La verdadera historia de la extinción de los tilaperios



Noé se paseaba nerviosamente recorriendo una y otra vez la cubierta del Arca. El cielo, cubierto de ominosas nubes y rasgado por relámpagos cada vez más frecuentes, daba claros signos de empezar a romperse vertiendo las aguas que provocarían el diluvio.

Tras hacer recuento de los animales recogidos había descubierto que faltaba una pareja de tilaperios sin que hasta ese momento, a saber por qué razón, hubieran caído en su ausencia. Así pues, apremiado por la falta de tiempo, envió a sus tres hijos a buscarlos antes de que se vieran obligados a refugiarse en el navío poniéndose a salvo del castigo divino.

Pero sus hijos no aparecían, lo cual le inquietaba temeroso de que no pudieran llegar a tiempo. Por enésima vez se asomó por la borda mesándose la patriarcal barba al tiempo que oteaba con sus ojos cansados -aunque se conservaba bien seiscientos años eran muchos años- el horizonte.

Finalmente los vio, tres puntitos que se acercaban poco a poco convirtiéndose en tres figuras humanas que luchaban contra las cada vez más fuertes ráfagas de viento... sin rastro alguno de los animales. Noé frunció el ceño y bajó con rapidez atravesando las entrañas de la nave antes de salir de ella por el portón que se mantenía abierto. Poco después llegaban sus hijos.

-¿Dónde están los tilaperios? -les espetó con su autoridad de patriarca.

-Lo siento, padre -respondió Sem, el primogénito, erigiéndose en el portavoz de sus hermanos-. No nos ha sido posible encontrarlos. Vimos a uno, no sabemos si macho o hembra porque huyó cuando intentamos acercarnos a él. Y por más que buscamos no conseguimos encontrar a ningún otro, así que decidimos volver antes de que empezara a llover.

-¿Cómo es posible esto? -clamó Noé iracundo-. Yahvé me prometió que los animales acudirían por sí solos a su llamada sin necesidad de tener que ir a buscarlos.

-Pues ya lo ves -intervino Cam, el más insolente de los tres-, al parecer los tilaperios debían de estar sordos.

Iba a responder su padre a la irreverencia como se merecía cuando Jafet, más sensato, medió en la incipiente discusión intentando apaciguar los ánimos.

-Padre, no podíamos esperar más, el diluvio es inminente -apoyó sus palabras señalando con la mano al amenazador cielo-. De sobra sabes que los tilaperios son unos animales sumamente estúpidos y desconfiados; habríamos perdido mucho tiempo buscándolos y, de no haber vuelto a toda prisa, además de ellos también nos habríamos quedado fuera del Arca nosotros.

-Está bien -refunfuñó el patriarca al tiempo que un grueso goterón se estrellaba contra su venerable calva-. Sea como sea, lo cierto es que ya no tiene remedio. Ya hablaremos de esto, pero ahora vamos para adentro porque la cosa se pone fea. Ayudadme a cerrar y asegurar el portón.

Mientras así lo hacían, rezongaba para sí mismo:

-No es que lo sienta demasiado por esos bichos, al fin y al cabo Jafet tiene razón, pero me disgustaría que en un futuro mi memoria quedara manchada por la pérdida de estos animales, y que los zoólogos de entonces vituperen mi nombre culpándome de no poder estudiarlos y catalogarlos convenientemente. Pero yo no puedo hacer más, menudo marrón con el que me cargó Yahvé; y encima a mis años, cuando debería estar disfrutando tranquilamente de la jubilación en vez de meterme a armador y director de un zoológico. Espero, al menos, que con tanta humedad como la que va a haber no se me agrave el reuma.


Publicado el 22-11-2021