Los escritores mulatos

Alejandro Dumas, probablemente el rey de los negreros
No, esto no va de razas ni de etnias, tal como la corrección política impone y yo por supuesto ignoro. Va de escribir, y es un juego de palabras que explicaré más adelante por comparación con los negros, esos esforzados obreros de la literatura que ponen el trabajo para que otros pongan la firma -y también la mano de coger los cheques-, en clara reminiscencia de la antigua esclavitud.
La historia de la negritud literaria es antigua, nutrida y convenientemente conocida, por lo que no voy a incidir demasiado en ella aunque sí puedo citar algún ejemplo clásico. Alejandro Dumas, padre de los tres mosqueteros y del conde de Montecristo, uno de los novelistas más famosos del siglo XIX y todavía leído en nuestros días, contó con un sofisticado taller literario -dicen que llegó a tener 63 negros- que le permitió sacar adelante una ingente producción y ganar dinero a espuertas... lo que no impidió que alguno de sus subordinados se rebelara como ocurrió con Auguste Maquet, que le llevó a juicio pero perdió. Irónicamente Dumas era cuarterón -así se denominaba a quienes tenían un cuarto de herencia negra, o afroamericana que dirían ahora- ya que su abuela fue una esclava haitiana, lo cual no le supuso el menor obstáculo para ejercer de negrero de sus ayudantes.
También Julio Verne recurrió a ellos, en especial a Pascual Grousset alias André Laurie, por no hablar de los tejemanejes de su hijo Michel descubriendo presuntos e inacabables manuscritos póstumos de su padre. En España tampoco nos libramos, con autores como Alejandro Sawa trabajando para Rubén Darío, Vicente Blasco Ibáñez para Manuel Fernández y González, Jesús de Aragón para Emilio Carrere o María Lejárraga para su marido Gregorio Martínez Sierra.
Incluso en ámbitos como los bolsilibros se han dado casos como el de Marcial Lafuente Estefanía, único que conozco en el que bajo su firma trabajaron además de él sus dos hijos y hasta su nieto, perviviendo incluso después de su fallecimiento.
No podemos olvidar tampoco a los famosos y famosetes que de repente se descuelgan con un libro firmado por ellos pese a que en algunos casos se trate de auténticos analfabetos funcionales, ni a los políticos cuyos negros les escriben cuanto tienen que decir en público.
Por supuesto la ciencia ficción ha sido también un campo abonado para estas prácticas, de hecho más de una vez me ha ocurrido que tras leer la novela de un escritor reconocido me ha invadido la difusa y desagradable impresión de que me habían dado gato por liebre; y estoy hablando incluso de Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, dándose la circunstancia común a ambos de que su etapa literaria más floja con diferencia fue la postrera, cuando les bastaba con poner su nombre en la portada de una guía telefónica para que ésta se vendiera como churros. ¿Casualidad?
Pero no voy a hablar en esta ocasión de los negros anónimos en el campo de la ciencia ficción sino de los mulatos, que es como he elegido denominar a los seminegros que en su condición de colaboradores -así los describen las editoriales- de un escritor renombrado logran el privilegio de figurar como coautores de la obra en cuestión, eso sí figurando sus nombres siempre a menor tamaño que los de sus mentores.
Estas colaboraciones más o menos reconocidas son relativamente frecuentes, aunque en muchas ocasiones cabe sospechar que en realidad lo único que haya puesto el autor principal sea su nombre y el permiso para que el ayudante desarrolle la narración en su universo, por supuesto mediante la correspondiente compensación económica. Oficialmente, o al menos eso suelen decir las editoriales, el autor principal ha colaborado estrechamente con su ayudante aportándole ideas y revisando la obra de éste, pero como ocurría con el valor en la desaparecida mili, esto no deja de suponérsele.
Veamos algunos ejemplos. Asimov contó con un colaborador de lujo, Robert Silverberg, en la redacción presuntamente conjunta de tres novelas basadas en otros tantos relatos suyos antiguos: Anochecer (1990) del homónimo, Hijo del tiempo (1991) de El niño feo y El robot humano (1992) de El hombre bicentenario. Dado que en los tres casos la idea original ya estaba escrita desde 1941, 1958 y 1976 respectivamente, cabe presumir cuanto debió intervenir Asimov en la redacción de las tres novelas.
Otro mulato suyo menos conocido fue Roger MacBride Allen, autor de la trilogía de Calibán encuadrada en el universo de sus robots: Calibán (1993), Infierno (1994) y Utopía (1996), afirmándose que Asimov supervisó las novelas y dio su visto bueno; dado que falleció en 1992 o bien estuvieron guardadas en un cajón durante varios años, o bien poco pudo ser lo que llegara a supervisa, a no ser que sus editores hubieran contratado a un médium. Eso sí, aunque sólo he leído las dos primeras, puedo afirmar que Allen se integró plenamente en la obra de Asimov abordando unos desarrollos interesantes de las conocidas Tres reglas de la robótica más allá de hasta donde llegó éste.
Claro está que llegó un momento en el que ya no fue posible recurrir a originales póstumos o a colaboraciones de ultratumba, lo que no impidió que sus herederos encargaran una nueva trilogía de Fundación a tres escritores reconocidos: El temor de la Fundación (1997) de Gregory Benford, Fundación y Caos (1998) de Greg Bear, y El triunfo de la Fundación (1999) de David Brin. Los tres excelentes, pero a mi modo de ver surgió un problema: mientras Bear y Brin supieron amalgamarse en el universo asimoviano no ocurrió lo mismo con Benford, cuyo estilo personal es muy diferente y fue literalmente a su bola, por lo cual su novela, aun siendo buena, chirría mucho en un entorno que le resulta ajeno. Para empeorar más las cosas ésta fue la primera de la trilogía, por lo cual sus dos colegas se vieron forzados a ajustarse a ella -las tres tienen continuidad cronológica- pese a sus libertades temáticas. Lo cual no impidió que los herederos de Asimov, que habían bendecido el proyecto, hicieran caja.
Justo lo contrario ocurrió con Crisis psicohistórica (2001) escrita por Donald Kingsbury a partir de una novela corta anterior, ya que al no contar con la aceptación -y quizás tampoco con las condiciones económicas- de los herederos de Asimov fue expulsada del empíreo asimoviano, por lo cual más que mulato habría que considerarlo siguiendo con el símil un escritor cimarrón, nombre que daban a los esclavos huidos que emprendían una vida libre por su cuenta.
Desconozco si pudo haber o no intentos previos para que la novela fuera reconocida, pero el hecho de no serlo originó una situación curiosa dado que en ella no aparece la menor mención explícita a la Fundación ni a sus personajes -todos los nombres están cambiados-, pese a lo cual su incardinación en el corpus asimoviano es transparente. Asimismo es una excelente novela mucho más atrevida que las de la segunda trilogía ya que, en lugar de amoldarse en el arco cronológico tratado por Asimov como hicieron éstas, fue incluso mucho más allá que el propio Buen Doctor ambientándose en pleno Segundo Imperio tras el interregno conducido y acortado por la Segunda Fundación.
Hasta ahora todas las novelas descritas son, con altibajos, aceptables; pero también existe morralla que de Asimov no tiene más que la sempiterna presencia de su nombre en las portadas. Presuntamente -recalco lo de presuntamente- relacionadas con los robots asimovianos brotaron las series Robot City (1987-1988) y Robots y aliens (1989-1990), doce en total perpetradas por varios autores, a las que siguieron otras seis de Robots en el tiempo (1993-1994) todas ellas escritas por William F. Fu, que ya había colaborado en algunas de las anteriores. Aunque no he leído la mayoría de ellas ni tengo demasiadas ganas de hacerlo, mi impresión fue penosa por decir algo suave.
Pasamos al otro grande, Arthur C. Clarke, un escritor al que admiraba hasta que en sus últimos años, al igual que hiciera Asimov, empezó a darle a la churrera destrozando series con arranques tan brillantes como 2001 (1968-1997) o Cita con Rama (1972-1993). Y si bien las cuatro novelas de la primera de ellas aparecieron firmadas únicamente por Clarke -que las escribiera o no él solito es otra historia-, no ocurrió lo mismo con las tres continuaciones de Cita con Rama, oficialmente escritas a la limón con Gentry Lee, el cual además de ser su más que presumible autor real, escribió en solitario otras dos novelas pertenecientes a este universo, Mensajeros brillantes (1995) y Noche de doble luna llena (1999). Asimismo colaboró -es un decir- con Clarke en la novela independiente Cuna (1988). Poco puedo opinar de sus novelas porque Rama II me cabreó tanto que me negué a seguir leyendo el resto, aunque sí me llegaron comentarios de que no me había perdido gran cosa y de que el final era de traca.
Clarke contó también con la colaboración de otros escritores como Paul Preuss en los seis volúmenes la serie Venus Prime (1987-2002), Gregory Benford (1990), Mike McQuay (1996), Michael Kube-McDowell (1999) y Stephen Baxter (2000 y 2007). Al menos, y a diferencia de Asimov, tras su muerte en 2008 no retornó de la tumba para reencarnarse en las portadas de sus libros putativos.
Tampoco es manco lo que ocurrió con Frank Herbert y su famosa serie Dune , de la cual he de confesar que no logré pasar del segundo volumen. Publicada la novela que le dio inicio en 1965, su éxito motivó que Herbert escribiera otras cinco más entre 1969 y 1985, que no es poco. Su muerte en 1986 no significó el final de la serie dado que en 2008 y 2009 su hijo Brian y Kevin J. Anderson publicaron dos secuelas escritas, según afirmaron ellos, a partir de unas notas encontradas en una caja.
No quedó ahí la cosa, puesto que ambos autores siguieron dándole con entusiasmo a la churrera: según la versión inglesa de la Wikipedia escribieron cinco trilogías de precuelas: Preludio a Dune (1999-2001), Leyendas de Dune (2002-2004), Héroes de Dune (2008-2023), Grandes escuelas de Dune ( 2012-2016) y Caladan (2020-2022). Si no me he perdido en la cuenta hacen un total de diecisiete títulos entre las precuelas y secuelas que colaron -permítanme el chiste malo- el dúo de marras, al parecer no todas ellas editadas en España puesto que Tercera Fundación tan sólo reseña once. Desde luego, las famosas notas de Frank Herbert debieron dar más de sí que la Enciclopedia Espasa.
Podría seguir poniendo ejemplos, pero tampoco es cuestión de extenderme demasiado. Sí conviene reseñar el caso de H. P. Lovecraft, cuyo particular universo fue preservado, divulgado y ampliado tras su prematura muerte -falleció a los 46 años- por August Derleth y posteriormente por los miembros del Círculo de Lovecraft. No obstante éste es un caso distinto, ya que se trata de un homenaje literario y no de un intento de seguir rebañando derechos de autor por parte de los herederos... aunque quizás pudiera deberse a que Lovecraft no los tenía.
Publicado el 3-3-2026