La verdadera historia de la extinción de los titerotes



Habían pasado ya varios días desde que el Arca comenzara su azarosa navegación por el inmenso mar en el que el diluvio había convertido a la tierra. Noé, sin mucho que hacer ahora -por algo era el patriarca- dado que eran sus hijos y sus esposas quienes se ocupaban de atender y alimentar a los animales, se paseaba por los corrales y las cuadras vigilando que todo estuviera correcto.

Se encontraba en la zona de los grandes animales cuando, tras pasar por delante de los elefantes, los rinocerontes, los hipopótamos y las jirafas, se detuvo distraído frente a la pareja de titerotes. Fue entonces cuando descubrió que algo parecía no cuadrar con lo esperado y, fijándose con más detenimiento, pasó de la extrañeza a la sorpresa y de ésta a la irritación.

-¡Sem, ven aquí inmediatamente! -tronó con toda su autoridad patriarcal, pues era éste el responsable del sector.

Acudió raudo su hijo, que se encontraba algo más allá atendiendo a los bisontes, sorprendido por lo apremiante de la llamada.

-¿Qué ocurre, padre? Iba a venir para acá en cuanto terminara con los ungulados.

-¡Fíjate en esos animales! -fue la perentoria respuesta-. ¿No ves algo raro?

-Pues... -musitó éste echando un vistazo a los perezosos animales- la verdad es que no. Lo cierto es que dan poca guerra en comparación con los otros de su tamaño.

-¿Eres idiota? -bramó su progenitor-. ¡Son dos machos! ¿O es que ni siquiera eres capaz de distinguir su sexo? Como si no se notara...

-Ahora que lo dices... pues sí, me parece que vas a tener razón. Qué tonto, no había caído en ello.

-Caído, caído... ¡a ti sí que se te va a caer el pelo, pedazo de animal! El Jefe lo dijo bien claro, MACHO y HEMBRA; como hasta el más inútil puede comprender sólo así es posible cumplir con su mandato de procread y multiplicaos. ¿Cómo pretendes que procreen dos machos? A no ser que sigas creyendo, como cuando eras pequeño, que los niños y los cachorros vienen de Babilonia.

El pobre Sem callaba apesadumbrado. Finalmente, y ante el mudo requerimiento de su padre, habló:

-Yo... yo no lo sabía. Cuando los recogimos, como vi que estaban siempre juntos y se llevaban tan bien pensé que... ¿no podríamos buscarles pareja?

-¿Bajo esta masa de agua? -ironizó el patriarca-. Me temo que a estas alturas todos los demás representantes de su especie deben de estar ya ligeramente ahogados, nunca oí que los titerotes supieran nadar.

-Entonces... -Sem no sabía donde meterse-. ¿Qué hacemos?

-¿Qué sugieres tú, zopenco? -y ante el silencio de su hijo continuó-. Los soltaremos, como a los demás, cuando se retiren las aguas, pero mucho me temo que éstos serán los dos últimos titerotes que vivan sobre la faz de la tierra. Y todo, por tu culpa. Pero como ya no tiene remedio habrá que resignarse, confío que en el futuro los zoólogos no los echen de menos. El que sí se va a acordar de ellos vas a ser tú, porque a partir de ahora te encargarás de limpiar todo el estiércol que produzcan los animales hasta que éstos salgan del Arca. Y solito, porque como se te ocurra pedir ayuda a tus hermanos, a tu mujer o a tus cuñadas, te juro que te tiro por la borda.

Dicho lo cual, Noé se marchó hecho un basilisco.

-Pues tampoco era para tanto -reflexionó el atribulado Sem a modo de disculpa-. Con lo feos que son estos bichos, tampoco es que se vaya a perder demasiado.

Pero conocedor de como las gastaba su padre, se apresuró a cumplir su castigo.


Publicado el 22-11-2021