Críticos y criticados

Harlan Ellison. Fotografía tomada de la
Wikipedia
Este artículo surgió de un cruce de comentarios en el Sitio y, aunque en principio no pretendía ir más allá, acabé pensando que merecía la pena ampliarlo.
La crítica de un texto literario, de una película, de una pieza musical, de una obra de arte... siempre es necesaria o cuanto menos conveniente, y es algo que se ha venido haciendo desde siempre.
También es inevitablemente subjetiva ya que cada cual tiene sus propios criterios, sus propios gustos, su propio enfoque... y aun en el caso de que el crítico tenga suficiente formación y capacidad para hacerla, y asimismo procure ser ecuánime y honrado, la balanza siempre estará desequilibrada hacia uno cualquiera de los dos lados aunque sea tan sólo un poquito. Si se hace bien esto no tiene por qué ser malo sino todo lo contrario, ya que permitirá comparar diferentes sensibilidades enriqueciendo la opinión global.
El problema estriba en que, como es de sobra sabido, esto no ocurre siempre. Existen críticos que por fobias personales, por tener el colmillo retorcido o por filtrar todo lo que leen, ven u oyen conforme a sus gustos y convicciones personales, siempre escribirán unas críticas sesgadas cuando no tendenciosas o sectarias. Y esto sí es malo.
Sin olvidarnos, claro está, de los creadores con un ego estratosférico convencidos de que lo suyo es una de las maravillas del universo y, por consiguiente, no sólo no aceptarán cualquier crítica negativa sino que además lo tomarán como un agravio, cuando no como un intolerable ataque a su preciado narcisismo.
Obviando estos dos desagradables casos extremos y admitiendo que nos movamos en un entorno razonable, conviene tener en cuenta dos factores diferentes a los que no se debería confundir.
Por un lado está tu impresión personal, por subjetiva que ésta pueda ser, sobre la calidad de la obra en cuestión, con la cual cualquier otro incluyendo al propio autor podrá estar o no de acuerdo; pero que siempre será aceptable si a su vez es respetuosa. Al fin y al cabo, ningún crítico goza del don de la infalibilidad.
Y por el otro tus gustos personales, de los cuales eres dueño y señor absoluto sin que nadie tenga el menor derecho a cuestionarlos siempre y cuando no los esgrimas como un arma arrojadiza, ya que son tuyos pero no de los demás.
El problema surge cuando alguien, de forma involuntaria o deliberada, mezcla e incluso llega a intercambiar ambos. Y todavía será peor si pretende imponer manu militari su propio canon imitando el modus operandi de como han venido haciendo siempre las dictaduras políticas, las sectas religiosas o actualmente las neosectas laicas... pero éste es otro tema.
Así, centrándonos en la ciencia ficción no tengo ningún reparo en reconocer que siempre me ha gustado la space ópera, la buena por supuesto, aunque esto no me impide disfrutar con otras variantes del género. Por el contrario, lo que no me agrada en absoluto es la Nueva Cosa -o Nueva Ola-, con independencia de cual pueda ser su calidad. Entiéndase que cuando digo que no me gusta me refiero a que no me apetece leerla, al igual que no me gusta ir al fútbol, a un festival de rock, a una corrida de toros, a una exposición de pintura cubista... o, ya puestos, tampoco me gustan determinadas comidas, las aglomeraciones o madrugar.
Obviamente esto también es aplicable a cualquier otro ámbito; tengo mis gustos literarios, musicales, artísticos o cinematográficos, y también mis respectivos disgustos. Pero cuando algo no me gusta me limito a apartarme de ello sin criticarlo en público -mis conversaciones privadas son cosa mía y de mis interlocutores- y sin criticar a quienes sí les pueda gustar. Así de sencillo, y cada mochuelo a su olivo.
Por desgracia no siempre ocurre así, y sin buscarlo ni pretenderlo acabas tropezando con alguien que no comparte no ya tus gustos, sino la concepción misma de la tolerancia y el respeto mutuos. Volviendo al tema de la ciencia ficción, y más concretamente a la Nueva Cosa, vemos como algunos de sus promotores mostraron un talante rozando con lo talibanesco hacia todos aquéllos que no sólo se mostraban renuentes a comulgar con sus -insisto, respetables- planteamientos, sino que incluso osaban seguir siendo fieles a la ciencia ficción clásica que ellos no se recataban en descalificar.
No pretendo en modo alguno generalizar, pero sí puedo poner ejemplos como el de Harlan Ellison, implacable con quien no comulgara con sus postulados tan respetables como cuestionables al igual que cualquiera otros. Conste que no cuestiono su reconocido talento aunque reconozco que nunca me gustó lo que escribía, sino su talante y su falta de tolerancia y de respeto hacia quienes preferían seguir caminos diferentes del suyo.
Algo, por cierto, desagradablemente frecuente en las vanguardias de diversos tipos, lo cual siempre me ha llamado la atención a la par que me ha irritado. Pero este tema da para otro artículo diferente.
Sin llegar ni de a estos extremos -el mundillo de la ciencia ficción española no es ni por asomo como el norteamericano-, hace años también tuvimos que soportar aquí a ciertos profetas del canon enla ciencia ficción española, los cuales tampoco se cortaban lo más mínimo a la hora de desdeñar y menospreciar a cualquier vertiente del género que no les gustara y, de paso, a quienes las leíamos y las escribíamos.
Por consiguiente, y volviendo a lo comentado anteriormente, insisto en la importancia de respetar al prójimo y a sus gustos y preferencias personales, evitando cualquier tipo de confusión entre la opinión y la seudocrítica sesgada y, con mayor motivo, cualquier tentación de proselitismo o de imposición forzosa.
Porque por ahí sí que no paso.
Publicado el 16-2-2026