La literatura y el cine de ciencia
ficción
¿Un matrimonio forzoso?

Fotograma de
Planeta prohibido
Puede decirse que, prescindiendo de antecedentes remotos y en ocasiones cuestionables, la literatura y el cine de ciencia ficción nacieron a la par allá por los albores del siglo XX, existiendo ejemplos tan precoces del cine de ciencia ficción como el famoso Viaje a la Luna de Georges Méliès de 1902 -siete años después de la primera película de los hermanos Lumière- o El hotel eléctrico (1905) del español Segundo de Chomón.
La maduración del cine de ciencia ficción coexistió en los Estados Unidos con el auge de la literatura pulp, por lo que no es de extrañar que este cine primigenio siguiera unos parámetros similares a los de la literatura y los cómics pulp, populares -lo que no quiere decir necesariamente malos- y buscando principalmente el entretenimiento sin pretensiones mayores. Por consiguiente, era natural que quedara encuadrado en lo que se conoce como cine de serie B, películas de bajo presupuesto consideradas de relleno o pensadas para su exhibición en salas populares como los cines de sesión doble o las terrazas de verano de mi infancia. No sólo existía cine B de ciencia ficción, también lo había del oeste, de terror, de aventuras... más o menos los mismos géneros que en su día alimentaron a la literatura pulp.
Lo cual no quiere decir que, entre una multitud de películas malas, no se rodaran clásicos tan reconocidos como Metrópolis (1927), King Kong (1933), Ultimátum a la Tierra (1951), El enigma de otro mundo (1951), La guerra de los mundos (1953), La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), Planeta prohibido (1956) o El increíble hombre menguante (1957), junto con otras. A ellas se sumaría una década después la celebrada serie de televisión Star Trek (1965-1969 la serie original), la única salvable entre todas las de su época, o al menos entre las que se emitieron en nuestro país.
Sin embargo, este camino en paralelo del cine y la literatura de ciencia ficción comenzaría a bifurcarse hacia mediados del siglo XX, ya que mientras la literatura evolucionó hacia formas más maduras el cine se quedó anclado en las ingenuidades argumentales de la serie B. Esto quizás se debiera a que rodar películas de ciencia ficción exigía unos gastos, sobre todo en los incipientes efectos especiales, que no estaban dispuestas a asumir las grandes productoras, por lo cual el cine de ciencia ficción no llegó a salir del nicho en el que había nacido y crecido, quedándose rezagado respecto a su hermana mayor.
El origen del cine de ciencia ficción moderno, libre ya de la etiqueta un tanto peyorativa de la serie B, suele fijarse en 1968 con el estreno prácticamente simultáneo de dos películas, El planeta de los simios y 2001: Una odisea del espacio, ambas sobradamente conocidas. A mí la verdad es que ninguna de las dos, a las que no niego en modo alguno sus méritos, me entusiasmó especialmente, la primera porque está basada en una novela de Pierre Boulle que no me gustó nada cuando la leí, y la segunda porque prefiero la novela de Arthur C. Clarke, escrita en paralelo con el guión y a partir de un punto divergente con éste, a la megalomanía y el misticismo de Stanley Kubrick. Pero esto es sólo la manifestación de mis gustos y opiniones personales, no tengo la menor intención de sentar cátedra.
Posteriormente aparecería el terremoto de La guerra de las galaxias (1977), así se tituló inicialmente esta primera entrega de la saga hoy convertida en Disneystar, y tras ésta otras muchas películas que, con mejor o peor acierto, se estrenaron en años posteriores, no pocas de ellas con el marchamo de superproducciones. Pero como no es cuestión, ni yo soy el más indicado, de hacer aquí una breve historia del cine de ciencia ficción, me ceñiré a lo estipulado por la convocatoria: ¿es bien tratada la ciencia ficción por el cine y la televisión actuales?
Pues la verdad es que desde mi punto de vista no, advirtiendo que desde que surgieron las plataformas de televisión por internet, a las cuales no estoy abonado, poco puedo opinar al respecto, aunque según los comentarios de un amigo mío de cuyo criterio me fío, en general las series suelen ser malas -me habló bien de alguna- y en casos como la basada en Fundación sería para pedir prisión mayor a sus perpetradores por haber tomado el nombre de Asimov en vano.
Del cine puedo hablar con mayor conocimiento de causa, aunque cada vez estoy más desconectado dado que no me gusta la deriva que tomó hace ya tiempo hacia lo que yo llamo el género de mamporros, explosiones y testosterona, con unos efectos especiales asombrosos pero con guiones de encefalograma plano. Eso sin contar, claro está, con la plaga de secuelas, precuelas, recuelas y otras cuelas capaces de cargarse al mejor clásico. De las películas de superhéroes ni me molesto en hablar porque no las considero ciencia ficción, sino malos remedos -muchas veces ni siquiera llegan a eso- de la mitología clásica o la germánica, bastante más entretenidas.
¿A qué se debe mi cada vez mayor desinterés? Pues a varios factores. En principio a la degradación de los guiones, ya que al parecer los productores, los guionistas y los directores parecen estar convencidos de que lo que sobra de efectos especiales compensa la vacuidad de éstos. En segundo lugar, a su falta de originalidad. Y en tercero, cuando se trata de adaptaciones de novelas o relatos, a los destrozos inmisericordes de los originales, con especial ensañamiento de algunas como las películas que hincaron los dientes en clásicos como El hombre bicentenario (1999) o Yo robot (2004), por poner dos ejemplos.
Por supuesto existen excepciones muy dignas, pero en general el cine de ciencia ficción cada vez me ha ido interesando menos y, lo que es peor, no veo indicios de que esta situación vaya a revertirse en un futuro.
Resumiendo, hasta donde yo conozco el cine de ciencia ficción ha vuelto a sus orígenes en lo que respecta a los argumentos ramplones de muchas de las películas actuales, con la diferencia de que ya no se puede disculpar a éstas por pertenecer a la modesta, pero honrada así como extinta, serie B. Y lo peor de todo es que mucha gente ajena al género acaba creyendo que la ciencia ficción es sólo eso, sin reparar en la conocida Ley de Sturgeon: El noventa por ciento de la ciencia ficción es basura. Pero el noventa por ciento de todo es basura, y lo importante es el diez por ciento que no es basura .
Lo malo es que el 90 % del cine basura de ciencia ficción está haciendo mucho daño no sólo al 10 % restante que no lo es, sino también al 10 % de la ciencia ficción en general, incluida la literaria, dado su mayor poder de penetración en lo que se conoce habitualmente como mass media.
Publicado el 11-1-2026 en el Sitio de Ciencia Ficción