La verdadera historia de la paloma de la paz (IV)



Acordóse Yahvé de Noé y de todas las fieras y bestias que con él estaban en el arca, e hizo pasar un viento sobre la tierra y comenzaron a menguar las aguas. Cerráronse las fuentes del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia de los cielos, y las aguas iban menguando poco a poco sobre la faz de la tierra. El día veintisiete del séptimo mes varó el arca sobre los montes de Ararat. Siguieron menguando las aguas hasta el mes décimo, y el día primero de este mes aparecieron las cumbres de los montes.

Pasados cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca, y para ver cuánto habían menguado las aguas llamó a Sem ordenándole que trajera una paloma para ver si se habían secado ya las aguas sobre la faz de la tierra. Pero éste volvió con las manos vacías.

-¿Dónde está la paloma? -le increpó el patriarca.

-Padre, es que... se escapó. Como en el corral olía tan mal después de estar tanto tiempo cerrado, Cam y yo pensamos que vendría bien ventilarlo, sin darnos cuenta de que las jaulas estaban abiertas.

-Está bien, tráeme otra paloma -rezongó Noé fulminándolo con la mirada.

-Es que se escaparon todas -musitó Sem con la vista clavada en el suelo.

-¡Pues trae otra ave! ¡Pero que vuele, que tú eres capaz de volver con una gallina!

-No... no queda ninguna, todas salieron volando; bueno, menos las que se comieron las rapaces -el infortunado muchacho no sabía donde meterse.

-¡Señor, tú que me encomendaste esta responsabilidad! ¿Por qué me diste unos hijos tan inútiles? -clamó al cielo el iracundo profeta.

Y dado que no obtuvo respuesta, añadió dirigiéndose a su descendiente:

-¡Baja ahora mismo a la bodega, busca un animal que veas adecuado para comprobar si ya han bajado suficientemente las aguas y tráelo aquí para soltarlo. ¡Ya estás de vuelta!

-¡Espera! -exclamó cuando ya Sem se disponía a poner pies en polvorosa en un fútil intento de escapar a la ira paterna-. Uno que no sea demasiado grande, no vayas a traer un elefante o un rinoceronte... y como mucho me temo que no volará, en lugar de aquí llévalo al portón de la bodega mientras yo lo abro y bajo la rampa.

Estaba renegando Noé porque no se hubieran inventado todavía los motores viéndose obligado a bajar la pesada rampa a mano, cuando llegó Sem sudoroso y con el rostro congestionado, llevando en sus manos un pequeño animal que le mostró ufano.

-¡Una rata! -le fulminó con la mirada-. ¿Es que no había otro animal más presentable?

-Haberlos, los había... Pero como la pareja que introdujimos ha seguido a rajatabla las órdenes de Yahvé creciendo y multiplicándose, había tantas que pensé que sería preferible elegir una de ellas y no de otras especies que siguen sin multiplicarse, por eso de no perder patrimonio genético si al animalito le pasaba algo. Total, tenemos de sobra...

-Vaya -concedió a regañadientes el patriarca-, parece que a pesar de todo d vez en cuando razonas... está bien, probaremos con la rata.

Y cogiéndola del rabo, algo que no gustó demasiado al roedor, la depositó con cuidado en la rampa viendo como éste se alejaba del Arca a toda la velocidad de sus patas.

Pero la rata volvió esa misma tarde, trayendo en la boca una ramita de olivo. Siglos después se convertiría en el símbolo universal de la paz.


Publicado el 28-9-2025