Las tribulaciones de Noé (II)



Al cabo de cuarenta días abrió Noé la ventana del arca y soltó una paloma para ver si las aguas se habían retirado, pero la paloma volvió porque las aguas estaban aún sobre la faz de toda la tierra. Esperó siete días y volvió a enviar a la paloma fuera del arca, la cual volvió trayendo una hoja de olivo en el pico por lo que entendió Noé que las aguas ya se habían retirado. Esperó otros siete días más y envió de nuevo a la paloma, la cual no volvió pues las aguas se habían retirado y la faz de la tierra estaba ya enjuta.

Entonces Yahvé dijo a Noé: Salid del arca tú, tu mujer, tus hijos y las mujeres de tus hijos, y dejad libres a todos los animales que guardasteis en el arca para que se dispersen por la tierra, se reproduzcan y se multipliquen.

Obedecieron Noé y su familia, pero cuando iban a proceder a abrir el portón lateral para liberar a los animales apareció un carro tirado por dos briosos corceles en el cual, junto con el auriga, viajaba un personaje desconocido ataviado con ricas vestiduras. Una vez detenido el carro frente a ellos, se apeó su ocupante y les increpó con gesto imperativo:

-¡Deteneos! ¿Qué pretendéis hacer?

-Nosotros... -respondió intimidado el patriarca-. Íbamos a liberar a los animales que salvamos en el arca para que se dispersaran sobre la tierra, se reprodujeran y se multiplicaran hasta repoblarla.

-¿Quién os ha autorizado para hacer eso? -aulló iracundo su interlocutor-

-¿Quién va a ser? Yahvé -respondió Noé señalando al cielo.

-No conozco a ese monarca, pero el único soberano cuya voluntad obedecemos aquí es el muy poderoso Deflagalasar, y sus leyes son tajantes al respecto: está terminantemente prohibido soltar animales sin control en todo su reino. ¿Acaso no estáis enterados de los problemas que pueden causar las especies exóticas invasoras en los ecosistemas locales? Bastante hemos tenido ya con las cotorras, los visones y hasta con los mapaches.

-Yo...

-¡Pero no es esto todo! -le interrumpió el celoso funcionario-. Por si fuera poco habéis entrado ilegalmente en el reino tripulando un navío no homologado repleto de animales según vuestras propias palabras, delitos suficientes para dar con vuestros huesos en las mazmorras reales.

Hizo una pausa y continuó:

-¡A ver, los papeles!

-¿Qué papeles? -gimió Noé, que como buen patriarca era analfabeto.

-¿Cuáles van a ser? Vuestra documentación personal, la del navío incluida la ITV en regla y la de los animales que portáis, incluyendo los certificados de vacunación de unos y otros.

-No sabíamos...

-El desconocimiento no exime del cumplimiento de las leyes. Y si no tenéis la documentación pertinente habréis de abandonar el reino antes de que llegue la noche, llevándoos con vosotros ese artefacto junto con todo lo que contiene en su interior. Os advierto que está en camino un destacamento de soldados que os obligarán a hacerlo de grado o por la fuerza, y en caso de que os negarais seréis encarcelados, el navío desmantelado y los animales sacrificados en su totalidad e incinerados en previsión de una posible epidemia. Y dad gracias a la benevolencia de nuestro señor Deflagalasar porque sólo se os mantendría cautivos unos cuantos años antes de expulsaros fuera de nuestras fronteras, en lugar de compartir la suerte de vuestro circo ambulante.

-¡Pero estos animales son necesarios para repoblar de vida la tierra! -exclamó el siempre impetuoso Sem antes de que su tembloroso padre pudiera impedirlo-. ¡Son los únicos supervivientes del Diluvio Universal, y sin ellos la tierra se convertirá en un desierto sin vida!

El funcionario miró con gesto curioso al joven y lanzó una risotada.

-Muchacho, ¿quién te ha dicho eso? Ahora también me contarás que toda la estirpe humana, excepto vosotros -abarcó con un gesto a la cohibida familia-, pereció ahogada... entonces -repitió la risotada-, ¿cómo es que mi auriga y yo, y los dos caballos estamos aquí vivitos y coleando?

Nadie pudo responder ante tal evidencia, por lo cual continuó envalentonado:

-Conocemos de la existencia de ese diluvio, y también que anegó las tierras bajas de Mesopotamia y otras regiones más remotas. Pero no fue universal; nuestro reino se encuentra a una altitud sobre el nivel del mar suficientemente elevada para preservarnos del peligro. Cierto es que allá abajo desapareció todo atisbo de vida, pero fueron muchos los hombres y las fieras que lograron ponerse a salvo bien por vivir como nosotros por encima del nivel máximo que alcanzaron las aguas, bien porque en su huida pudieron dejarlas atrás. Así pues no existe el menor peligro de una extinción masiva, tal como ocurrió con los dinosaurios.

»Pero ya está bien de peroratas. Los soldados están al llegar y yo debo volver a palacio. Ya sabéis lo que tenéis que hacer, y os advierto que el oficial que los manda no será tan considerado como yo.

Noé no había entendido -además de analfabeto era provinciano- prácticamente nada, pero su carácter práctico se impuso.

-¡Es imposible hacer lo que nos pides! El arca sólo puede navegar por el agua, embarrancó aquí cuando las aguas se retiraron y no tenemos manera de moverla entre todos nosotros, todavía menos cargada como está. Con ayuda podríamos ir trasladando poco a poco a los animales fuera de vuestro reino, al fin y al cabo a nosotros no da lo mismo lo que hagan después de que los soltemos en un lugar u otro, pero no en las condiciones que nos has impuesto.

-Eso podíais haberlo pensado antes. Nadie os pidió, ni os permitió, que atravesarais nuestras fronteras con ese armatoste que según veo ni siquiera tiene timón, no digamos ya GPS. Y basta ya -se impacientó-. Conocéis las condiciones y las cumpliréis... o pagaréis por ello.

Dándose la vuelta montó en el carro y partió a toda velocidad levantando una nube de polvo.

-¡Señor, señor, en menudo embolado nos has metido! -clamó Noé levantando la vista al límpido cielo, cuyo color azul no quedaba velado por ninguna nube. ¿Por qué has dejado de ayudarme?

Lamentablemente, las escasas crónicas conservadas de aquella remota época no registran como logró Noé resolver el problema.


Publicado el 3-11-2025