La verdadera historia de Prometeo (I)



-Póngase en pie el acusado.

Así lo hizo éste, haciendo tintinear las gruesas cadenas que lo atenazaban al levantar su fornido cuerpo.

Temis, la diosa de la justicia, hizo lo propio blandiendo la espada de la firmeza en la mano derecha mientras sostenía en alto la balanza, símbolo de la ecuanimidad, con la izquierda. Arropada por un absoluto silencio, dictó la inapelable sentencia.

-Titán Prometeo, hijo del titán Japeto y de la oceánide Clímene. Has sido acusado del grave delito de robar el fuego a los dioses para entregárselo a los mortales burlando la voluntad de Zeus, señor del Olimpo. ¿Admites la acusación?

-Admito que tomé el fuego del Olimpo y se lo entregué a los mortales, oculto en una caña hueca -respondió el titán con estentórea voz-. Pero niego haberlo robado. No se puede robar lo que nos pertenece a todos.

-¿Ignoras acaso, insolente titán, que el fuego fue descubierto por el divino Hefesto y que éste, como legítimo propietario suyo que era, lo custodiaba en su forja de donde tú lo tomaste sin su permiso y sin respetar sus derechos sobre la patente?

-¿Patente? ¿Cómo se puede monopolizar algo que es un patrimonio común de todos, divinos o humanos, inmortales o no? ¿Acaso patentó Urano el aire del cielo? ¿O Poseidón el agua del mar? ¿O la madre Gea la tierra que nos sostiene? Si alguien no respetó los derechos no fue sino Hefesto, apoyado por Zeus, al negar a los mortales los beneficios del fuego cuando desde tiempo inmemorial han podido gozar libremente de los otros tres elementos. esenciales ¿A qué razón se debe, pues, esta diferencia?

-¡Calla depravado sacrílego! ¡Calla si no quieres ser fulminado por un rayo del todopoderoso Zeus! -tronó la diosa justiciera-. Urano, Gea y Poseidón, cuyos nombres has tomado inicuamente en vano, rehusaron ejercer los derechos de propiedad a los que legalmente tenían derecho por razones que sólo a ellos competen, y su voluntad ha de ser respetada. Pero asimismo ha de respetarse la del divino Hefesto, que decidió mantenerlos.

-¡Pero eso supuso un grave perjuicio para la humanidad al privarla de los beneficios del fuego!

-Nunca se pretendió tal, y tú deberías saberlo. Los mortales siempre han podido beneficiarse el fuego siempre y cuando fueran respetados los derechos de explotación de la patente, de la cual es titular el divino Hefesto, mediante el pago de las correspondientes regalías. Pero lo que no se puede tolerar es que se apropiaran de él sin abonar las tasas establecidas, ya que esto constituye un delito contra la propiedad intelectual conforme a las leyes del Olimpo. Es por esta razón por la que el tribunal te considera culpable de él en grado de cooperación necesaria.

Dirigiéndole ahora todos los presentes en la sala, Temis tronó como sólo un dios podíae hacerlo:

-Titán Prometeo, en castigo por tu delito este tribunal te sentencia, en ejercicio de los poderes que le han sido otorgados, a compensar al divino Hefesto con una cantidad equivalente a la correspondiente al lucro cesante que le ha sido causado, cuyo montante será determinado por una comisión de expertos nombrada por este tribunal. Asimismo se te ordena indemnizarlo con una cantidad equivalente al treinta por ciento de este montante y se te impone un multa de otro treinta por ciento que habrás de satisfacer a la Hacienda Olímpica, respondiendo de ellas con tus bienes y los de tus derechohabientes.

“Bien, se dijo Prometeo, la cosa no ha sido tan grave como me temía, no resultará demasiado difícil enjugar esta cantidad”.

-Ítem -continuó la diosa- este tribunal determina que sufras un castigo ejemplar en aras de evitar posibles tentaciones que te pudieran arrastrar a una reincidencia futura, así como que pudieras ser objeto de imitación por terceros. Por ello, decreto que seas encadenado en la peña más alta del Cáucaso y que allí un águila te devore perpetuamente las entrañas. Agentes Bía y Cratos, haced cumplir la sentencia.

Tras lo cual dio por cerrado el juicio. Prometeo, atónito y anonadado por la dureza del castigo, se dejó arrastrar sin resistencia por sus dos hercúleos cancerberos, maldiciendo la hora en la que sintió simpatía por esos enanos rastreros que ni siquiera habían sido capaces de mostrarle gratitud.

Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.


Publicado el 6-11-2021