Alcalá en Laura, de Pío Baroja







Pío Baroja (1872-1956) es sin duda uno de los mejores escritores de la generación del 98 y en general de la primera mitad del siglo XX, uno de los períodos más brillantes de la literatura española con autores, junto con Baroja, de la talla de Galdós, Unamuno, Valle Inclán, Blasco Ibáñez, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Miguel Hernández y muchos otros.

Huelga hacer aquí una reseña de novelas suyas tan conocidas como la trilogía de La lucha por la vida (La busca, Mala hierba y Aurora roja), Zalacaín el aventurero, Las inquietudes de Shanti Andía o El árbol de la ciencia, así como las Memorias de un hombre de acción que constituyen, a la manera de los Episodios Nacionales de Galdós, una serie de veintidós volúmenes que dentro del género de la novela histórica abarca el período comprendido entre la Guerra de la Independencia y la regencia de la reina María Cristina.

La obra de Baroja se completa con bastantes más novelas, muchas de ellas agrupadas en pequeñas series -trilogías y tetralogías- así como las denominadas “novelas sueltas”, independientes o pensadas como parte de trilogías que quedaron inconclusas.

Una de estas últimas es Laura o la soledad sin remedio, escrita durante su exilio en París a causa de la Guerra Civil y publicada en 1939 en Argentina y en 1942 censurada en España, no siendo hasta muchos años después cuando se reeditó en su integridad en nuestro país. Se inicia describiendo los días previos al estallido del conflicto a través de los Monroy, una familia burguesa venida a menos cuyos miembros se ven obligados en su mayor parte a abandonar Madrid ante la inseguridad en que se encontraban, refugiándose en Francia.

Laura Monroy es una muchacha inquieta e independiente que ve interrumpidos sus estudios de medicina al tiempo que su futuro se derrumba de repente. Exiliada primero en el País Vasco francés y posteriormente en París, se verá impelida a sobrevivir sin titubeos pero también sin ambiciones, dejándose arrastrar por el destino.

La razón por la que traigo aquí esta novela menor de Baroja se debe a que es la única de todas las suyas que he leído -bastantes, pero no todas- en la que aparece una mención a Alcalá, si bien no deja de ser puntual. Ésta se encuentra en el breve capítulo titulado Las aventuras de Luis Monroy, una narración tangencial en la que Baroja describe los desastres de la Guerra Civil tal como se lo relataron en su exilio parisino.

Luis Monroy, hermano de Laura, es un militar comprometido en el complot que provocaría el golpe militar de julio de 1936. Al fracasar éste en Madrid se ve obligado a ocultarse a la espera de poder huir a la zona nacional, ya que su cabeza tiene puesto precio. Esto frustrará su previsto matrimonio con Mercedes, que acompaña a Laura en el exilio evolucionando a lo largo de la novela hacia una perseverante y tenaz luchadora que sirve de contrapunto a su impasible amiga.

Dada la brevedad del artículo lo reproduzco en su totalidad.


LAS AVENTURAS DE LUIS MONROY

Durante el invierno Laura tuvo noticias de su hermano. Llegado a Francia, vivió en Etchebiague. Silvia le escribió una carta larga, contándole las aventuras de Luis.

Su historia, al parecer, había sido bastante accidentada.

El día de la revuelta, al ir al cuartel de la Montaña, vestido de paisano, le hicieron prisionero y lo llevaron a la cárcel Modelo. Pasó mucho tiempo allí, suponiendo que de un día a otro le llegaría el fusilamiento. No sabían quién era y lo pusieron de pinche en la cocina.

Un día estaba haciendo el rancho, y un tipo con aire de policía preguntó:

-¿Hay aquí un oficial que se llama Luis Monroy?

-No; aquí no. Yo al menos no lo conozco.

Le trasladaron a una cárcel de Alcalá. Se hacía llamar como un ordenanza de su padre, que tendría entonces cincuenta años, Segundo Martínez. Se dejaba las barbas, usaba anteojos negros y estaba absolutamente desconocido.

Como sabía conducir le pusieron de chófer en un camión que iba y venía de Madrid a Alcalá. Algunos días conducía solo y tenía qué hacer la carga y descarga, otros llevaba un muchacho como grifo que tenía la condición extraña de dormirse cuando empezaba a marchar el auto y a funcionar el motor.

Un día, al pasar por la calle de Ferraz, por delante de su casa, había gente en los alrededores y tuvo que pararse. En el portal próximo vio que sacaban al dueño de la casa vecina, a don Cenón Garrido, y lo llevaban sin duda para fusilarlo. Recordó con espanto el pronóstico de la tertulia de Silvia. Cierto que a don Cenón no lo arrastraban, pero no le faltaba mucho. A Luis no le conoció nadie.

Oyó decir en la calle que el señor Garrido se había refugiado en una embajada; después le habían dicho que estaban robando su finca y la preocupación de propietario superó a su miedo y por la mañana fue a verla y el portero avisó a una patrulla de milicianos que le había prendido y le llevaba a fusilar.

El caso le dio a Luis ganas de escaparse a la carrera. Una mañana después cargó su camión en un depósito del paseo de las Delicias. El chico, medio simple o mal alimentado, al cuarto de hora estaba completamente dormido.

Llegaron tarde a Alcalá. El almacén donde había que descargar fuera del pueblo estaba cerrado. El chico se fue a buscar un sitio donde poder dormir. A Luis se le ocurrió continuar con su camión por la carretera. Cerca de Torija encontró a un grupo de milicianos:

-¡Alto! -le dijeron echándose el fusil a la cara.

Se paró.

-¿A dónde vas, camarada?

-Voy a Guadalajara con el carbón y se me ha hecho tarde.

-¿Sabes el santo y seña?

-Yo no sé nada.

-Bueno. Pues sigue adelante.

Antes de llegar a Guadalajara dejó el camión en la carretera y se echó a dormir algunas horas. Cuando se despertó estaba empezando a amanecer. Se encontró con unos milicianos de un pueblo próximo. Le detuvieron y decidieron quedarse con el carbón. Los milicianos se repartieron los sacos, llevaron a Luis a un cuartelillo y le inscribieron entre los suyos con el nombre que dio: Juan López García.

Al cabo de algunos días le agregaron a una partida que iba a ocupar un pueblo.

Anduvieron a tiros con unos grupos de fascistas y se acercaron a la Mancha. Lo que Luis quería era alejarse de Madrid y marchar donde nadie le conociera.

En el pueblo de la Mancha estuvo en la casa de un cosechero rico y la hija de la casa se llegó a interesar por él. De la Mancha fue a Andalucía, de donde contaba cosas horribles. Había visto personas a las que iban a fusilar con un collar de ojos de personas al cuello. Como en todas las guerras españolas, el sadismo aparecía más en el sur que en el norte. En el norte era más la brutalidad simple: el fusilamiento y el incendio.

Herido en la pierna, Luis volvió al pueblo de la Mancha y se casó con la hija del cosechero.

Había quedado un poco cojo.

La familia de su mujer tenía amistades en Alicante y fueron allí. La documentación de Luis no era muy clara y no podía presentarse en ninguna oficina con garantías de no ser detenido. Como era hombre de voluntad, decidió escapar. El único procedimiento que encontró fue el salir un día a nado y abordar a un barco a la salida del puerto. Se preparó durante un mes, yendo a la playa y poniéndose a nadar cada vez más lejos.

Su mujer tomó pasaje para ella y para él en un paquebote que iba a Argelia y el día de la partida en que ella esperaba en el barco, Luis llegó a la escalerilla, casi desmayado de cansancio, subió a la cubierta y se tendió en el suelo. Le llevaron a un camastro y le abrigaron con mantas. El barco se dirigió a Orán. Pasó en esta ciudad el matrimonio unos meses y después fueron los dos a Marsella y de Marsella a Bayona.

«Tu hermano Luis -concluía diciendo Silvia en su carta-, ha tomado un aire de viejo y de raído. Se le nota en su cara, como en su moral, lo que antes no se le notaba tanto. Se ve en sus facciones el egoísmo y el espíritu mezquino. Su mujer es una aldeana con aire de tosca y voluntariosa y creo que tú no podrías entenderte con ella.»

Silvia nunca había tenido simpatía por Luis. Entre ellos había pasado algo y se odiaban. Añadió que Luis había hecho gestiones para entrar en España en el lado blanco, pero sus gestiones habían sido infructuosas.

-Yo, la verdad, no me casaría con él aunque quedara viudo -dijo de pronto Mercedes a Laura.

-¿Y por qué?

-Primero porque él no querría, después porque yo no lo querría tampoco. Eso ha pasado para mí ya para siempre.

-¡Pobre Luis! Parece que todos os ponéis en contra de él. Yo no digo que no tenga defectos, pero ahora, sin duda, no se le perdona nada.


Tan sólo he de hacer dos anotaciones al texto, pasando por alto que Baroja califique de pueblo a Alcalá. La primera es el extraño uso de la palabra grifo para calificar al muchacho que le acompañaba en el camión. El DRAE no aporta ninguna ayuda, ya que ni la segunda acepción “Dicho de una persona: De pelo ensortijado que indica mezcla de las razas blanca y negra” marcada como arcaísmo, ni la tercera “Entonado, presuntuoso” coloquial encajan en el contexto. Fue gracias a la inteligencia artificial de Google, lo reconozco, donde encontré otra más coherente:


El término “grifo” no es una palabra técnica oficial en el sector del transporte, sino que pertenece al argot o jerga popular de los camioneros. Se utiliza principalmente en países de América Latina con dos posibles significados:

Ayudante o “mozo de carga”; es la persona que acompaña al conductor para ayudarle con las maniobras, cargar y descargar la mercancía o vigilar el vehículo.

Segundo conductor (relevo): Otro chófer profesional que viaja en la cabina para relevar al conductor principal y así cumplir con las largas distancias sin detener el camión.


Así pues, habrá que dejarlo como acompañante, ya que entonces no se utilizaba el término copiloto. Cabe suponer que Baroja conociera este peculiar adjetivo hoy completamente olvidado al menos en España.

El segundo punto no es tan disculpable:


Llegaron tarde a Alcalá. El almacén donde había que descargar fuera del pueblo estaba cerrado. El chico se fue a buscar un sitio donde poder dormir. A Luis se le ocurrió continuar con su camión por la carretera. Cerca de Torija encontró a un grupo de milicianos:

-¡Alto! -le dijeron echándose el fusil a la cara.

Se paró.

-¿A dónde vas, camarada?

-Voy a Guadalajara con el carbón y se me ha hecho tarde.

-¿Sabes el santo y seña?

-Yo no sé nada.

-Bueno. Pues sigue adelante.

Antes de llegar a Guadalajara dejó el camión en la carretera y se echó a dormir algunas horas.


Basta con consultar un mapa para comprobar que saliendo de Alcalá por la entonces carretera nacional en dirección contraria a Madrid difícilmente podría seguir hasta Guadalajara encontrándose cerca de Torija, ya que esta población está a 20 kilómetros pasada la capital provincial. Y tampoco se puede interpretar que diera la vuelta, puesto que los milicianos le dicen que siga adelante. Así pues, mucho me temo que aquí a Baroja se le coló un buen gazapo.


Publicado el 24-6-2026