Los bolsilibros reescritos



Antes de nada es necesario precisar qué es lo que entiendo por bolsilibros reescritos, diferenciándolos de las reediciones. Mientras en las reediciones el texto permanece inalterado o bien con modificaciones mínimas, con independencia de que puedan variar el título o el seudónimo del autor, considero reescrituras a todos aquellos casos en los que, aun existiendo un evidente vínculo argumental, y a veces también narrativo, con un bolsilibro anterior, se trata de una versión diferente con menores o mayores variantes con respecto al original.

Y si en el caso de las reediciones1 su seguimiento ya resultaba complejo, aquí la dificultad es todavía mayor dada la inevitable subjetividad con la que ha de ser hecha la comparación, así como la imposibilidad práctica de leer la totalidad de los más de tres mil bolsilibros de ciencia ficción publicados en las distintas colecciones, parte de ellos inencontrables. Por ello, he de advertir que el artículo está sujeto a estas importantes limitaciones, por lo cual cabe suponer que diste mucho de abarcar todos los casos; pese a ello, considero importante reseñar aquéllos en los que sí he conseguido encontrar -o al menos así lo pienso- algún tipo de vínculo.

Porque, a diferencia de las reediciones donde pocas dudas caben sobre su naturaleza, aquí nos encontramos con un abanico de posibilidades que van desde ligeras semejanzas, reales o supuestas, a reescrituras evidentes. Así pues, intentaré considerar todas las posibilidades poniendo ejemplos concretos cuando disponga de ellos.

Empezaremos por las similitudes más sutiles y, por lo tanto, más difíciles de determinar; de hecho, no voy a poner ejemplos concretos limitándome a describirlas. Solía ocurrir, al menos entre los escritores más prolíficos, que tarde o temprano acababan repitiéndose, algo lógico teniendo en cuenta que escribían las novelas a destajo para, una vez terminadas, olvidarse inmediatamente de ellas embarcándose en la escritura de la siguiente. Aparte de que la imaginación tiene un límite, estos autores solían manejar un número reducido de esquemas argumentales, o guiones, por lo que por muchas variaciones que introdujeran eran inevitables estos parecidos. Sospecho que muchas veces ni siquiera serían conscientes de ellos, aunque en ocasiones les vendría bien tirar de fondo de armario para salvar el bache de una momentánea falta de ideas.



Subiendo un peldaño nos encontramos con lo que podríamos denominar parecidos razonables, fueran o no deliberados. Éste es el caso de dos novelas independientes de Pascual Enguídanos o, si se prefiere, de George H. White, no pertenecientes ni a la Saga de los Aznar ni a ninguna de sus series cortas: El día que descubrimos la Tierra, publicada en 1962 con el número 221 de Luchadores del Espacio, e Intrusos siderales -no hay que confundirla con el título homónimo de la citada colección-, única contribución del autor a La Conquista del Espacio, que lo fue en 1971 con el número 57.

En ambas novelas se narra la llegada a la Tierra de una astronave procedente de otro planeta, con la singularidad de que está tripulada por robots dado que, a causa de las restricciones impuestas por la Teoría de la Relatividad a las velocidades supralumínicas, los viajes interestelares son demasiado largos para la breve vida humana. En los dos casos el argumento se centra en la interacción entre terrestres y robots con el inevitable choque cultural, planteado con habilidad por el escritor valenciano. No quiere esto decir que haya que considerar a Intrusos siderales una copia de El día que descubrimos la Tierra, ya que no lo es en absoluto; pero sí llama la atención que sobre todas sus diferencias exista una clara similitud argumental, ignoro si deliberada o casual.



Pasamos ahora a otro de los más conocidos autores de ciencia ficción españoles, Ángel Torres Quesada, al que le he encontrado un caso similar entre Un mundo llamado Badoom, su ópera prima (nº 233 de Luchadores del Espacio, 1963), e Intriga galáctica (nº 520 de La Conquista del Espacio, 1980). La primera es una novela independiente -obviamente Ángel todavía no se había planteado su epopeya galáctica- aunque ya contiene el germen de sus argumentos posteriores, mientras la segunda pertenece al ciclo del Orden Estelar.

Aquí la similitud es también patente en la línea argumental: En el marco de una implacable pugna entre el Imperio Galáctico gobernado por la Tierra y unos poderosos seres reptiloides en la cual ambos se disputan la hegemonía de la galaxia, aparece un remoto y atrasado planeta poblado por descendientes de antiguos colonos terrestres, el cual no revestiría mayor interés para ninguno de los dos bandos de no mediar una circunstancia: este planeta es el único lugar del universo conocido donde se encuentra una misteriosa sustancia que resulta vital para los intereses de la Tierra, la cual mantiene en secreto su talón de Aquiles aunque no puede evitar que sus enemigos lo descubran, lo que motivará unos complicados juegos políticos de unos y otros, los primeros para asegurarse el suministro y los segundos para impedírselo.



Donde sí se puede hablar con conocimiento de causa de una reescritura premeditada es en la reedición de la Saga de los Aznar. Y aunque su historia es sobradamente conocida, no está de más recordarla. Originalmente se había publicado en la colección Luchadores del Espacio entre los años 1953 y 1958, y en 1974, pasadas más de dos décadas y cuando la colección era ya tan sólo un recuerdo, la editorial Valenciana propuso a Pascual Enguídanos la reedición de sus treinta y tres novelas. Éste aceptó pero, consciente de que habían quedado anticuadas y asimismo contenían errores científicos de bulto, en un gesto insólito y sin parangón alguno en el ámbito de la literatura popular decidió ir mucho más allá, embarcándose en la tarea de revisarla en su totalidad. Esta revisión supuso la reescritura completa de los cuatro primeros títulos -Los hombres de Venus, El planeta misterioso, La ciudad congelada y Cerebros electrónicos, suprimiéndose El planeta misterioso al reducir Enguídanos la extensión del episodio que abarcaban en su conjunto. Sin llegar a este extremo las siguientes novelas sufrieron importantes modificaciones e incluso otra de ellas, Dos mundos frente a frente, también desapareció, aunque por lo general la magnitud de los cambios se fue reduciendo hasta convertirse en pequeños retoques al final de la serie.

En 1975, una vez terminada la reedición de la Saga original, Enguídanos se embarcó en su continuación con otros veinticuatro títulos inéditos a los que se sumó Robinsones cósmicos, una novela vinculada colateralmente con la serie que no había sido publicada en su momento y fue también revisada, así como otras cuatro independientes que fueron reeditados -esta vez sin cambios- intercalados entre las nuevas entregas para darle un respiro al agobiado escritor, incapaz de mantener, con su escritura minuciosa y pausada, el ritmo de una nueva entrega cada quince días.



Pero Enguídanos nos reservaba otra sorpresa. La otra Tierra (nº 49, 1976), una de las novelas presuntamente originales de la continuación de la Saga, era en realidad la reescritura de la antigua Llegó de lejos (nº 69 de Luchadores del Espacio, 1956), cuyo argumento, que a mí siempre me ha recordado un tanto al de la conocida película Ultimátum a la Tierra, fue modificado por el autor para encajarlo en la trama de ésta. No voy a opinar sobre si la transformación resultó acertada o no, aunque en su momento envié a la editorial una airada carta de protesta recibiendo como respuesta que se había tratado de una iniciativa del propio autor.

Llegamos ahora a los casos más sorprendentes con los que me he encontrado, dos novelas que cuentan con sendas versiones alternativas a las que se puede considerar como una reescritura completa, sin que a diferencia de las de Enguídanos les haya podido encontrar explicación alguna.



El primero es el doblete formado por Un cadáver en el aerolito y Llegó del espacio, ambas firmadas por Henry Keystone (Enrique Montoro Sagristá). La primera apareció publicada en 1959 con el número 153 de Luchadores del Espacio, y la segunda en 1976 con el número 24 de Galaxia 2001. Su argumento es similar: el hallazgo fortuito del cadáver de un hombre del espacio procedente de más allá del Sistema Solar permite, gracias a los planos que portaba, construir una astronave interestelar con la que los protagonistas -curiosamente sus nombres también cambian de una a otra versión- viajan al planeta de origen del muerto, donde auxiliarán a sus habitantes en la guerra que mantienen con unos peligrosos enemigos, logrando la victoria final.

Puesto que Luchadores del Espacio llevaba trece años cerrada y habían pasado diecisiete desde la publicación de Un cadáver en el aerolito, bastantes más de los diez fijados entonces por la ley durante los cuales el autor cedía a la editorial los derechos de edición, no se entiende que Andina, una editorial que no se caracterizaba precisamente por tener demasiados escrúpulos a la hora de arramblar con novelas antiguas de otras colecciones, publicara una versión diferente de la novela en lugar de limitarse a reeditar la antigua.

La única explicación posible que encuentro a tan insólita iniciativa es la hipótesis de que el autor no dispusiera de la versión publicada en Luchadores del Espacio sino de la otra, posiblemente anterior, que pudo no haber sido aceptada en su momento por Valenciana, lo que le habría obligado a reescribirla. Porque lo que no me cuadra es que optara por reescribir Llegó del espacio ex-profeso para Galaxia 2001, un trabajo innecesario cuando esta colección se nutría básicamente de reediciones.

Aunque tampoco puedo afirmarlo con certeza, el hecho de que Montoro tampoco aprovechara para publicar sus otras tres novelas puede ser un indicio de que no disponía ni de las versiones definitivas de los originales -las editoriales solían no devolverlos, y entonces era dificultoso guardar copias- ni de los bolsilibros impresos.



El segundo caso de versiones alternativas corresponde a María Victoria Rodoreda, la única mujer que escribió bolsilibros de ciencia ficción con asiduidad bajo un inusitado número de seudónimos. Y aquí nos encontramos con una situación similar a la anterior, aunque con características propias que la convierten en más compleja.

La hora de las células, firmada como Marcus Sidéreo, su seudónimo más habitual, fue publicada por vez primera en 1969 con el número 41 de la segunda etapa de la colección Ciencia Ficción de la editorial Toray, y reeditada dos veces ¡en el mismo año!, 1980, la primera bajo idéntico título y seudónimo con el número 196 de Galaxia 2001, y la segunda camuflada como ¡Células! y firmada por Ralph Benchmark con el número 31 de la colección Infinitum de Producciones Editoriales, esta última, al igual que Galaxia 2001, especializada en refritos.

Aunque a la novela de Infinitum se le cambiaron el título y el seudónimo, probablemente para evitar posibles problemas legales con la editorial Andina, tanto ésta como la de Galaxia 2001 son simples reediciones de la original de Toray, variando únicamente el envoltorio pero manteniendo el texto en ambos casos.

No ocurrió lo mismo con la versión que también en 1980 -ya es casualidad- apareció con el número 1 de la efímera colección Ciencia Ficción de la editorial R.O., bajo el título Las moléculas y firmada como Robert Delaine; una variante de Robert Delaney, uno de los seudónimos de Juan Almirall Enciso, esposo de María Victoria Rodoreda y prolífico autor de bolsilibros aunque no abordó la ciencia ficción. A diferencia de las anteriores, y de forma similar a lo que ocurría con Llegó del espacio, Las moléculas es una versión diferente de La hora de las células donde se mantiene el argumento -unos exploradores descubren un extraño planeta gobernado por una civilización robótica, mientras los humanos han quedado relegados a la condición de células errantes que rondan alrededor del planeta emanando una radiactividad mortal- pero totalmente reescrita e incluso con los nombres propios cambiados.

La explicación, o mejor dicho la interpretación, que le doy es la misma que en el caso anterior, con matices. Es evidente que la autora sí conservaba el texto original publicado en 1969, puesto que lo aprovechó para dos reediciones distintas; pero puede que lo más probable sea que, en vez de hacerlo en una tercera, algo quizás complicado, optara por rescatar una hipotética versión previa que, por las razones que fueran, había quedado sin publicar.

Resulta llamativo que no usara para ésta uno de sus múltiples seudónimos sino el más conocido de su esposo y además modificado, aunque esto último pudo deberse a un error tipográfico de la editorial, algo nada infrecuente. Pudiera ser también, aunque aquí sólo podemos conjeturar, que Juan Almirall hubiera escrito originalmente la novela sin llegarla a publicar, siendo más tarde revisada y reescrita por su esposa publicándola en la colección de Toray con uno de sus seudónimos; pero puesto que ninguno de los dos vive, no es posible averiguarlo.

Y eso es todo por el momento. Soy consciente de que deben existir más ejemplos de estos curiosos casos, puede incluso que sean bastantes, pero habrá que descubrirlos.




1 Las reediciones de bolsilibros.


Publicado el 30-9-2021