Alcalá de no sólo Henares (III)
El Villamalea





Antiguo curso del Villamalea sobre la Alcalá actual. El norte está a la derecha.
1.- Prado de Villamalea. 2.- Autovía. 3.- Rotonda de la Bripac.
4.- Vía de ferrocarril. 5.- Ermita de San Isidro. 6.- Plaza de Atilano Casado.



Si ya de por sí el modestísimo Bañuelos es un arroyo muy poco conocido en Alcalá el Villamalea es prácticamente desconocido, algo que está justificado por el hecho de que este antiguo afluente del Henares desapareció por completo y de él no queda más rastro que su nombre en el callejero.

Y sin embargo, su existencia fue importante para Alcalá hasta hace relativamente poco tiempo. Pero para entenderlo mejor, será conveniente que recordemos la estructura geológica sobre la que se asienta nuestra ciudad.

El valle del Henares es conocido por ser un ejemplo extremo de disimetría fluvial durante la mayor parte de su recorrido. Definido de una manera sencilla, un valle disimétrico es aquél cuyas dos márgenes son diferentes, en contraposición a los valles simétricos en los que el río lo divide en dos partes morfológicamente similares.

Basta una simple observación para comprobar que las dos márgenes del Henares no pueden ser más dispares. La izquierda, conocida en Alcalá como los cerros, es abrupta y escarpada, siendo habitual que el curso del río haya formado cortados de considerable altura. Asimismo sus partes más elevadas, las mesetas superiores de los cerros del Ecce Homo y del Viso, se alzan casi doscientos cincuenta y casi doscientos metros respectivamente sobre el cauce del río pese a que su distancia en horizontal no llega al kilómetro en ninguno de los dos casos, razón por la que sus vertientes norte, las que miran hacia Alcalá, presentan unas encrespadas pendientes.

Por el contrario, la derecha es completamente distinta. Alcalá, a excepción de algunos de sus barrios más recientes, se asienta en la llanura aluvial más cercana al curso del río a muy poca altura sobre la ribera, lo que a lo largo de la historia ha causado numerosas riadas. Este terreno es prácticamente llano y tiene una altitud de alrededor de unos 590 metros sobre el nivel del mar; en concreto la placa del Instituto Geográfico Nacional adosada a la fachada del Ayuntamiento marca 588,1 metros, mientras en la Magistral son 587,8 y en la estación 590,8, y las riberas del Henares se encuentran en torno a los 580. Entre el Ayuntamiento y la estación hay tan sólo 2,7 metros de diferencia para una distancia en línea recta de unos 820 metros, lo que supone una pendiente mínima.




Escalera que salva el desnivel entre las calles Alalpardo y Alcor


No obstante, si nos remontamos en dirección norte hacia el Campo del Ángel, el Ensanche, el Centro Universitario Cardenal Cisneros o el campus de la Universidad, veremos como llega un momento en el que nos encontramos con un escarpe que, aunque muy modificado por el crecimiento urbanístico de Alcalá, sigue siendo perfectamente perceptible, alcanzando su mayor pendiente entre las calles Alalpardo y Alcor, donde una escalera salva los aproximadamente diez metros de desnivel, equivalente a la altura de un edificio de tres o cuatro plantas. Este escarpe, tras el cual el terreno vuelve a ser llano, corresponde al borde de la segunda terraza fluvial, situado en la cota de los 600 metros, y ha sido modelado por la erosión del Henares por el sur, el Camarmilla por el oeste y el desaparecido Villamalea por el este.

El escarpe, alejado del casco urbano hasta la segunda mitad del siglo XX, tuvo importancia en el pasado ya que en él, o en sus proximidades, nacían los viajes de agua que constituyeron los primeros abastecimientos de Alcalá junto con los tradicionales pozos. Los principales eran el del Chorrillo, junto a la actual rotonda; el de la Mina, en la parte baja de la calle del Padre Llanos; el del Caño Gordo, junto a la finca del mismo nombre en la avenida de Meco; el de Villamalea, junto a la carretera de Meco; el del Carmen, en el campus de la Universidad, y ya en fechas más tardías y más alejado el de El Sueño, al norte del barrio de Espartales.


Prosaico aspecto actual de la fuente de la Mina (izquierda) y de la del Carmen (derecha),
ambas conectadas a la red de suministro de agua potable


Durante siglos estas aguas subterráneas, canalizadas por viajes de agua, se aprovecharon para fuentes y abrevaderos situados en distintos puntos de la ciudad, ya que salvo en casos muy concretos como el Palacio Arzobispal o algunos conventos y más adelante los cuarteles, todavía faltaba mucho para que se generalizara el suministro en el interior de las viviendas. Aunque con el tiempo estos primitivos abastecimientos se fueron abandonando, algunos de ellos como la fuente del Carmen, situada junto al convento de las Carmelitas de Afuera, que traía el agua desde el manantial homónimo, o la de la Mina resultaron fundamentales para paliar la acuciante escasez de agua potable que padeció Alcalá hasta que en 1982 entró en servicio el embalse de Beleña. De hecho, yo recuerdo haber hecho más de un viaje desde mi casa hasta la Mina, y era una buena caminata, cargados de garrafas de plástico para poder disponer de un bien tan fundamental que se negaba a salir por el grifo.




Antiguo abrevadero del Caño Gordo, actualmente en el campus de la Universidad


De todos ellos el de Villamalea fue con diferencia el que en su momento adquirió mayor relevancia constituyéndose, a partir del siglo XIX, en el principal suministro de agua potable de la ciudad, situación que se mantuvo hasta que, al resultar insuficiente, a finales de la década de 1940 entró en funcionamiento el azud del Sorbe situado en Humanes, cerca de la desembocadura de este río en el Henares, precedente del actual embalse de Beleña. Aun entonces, desconectado ya de la red general de suministro de agua, siguió dando servicio a la base militar Primo de Rivera, cuyos terrenos atravesaba.




Uno de los pozos del antiguo viaje de agua del Villamalea


Recuerdo que en una ocasión mi padre me llevó a un lugar situado junto a la carretera de Meco algo más allá de la tapia norte de la base militar, entonces CIR nº 2, aproximadamente por donde discurre ahora la autovía, enseñándome un pozo del viaje de agua del Villamalea. Era uno de los pozos de registro que lo jalonaban, pero no el primero de ellos puesto que la cabecera del viaje se encontraba en lo que se conocía como el Prado de Villamalea, situado en la margen izquierda de la carretera de Meco en el tramo comprendido entre la rotonda que da acceso a la Escuela Politécnica de la Universidad y el edificio de la Biblioteca Nacional, tal como explican Miguel Martín-Loeches Garrido y Luis F. Rebollo Ferreiro en su monografía Aguas superficiales y subterráneas del campus. Estos pozos de registro estaban tapados originalmente con unas piedras piramidales que servían para identificarlos, algunas de los cuales todavía se conservan en lo poco que queda sin urbanizar de esta zona.

Según Rafael Fernández López1 la captación consistía en una red de pozos y canalizaciones subterráneas que cruzaban el prado, actualmente ocupado por tierras de labor, drenando las aguas del nivel freático y encauzándolas a la conducción principal que llevaba las aguas hasta un depósito situado junto a la Puerta de los Mártires, es decir la plaza de los Cuatro Caños, aunque ya a principios del siglo XX se construyeron otros de mayor capacidad en los terrenos de la que andando el tiempo se convertiría en la base Primo de Rivera, construida inicialmente para sede de un sanatorio psiquiátrico que nunca llegó a funcionar como tal a consecuencia de la Guerra Civil.




Línea de pozos de registro del viaje del Villamalea en el antiguo prado, a la izquierda de la carretera de Meco.
El edificio que aparece parcialmente en la esquina superior derecha es el depósito de la Biblioteca Nacional.


Antes de seguir adelante conviene diferenciar entre el viaje de agua del Villamalea y el arroyo homónimo ya que, aunque ambos compartían el mismo origen, el primero era una conducción subterránea artificial y el segundo un curso de agua natural. El arroyo Villamalea carecía de un caudal regular, tratándose más bien de una pequeña vaguada por la que discurrían el agua de lluvia y los excedentes del propio afloramiento cuando éste rebosaba, algo que pese a no ocurrir muy a menudo en ocasiones causaba considerables trastornos tal como veremos más adelante.

La vaguada se aprecia perfectamente en las márgenes de la carretera de Meco, sobre todo en el tramo en el que ésta bordea el campus de la Universidad, y se remonta más allá del prado seccionando la meseta correspondiente a los 600 metros, hasta alcanzar aproximadamente la cota 620. Resulta difícil fijar con exactitud su límite septentrional debido a que la construcción de la autopista de peaje R-2, inaugurada en 2003, modificó profundamente la topografía de esta zona, pero cabe suponer que se extendería hasta los límites del término municipal de Alcalá con los de Camarma y Meco.

Aunque no se tratara de un curso de agua regular esta zona era y sigue siendo rica en agua subterránea, como lo demuestran el humedal de El Sueño, al norte de Espartales, y la laguna existente tras el complejo penitenciario, situados respectivamente al oeste y al este del Prado de Villamalea y surgidos en ambos casos por extracciones de áridos que hicieron aflorar el agua del cercano nivel freático. Asimismo, en los mapas topográficos nos encontramos con topónimos tan significativos como Las Charcas o La Sangrera en las zonas del término municipal de Meco lindantes con el de Alcalá.




Tramos conservados del cauce del Villamalea (el norte está a la derecha)
Remarcado en rojo, entre la calle Villamalea y la autovía
Remarcado en azul, entre la autovía y la glorieta de la Bripac


A partir aproximadamente de la glorieta que da acceso a la Escuela Politécnica y a Ciudad 10 el Villamalea discurría paralelo a la carretera de Meco. Su cauce prácticamente ha desaparecido a causa de la construcción de Ciudad 10, siendo de suponer que lo hiciera por el jardín lineal que la recorre de norte a sur. No obstante, todavía se pueden apreciar algunos vestigios de éste tanto entre la calle Villamalea y la autovía, como al otro lado de ésta hasta las proximidades de la rotonda de la Bripac.




Antiguo cauce del Villamalea entre la calle Villamalea y la autovía


Entre ambos tramos del cauce se encuentra el nudo de enlace de la autovía con la carretera de Meco, que lo cortó, lo que impide realizar un seguimiento in situ. No obstante, la existencia de un drenaje de considerable tamaño bajo la primera calzada parece sugerir que los ingenieros tuvieron en cuenta la posibilidad de que por allí pudiera correr el agua. Consultando las fotografías aéreas de Google Maps parece apreciarse la continuidad del cauce entre las sucesivas calzadas, cinco en total entre las principales y las secundarias, resultando llamativo que entre las dos últimas aparezca una zona encharcada de casi 50 metros de largo por unos 15 de ancho. Aunque en un principio pensé que pudiera tratarse de un afloramiento del antiguo viaje de agua afectado por la construcción de la autovía en 1982, gracias a las precisas indicaciones de Rafael Fernández López sabemos que éste discurría unos doscientos metros más al oeste, bajo los terrenos ocupados por la residencia de ancianos Francisco de Vitoria y la base Primo de Rivera, y por lo que indica en su libro no fue cortado por la construcción de la autovía.




Drenaje bajo la calzada norte del nudo de enlace de la autovía en el cauce del Villamalea


Por esta razón, y dado que la zona encharcada se encuentra justo sobre el antiguo cauce del Villamalea, es de suponer que se trate de un afloramiento de la capa freática, quedando retenida el agua por el talud de la calzada más meridional que, sorprendentemente, carece de aliviadero.




Encharcamiendo producido por las aguas del Villamalea en la confluencia de la autovía A-2 con la carretera de Meco


Al otro lado del nudo vuelve a aparecer el cauce, que recorre unos 250 metros discurriendo entre la carretera de Meco y la tapia de la base militar hasta poco antes de llegar a la rotonda de la Bripac. Como cabía suponer cuando pasé por allí estaba seco, pese a lo cual la frondosidad del terreno y la abundancia de junqueras son una señal inequívoca de la existencia de agua subterránea, algo que parecía corroborar la presencia de una pequeña charca pese a que hacía bastante tiempo que no llovía.




Antiguo cauce del Villamalea. Obsérvese la diferencia de altura con ambas orillas


A unos 50 metros de la rotonda de la Bripac, aproximadamente a la altura del paso de cebra, la carretera y la tapia de la base militar se acercan hasta comerse el cauce, que desaparece de forma definitiva borrado por la trama urbana de la ciudad. No obstante resulta sencillo reconstruir su recorrido guiados por las crónicas antiguas, utilizando la toponimia actual para facilitar el seguimiento: continuaba por la avenida de Meco y la calle Sarmiento de Gamboa hasta llegar al cruce conocido tradicionalmente como del Castaño, donde esta última confluye con Alfonso de Zamora, Ferraz, Doctora de Alcalá y Caballería Española. El tramo correspondiente a la antigua carretera de Meco era un camino flanqueado con campos de labor y el cauce del Villamalea discurría paralelo a él, lo que creaba problemas cuando las aguas se desbordaban.




Pequeña charca en la parte final del cauce


Discurría el Villamalea, o mejor dicho sus aguas cuando las llevaba, por la calle Doctora de Alcalá, bordeaba la ermita de San Isidro, que siempre padeció serios problemas con las humedades, y continuaba por Eras de San Isidro hasta actual plaza de Atilano Casado, llegando a la antigua ronda que hoy ocupa la Vía Complutense. Hasta hace pocos años era frecuente que tras una lluvia torrencial se formaran balsas de agua en la confluencia de la calle Sebastián de la Plaza con la Vía Complutense, en la calle del Ángel y en la hondonada que formaba la plaza de la Cruz Verde, sobre todo en la esquina de Don Juan I, un vestigio del rumbo que seguían las aguas por el desaparecido cauce.

Cabe suponer que en su día el Villamalea continuara, a través de un cauce o bien siguiendo las ondulaciones del terreno, hasta confluir con el antiguo paleocauce del Camarmilla que bajaba por el paseo de los Pinos, pero la construcción de la ciudad medieval modificó la topografía del terreno aunque durante siglos no logró evitar estas vías de entrada de las riadas.

Como ya he anticipado, pese a la modestia de este arroyo sus avenidas causaron más de una vez serios problemas. Los Annales Complutenses2 relatan la gravísima inundación que padeció Alcalá el 17 de septiembre de 1598, a la que describen como la peor de las provocadas por el Villamalea. Esa noche las aguas desbocadas del riachuelo, engrosadas con las del arroyo del Carmen que llegaban por la Senda Perdida desde la parte baja del campus universitario donde se asienta el edificio de Ciencias, entraron impetuosamente por la Puerta de Santiago -Atilano Casado- y la del Rastro Viejo -Diego de Torres- inundando todo el arrabal que se extendía desde las calles Ángel y Talamanca hasta la Cruz Verde así como, ya en el interior del recinto amurallado, las calles Santiago, Mayor y Libreros.

El desastre fue completo. La parroquia de Santiago, que se encontraba en la esquina de las calles Santiago y Diego de Torres, sufrió tan graves daños -se llegó a temer su hundimiento- que el edificio de la que había sido mezquita hubo de ser derribado tan sólo dos años más tarde, construyéndose en su lugar un templo de nueva planta que fue demolido en 1965. En total se arruinaron más de cien casas calculándose los daños en más de 300.000 ducados, aunque por fortuna la riada tan sólo se cobró una vida. Y aún hubo suerte, puesto que de haberse desbordado también el Henares, tal como amenazaba, la catástrofe habría resultado todavía mayor al llegar el agua por dos lados diferentes, la del Villamalea por las eras de San Isidro y la del Henares por el Val.




Desvíos del Villamalea sobre la Alcalá actual
Rojo, curso inicial. Azul, zanja de García de Loaysa. Amarillo, malecón.
1.- Caballería Española. 2.- Paseo de la Estación. 3.- Plaza de Atilano Casado. 4.- Puerta de Mártires (Cuatro Caños).
5.- Convento de las Carmelitas de Afuera. 6.- Plaza de la Juventud. 7.- Caz de la isla del Colegio.


En prevención de futuras riadas el arzobispo García de Loaysa ordenó excavar una zanja para desviar las aguas desde el camino del Ángel -el paseo de la Estación- hasta el Humilladero, una pequeña ermita situada en el paseo del Val, desde donde desaguaba en el cercano caz de la isla del Colegio. Y como el Camarmilla también acostumbraba a hacer de las suyas, se excavó una segunda zanja que bordeaba las murallas desde la plaza de Atilano Casado hasta las proximidades de la Puerta del Vado. Curiosamente ésta no se prolongó desde Atilano Casado hasta la Puerta de Mártires -los Cuatro Caños-, donde habría confluido con la primera, lo que parece indicar que este flanco de la ciudad se consideraba a salvo de las riadas.

El nuevo cauce discurría por Sebastián de la Plaza, bordeaba la puerta de Mártires y continuaba por el exterior de la cerca de la calle Azucena, entre las tapias de las huertas de los conventos de San Diego y de las Carmelitas de Afuera por un lado y el arrabal que se extendía por Divino Figueroa, Teniente Ruiz, Cruz de Guadalajara, Encomienda y Divino Vallés por el otro, para continuar, ya alejado del caserío, por el paseo del Val o por sus proximidades camino del Humilladero. No conozco la ubicación exacta de éste, pero sí que se encontraba en los terrenos donde en 1929 se construyó el antiguo campo de fútbol del Val, inicialmente llamado del Humilladero, solar hoy ocupado por la galería comercial Boisán y los edificios de la calle Bellavista, pero lo más probable es que se encontrara en el tramo final del entonces camino del Val, es decir, hacia la esquina de la calle Bellavista.




Antiguo campo de fútbol del paseo del Val. A la izquierda, la calle del Caz
Fotografía de Baldomero Perdigón


Una interesante fotografía de Baldomero Perdigón nos puede dar pistas sobre por donde pudo discurrir el cauce hasta su confluencia con el caz. Fue tomada en 1969 desde una de las torres que se levantan en el inicio de la avenida de la Virgen del Val, y reproduce una vista panorámica del antiguo campo de fútbol poco antes de que fuera demolido. La tapia del fondo este lindaba con lo que hoy es el primer tramo de la ronda del Henares, desde la rotonda de la plaza de la Juventud hasta la curva que describe en la calle Fernán Falcón, que hasta la construcción de los edificios actuales era un camino, denominado calle del Caz en los planos de la época, que conducía al molino. En la fotografía se aprecia perfectamente, gracias a los coches aparcados -era día de partido- y a la altura de las tapias, que este tramo de unos cien metros de longitud presentaba una notable pendiente en dirección al caz. Incluso hoy en día, pese a que la urbanización de la zona durante los años 60 y 70 del pasado siglo conllevó terraplenados que modificaron sensiblemente el nivel de las calles, todavía se sigue apreciando el desnivel en el camino que conduce a lo que queda de molino y a la presa.

Según los planos del siglo XIX en esa zona no existía más que un entramado de caminos convertidos hoy en los principales ejes viarios, pero lo que llama la atención es que el tramo que estamos considerando aparece representado como una vaguada que conduce directamente al caz. ¿Fue ésta la parte final de la zanja de Loaysa? Resulta plausible, con independencia de que fuera excavada o bien se aprovechara una antigua depresión del terreno preexistente. En cualquier caso a priori se presenta como el lugar más lógico, ya que si bien la zanja podría haberse dirigido al caz por el paseo de Aguadores, la referencia explícita al Humilladero lo descarta por completo. Asimismo, puede que la antigua denominación de la calle del Caz se refiriera no al caz del molino, sino a la propia zanja.

La solución debió de ser tan sólo parcial, ya que si bien se evitaron las inundaciones de los barrios situados al norte de Alcalá, el Villamalea siguió creando problemas en la Puerta de Mártires y, presumiblemente, también en el arrabal. Así pues, se hizo necesario otro desvío. Aunque no he podido averiguar cuando se realizó, un acuerdo municipal de 1729 publicado por Rafael Fernández López3 nos puede dar una pista:


“Con motivo de sobrar mucho agua de los desaguaderos de las fuentes que se han hecho para esta Ciudad, desde la primera arca se inundan los caminos reales, de suerte que se sigue gran perjuicio a los pasajeros y dueños de las tierras linderas, que para evitarlo... a su parecer era hacer una zanja por la parte más conveniente por donde dichas aguas que sobran, se recojan y conduzcan desde dicha arca hasta vaciar en el río Henares.”


El camino real, precedente de la carretera N-II, discurría en ese tramo por la avenida de Guadalajara y la Vía Complutense a partir de su confluencia con ésta. Lo que sí es seguro es que la nueva zanja fue construida, ya que aparece citada con el nombre de el malecón en documentos de 1790 y años posteriores recogidos por Manuel Vicente Sánchez Moltó4, los cuales aluden a una plantación de árboles en sus márgenes. No deja de resultar llamativa esta denominación ya que un malecón es un dique o muro de contención, es decir, un terraplén diseñado para contener las aguas tal como ocurre con el que protege la orilla derecha del Henares en el Val y en la Tabla Pintora, y no un canal, caz, zanja o acequia que las encauza dirigiéndolas hacia otro lugar.

Sin embargo, los documentos reproducidos por Sánchez Moltó no dejan lugar a dudas cuando afirman que la plantación se realizó “en el sitio que dizen el malecón en las dos orillas de la Zanja que conduze las Aguas de Villamalea”, lo que indica que sí se trataba de un cauce -al menos en esa época- tal como se aprecia en el plano de Francisco Coello del que hablaré más adelante. Pudiera ser que esta barrera comenzara sieno un simple dique y posteriormente se excavara un cauce para evitar que el agua se embalsara, pero por el momento no he podido determinarlo.

Tampoco he conseguido averiguar si ambas zanjas coexistieron durante algún tiempo o si el malecón, que discurría suficientemente alejado de la ciudad para evitar los daños causados por las riadas, dejó sin uso a la de Loaysa. En cualquier caso, en 1837 el Villamalea ya no pasaba aparentemente por esta última. De ese año es un plano de Alcalá dibujado por Pedro Ortiz de Pinedo, en el cual no aparece el arroyo aunque sí se aprecia lo que parece ser parte de su antiguo cauce, que discurría a lo largo del primer tramo de la calle Azucena desde la plaza de los Cuatro Caños hasta su confluencia con Giner de los Ríos, incluyendo el recodo que describía para salvar la huerta del convento de Afuera.




Plano de Francisco Coello de 1847. La flecha azul indica el antiguo cauce de la calle Azucena
Las flechas rojas, el malecón del Villamalea por Caballería Española y Alonso Martínez


Otro plano de Alcalá, posterior en varios años, es el dibujado por Francisco Coello en 1847, el cual nos aporta más información al abarcar también los alrededores del casco urbano. En él sigue apareciendo la zanja de la calle Azucena, pero lo más interesante se encuentra en lo que ahora es la confluencia de la avenida de la Caballería Española con las calles Sarmiento de Gamboa y Doctora de Alcalá. Aquí se aprecia claramente dibujado un canal o acequia al que salva por un pontón el camino de Meco. Es evidente que se trata del malecón del Villamalea, resultando llamativo que éste empiece justo aquí sin que exista el menor rastro de su cauce aguas arriba, que consistía en una zanja o cuneta paralela al camino, ni tampoco en dirección a la ermita de San Isidro, lo cual parece más lógico; pero tal como los documentos de la época señalan el malecón seguía conduciendo agua aunque fuera de manera irregular dependiendo de las condiciones climatológicas.




Detalle del plano de Francisco Coello de 1847. Los números están referidos a la toponimia urbana actual
1.- Calle Azucena. 2.- Calle Giner de los Ríos. 3.- Calle Marqués de Alonso Martínez. 4.- Malecón.
5.- Paseo de la Alameda. 6.- Paseo del Val. 7.- Ermita del Humilladero.


El malecón discurría paralelo a un camino que corresponde al actual eje de Caballería Española y Marqués de Alonso Martínez. Cruzaba la avenida de Guadalajara, antigua carretera de Francia, y la avenida de Juan de Austria, entonces un camino, también bajo pontones, y acababa de forma brusca algo más abajo de la confluencia de los dos caminos sobre los que discurren hoy la calle de Alonso Martínez y el paseo de la Alameda, aproximadamente a la altura de la calle Gonzalo de Berceo, sin que en esta ocasión se aprecie aparentemente ningún pontón; algo que sorprende, ya que habría cabido esperar que éste continuara hasta el cercano Humilladero conectando con la zanja de García de Loaysa poco antes de llegar al caz; no obstante, Manuel Vicente Sánchez Moltó afirma, citando como fuente a Jesús Pajares, que el malecón continuaba por el paseo de la Alameda hasta llegar a la ermita en las proximidades de la plaza de la Juventud. Quizá el cartógrafo olvidó dibujarlo, quizá había quedado abandonado en su tramo final dejándose perder las aguas por las tierras de cultivo cercanas.




Plano del parcelario de 1870. Las flechas azules indican la calle Azucena


En el parcelario de 1870, más detallado que los planos anteriores pero que sólo abarca el casco urbano, sigue apareciendo el antiguo cauce que discurría por mitad de la calle Azucena hasta al menos el cruce con Cruz de Guadalajara, sin que se aprecie en los tramos posteriores de la calle. Y como no llega más allá del convento, tampoco contamos con información de su recorrido una vez abandonado el casco urbano, por lo que el segundo desvío del cauce queda fuera.




Detalle del parcelario de 1870. La flecha azul indica la antigua vaguada de la calle Azucena


En cualquier caso, para entonces la antigua zanja de Loaysa había perdido su utilidad original y, al igual que las otras zanjas de drenaje existentes en Alcalá, se había convertido en una alcantarilla a cielo abierto foco de malos olores y molestias para los vecinos, tal como se lee en un documento municipal de 18635:


“En esta calle [Azucena] y en la parte de los números impares existe una zanja, foco de inmundicias y enfermedades por estancamiento de las aguas llovedizas y las basuras que arrojan los vecinos, la cual debe cubrirse con un trozo de atarjea.”


No obstante en 1884, veintiún años más tarde, todavía seguía sin tapar6. Hay que tener en cuenta que hasta muy avanzado el siglo XIX el alcantarillado de Alcalá era mínimo y tan sólo abarcaba algunas de las calles principales, por lo que tanto el agua de lluvia como las residuales -salvo en las viviendas donde contaban con pozos negros- corrían libremente por las calles y, a través de diversas zanjas, acababan vertiendo en el río. Los atrancos solían ser frecuentes, todavía más teniendo en cuenta la falta de pendiente, e incluso algunas de ellas, como parece deducirse del párrafo anterior, debían estar prácticamente cegadas, por lo que una de las mayores preocupaciones de los ayuntamientos finiseculares, e incluso de los que gobernaron la ciudad durante las primeras décadas del siglo XX, fue la construcción de una red de alcantarillado que cubriera la totalidad del casco urbano, evitando posibles problemas de salubridad en una época en la que enfermedades como la fiebre amarilla, el tifus, el paludismo o el cólera eran todavía frecuentes y se agravaban por las precarias condiciones higiénicas en las que vivía una parte importante de la población complutense.

El plano topográfico de Alcalá del Instituto Geográfico Nacional más antiguo que he encontrado es el de 1877, prácticamente contemporáneo del parcelario, y en él ocurre lo contrario que en éste: si bien recoge no sólo el casco urbano completo sino también todo su entorno, su resolución -la escala es de 1:50.000- es inferior. No obstante, resulta suficiente para comprobar que en él no aparece ninguna referencia ni a la zanja de Loaysa, lo que era de esperar, ni al malecón, no apreciándose tampoco el curso natural del Villamalea en la carretera de Meco, todavía un camino. Puesto que sí está dibujada la zanja sangrera, otro cauce artificial que discurría por la Ronda Fiscal hasta desembocar en el Henares a la altura de la presa de las Armas, cabe suponer que para entonces pudiera haber sido cegado.




Detalle del plano topográfico 560 de 1877. Las flechas rojas indican el curso de la zanja sangrera


Sin embargo Esteban Azaña, en su Historia de Alcalá7, ubica la plaza de toros, que se encontraba hasta su demolición en 1996 en la confluencia de la avenida de Guadalajara con Marqués de Alonso Martínez, “fuera de la puerta de Mártires, derecha del camino de Guadalajara lindante con el malecón”, y si bien ésta había sido inaugurada en 1879, Azaña lo escribía en 1882, bastante después de que el malecón dejara de aparecer en los planos. Hay que tener en cuenta que en muchas ocasiones los topónimos suelen perdurar más que los elementos de los que tomaron el nombre -de hecho sigue existiendo la avenida de la Plaza de Toros, pese a que el coso taurino desapareció hace ya 25 años de allí-, razón por la cual yo me arriesgaría a afirmar que Azaña posiblemente recurrió a una referencia conocida por los alcalaínos de su época con independencia de que el antiguo canal hubiera desaparecido o no.

No obstante, tanto el antiguo malecón como las aguas sobrantes del Villamalea que no eran captadas por el viaje y desbordaban de los depósitos siguen apareciendo en las actas municipales de años posteriores, tal como ha investigado Rafael Fernández López8 en su exhaustivo trabajo al que ya he hecho alusión en varias ocasiones. Así, en 1887 se acuerda construir una ronda fiscal -hoy la llamaríamos de circunvalación- que discurriría entre la carretera de Pastrana y la de Guadalajara, embrión de la actual Ronda Fiscal y de las calles Marqués de Alonso Martínez -con el tramo final del paseo de la Alameda- y Caballería Española, lo que suponía en la práctica la demolición del malecón aunque se propuso preservar la arboleda que lo flanqueaba. Un año más tarde todavía no se había ejecutado la obra, pero cabe suponer que no se tardaría demasiado en hacerla.

Claro está que el agua seguía corriendo, sobre todo en los años lluviosos en los que los depósitos no eran capaces de retenerla en su totalidad. En 1896 el agua del Villamalea corría por la cuneta del camino de Meco, y debido a la ausencia del malecón inundaba la ronda. Ya en 1912 se hablaba de la limpieza de los cauces del sobrante del Villamalea, y en 1916 se aludía a las aguas del malecón -aunque para entonces éste ya no existía- para regar unas tierras de labor situadas entre el camino de Meco y la carretera de Guadalajara9.




Abrevadero de la Ronda del Abrevadero (Caballería Española) en 1963. Estaba situado
al principio de la calle, aproximadamente en la esquina con Manuel Azaña.Los edificios
en construcción pertenecen a la calle Tirso de Molina. Fotografía de Baldomero Perdigón.


Más significativo resulta que en una fecha tan tardía como 1920 se construyera en la Ronda Ancha un lavadero que aprovechaba una vez más el sobrante que rebosaba de los depósitos y discurría por la ronda -Caballería Española y Alonso Martínez-, lo que quiere decir que al menos hasta entonces el agua del Villamalea seguía corriendo de alguna manera por el antiguo curso del malecón10. Asimismo, hasta la década de 1960 perduró un abrevadero en la actual avenida de la Caballería Española, conocida hasta entonces como ronda del Abrevadero, cabiendo suponer que el origen de ese agua fuera también el ubicuo Villamalea.

Rafael Fernández López11 apunta la existencia de otro malecón para desviar las aguas procedentes de los altos de Meco y del arroyo de las Monjas, que discurre por detrás de este pueblo y desemboca en el Henares a la altura de El Encín. Éste iría “desde el desaguadero del Villamalea hasta el vado de los Portugueses, junto a la Esgaravita” atribuyendo su construcción también a García de Loaysa, algo que yo considero dudoso. Puesto que no cita la fuente bibliográfica ni explica donde se encontraba el desaguadero del Villamalea no resulta fácil fijar su origen, cabiendo suponer que discurriera paralelo a la colada de Villamalea, una cañada que permitía el paso del ganado desde la carretera de Meco hasta el descansadero de la Esgaravita. Esta vía pecuaria partía del prado de Villamalea, cruzaba por la Ciudad del Aire y continuaba por la actual calle Londres -todavía se conserva un pequeño tramo de su antiguo trazado entre la vía del ferrocarril y la Vía Complutense- para acabar en la presa de la Esgaravita.

Si el malecón existió y éste fue su trazado, parece más bien pensado para desviar las aguas de los arroyos del Carmen y de las Monjas, que entraban en Alcalá respectivamente por la Senda Perdida y la Vía Complutense, pero resulta más difícil que pudiera hacerlo con las del Villamalea salvo que las interceptara prácticamente en su cabecera, dado que éste seguía el trazado de la carretera de Meco mientras la colada se desviaba en dirección contraria bordeando por el sureste la terraza sobre la que se asienta la parte alta del campus. En cualquier caso su misión principal sería la de evitar las inundaciones en las fincas agrícolas de la zona y los cortes en el entonces camino real, ya que la protección que podría proporcionar al casco urbano, dada su lejanía, se antoja más bien limitada.

En la década de 1850 se iniciaron los trabajos de construcción de la línea del ferrocarril Madrid-Zaragoza, que en el tramo correspondiente a Alcalá fueron finalizados en junio de 1859. Ésta se cruzaba con el Villamalea a la altura del actual paso elevado de la avenida de Meco, interceptando su curso. Manuel Vicente Sánchez Moltó12 reproduce un documento de este año en el que se determina que:


“Se realice una atarjea o alcantarilla en la entrada del camino de labores del kilómetro 33,900 para evitar que se estanquen las aguas que por la zanja del camino de Meco bajan de diferentes sitios, inutilizando el libre paso por el mencionado camino y, por consiguiente, que éste pueda unirse al kilómetro 33,900.”


Lo que corrobora lo anteriormente comentado de que el Villamalea continuó siendo un arroyo hasta fechas relativamente recientes. No he podido determinar cuando tuvo lugar su desaparición definitiva en el tramo comprendido entre la rotonda de la Bripac y Caballería Española, pero ésta debió de ser, de acuerdo a la referencia anteriormente citada, posterior a 1920. Puesto que el camino de Meco había sido convertido en carretera en 1913 cabe suponer que éste fuera el principio del fin del Villamalea, mientras los sucesivos ensanchamientos de la calzada y las aceras al convertirse la carretera en la actual avenida acabarían haciendo desaparecer sus últimos vestigios.

Eso es todo lo que puedo decir de este antiguo riachuelo complutense que, pese a su modestia, fue muy importante para la ciudad, para lo bueno y para lo malo, durante varios siglos. Eso sí, conviene no olvidarnos de él; rebuscando en mis papeles encontré una carta que envié al Diario de Alcalá el 31 de mayo de 2011, hace apenas once años. En ésta me hacía eco de un reportaje publicado en este periódico acerca de las fuertes tormentas que llegaron a provocar inundaciones a finales de ese mes, reproduciendo textualmente las declaraciones de un afectado: “Bajaba un río por la carretera de Meco”. Y en fecha tan reciente como el 18 de septiembre de 2018 el periódico digital Dream Alcalá publicaba un reportaje sobre una nueva inundación de la carretera de Meco en el que se incluía un vídeo donde se aprecia que no se trataba de una balsa de agua, algo habitual en una ciudad tan llana como Alcalá, sino que ésta corría en dirección al centro de la ciudad siguiendo el antiguo cauce al ser incapaz de absorberla el alcantarillado.

Algo que no es de extrañar, ya que como suele ocurrir con los cursos de agua engullidos por el mal entendido progreso, hasta los más modestos, y el Villamalea no es una excepción, tienden a reclamar tarde o temprano lo que les ha sido arrebatado.




1 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Alcalá de Henares. Fuentes documentales para la historia cotidiana de las obras hidráulicas, públicas y otros aspectos urbanos. Universidad de Alcalá (2019).
2 Annales complutenses. Edición de Carlos Sáez. Institución de Estudios Complutenses (1990), páginas 629-630.
3 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol I, página 264.
4 SÁNCHEZ MOLTÓ, Manuel Vicente. Paseos y plantíos de Alcalá del siglo XVIII. Anales Complutenses, vol XXIX (2017). Institución de Estudios Complutenses, páginas 359-362.
5 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol II, página 279.
6 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol II, página 445.
7 AZAÑA CATARINEU, Esteban. Historia de la ciudad de Alcalá de Henares, antigua Compluto. Tomo II. Alcalá de Henares (1882), página 382. Edición facsímil de la Universidad de Alcalá (1986), página 970.
8 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol II, páginas 488 y 495.
9 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol II, página 587 y Vol. III, páginas 155 y 180.
10 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol. III, páginas 206 y 207.
11 FERNÁNDEZ LÓPEZ, Rafael. Op. cit. Vol. I, página 264.
12 SÁNCHEZ MOLTÓ, Manuel Vicente. La llegada del ferrocarril. En Alcalá de Henares y el ferrocarril. 160 años de economía y sociedad. Ayuntamiento de Alcalá de Henares, 2020, página 40.

Ver también:
Alcalá de no sólo Henares (I). El Camarmilla
Alcalá de no sólo Henares (II). El Bañuelos


Publicado el 8-1-2022
Actualizado el 7-4-2022