Alcalá de no sólo Henares (III)
El Villamalea





Antiguo curso del Villamalea sobre la Alcalá actual
Rojo, cauce original desde el prado de Villamalea hasta Atilano Casado
Verde, Desvío de García de Loaysa por la calle Azucena
Azul, desvío por Caballería Española y Marqués de Alonso Martínez



Si ya de por sí el modestísimo Bañuelos es un arroyo muy poco conocido en Alcalá el Villamalea es prácticamente desconocido, algo que está justificado por el hecho de que este antiguo afluente del Henares desapareció por completo y de él no queda más rastro que su nombre en el callejero.

Y sin embargo, su existencia fue importante para Alcalá hasta hace relativamente poco tiempo. Pero para entenderlo mejor, será conveniente que recordemos la estructura geológica sobre la que se asienta nuestra ciudad.

El valle del Henares es conocido por ser un ejemplo extremo de disimetría fluvial durante la mayor parte de su recorrido. Definido de una manera sencilla, un valle disimétrico es aquél cuyas dos márgenes son diferentes, en contraposición a los valles simétricos en los que el río lo divide en dos partes morfológicamente similares.

Basta una simple observación para comprobar que las dos márgenes del Henares no pueden ser más dispares. La izquierda, conocida en Alcalá como los cerros, es abrupta y escarpada, siendo habitual que el curso del río haya formado cortados de considerable altura. Asimismo sus partes más elevadas, las mesetas superiores de los cerros del Ecce Homo y del Viso, se alzan casi doscientos cincuenta y casi doscientos metros respectivamente sobre el cauce del río pese a que su distancia en horizontal no llega al kilómetro en ninguno de los dos casos, razón por la que sus vertientes norte, las que miran hacia Alcalá, presentan unas encrespadas pendientes.

Por el contrario, la derecha es completamente distinta. Alcalá, a excepción de algunos de sus barrios más recientes, se asienta en la llanura aluvial más cercana al curso del río a muy poca altura sobre la ribera, lo que a lo largo de la historia ha causado numerosas riadas. Este terreno es prácticamente llano y tiene una altitud de alrededor de unos 590 metros sobre el nivel del mar; en concreto la placa del Instituto Geográfico Nacional adosada a la fachada del Ayuntamiento marca 588,1 metros, mientras en la Magistral son 587,8 y en la estación 590,8, y las riberas del Henares se encuentran en torno a los 580. Entre el Ayuntamiento y la estación hay tan sólo 2,7 metros de diferencia para una distancia en línea recta de unos 820 metros, lo que supone una pendiente mínima.




Escalera que salva el desnivel entre las calles Alalpardo y Alcor


No obstante, si nos remontamos en dirección norte hacia el Campo del Ángel, el Ensanche, el Centro Universitario Cardenal Cisneros o el campus de la Universidad, veremos como llega un momento en el que nos encontramos con un escarpe que, aunque muy modificado por el crecimiento urbanístico de Alcalá, sigue siendo perfectamente perceptible, alcanzando su mayor pendiente entre las calles Alalpardo y Alcor, donde una escalera salva los aproximadamente diez metros de desnivel, equivalente a la altura de un edificio de tres o cuatro plantas. Este escarpe, tras el cual el terreno vuelve a ser llano, corresponde al borde de la segunda terraza fluvial, situado en la cota de los 600 metros, y ha sido modelado por la erosión del Henares por el sur, el Camarmilla por el oeste y el desaparecido Villamalea por el este.

El escarpe, alejado del casco urbano hasta la segunda mitad del siglo XX, tuvo importancia en el pasado ya que en él, o en sus proximidades, brotaban varios manantiales y fuentes que constituyeron los primeros abastecimientos de agua de Alcalá junto con los tradicionales pozos. Los principales eran el del Chorrillo, junto a la actual rotonda; el de la Mina, en la parte baja de la calle del Padre Llanos; el del Caño Gordo, junto a la finca del mismo nombre en la avenida de Meco; el de Villamalea, en la confluencia de la carretera de Meco con la autovía, y el del Carmen, en el campus de la Universidad.




Prosaico aspecto actual de la fuente de la Mina,
conectada a la red de suministro de agua potable


Durante siglos estos manantiales se aprovecharon con fuentes y abrevaderos construidos in situ o mediante viajes de agua que conducían ésta hasta distintos puntos de la ciudad. Aunque con el tiempo estos primitivos abastecimientos se fueron abandonando, algunos de ellos como la fuente del Carmen, situada junto al convento de las Carmelitas de Afuera, que traía el agua desde el manantial homónimo, o la de la Mina resultaron fundamentales para paliar la acuciante escasez de agua potable que padeció Alcalá hasta que en 1982 entró en servicio el embalse de Beleña. De hecho, yo recuerdo haber hecho más de un viaje desde mi casa hasta la Mina, y era una buena caminata, cargados de garrafas de plástico para poder disponer de un bien tan fundamental que se negaba a salir por el grifo.




Antiguo abrevadero del Caño Gordo, actualmente en el campus de la Universidad


De todos ellos el de Villamalea fue el que en su momento adquirió mayor relevancia ya que a partir del siglo XIX se constituyó en el principal suministro de agua potable de la ciudad, situación que se mantuvo hasta que, al ser insuficiente, en la década de 1940 entró en funcionamiento el azud del Sorbe situado en Humanes, cerca de la desembocadura de este río en el Henares, precedente del actual embalse de Beleña.




Uno de los pozos del antiguo viaje de agua del Villamalea


A partir de entonces la antigua toma de agua del Prado de Villamalea -éste era el nombre del paraje donde se encontraba- quedó en desuso. Recuerdo que en una ocasión mi padre me llevó a un terreno situado junto a la carretera de Meco algo más allá de la tapia norte de la base militar Primo de Rivera, entonces CIR nº 2, posteriormente acuartelamiento de la Bripac y en la actualidad sin uso, donde me enseñó un pozo diciéndome que era la toma de agua del Villamalea.

En realidad se trataba de uno de los pozos de registro que jalonaban el viaje de agua, pero no el primero puesto que la toma se realizaba más allá. Por donde calculo que se encontraba este pozo discurren ahora las calzadas del nudo de enlace entre la autovía y la carretera de Meco, y observando fotografías aéreas de esta zona se aprecia la existencia allí de una zona encharcada de casi 50 metros de largo por unos 15 de ancho. Dado que se encuentra entre dos ramales vallados es imposible acceder a ella para estudiarla en detalle, pero todo hace suponer que se trate de un afloramiento del antiguo viaje de agua, o del nivel freático del terreno, afectado por la construcción de la autovía en 1982.




Encharcamiendo producido por las aguas de Villamalea en la confluencia de la autovía A-2 con la carretera de Meco


Estos pozos de registro estaban tapados por unas piedras piramidales que servían para identificarlos, algunos de los cuales todavía se conservan en lo poco que queda sin urbanizar del antiguo Prado de Villamalea, en la margen izquierda de la carretera de Meco frente a la rotonda que da acceso a la escuela politécnica de la Universidad y la sede de la Biblioteca Nacional, tal como explican Miguel Martín-Loeches Garrido y Luis F. Rebollo Ferreiro en su monografía Aguas superficiales y subterráneas del campus.

Lo que no he podido determinar con exactitud es el lugar donde tenía lugar la toma de agua, es decir, el inicio del viaje, aunque lo más probable es que fuera algo más al norte, en el límite con los términos de Meco y Camarma en torno a la cota de los 620 metros, aproximadamente por donde discurre en la actualidad la autopista R-2. Esta zona es rica en agua subterránea, como lo demuestran el humedal de El Sueño, al norte de Espartales, y la laguna de Meco, tras el complejo penitenciario, situados respectivamente al oeste y al este del prado de Villamalea y surgidos en ambos casos por extracciones de áridos que hicieron aflorar el agua del cercano nivel freático.




Línea de pozos de registro del viaje del Villamalea, a la izquierda de la carretera de Meco. El edificio
que aparece parcialmente en la esquina superior derecha es el almacén de la Biblioteca Nacional


Conviene no confundir el viaje de agua del Villamalea con el arroyo homónimo ya que, aunque ambos compartían sus respectivas cabeceras, el primero era una conducción subterránea y el segundo un cauce natural. El Villamalea carecía de un caudal regular de agua y en realidad se trataba de una pequeña vaguada por la que discurrían el agua de lluvia y los excedentes del propio afloramiento cuando éste rebosara, algo que pese a no ocurrir muy a menudo causaba en ocasiones considerables trastornos tal como veremos más adelante. Esta vaguada se aprecia perfectamente en las márgenes de la carretera de Meco en el tramo que ésta bordea el campus de la Universidad, y secciona la meseta de los 600 metros remontándose hasta aproximadamente los 620. Aunque lo habitual sería que por ella no corriera agua, el nivel freático estaba, y sigue estando, a una profundidad muy superficial.

A partir de la actual glorieta que da acceso a la Escuela Politécnica y al barrio Ciudad 10 el Villamalea discurría paralelo a la carretera de Meco. Aunque prácticamente ha desaparecido su cauce original a causa de las transformaciones urbanísticas, todavía se pueden apreciar algunos vestigios. Entre la calle Villamalea y la autovía, e incluso entre algunas de las calzadas del nudo de enlace de la carretera con la autovía, las fotografías aéreas de Google Maps reflejan restos del antiguo curso, y el pequeño parque lineal que recorre Ciudad 10 de norte a sur pudiera estar trazado sobre éste, aunque la urbanización de la zona ha borrado cualquier posible rastro. Resulta también significativo que el encharcamiento del interior del nudo al que hice alusión anteriormente se encuentre justo frente al tramo del cauce, lo que difícilmente puede atribuirse a la casualidad.




Antiguo cauce del Villamalea. Obsérvese la diferencia de altura con ambas orillas


Justo al otro lado del nudo vuelve a aparecer el cauce, que recorre unos 250 metros entre la carretera de Meco y la tapia de la base militar hasta poco antes de llegar a la rotonda de la Bripac. Como cabía suponer cuando pasé por allí estaba seco, pese a lo cual la frondosidad del terreno y la abundancia de junqueras eran una señal inequívoca de la existencia de agua subterránea, algo que parecía corroborar la presencia de una pequeña charca pese a que hacía bastante tiempo que no llovía.




Pequeña charca en la parte final del cauce


A unos 50 metros de la rotonda de la Bripac, aproximadamente a la altura del paso de cebra, la carretera y la tapia de la base militar se acercan hasta comerse el cauce, que desaparece de forma definitiva borrado por la trama urbana de la ciudad. No obstante, resulta sencillo seguir su recorrido guiados por las crónicas antiguas; lo que no queda claro es si seguía discurriendo por un cauce o si sus aguas se acababan derramando por las tierras de labor y los caminos que las atravesaban. En cualquier caso, hay constancia de que discurría -utilizo la toponimia actual para facilitar la lectura- por la avenida de Meco y la calle Sarmiento de Gamboa hasta llegar al cruce conocido tradicionalmente como del Castaño, donde ésta confluye con las de Ferraz, Doctora de Alcalá y Caballería Española.

Continuaba el Villamalea, o mejor dicho sus aguas cuando las llevaba, por la calle Doctora de Alcalá, bordeaba la ermita de San Isidro, que siempre padeció serios problemas con las humedades, y seguía, según las crónicas, por Eras de San Isidro hasta actual plaza de Atilano Casado, llegando a la antigua ronda que hoy ocupa la Vía Complutense aprovechando las pequeñas ondulaciones del terreno. Incluso hasta hace poco era frecuente que se formaran balsas de agua tras una lluvia torrencial en la confluencia de la calle Sebastián de la Plaza con la Vía Complutense, muy cerca del antiguo curso del Villamalea, y también en la hondonada que formaba la plaza de la Cruz Verde, sobre todo en la esquina de la calle Don Juan I.

Como ya he anticipado, pese a su modestia sus avenidas causaron más de una vez serios problemas. Los Annales Complutenses1 relatan la gravísima inundación que padeció Alcalá el 17 de septiembre de 1598, a la que describen como la peor de las provocadas por el Villamalea. Esa noche las aguas desbocadas del riachuelo, engrosadas con las del arroyo del Carmen que llegaban por la Senda Perdida desde los terrenos del campus universitario, entraron impetuosamente por la Puerta de Santiago -Atilano Casado- y la del Rastro Viejo -Diego de Torres- inundando todo el arrabal que se extendía desde las calles Ángel y Talamanca hasta la Cruz Verde así como, ya en el interior del recinto amurallado, las calles Santiago, Mayor y Libreros.

El desastre fue completo. La parroquia de Santiago, que se encontraba en la esquina de las calles Santiago y Diego de Torres, sufrió tan graves daños -se llegó a temer su hundimiento- que el edificio de la que había sido mezquita hubo de ser derribado tan sólo dos años más tarde, construyéndose en su lugar un templo de nueva planta que fue demolido en 1965. En total se arruinaron más de cien casas calculándose los daños en más de 300.000 ducados, aunque por fortuna la riada tan sólo se cobró una vida. Y aún hubo suerte, puesto que de haberse desbordado también el Henares tal como amenazaba la catástrofe habría resultado todavía mayor, al llegar el agua por dos lados diferentes, la del Villamalea por las eras de San Isidro y la del Henares por el Val.

En prevención de futuras riadas el arzobispo García de Loaysa ordenó excavar una zanja para desviar las aguas desde el camino del Ángel -el paseo de la Estación- hasta el Humilladero, una pequeña ermita que se encontraba en el paseo del Val a la altura de la galería comercial Boisán, donde desaguaba en el cercano caz de la isla del Colegio. Y como el Camarmilla también acostumbraba a hacer de las suyas, se excavó una segunda zanja que bordeaba las murallas desde la plaza de Atilano Casado hasta cerca de la Puerta del Vado. Curiosamente ésta no se prolongó desde Atilano Casado hasta la Puerta de Mártires -los Cuatro Caños-, donde habría confluido con la primera, lo que parece indicar que este flanco de la ciudad se consideraba a salvo de las riadas.

La solución debió de ser tan sólo parcial, ya que si bien se evitaron las inundaciones de los barrios situados al norte de Alcalá, el Villamalea siguió creando problemas en la Puerta de Mártires y, presumiblemente, también en el arrabal que comprendía las actuales calles Divino Figueroa, Teniente Ruiz, Cruz de Guadalajara, Encomienda y Divino Vallés, ya que su nuevo cauce discurría por la calle Azucena entre las tapias de las huertas de los conventos de San Diego y de las Carmelitas de Afuera por un lado y el arrabal por el otro, para continuar, ya alejado del caserío, por el paseo del Val o por sus proximidades camino del Humilladero.

Así pues, se hizo necesario otro desvío. Aunque no he podido averiguar cuando se produjo éste, es probable que ocurriera a finales del siglo XVIII, cuando se hicieron diversas obras públicas en Alcalá. En cualquier caso, en 1837 el Villamalea ya no pasaba por allí. De este año es un plano de Alcalá dibujado por Pedro Ortiz de Pinedo, en el cual no aparece el arroyo aunque sí se aprecia lo que parece ser parte de su antiguo cauce, que discurre a lo largo del primer tramo de la calle Azucena, desde la plaza de los Cuatro Caños hasta su confluencia con Giner de los Ríos incluyendo el recodo que describía para salvar la huerta del convento de Afuera.




Plano de Francisco Coello de 1847. La flecha azul indica el antiguo cauce de la calle Azucena
Las flechas rojas, el desvío del Villamalea por Caballería Española y Alonso Martínez


Otro plano de Alcalá, posterior en varios años, es el dibujado por Francisco Coello en 1847, el cual nos aporta más información al abarcar también los alrededores del casco urbano. En él sigue apareciendo la zanja de la calle Azucena, pero lo más interesante se encuentra en lo que ahora es la confluencia de la avenida de Caballería Española con las calles Sarmiento de Gamboa y Doctora de Alcalá. Aquí se aprecia claramente dibujado un canal o acequia al que salva por un pontón el entonces camino de Meco. Es evidente que se trata de la citada desviación del Villamalea, resultando curioso que el canal empiece justo aquí sin que exista el menor rastro de su cauce natural aguas arriba ni tampoco del antiguo en dirección a la ermita de San Isidro, por lo que cabe suponer que éstos no existieran como tales y el desbordamiento siguiera las depresiones del terreno.

En el plano el canal discurre paralelo y muy cercano a un camino que corresponde al actual eje de Caballería Española y Marqués de Alonso Martínez. Cruza la Vía Complutense, antigua carretera de Francia, y la avenida de Juan de Austria, entonces un camino, también bajo pontones, y acaba de forma abrupta un poco más abajo de la confluencia de los dos caminos sobre los que discurren hoy la calle de Alonso Martínez y el paseo de la Alameda, aproximadamente a la altura de la calle Gonzalo de Berceo, sin que en esta ocasión exista aparentemente ningún pontón.




Plano del parcelario de 1870. Las flechas azules indican la calle Azucena


Por último, en el parcelario de 1870, más detallado que los planos anteriores pero que sólo abarca el casco urbano, sigue apareciendo el antiguo cauce que discurría por mitad de la calle Azucena hasta al menos el cruce con Cruz de Guadalajara, sin que se aprecie en los tramos posteriores de la calle. Y como no llega más allá del convento, tampoco contamos con información de su recorrido una vez abandonado el casco urbano, por lo que el segundo desvío del cauce queda fuera.




Detalle del parcelario de 1870. La flecha azul indica la antigua vaguada de la calle Azucena


Volviendo al plano de Coello sorprende la abrupta interrupción del segundo cauce, ya que habría cabido esperar que éste continuara hasta el cercano Humilladero conectando con el de García de Loaysa poco antes de llegar al caz; pero la zona por la que debería haber discurrido, entre el paseo de la Alameda y el del Val, aparece representada como un terreno de cultivo sin el menor rastro de éste. Cabe la posibilidad de que, dada la ausencia de edificios, se hubiera considerado innecesario continuarlo hasta el final, dado que los desbordamientos del arroyo se limitarían a anegar los huertos sin causar mayores daños; pero aquí sólo cabe especular.




Detalle del plano de Francisco Coello de 1847. Los números están referidos a la toponimia urbana actual
1.- Calle Azucena. 2.- Calle Giner de los Ríos. 3.- Calle Marqués de Alonso Martínez. 4.- Canal.
5.- Paseo de la Alameda. 6.- Paseo del Val. 7.- Ermita del Humilladero.


En la década de 1850 se iniciaron los trabajos de construcción de la línea de ferrocarril Madrid-Zaragoza, que en el tramo correspondiente a Alcalá fueron finalizados en junio de 1859. Ésta se cruzaba con el Villamalea en las proximidades del actual paso elevado de la avenida de Meco, pero no he podido determinar si se construyó un pontón para dejar paso libre a las aguas, o si para entonces ya se daba por amortizado a este pequeño arroyo. En cualquier caso hoy no queda de él el menor rastro, ya que tanto las antiguas zanjas que desviaron sus aguas como la de la ronda de la muralla fueron cegadas a finales del siglo XIX, mientras su curso natural fue urbanizado en su práctica totalidad a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Eso es todo lo que puedo decir de este antiguo riachuelo complutense que, pese a su modestia, fue muy importante para la ciudad, para lo bueno y para lo malo, durante varios siglos. Eso sí, conviene no olvidarnos de él; rebuscando en mis papeles encontré una carta que envié al Diario de Alcalá el 31 de mayo de 2011, hace apenas once años. En ésta me hacía eco de un reportaje publicado en este periódico acerca de las fuertes tormentas que llegaron a provocar inundaciones a finales de ese mes, reproduciendo textualmente las declaraciones de un afectado: “Bajaba un río por la carretera de Meco”. Y en fecha tan reciente como el 18 de septiembre de 2018 el periódico digital Dream Alcalá publicaba un reportaje sobre una nueva inundación de la carretera de Meco en el que se incluía un vídeo donde se aprecia que no se trataba de una balsa de agua, algo habitual en una ciudad tan llana como Alcalá, sino que ésta corría en dirección al centro de la ciudad siguiendo el antiguo cauce.

Algo que no es de extrañar, ya que como suele ocurrir con los cursos de agua engullidos por el mal entendido progreso, hasta los más modestos, y el Villamalea no es una excepción, tienden a reclamar tarde o temprano lo que les ha sido arrebatado.




1Annales complutenses. Edición de Carlos Sáez. Institución de Estudios Complutenses (1990). Páginas 629-630.

Ver también:
Alcalá de no sólo Henares (I). El Camarmilla
Alcalá de no sólo Henares (II). El Bañuelos


Publicado el 8-1-2022
Actualizado el 19-1-2022