Los propios dioses, ¿La mejor novela de Asimov?

Hace un par de años, en una de mis visitas a Locuciencia, el programa de radio dedicado a la divulgación científica dirigido por mi amigo y ex compañero de trabajo Vicente Timón, como era de esperar salió a relucir Isaac Asimov y éste me preguntó cual era para mí su mejor novela. Respondí que sin lugar a dudas Los propios dioses, matizando que me refería exclusivamente a las novelas, no a los relatos ni a las series de relatos o novelas cortas como Yo robot o la trilogía original de Fundación.
He de añadir que según ase de datos de mi biblioteca -la memoria no me da para tanto- la compré y no debí de tardar mucho en leerla en octubre de 1983, es decir, hace casi cuarenta y tres años, y que no la había vuelto a releer en el momento de mi respuesta. Por consiguiente, aunque sabía que me había gustado bastante, tan sólo podía recordar de una manera vaga su argumento. No ha sido hasta ahora cuando decidí leerla de nuevo, y en esta ocasión tampoco me defraudó pese a que en todo el tiempo transcurrido me he vuelto, mucho me temo, bastante más crítico y exigente con mis lecturas. En conclusión, si me volvieran a hacer la pregunta respondería lo mismo.
Paradójicamente, pese a que el propio Asimov la consideraba su mejor obra y Los propios dioses copó en 1973 los tres premios más importantes de ciencia ficción escrita en inglés, el Hugo, el Locus y el Nebula, en España dista mucho de ser una de las más conocidas de su autor. Quizás sea porque no forma parte de ninguno de sus dos arcos argumentales principales, el de los robots y el de Fundación, finalmente fundidos en uno solo, o quizás porque resulta menos asimoviana que éstos, lo que la convierte en más original y a mi modo de ver en más interesante, sobre todo teniendo en cuenta el bajón en calidad -no así en cantidad- de sus últimas novelas.
No acaban aquí las singularidades de Los propios dioses. Fue publicada por vez primera en 1972, una época de sequía en su producción de novelas y relatos de ciencia ficción ya que desde mediados de la década de 1960 hasta casi finales de la siguiente Asimov publicó muy poca ciencia ficción ya que se dedicó preferentemente a la divulgación científica e histórica, e incluso su producción literaria de esta década fueron en su totalidad relatos -en su mayoría reediciones- o bien incursiones en los géneros fantástico y policíaco.
En lo que respecta a las novelas tras terminar en 1958 la serie de Lucky Starr, entretenida pero menor -estaban dirigidas a un público juvenil-, no volvió a escribir otra hasta Viaje alucinante (1966), una obra alimenticia pese a las poco convincentes excusas que dio en sus memorias, que no fue sino la novelización del guión de la película homónima y como era de esperar, pese a que procuró pulir sus escandalosas incongruencias científicas, no pasó de ser una novela mediocre digna de un piadoso olvido... lo que no evitó que en 1987 escribiera una continuación de la misma, en esta ocasión sin película previa y sin se molestara en dar excusas de ningún tipo, por supuesto todavía peor que la primera.
Seis años después de Viaje alucinante, en 1972, publicó Los propios dioses, y tras la policíaca Asesinato en la convención (1976) fue en 1982 con Los límites de la Fundación cuando retomó la escritura de novelas de ciencia ficción esta vez de manera prácticamente ininterrumpida, ya que hasta su muerte diez años más tarde publicó un total de 11 novelas, la última póstuma, tres de las cuales fueron colaboraciones -llamémoslas discretamente así- con Robert Silverberg basadas en antiguos relatos suyos.
En resumen, Los propios dioses fueron una singularidad en su obra literaria, ya que si descartamos la serie de Lucky Starr -unos bolsilibros de lujo-, la mistificación de Viaje alucinante y la policíaca Asesinato en la convención, fue su única novela de ciencia ficción merecedora de interés entre El sol desnudo (1957) y Los límites de la Fundación (1982), es decir, durante 25 años.
Lo cual no sólo no le resta interés sino que se lo aporta, empezando por el propio título tomado de la conocida frase de Schiller Hasta los propios dioses luchan en vano contra la estupidez, algo que tiene mucho que ver con la base argumental de la novela y aparece, troceada, como prólogo de cada una de las tres secciones.
Por si fuera poco, su argumento cuenta con valores que descuellan en el conjunto de toda su producción literaria, relatos y novelas cortas incluidas. Para empezar, y aunque Asimov siempre fue muy cuidadoso -bueno, salvo en las dos entregas de Viaje alucinante- con el rigor científico, por lo que su obra puede considerarse dentro de la ciencia ficción dura junto con incursiones en la space ópera, en esta ocasión rizó el rizo tomando como urdimbre científica nada menos que la física nuclear, las cuatro fuerzas fundamentales del universo -gravedad, electromagnetismo, fuerza nuclear fuerte y fuerza nuclear débil- y la termodinámica, todas ellas hábilmente combinadas y didácticamente -Asimov fue un significado divulgador científico- explicadas.
A ello, y huyendo de ciertos tipos de ciencia ficción dura capaces de aburrir al más sufrido lector, se sumó una trama de ciencia ficción sumamente atractiva entremezclándolo con los universos paralelos, un tópico de la ciencia ficción aunque nunca antes, ni posiblemente después, fue manejado con tanta habilidad.
En resumen, puesto que no es mi intención hacer una reseña de la novela sino tan sólo mostrar sus principales puntos, jugó con las leyes de la termodinámica y en especial con el concepto de la entropía, que en lenguaje sencillo puede definirse como la irreversibilidad de los procesos termodinámicos -las transferencias de energía de cualquier tipo- o, si se prefiere, que éstos siempre se desarrollan cuesta abajo y nunca cuesta arriba , lo que hace imposible la existencia de falacias tales como el movimiento perpetuo o la obtención de energía gratis.
Claro está que esto sólo ocurre en lo que los físicos denominan un sistema termodinámico cerrado, el universo a efectos prácticos, de modo que cuando las últimas estrellas de las últimas galaxias se apaguen el universo quedará muerto para siempre.
Ahora bien, ¿qué ocurriría si lográramos una interacción entre dos universos paralelos en los cuales -y en esto consiste la originalidad de Asimov- las fuerzas fundamentales fueran diferentes? Pues que esto causaría un desequilibrio que tendría como consecuencia un trasvase de energía del uno al otro de modo similar a como ocurre en los vasos comunicantes...
Y también del segundo al primero, puesto que al ser las reglas de juego -es decir, los valores de las fuerzas fundamentales- diferentes en cada universo, se conseguiría una especie de círculo virtuoso o de movimiento perpetuo energético en ambos sentidos aunque de naturaleza opuesta, del cual se beneficiarían ambas partes. Por supuesto Asimov lo explica de una manera mucho más detallada involucrando un trasiego de electrones hacia nuestro universo y otro equivalente de positrones -su antipartícula- hacia el otro, pero yo me estoy limitando a esbozarlo con la indisimulada pretensión de incitarles a leer la novela.
Claro está que la genialidad de Asimov consistió en ir todavía más lejos de esta Jauja cósmica. La novela está estructurada en tres partes, la primera y la tercera ambientadas en la Tierra y la central en el innominado planeta del parauniverso -así denomina al universo paralelo- convertido en socio de la humanidad para beneficio mutuo de la explotación del trasiego de materia radiactiva -en uno u otro dependiendo de cada universo- que constituye la fuente de energía ilimitada.
El relato se inicia hacia 2070, un siglo después de que Asimov escribiera Los propios dioses y suficientemente alejado para justificar unos cambios bastante drásticos en una Tierra víctima de unos acontecimientos -no queda claro si se trató de una guerra nuclear o de una catástrofe medioambiental- que diezmaron la población alterando de forma drástica las condiciones de vida. En estas circunstancias el descubrimiento del maná energético es recibido como una bendición dado que permite disponer de energía gratis e ilimitada en el sentido literal de la palabra, lo cual viene a resolver de manera milagrosa todos los problemas que afligían a la población terrestre. Pero...
Pese a los innegables beneficios de la Bomba de electrones -así es denominado el sistema que permite drenar energía de un universo a otro- no todo parece ser de color de rosa, ya que la interconexión entre ambos universos provoca también una perturbación en las respectivas constantes físicas que, al igual que ocurre con el principio de conservación de la energía, tenderían a igualarse en los dos universos con el resultado final de que el Sol se calentaría cada vez más hasta estallar mientras la estrella de los seres del otro universo se enfriaría hasta apagarse.
Según los cálculos de la práctica totalidad de los científicos terrestres no habría por qué preocuparse dado que el proceso sería muy lento y la crisis ocurriría un lejanísimo futuro mucho más allá de las esperanzas de existencia de la especie humana, por lo cual la consigna oficial es de tranquilidad absoluta. No obstante, un investigador díscolo no piensa lo mismo ya que, según sus propias estimaciones, la catástrofe podría suceder en un plazo mucho más corto e incluso cercano, por lo que propone apagar la Bomba de electrones de forma inmediata como única manera de evitarlo, aun a riesgo de provocar graves trastornos al prescindirse de esta fuente de energía. Por supuesto esta proposición no es tenida en cuenta y él mismo acaba desautorizado como científico y defenestrado.
Pasamos ahora a la segunda parte, con diferencia la mejor de la novela y, como ya he comentado, ambientada al otro lado. Y es aquí donde Asimov roza la genialidad al describir una de las razas alienígenas más originales y verosímiles de toda la ciencia ficción que he leído, alejada por completo de los habituales -y con frecuencia grotescos- humanoides o de los seres inspirados con mayor o menor fortuna en la fauna o la flora -reptiloides, insectos gigantes, pulpos flotantes, dinosaurios, hasta vegetales- a los que nos tiene acostumbrados el género. Lo cual tiene todavía más mérito dado que siempre se le reprochó a Asimov la ausencia prácticamente total de especies no humanas en sus novelas y relatos salvo en contadísimas excepciones... y en Los propios dioses, aquí con un protagonismo que exime al Buen Doctor de su pecado.
Los habitantes del astro innominado -tampoco ellos son definidos con ningún nombre propio- son de dos tipos, los seres blandos y los seres duros. Los primeros carecen de cuerpo tal como lo entendemos e incluso de forma fija, pudiéndose comparar quizás con muchos reparos -tampoco Asimov los describe con demasiado detalle- a algo parecido a una ameba. Cuentan con tres sexos que junto forman una tríada -el traductor, poco afinado al elegir algunos términos, en especial los científicos, escribe tríade-, el equivalente a los dos sexos determinados por la evolución en la Tierra. Los tres son necesarios para reproducirse teniendo siempre tres hijos, uno de cada tipo, tras lo cual desaparecen.
Los seres duros sí cuentan con una forma física determinada -aunque no llegamos a saber cual-, aparentemente carecen de sexo y constituyen la élite de la sociedad del planeta, manteniendo unas relaciones cordiales con los seres blandos siempre desde una superioridad indiscutida.
Los seres blandos se alimentan directamente de la radiación solar o de cualquier otro tipo de energía, mientras no se llega a saber como lo hacen los duros ni tampoco cualquier otra peculiaridad de su vida. Pero ambos se enfrentan a la amenaza de la extinción, puesto que la estrella que lo alumbra y les da vida se está apagando. Por esta razón fueron ellos, en concreto los científicos duros, quieres idearon el proceso de intercambio con la Tierra, abriendo la conexión entre los dos universos y enviándoles a sus homólogos humanos las instrucciones para aprovechar la nueva fuente energética. Son conscientes del problema que supondrá en un futuro más o menos lejano el desequilibrio de las fuerzas fundamentales de su universo, pero aunque su sol acabe apagándose la conversión del Sol terrestre en una nova o supernova les proporcionaría energía de sobra para seguir sobreviviendo, por lo cual no les preocupa demasiado la inevitable extinción de la Tierra incluyendo a sus confiados y necesarios colaboradores.
También aquí surgirá un objetor que, víctima de justificados remordimientos, intentará advertir a los terrestres del peligro que corren si no apagan la Bomba de electrones en su lado, aunque asimismo con escaso éxito.
Pasamos ahora a la tercera parte, la más floja de todas ellas. Han pasado algunos años y uno de los pocos científicos críticos, y por consiguiente silenciados, viaja a la Luna con la intención de residir allí dado que, según afirma, la ciencia en la Tierra se ha estancado a causa de la Bomba de electrones y es en la reducida colonia selenita el único lugar donde sigue viva la llama de la investigación. Lamentablemente la relación entre la Luna y la Tierra es tensa por razones políticas -una solapada crítica de Asimov a los nacionalismos- y el protagonista se ve enredado sin quererlo en unas intrigas que le resultan ajenas.
Pese a todo, conseguirá llevar adelante su idea que en sí no puede ser más sencilla: puesto que resultaría imposible convencer a la sociedad terrestre, incluidos los científicos y los políticos, de que renunciar a la energía suministrada por la Bomba de electrones supone un suicidio a más o menos largo plazo -recordemos la cita de Schiller-, opta por otra solución diametralmente opuesta: partiendo de la base teórica de la existencia no de dos, sino de infinitos universos paralelos cada uno con sus propias leyes físicas, se propone encontrar uno en el que éstas sean diametralmente opuestas a las de aquél que alberga a los que manejan la Bomba por el otro lado, de modo que la Tierra sirva simplemente de puente -cobrándose eso sí su peaje- descargando en este tercer universo todo cuanto provocaba la distorsión que amenazaba con la destrucción del Sol. Es decir, lo que en ciencia se conoce como un equilibrio dinámico.
Y lo encuentra, con la salvedad de que aquí no hay que preocuparse por posibles daños colaterales dado que este universo es básicamente de energía sin presencia de masa y por consiguiente carece de vida. De paso, aunque de forma involuntaria, colaborará para que la conspiración nacionalista de la Luna quede abortada.
Así termina la novela, y es una lástima que Asimov no incluyera una cuarta parte ambientada de nuevo en el parauniverso describiendo lo que acontecería allí tras el aparente fracaso de paralizar la Bomba de positrones y las consecuencias de la introducción por parte terrestre de un tercer universo nodriza, así como una hipotética comunicación entre ambas especies más allá de los toscos y difícilmente traducibles mensajes intercambiados hasta el momento.
Asimismo, y una vez desentrañado al final de la segunda parte el enigma de los seres duros, hubiera dado mucho juego conocer más en detalle su naturaleza y su enigmática sociedad... algo factible dado que las tres partes de la novela fueron publicadas inicialmente por separado en diferentes revistas antes de ser reunidas en un único volumen, por lo cual una continuación habría resultado posible a modo de epílogo; pero por las razones que fueran Asimov nunca lo hizo.
Lo que sí hizo, sobre todo en la primera parte, fue una crítica nada disimulada de los santones científicos que, con independencia de su talla investigadora e incluso a pesar de la mediocridad de la misma, consiguen medrar en su particular ecosistema arrogándose méritos que no les corresponden al tiempo que entorpecen y hunden a otros colegas para evitar que les hagan sombra o que pongan en evidencia sus falsedades; nada que ver con el ingenuo gobierno mundial regido por científicos que él mismo pergeñó años atrás en la serie de Lucky Starr.
Por mi parte, con el conocimiento de causa que me da haber desarrollado la práctica totalidad de mi vida laboral en un centro de investigación científica, puedo dar fe de que este colectivo, con independencia de la importancia investigadora de cada uno de ellos, en lo que respecta a la talla personal no se diferenciaba significativamente en su conjunto del común de la sociedad; había de todo y con toda probabilidad en la misma proporción, incluyendo los malos bichos... y por supuesto, también las excelentes personas. Así pues, Asimov no planteaba nada descabellado, aunque quizás sí exagerado, al describir las intrigas de algunos miembros del colectivo científico en Los propios dioses, máxime cuando leyendo sus memorias queda claro que en su momento, cuando trabajaba como profesor de universidad, él padeció a alguno de ellos.
Publicado el 13-4-2026