Las tiendas de alimentación de mi infancia





La calle Libreros en 1960. Fotografía de Baldomero Perdigón



Puesto que nací en 1958 puedo presumir de haber sido testigo directo de la gran transformación que sufrió Alcalá desde la pequeña y adormecida población de poco más de veinte mil habitantes que era a mediados de la década de 1950, hasta la ciudad de casi doscientos mil -llegó a superarlos fugazmente- de la actualidad, completamente distinta en todos los sentidos con sus más y sus menos, aunque resulta evidente que en general para mejor. Eso sí, reconozco que lo ocurrido durante mis ocho o diez primeros años de vida lo conozco principalmente por referencias, algo que espero se me sabrá disculpar.

No obstante, para lo que voy a hablar en esta ocasión sí me sirven, al menos en parte, mis recuerdos infantiles, por más que éstos no sean demasiado precisos. Al fin y al cabo todavía conservo en la memoria como eran las tiendas de mi infancia, a las que me llevaba mi madre cuando iba a comprar. Huelga decir que no pretendo hacer una relación exhaustiva, ni tan siquiera precisa, del comercio de esa época, primero porque no sería capaz de hacerla y segundo porque hay personas mucho más capacitadas que yo para ello. Se trata, simplemente, de una simple visión retrospectiva a través de los ojos de un niño primero y de un adolescente más tarde; o de lo que queda de ella cuarenta o cincuenta años después.

Hecha esta necesaria aclaración, entro en el tema. Hacia mediados o finales de los años sesenta el comercio de Alcalá se limitaba a pequeños establecimientos, la mayor parte concentrados en el centro, la plaza de Cervantes y las calles Mayor, Libreros y sus aledañas, ya que tanto en el resto del casco antiguo como en los barrios surgidos en la expansión de los años sesenta -Campo del Ángel, parte antigua del Val, Rinconada, Reyes Católicos- tan sólo había pequeñas tiendas de ultramarinos, algunos bares y poco más.

Y, aunque existían comercios relativamente grandes como tiendas de ropa, zapaterías, ferreterías, tiendas de muebles y electrodomésticos e incluso los Almacenes Saldaña, lo más parecido a una gran tienda que había entonces en Alcalá, no ocurría lo mismo con las de alimentación ya que, incluso en pleno centro, salvo algunas mantequerías de cierto empaque -la de Quer fue la última superviviente-, la mayoría de ellas -fruterías, carnicerías, pescaderías, panaderías, lecherías, ultramarinos- eran pequeñas e indefectiblemente anticuadas. La excepción la constituía el mercado municipal, construido a principios de los años sesenta sobre el solar del antiguo, del que no guardo el menor recuerdo pese a haber nacido al lado, por lo que tan sólo lo conozco por fotografías.

El nuevo mercado, reemplazado a su vez por el capitidisminuido actual, reducido a unos contados puestos por las apetencias del aparcamiento y la hostelería, fue durante muchos años el principal centro comercial de Alcalá cuando ni siquiera se imaginaban estas babeles del consumismo que tan inhóspitas me parecen, y eso a pesar de que a diferencia de la inferior, la planta de arriba siempre arrastró una vida lánguida con buena parte de los puestos cerrados. Resulta curioso que entonces la gente no hablara de ir al mercado sino a la plaza, sin duda un atavismo de cuando el primitivo mercado se hacía en plena plaza de Cervantes, llamada durante mucho tiempo, precisamente por ello, plaza del Mercado.

Si algo tengo grabado en mi memoria es la imagen de las tiendas de ultramarinos, otro atavismo ya que prácticamente nada de lo que vendían, salvo el café, el chocolate y el bacalao, venía de más allá del Atlántico. Eran pequeños locales a modo de covachuelas, con mínimos escaparates -cuando los había- y sus abigarradas mercancías ocupando buena parte del espacio libre salvo aquéllas que, como las botellas o los botes de conserva, estaban colocadas en las estanterías tras el mostrador, que oficiaba tanto de punto de encuentro entre el tendero y el cliente como de barrera de separación entre ambos; porque los autoservicios, de los cuales hablaré más adelante, todavía pertenecían al futuro.

Dentro de su modestia tenían su encanto aunque, eso sí, dudo mucho que lograran salvar las exigentes normas de sanidad y seguridad actuales. Recuerdo que me fascinaban la bomba del aceite -entonces se vendía a granel-, la guillotina para cortar el bacalao, los barriletes de los arenques, los sacos de las legumbres, las latas de escabeche y carne de membrillo... todo ello acompañado por una sinfonía de punzantes olores que es imposible encontrar en las asépticas tiendas de ahora.

También recuerdo detalles que hoy me resultan pintorescos. Por ejemplo, el hecho de que los yogures se vendieran en las farmacias, supongo que porque eran los únicos establecimientos que podían conservar alimentos refrigerados, aunque sin duda esto les proveía de un aura medicinal que oficiaba de eficaz propaganda.

Aunque el patrón de estas tiendas variaba poco, resultaba curiosa la distribución de la tienda de Resti -su propietario se llamaba Restituto-, situada en la esquina de la calle Diego de Torres con la Vía Complutense. Su interior estaba dividido en toda su longitud por un tabique que se extendía desde la puerta, dejando un acceso independiente para cada una de las dos partes, hasta el mostrador, lo que permitía sus propietarios moverse con libertad por detrás de éste atendiendo en uno u otro lado. La razón de esta división a modo de Muro de Berlín en miniatura era sencilla: en la tienda no sólo se vendían ultramarinos sino también pan y leche, únicos alimentos que estaba permitido vender en domingo. Así pues, entre semana vendían todo tipo de alimentos por un lado, y los domingos el pan y la leche por el otro.

Poco a poco el comercio de alimentación fue modernizándose al tiempo que iban desapareciendo estas modestas tiendecitas, algunas ubicadas en lugares tan insólitos como la Casa de los Lizana o en la calle Arcipreste de Hita, donde es ahora la huerta del convento de las Claras. Y hubo tres o cuatro innovaciones -aunque niño yo ya era mayorcito, por lo que supongo que habría que ubicar su apertura quizá hacia finales de los años sesenta- que llamaron poderosamente mi atención.

La primera -no sé si cronológicamente, pero sí por tamaño- fue el autoservicio de Arévalo. Estaba situado en un local muy amplio de la calle del Tinte, entre la ferretería y el desaparecido mesón de Quintín. Ocupaba toda la fachada del edificio, que cuenta con seis balcones, y era tan grande que su interior está hoy repartido entre dos tiendas de generosas dimensiones, porque además de largo era profundo.

Aunque ahora nos resulte evidente, el concepto de autoservicio era entonces toda una novedad, ya que en el comercio tradicional era el tendero quien servía los productos que le solicitaba el cliente, siempre con el mostrador por medio. Aquí, por el contrario, éstos estaban repartidos en estanterías a todo lo largo y ancho de la tienda para que fueran cogidos -y elegidos- por el propio cliente, que luego pagaba al tendero el cual estaba sentado junto a la entrada detrás de una mesa, que no mostrador. Si a ello sumamos que el autoservicio disponía de un escaparate corrido en toda su longitud, su aspecto no podía resultar más moderno, por lo que no es de extrañar que entre sus clientes se encontraran los soldados americanos de la base de Torrejón y sus familiares que vivían en Alcalá, a los cuales la Alcalá de entonces les debía de parecer algo exótico y atrasado.

Arévalo fue asimismo uno de los pioneros del reparto domiciliario. Tenía contratado a un chico, probablemente no mucho mayor que yo, al que se le veía por la calle empujando un carro en el que llevaba a las casas los productos que habían comprado en la tienda.

Uno de los pilares del desarrollismo en la España de los años sesenta fue sin duda la generalización en los hogares de electrodomésticos como la televisión, la lavadora o el frigorífico, entre otros. Los frigoríficos de entonces contaban con un congelador minúsculo, lo que no impidió que sus propietarios pudieran disfrutar de la nueva modalidad de los alimentos congelados... aunque para eso se necesitaban tiendas que contaran con cámaras frigoríficas.

La primera que se abrió fue una llamada Nisa, situada si la memoria no me falla en la calle de la Imagen, frente a la casa de Azaña. Con las paredes forradas de azulejos blancos con dibujos representativos de los productos que en ella se vendían y unos grandes arcones congeladores, lo que la singularizaba frente al resto de las tiendas de alimentación, no es de extrañar que me llamara poderosamente la atención cuando mi madre me llevaba con ella a comprar allí.

El tercer comercio pionero de la Alcalá de mi infancia fue El Espolón, un asador de pollos que se encontraba en la calle de Pedro Gumiel frente a la Capilla de San Ildefonso. Aunque ahora la comida preparada de todo tipo es algo habitual, hace medio siglo incluso los pollos asados distaban ser algo frecuente, todavía más si se trataba de una tienda especializada en ellos. Recuerdo los grandes asadores con los pollos dando vueltas ensartados en los espetones, y las colas que había que guardar hasta que te llegaba el turno.

Hubo otro supermercado -creo que también llegaron a vender congelados- en el número 3 de la calle del Carmen Calzado, aunque por razones que desconozco parece ser que no duró demasiado.

Quizá para contrarrestar esta competencia algunas tiendas de ultramarinos se asociaron a las cadenas de distribución Spar y Végé. Al menos la primera contaba y sigue contando con marca propia, pera las tiendas adheridas en Alcalá conservaron su propia identidad, incorporando eso sí el logotipo correspondiente. En la práctica nada las diferenciaban del resto, salvo en el hecho curioso -todavía no se habían inventado las promociones ni las ofertas- de que por cada cierta cantidad de compra entregaban unos cupones adhesivos que se iban pegando en una cartilla. Cuando la cartilla estaba completa, para lo cual era necesario hacer bastantes compras, se canjeaba por un regalo.

Un caso especial eran los economatos, establecimientos subvencionados por algunas empresas para que sus empleados pudieran adquirir los productos a un precio inferior al del mercado. En la práctica eran supermercados, pero tenían el acceso restringido y aquéllos que no contaban con una tarjeta -esto dependía de en cual empresa trabajaran-, se veían privados de sus ventajas... salvo que consiguieran una prestada de un familiar o un amigo, o bien los más osados si conseguían colarse. En Alcalá hubo al menos dos, uno en la calle Divino Figueroa y otro en el tramo de la calle Torrelaguna situado más allá de la vía que entonces era conocido como Barrio de los Toreros. Este segundo pertenecía a Roca, al igual que las viviendas vecinas que alquilaba a sus trabajadores.

Ninguno de los dos economatos existe ya. Durante unos años sus locales estuvieron ocupados por sendos supermercados de la cadena madrileña Hiper Usera, pero ésta acabó desentendiéndose de ellos. El de la calle Azucena desapareció, mientras el de la calle Torrelaguna, tras pertenecer durante algún tiempo a la cadena Supersol, retornó a Hiper Usera bajo el nombre comercial de Tu Cash.

La gran revolución llegó con la apertura de Simago, el primer gran centro comercial -para la época- de la historia de Alcalá. Puedo acotar la fecha de su inauguración con relativa precisión ya que tuvo lugar cuando yo estaba estudiando COU, es decir, durante el curso 1974-75. Aunque la cadena, fundada en 1960, tenía sucursales en Madrid, por lo que era conocida por muchos alcalaínos, su llegada a Alcalá fue todo un acontecimiento.

Situado en la Vía Complutense - entonces todavía no se llamaba así- a la altura del barrio de San Isidro, en 1997 pasó a llamarse Champion tras ser absorbida su matriz por Continente, y tres años más tarde la fusión de Continente y Pryca provocó un nuevo cambio de nombre al Carrefour que conserva en la actualidad.

Algunos años más tarde llegó Coeba como competencia a Simago. Coeba era el acrónimo de la Cooperativa de Empleados de Banca, y como su nombre indica no era una empresa sino más bien un economato. Sin embargo, el centro comercial que abrió en Alcalá, situado en la antigua carretera de Guadalajara -hoy Vía Complutense-, de tamaño similar al de Simago, era de libre acceso, aunque tenía el inconveniente -todavía no se había generalizado la costumbre de ir a comprar en coche, aunque contaba con un amplio aparcamiento- de encontrarse a las afueras de la ciudad. Quizá por esta razón abrió una sucursal, más pequeña, al inicio de la calle Teniente Ruiz, junto a la plaza de los Cuatro Caños. Coeba quebró en 1984 cerrando sus dos establecimientos; el de Teniente Ruiz desapareció, mientras el de la carretera de Guadalajara se convirtió en el primer supermercado de Mercadona en Alcalá.

También en la década de 1980 comenzaron a llegar las primeras cadenas de supermercados que hoy nos resultan familiares. Ya he hablado del Carrefour de San Isidro -el hipermercado de Espartales es muy posterior- y del Mercadona de la carretera de Guadalajara. Sin pretensión alguna de establecer una relación cronológica, sí puedo dar una lista de los nuevos nombres que se incorporaron al comercio alcalaíno, algunos de los cuales persisten hoy mientras otros desaparecieron.

En el primer grupo están nombres tan conocidos, además de los anteriores, como Ahorra Más, Día, Lidl, Alcampo o Hipercor. También sobreviven algunos, ya con varias décadas de existencia aunque con diferentes nombres, como el actual Udaco de la calle Torrelaguna.

Entre los desaparecidos, bien por haberlo sido su marca matriz, bien por haber sido cerrados en Alcalá, se cuentan los de Practik/Expreso -no he podido encontrar información sobre esta cadena, aunque recuerdo que cambió de nombre antes de desaparecer-; Compre Bien, también extinta; los ya citados Hiper Usera y Super Sol; la cadena alemana Plus, absorbida en 2007 por Carrefour, que incorporó los establecimientos alcalaínos a Día, entonces filial suya, o Aldi, también alemana, que tuvo una efímera presencia en Alcalá en el centro comercial Cuadernillos.

Para finalizar quiero hacer una mención especial a Olmedilla, una empresa alcalaína que llegó a tener varios establecimientos abiertos, alguno como el de Nuevo Alcalá de notable tamaño, la cual acabó incorporándose a Ahorra Más.

Y eso es todo. Insisto en que este artículo no pretende en absoluto ser histórico, sino simplemente reflejar algunos de los recuerdos de mi infancia y adolescencia, por lo cual pido disculpas de sus carencias y de sus posibles errores, al tiempo que aceptaría encantado cualquier sugerencia que permitiera mejorarlo.


Publicado el 2-6-2020