San Fructuoso del Bierzo







Iniciado a principios del siglo V por san Asturio Serrano, descubridor de las reliquias y fundador del obispado complutense, el culto a los Santos Niños habría de alcanzar durante el transcurso de la Alta Edad Media una enorme difusión gracias a la labor realizada por dos personajes separados entre sí por dos siglos de distancia, san Fructuoso del Bierzo y san Urbicio.

Cronológicamente el primero de estos dos santos fue san Fructuoso, un hispanovisigodo nacido a principios del siglo VII en el seno de una de las más nobles familias de la oligarquía visigoda dominante por entonces en España. Muy poco es lo que se sabe de su infancia y juventud, salvo que su origen godo y su parentesco con el rey Sisenando debieron de permitirle gozar de una educación acorde con su alto rango.

Nada se sabe tampoco de su posible relación con la ciudad de Compluto, entonces foco de culto a los Santos Niños gracias a la labor desarrollada por san Asturio Serrano dos siglos antes, pero a juzgar por su labor posterior en pro de la divulgación de este culto y la probable residencia de su familia en la cercana capital de Toledo, no es nada disparatado suponer que tal vinculación debió evidentemente de existir.

Lo que sí se conoce es la decisión de Fructuoso, una vez fallecidos sus padres cuando contaba con unos veinte años de edad, de abrazar la vida monástica muy en auge entonces en la España visigoda. Su familia tenía posesiones en la comarca del Bierzo, situada en la actual provincia de León lindando con Galicia y Fructuoso, que ya conocía el lugar, escogió a los apartados montes bercianos como su nuevo lugar de residencia.

Sin embargo, Fructuoso no se dirigió directamente hacia el Bierzo sino que, encaminándose hacia la ciudad de Palencia, se incorporó a la escuela episcopal de Conancio, donde estudió ciencias eclesiásticas y se formó como monje. Acabados sus estudios en Palencia Fructuoso liquidaría todas sus posesiones reservándose tan sólo lo necesario para realizar sus previstas fundaciones.

Llegado al Bierzo y retirado a los remotos valles drenados por los afluentes del Sil, Fructuoso inició una vida de eremita que muy pronto se vería obligado a trocar por otra en comunidad forzado por los numerosos discípulos que se acogieron a su autoridad. Dadas las nuevas circunstancias, nuestro personaje fundaría allí en el Bierzo el monasterio de Compludo consagrado a los santos Justo y Pastor... Lo que no se trata en modo alguno de una casualidad.



Iglesia de San Fructuoso, en Santiago de Compostela
Fotografía tomada de la Wikipedia


Pero Fructuoso no se limitaría a fundar el monasterio sino que además le dotó de unas reglas monásticas diferentes y más rigurosas que las anteriores de san Isidoro. Corría aproximadamente el año 640 y todavía no había sido introducida en España la orden benedictina, por lo que bien puede considerarse a Compludo como la cuna del movimiento ascético español del siglo VII. Algunos años más tarde, en el 646, el rey Chindasvinto concedería al monasterio, en el VII Concilio de Toledo, grandes posesiones; esto supondría el reconocimiento real de la fundación de Fructuoso, que no mucho antes había tenido problemas con algunos parientes suyos que no estaban demasiado conformes con el destino dado a la herencia familiar.

Pero nuestro santo no renunciaba a llevar una vida apartada de ermitaño por lo que, una vez consolidado el monasterio, huyó del mismo refugiándose en una cueva que consagró a san Pedro... Lo que le sirvió de poco puesto que, poco después, comenzaron a llegar a su nuevo refugio numerosos discípulos que le forzaron a fundar en aquel mismo lugar el monasterio de San Pedro de Montes aunque, eso sí, consiguió vivir aislado junto al monasterio en un pequeño habitáculo.

Tampoco le serviría. Un buen día sus antiguos discípulos complutenses dieron un golpe de mano en toda regla asaltando el monasterio de San Pedro y secuestrando al pobre Fructuoso, al que llevaron por la fuerza a Compludo. No acabarían ahí las cosas puesto que Fructuoso, nada conforme con su forzosa reclusión, volvería a escaparse de Compludo para fundar también en el Bierzo el monasterio de San Félix (o San Fiz) de Visonia, situado en las cercanías de Villafranca del Bierzo.

No se crea que acabó aquí la actividad fundadora de nuestro santo; viendo que el Bierzo, una comarca relativamente pequeña, no era capaz de acoger a la totalidad de sus ambiciosos proyectos, realizó un periplo de poco más de doce años durante los cuales recorrió de norte a sur la Península Ibérica fundando monasterios por Galicia, Lusitania y Bética (Andalucía). Se desconoce la lista total de sus fundaciones, aunque éstas no bajaron al menos de trece. Sus monasterios siempre seguían un mismo planteamiento: Ubicados en lugares apartados, montañas o islas y no demasiado distantes de las vías de comunicación que les permitían enlazar, en caso de necesidad, con las ciudades más cercanas.

Una vez terminado este largo viaje que comenzó en el Bierzo y acabó en la ciudad de Cádiz, Fructuoso planeó viajar a Oriente para visitar los Santos Lugares, pero enterado el rey Recesvinto de sus intenciones ordenó retenerlo impidiéndole realizar su viaje al tiempo que le ofrecía la abadía mitrada (es decir, con dignidad episcopal) de Dumio, monasterio situado en las proximidades de la ciudad portuguesa de Braga.

No deseaba Fructuoso esta dignidad que tanto le apartaba de sus proyectos, pero frustrado su viaje a Oriente y retenido él mismo en la cárcel real de Toledo, se vio forzado a aceptar la propuesta real aunque nunca consintió en abandonar su hábito de monje y su vida de rigor y penitencia. Ocupada la sede de Dumio en el año 656, asistió poco después al X Concilio de Toledo celebrado ese mismo año. En ese mismo concilio, y por renuncia de su antecesor, Fructuoso sería elevado a la sede arzobispal de Braga, por aquel entonces metropolitana de la antigua provincia de Galicia. Como en el caso anterior, Fructuoso aceptaría de mala gana su nuevo nombramiento.

Desempeñando una gran actividad hasta el final de sus días, falleció por fin en el año 665 siendo enterrado en un nicho construido en el muro exterior de la cercana iglesia de Montelios, dado que las normas eclesiásticas entonces en vigor prohibían terminantemente los enterramientos en el interior de las iglesias. Siglos más tarde, en el año 1102, el arzobispo de Santiago Diego Gelmírez visitó la diócesis de Braga y robó secretamente las reliquias de san Fructuoso llevándolas a Compostela, donde se conservan actualmente y donde tiene consagrada una vistosa iglesia, a los pies de la plaza del Obradoiro.

San Fructuoso, además de ser uno de los más importantes organizadores de la vida monástica en la España visigoda, fue como ya quedó dicho uno de los principales divulgadores del culto a los Santos Niños; de hecho, se puede seguir (y encontrar) una perfecta correlación entre la abundancia de topónimos alusivos a san Justo y sus corrupciones (Santiuste, San Yuste, San Juste...) y los lugares por los que anduvo san Fructuoso con sus fundaciones: el noroeste de España, Portugal, Extremadura y Andalucía occidental, y esto no puede achacarse a la casualidad. San Fructuoso estableció también una liturgia especial dedicada a los Santos Niños hoy olvidada y que sería muy interesante recuperar.

Alcalá recuerda su memoria con la calle que con su nombre existe en el barrio de Reyes Católicos junto a la parroquia de San Francisco.




Ver también Los Santos Niños en Portugal. La iglesia de San Fructuoso de Montelios, en Braga


Publicado el 17-10-1987, en el nº 1.068 de Puerta de Madrid
Actualizado el 5-2-2006