No se os puede dejar solos



En contra de lo que se pudiera pensar, ni tan siquiera el propio Dios se encuentra libre de ciertas necesidades periódicas que, aunque no son en modo alguno comparables con nuestros prosaicos condicionantes fisiológicos, no por ello dejan de afectarle a su divina manera.

Volvía el Sumo Hacedor de una de ellas cuando, tras acomodarse de nuevo frente a su consola de trabajo1, descubrió que había estallado la II Guerra Mundial y medio mundo ardía en llamas convertido en feudo de la Muerte.

¡Vaya, ya la han vuelto a liar! -exclamó, presa de santa ira-. ¡Está visto que no puedo dejarlos solos ni tan siquiera para ir a ****2! ¡Y eso que apenas he faltado un instante! -rezongó, sin caer en la cuenta de que, para su divina providencia, un día era como mil años para los humanos-. A ver cómo me las apaño yo ahora... En el fondo me está bien empleado, por empeñarme en crear a semejantes cenutrios.




1 Como cabe suponer en realidad no era tal, ni existe objeto material alguno que pueda servirnos de referencia; pero será preciso imaginárnosla así para poder comprenderlo.
2Ha sido necesario dejar en blanco este término ante la imposibilidad de expresarlo siquiera de forma aproximada.


Publicado el 2-2-2017