% equivale aproximadamente a unos 4 gramos por vaso. Así pues, para acumular un kilo de michelines -suponiendo que no se hiciera ninguna actividad física para compensarlo- sería necesario trasegar 250 vasos de leche que, a razón de uno diario, suponen más de 8 meses de esfuerzo continuado.

Pero como no sólo de pan -o de leche- vive el hombre, conviene también hacer comparaciones no ya con otros alimentos, sino con esos pequeños caprichos que todos nos permitimos con frecuencia sin plantearnos su coste energético. Una caña de cerveza -200 ml.- aporta unas 85 Kcalorías, 140 si nos bebemos una lata de 300 ml. Un vaso de vino -pongamos 150 ml.- tiene alrededor de 100, una copa de brandy 125 y una de whisky alrededor de 250. Huelga decir que si a la caña o al vino les acompañan unas deliciosas tapas o unas contundentes raciones las cuentas, lógicamente, se disparan, como lo harán también si ustedes son aficionados a beber cuba libres u otros combinados.

Si lo que nos gusta son los refrescos lo tenemos bastante crudo debido a la gran cantidad de azúcar que contienen, nada menos que unos 35 gramos -alrededor de 10 cucharillas- una lata de coca cola, los cuales se convierten en 140 Kcal de vellón. Todavía peores son los refrescos de naranja o limón que tan inofensivos parecen, puesto que se acercan casi a las 200; salvo, claro está, que optemos por sus versiones sin azúcar, que son lo más parecido a beber agua de fregar.

Ni siquiera yendo de ecológicos lograremos evitar pagar un precio energético, aunque menor que en el caso anterior: 200 ml. de un zumo de fruta pueden aportar entre 60 y 70 Kcal aproximadamente, y si optamos por una ración de fruta fresca tampoco lograremos bajar de las 50 o 60 Kcal de marras salvo que nos aficionemos al de tomate, que sólo aporta unas 25.

Así pues, y visto lo visto, que no me vengan con historias. ¿Qué son 36 Kcal al día a cambio de poder disfrutar del verdadero sabor de la leche en vez de esos sucedáneos aguados?




Estrambote

Por si fueran poco los intentos de la industria láctea de modificar nuestros hábitos de consumo en el sentido de obtener mayores beneficios a cuenta de nuestro bolsillo, sea el caso de la leche desnatada y semidesnatada o el de los mil y un brebajes (leches “enriquecidas”, cócteles de leche desnatada con aceite de pescado o “leches” vegetales de soja) con los que intentan convencernos de su bondad para la salud, un informe de la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) hecho público en junio de 2011 sacó a la luz que, tras analizar 47 marcas diferentes de leche entera, incluyendo las más conocidas, los resultados dejaban, salvo excepciones, mucho que desear.

Dicho con otras palabras la conclusión es que tenemos literalmente muy mala leche, y me estoy refiriendo a la leche normal, no a ningún mejunje extraño de esos que inundan las estanterías de los supermercados. Pese a lo palmario de las pruebas, las marcas “perjudicadas” por el informe reaccionaron como si les hubieran mentado a su madre, cuestionando la metodología utilizada en los análisis y la presunta carencia de rigor y fundamento del mismo, al tiempo que proclamaban la falta de “legitimidad para emitir las conclusiones divulgadas” (sic), anunciando que “tomarían medidas legales para defender el buen nombre que el sector lácteo español”. Aunque en abril de 2012 los jueces dieron la razón a la OCU en lo relativo a la fiabilidad de sus análisis, los querellantes de la industria láctea insinuaron -carezco de información acerca de si lo llegaron a hacer- la posibilidad de recurrir la sentencia, en relación a que el citado análisis hubiera podido “dañar la imagen y el buen nombre de todo el sector lácteo español”.

Pero ya se sabe que en este país lo grave no es que alguien cometa un desaguisado, sino que se llegue a saber que lo ha hecho, con el consiguiente “daño a su reputación”. Vamos, que seguimos en la España del Lazarillo de Tormes, y no en la Europa del siglo XXI. Y si no, que les pregunten a los políticos, que de eso entienden mucho.




Otro estrambote

Recientemente (abril de 2016) me he encontrado en la prensa con varios artículos cuanto menos interesantes, todos ellos relativos a estudios sobre la demonizada leche entera. Según estas investigaciones, que desmontan varios mitos sólidamente arraigados, consumir leche entera en lugar de semidesnatada, o desnatada, no supondría un mayor riesgo cardiovascular, sería un factor de prevención de la diabetes y ni siquiera engordaría más, puesto que la ingesta de leche baja en grasa podría afectar a los mecanismos que regulan la saciedad, haciendo comer más.

Evidentemente los estudios nutricionales son siempre estadísticos, por lo que están sujetos a correcciones y mejoras, pero si esto demuestra algo es que no está nada claro el empeño en modificar nuestros hábitos de consumo por parte de las grandes compañías del sector alimentario... con beneficio económico incluido, claro.




Y otro estrambote más

Pese a lo comentado en el artículo y en los dos estrambotes anteriores, hasta ahora (julio de 2025) no había abordado lo que según mis sospechas sería en realidad la madre del cordero de este asunto, los precios de los diferentes tipos de leche, que tampoco es moco de pavo.

Creo recordar, aunque puede que me falle la memoria, unos tiempos muy lejanos en los que la leche desnatada llegó a ser incluso más cara que la entera, supongo que por eso de que habían logrado convencer a más de un incauto de que era más “sana” que la entera, y eso que incluso a esta última se las apañaban para rebañarle parte de su “entereza”: la cantidad de materia grasa indicada en la propia etiqueta era indefectiblemente del 3,2% del total mientras el porcentaje habitual de la leche de vaca es del 3,5-3,6%. ¿A dónde iba ese 2,3-2,4% restante? Les invito a que lo adivinen por ustedes mismos.

Pero esto era, claro está, en tiempos del franquismo. En fechas mucho más recientes lo habitual era que el precio de las tres modalidades -entera, semidesnatada y desnatada- fuera el mismo, pese al evidente beneficio obtenido por las centrales lecheras con la nata extraída de estas dos últimas. En realidad de las tres, puesto que según tengo entendido lo primero que hacen a la totalidad de la leche recién llegada es centrifugarla para extraer la totalidad de la nata, añadiendo posteriormente la cantidad correspondiente -se supone- de ésta a la que venderán como entera y semidesnatada.

Con el tiempo, y ya me voy acercando a la actualidad, los precios se fueron escalonando tal como dictaba la lógica, mayores para la entera, menores para la desnatada e intermedios para la semidesnatada, aunque la diferencia era pequeña, de alrededor de uno o dos céntimos entre una y la siguiente... proporción cabe suponer que acorde con el beneficio económico obtenido con la transformación de la nata extraída en mantequilla.

Pero hete aquí que en los últimos años, dentro de esta inflación de los precios de los alimentos que según las estadísticas oficiales es reducida, pero según los precios de los supermercados bastante mayor, la leche comenzó una subida escalonada de precios que al día de hoy se mantiene... pero que ¡oh casualidad! tan sólo ha afectado a la leche entera, puesto que los de las mermadas en grasa se han mantenido prácticamente constantes. En consecuencia el precio medio de la leche entera, y estoy tomando como referencia a marcas blancas, posiblemente más fiables que las de las marcas más conocidas del mercado, ha alcanzado e incluso superado los diez céntimos por litro o, si se prefiere, alrededor de un 10% del precio total sobre el de las otras, lo cual se mire como se mire me parece exagerado por no decir abusivo.

Claro está que peor todavía lo tienen en Portugal; acostumbro a veranear en una localidad fronteriza con el vecino país, por lo que suelo hacer escapadas a diferentes poblaciones cercanas y, de paso, aprovecho para hacer la compra en los supermercados o hipermercados allí existentes, al existir mayor oferta que en el pueblo. Y para mi sorpresa, y esta situación se mantiene desde hace bastantes años, incluso en los establecimientos más grandes y con una amplia oferta de marcas, la leche entera es prácticamente inexistente en los lineales y la poca que hay está bastante más cara que en España, mientras la semidesnatada y la desnatada cuestan lo mismo e incluso menos que en nuestro país, incrementándose allí todavía más la brecha de los precios.

Aparte de que no encuentro en modo alguno justificada esta extorsión económica, lo que ya resulta increíble e inaceptable es que la industria láctea haya logrado forzar las preferencias de los portugueses -y los españoles mucho me temo que llevamos el mismo camino- simplemente reduciendo a mínimos la oferta de leche entera al tiempo -segunda coacción- que incrementaban su precio mucho más allá de lo que pudiera parecer razonable.

Puesto que los hábitos alimenticios de los españoles y los portugueses, hasta donde yo sé, son bastante similares, me resulta difícil creer que esta distorsión en la oferta se deba a la demanda propia de los consumidores lusos, sino más bien justo al contrario. En cualquier caso, estamos apañados.

Pregunta final: Esta considerable subida de precios de la leche entera ¿habrá revertido, al menos en parte, en beneficio de los productores?


Publicado el 31-8-2011
Actualizado el 14-7-2025