Burocracia eterna



Barsanufio García despejó todas sus dudas sobre la existencia de la vida eterna justo en el momento de su fallecimiento. Y aunque no experimentó el consabido tránsito por el túnel con una luz brillante al final ni ninguna otra zarandaja por el estilo supo que él, o al menos su alma incorpórea, habían traspasado el umbral del Más Allá tal como le habían enseñado en su día, dicho sea de paso con escaso éxito, sus profesores de religión.

Pero donde apareció no era tampoco lo que él hubiera esperado de una recepción celestial o en su caso de su equivalente demoníaca, ya que se trataba de una prosaica cola frente a una hilera de ventanillas donde atendían por riguroso orden de llegada a sus integrantes... cola exasperantemente larga, tal como pudo apreciar merced a sus recién estrenados sentidos paranormales.

Aguzando la vista o lo que ahora la sustituía, algo que podía hacer con total facilidad como si sus ojos virtuales equivalieran a un potente objetivo fotográfico, descubrió que quienes se encontraban tras las ventanillas no podían ser otros que ángeles, ya que respondían punto por punto a la iconografía cristiana tradicional con su cabellera sedosa, la larga túnica de un blanco resplandeciente, el nimbo dorado en torno a la cabeza y, sobre todo, las majestuosas alas emplumadas que brotaban de su espalda. Tan sólo sus rostros, adustos y malencarados, desentonaban en su beatífica apariencia. Evidentemente, no parecían estar de buen humor.

Lo peor de todo era que la espera, como pudo comprobar comparando el avance de la cola con la longitud de ésta, iba para largo, aunque en compensación no echó en falta las necesidades fisiológicas de todo tipo que de estar vivo le hubieran complicado bastante más las cosas. Y si bien en su nueva condición de alma inmortal el tiempo dejaba de ser relevante cuando disponía de toda la eternidad no ocurría lo mismo con el aburrimiento, puesto que no llevaba consigo nada que pudiera ayudarle a combatirlo como por ejemplo un libro.

De hecho, como pudo comprobar no con sorpresa pero sí con curiosidad, no llevaba encima absolutamente nada, salvo una holgada túnica de color transparente idéntica a los atavíos del resto de sus compañeros de espera; y no, no se trataba de un dislate semántico como a primera vista pudiera parecer, sino de una realidad imposible de apreciar para unos ojos mortales puesto que el color de la túnica era realmente transparente, entendiendo como tal una ausencia total de color compatible con una opacidad que protegía el pudor de los portadores estos atavíos.

Lo cual -cuando se está aburrido siempre se acaba divagando sobre las cuestiones más peregrinas- le planteó una duda: ¿mantendría el sexo en su actual estado? Por lo que podía apreciar en sus compañeros de cola éstos conservaban los rasgos faciales que aparentemente habían tenido en vida aunque rejuvenecidos, ya que todos -y todas- ellos semejaban contar con alrededor de unos treinta y cinco o cuarenta años. Pero las amplias túnicas que vestían impedían apreciar las formas físicas ocultando el resto del cuerpo desde el cuello hasta los pies, descalzos por supuesto, y con la suya ocurría exactamente lo mismo.

Además, aunque su nuevo cuerpo -llamémosle así pese a su incorporeidad- respondía con docilidad a las órdenes de su cerebro, no notaba en absoluto esas sensaciones internas -el sentido interoceptivo de los biólogos- que avisan a los mortales del funcionamiento interno de sus órganos. En resumen, no notaba nada allá abajo ni en realidad en ninguna otra parte cubierta de su cuerpo; y si bien le hubiera gustado comprobarlo, tal como le advirtió el sentido común no era cuestión de levantarse la túnica en público, ni tan siquiera de palparse, para comprobar si aquello seguía estando en su sitio.

Pero fue otra cuestión más inmediata la que recabó su interés. Fijándose en lo que ocurría a quienes llegaban a las ventanillas descubrió algo curioso: Tras dialogar con su interlocutor angélico -al parecer su nuevo sentido del oído no era tan agudo como su visión, por lo cual no pudo oír lo que decían-, éste hojeaba un grueso volumen encuadernado en pergamino y, una vez hallado lo que buscaba, la túnica del interrogado cambiaba de color.

En algunas -pocas- ocasiones el color transparente mutaba en azul celeste, tras lo cual un nimbo dorado brotaba en la cabeza del bienaventurado y éste comenzaba a levitar elevándose del suelo hasta desaparecer entre la bruma que oficiaba de techo.

Con mayor frecuencia el color asignado resultaba ser un amarillo dorado. En estos casos en lugar del nimbo se abría una puerta a sus espaldas donde no existía muro alguno y era enviado allí, cerrándose el inmaterial umbral una vez que éste lo había traspasado.

Por último podía ocurrir que el postulante fuera marcado con un color rojo fuego, lo que acarreaba la apertura a sus pies de un foso que se tragaba al infortunado ante la impasibilidad del ángel burócrata que le había atendido.

“Está claro -se dijo Barsanufio-, me encuentro ante el juicio en el que se decidirá si me corresponde ir al cielo, al purgatorio o al infierno... la verdad es que hubiera esperado un sistema más espiritual”.

Y encogiéndose inmaterialmente de hombros dado que ignoraba cual pudiera ser su sentencia, volvió a prestar atención a la fila, que había avanzado unos metros abriéndose una brecha entre su predecesor y él.

Pasado un tiempo imposible de medir en un lugar en el que este parámetro físico no existía, pero sin duda largo a juzgar por la magnitud de la cola y el lento avance de la misma, Barnasufio llegó finalmente a su destino descubriendo con desagrado que bastantes de las ventanillas estaban vacías e incluso, al llegar frente a una de ellas, cómo su ocupante la cerraba delante de sus narices desplegando las alas y remontando majestuosamente el vuelo sin explicaciones y sin que ningún otro compañero suyo lo reemplazara.

Por fortuna la ventanilla vecina quedó libre tras la sentencia a su infortunado predecesor: roja, lo que suponía su condena eterna a los castigos infernales. Pero a él no le interesaba lo que le pudiera suceder a ese desconocido con el que no había cruzado ni una sola palabra, sino su propio destino.

Colocándose con aprensión en el lugar que ocupara éste antes de ser tragado por el foso, dirigió una muda pregunta al hierático rostro de su interlocutor.

-Nombre y apellidos -inquirió éste con una sequedad carente de la más mínima empatía.

-Barsa... -titubeó- Barsanufio García.

-El segundo apellido está para algo -le recriminó el agriado ángel-. Tenemos millones de Garcías y centenares de tomos dedicados a este apellido, por lo que no podemos perder tiempo buscándolos uno a uno.

Tentado estuvo de responderle que podría haber muchos Garcías pero dudaba que abundaran los Barsanufios, malhadado capricho de sus padres que, no contentos con ponerle el nombre del santo de su día natal, se empeñaron en buscar el más estrambócico de todos; pero viendo la cara de malas pulgas del burócrata angélico, más lo primero que lo segundo, respondió abochornado:

-Zurullo -al menos en esto no tenía culpa su madre-. Barsanufio García Zurullo.

-Está bien -rezongó el funcionario abriendo el grueso tomo que se había materializado en sus manos-. García Zorita, García Zósimo, García Zorrilla, García Zulema, García Zumaque, García Zurcido, García Zúster...

Con un gesto de disgusto exclamó:

-No aparece en el listado.

-¿Cómo puede ser eso? -exclamó Barsanufio-. Se supone que estoy muerto, y por consiguiente debería ser juzgado.

-Así es -bufó el ángel rascándose dubitativo el nimbo con la punta del ala-. De no estarlo, no se encontraría usted aquí. Pero por la razón que sea los inútiles de Recepción le pasaron por alto. Ha sucedido en más ocasiones, pero por más que protestamos los de arriba no nos hacen ni puñetero caso.

-Entonces...

-Lo lamento, pero no puedo hacer nada dado que según nuestros registros usted no existe. Pero no se preocupe, esto tiene solución. Espere un momento.

Y pulsando un botón oculto a la vista de Barsanufio transmutó el color transparente de su túnica a un morado nazareno.

-¿Qué significa esto? -gimió compungido el difunto-. ¿Me han convertido en un penitente?

-¡Oh, no! Es tan sólo un código convencional de colores. Significa que tendrán que revisar su ficha de entrada e incluirle en los listados para que pueda volver aquí y le sea asignado su destino. No se preocupe, no llevará más de cien o ciento cincuenta años de los suyos. Vaya por allí.

Le indicó, señalándole una puerta que se había abierto a sus espaldas. Y viendo que se mantenía indeciso, le apremió:

-¡Váyase ya! ¿No ve toda la cola que hay esperando? No tengo toda la eternidad para atenderlos, y todavía no he tenido ni un momento para tomarme el maná...

Obedeció, apabullado, franqueando el umbral que se cerró tras él.

Ahora se encontraba en otro recinto similar, más reducido y con menor afluencia de visitantes -no habría más allá de unos pocos miles-, todos ellos ataviados con túnicas moradas o violetas en unas tonalidades que variaban desde el malva claro al morado oscuro.

“Sólo faltan el paso y los capirotes para organizar una procesión”. Pensó, aunque se arrepintió de manera inmediata; allí las paredes, aun inexistentes, podían oír lo que quizás consideraran una irreverencia.

Así pues, borró inmediatamente esta idea de su mente sustituyéndola por otra menos comprometida:

“Supongo que cada tono de color tendrá que ver con nuestros problemas particulares”.

Debía serlo, pues en la parte superior de las ventanillas se encendían unas luces coincidentes con el color de alguna de las túnicas.

-¡Vaya usted, hombre! ¿No ven que le están llamando? -le espetó un individuo ataviado de púrpura señalándole una de ellas-. Como pierda el turno le dejarán para el final.

Atolondrado miró hacia donde éste le indicaba, apresurándose a ir allí dado que la luz había empezado a parpadear en ominoso gesto de impaciencia.

-Buenos días -saludó educadamente-. Yo venía a...

-¿Belisario García Capullo? -le interrumpió con sequedad el ángel atrincherado tras la ventanilla.

-Yo... no. Me llamo Barsanufio García... -titubeó- Zurullo.

-¡Hum! -fue la burocrática respuesta-. ¿Fecha y lugar de nacimiento de su vida mortal?

-Once de abril de mil novecientos... en Valdemingómez del Río, provincia de...

-Es suficiente, ya veo en qué ha consistido el error. Y como siempre, por culpa de los dichosos copistas medievales. ¿A quién se le ocurre contratar a unos monjes cluniacenses a los que en el momento que les sacas de la minúscula carolingia transcriben lo primero que se les ocurre? Mira que lo advertimos, pero como quien oye llover. Vete a saber los chanchullos que habrá por medio. Pero, claro está, los marrones siempre nos los comemos nosotros.

Barsanufio no sentía el menor interés por la perorata, pero no se atrevía a interrumpirle por si acaso. Cuando finalmente el ángel cesó en su expansión verborreica, se atrevió a preguntar:

-Entonces, ¿está todo solucionado?

La respuesta le cayó como un jarro de agua fría.

-En lo que respecta a nosotros sí. Pero si se refiere a si puede volver al negociado de Clasificación, me temo que todavía no. Estamos es Revisión, y tenga en cuenta que lo que yo he hecho ha sido identificar el error y anotar el nombre que usted me ha proporcionado; ahora le corresponde a Verificación comprobar que su información sea correcta. Dicho con otras palabras, yo certifico que usted niega ser Belisario García Capullo y afirma que su nombre real es Barsanufio García Zurullo, coincidiendo en ambos casos fecha y lugar de nacimiento; pero entre mis competencias no figura la de poder certificar que su afirmación sea cierta, amén de que desconozco si el presunto Belisario García Capullo se ha presentado o no en Clasificación como es preceptivo. Como verá, tenemos que seguir los protocolos.

-Entonces -repitió-, ¿qué tengo que hacer ahora?

-No se preocupe, es sencillo. Ir a la sección de Viajeros en Tránsito, mal conocida como el Limbo, y esperar a que se tramite el expediente que acabo de abrir. Es por allí.

Y le señaló la oportuna puerta abierta en mitad de la nada.

Se dirigía a ella con decisión cuando su interlocutor le increpó con severidad.

-¿Dónde va usted?

-Al sitio que usted me dijo... -respondió dócilmente Barsanufio.

-Sí, claro, pero no así. ¿No se da cuenta de que todavía no he cambiado el color de su túnica? Podría estar esperando hasta que se helara el infierno -y se santiguó, por si acaso.

Pulsó el consabido botón oculto y la túnica de Barsanufio cambió a un suave color beige.

-Ahora sí, ya puede marcharse.

Mascullando un saludo, así lo hizo.

El umbral comunicaba en esta ocasión con un recinto similar provisto de una hilera con media docena de ventanillas de las cuales tan sólo una estaba ocupada, permaneciendo el resto vacías. En compensación no había nadie haciendo cola, aunque sí vio a numerosas personas, o mejor dicho almas, dispersas por el amplio espacio, algunas de ellas sentadas en sillones con forma de nube -o quizás nubes que oficiaban de sillones-, paseando, o bien formando pequeños grupos que charlaban o jugaban a juegos desconocidos, todas ellas bajo la marca indeleble de la ociosidad. Le llamó asimismo la atención la variedad cromática de sus túnicas incluyendo algunas con colores que nunca había visto en su vida mortal, probablemente por encontrarse fuera del rango de visión del ojo humano.

Se dirigió a la ventanilla justo cuando el ángel que estaba sentado en ella se levantaba con la clara intención de marcharse, lo cual provocó en él un fruncimiento del ceño que nada bueno presagiaba. Pero a esas alturas el baqueteado Barsanufio tenía poco que perder, así que no se arredró ante un posible rechazo.

Su interlocutor, pese a su evidente desagrado, interrumpió el gesto y volvió a sentarse al tiempo que le preguntaba en tono seco pero educado qué deseaba, no sin antes fijar su atención en la túnica. En realidad no era necesario puesto que sólo con apreciar el color le bastó para saberlo, pero los burócratas siempre han tenido a gala seguir y hacer seguir a rajatabla los procedimientos estipulados sin excepción alguna.

Escuchó impasible lo que Barsanufio le explicaba y, una vez hubo terminado éste, le respondió:

-Le han informado correctamente. Ésta no es una sección ejecutiva, ni tramitamos expedientes. Simplemente es un lugar de espera para todos aquellos que por la razón que sea no cuentan con la documentación en regla mientras sus expedientes no sean tramitados y en casos como el que parece ser el suyo -enfatizó el parece- hasta que se haya subsanado el error. Por lo tanto, usted tendrá que esperar hasta que se le comunique la resolución del proceso. Nosotros solamente ejercemos una labor de información a los recién llegados y, como puede comprobar, andamos tan escasos de personal que no podemos entretenernos demasiado.

Viendo su gesto de desconsuelo, añadió:

-Pero no se preocupe por ello, en cuanto se adapte se encontrará cómodo y no tendrá que hacer nada, salvo relacionarse con sus compañeros si es su deseo, hasta que llegue el momento.

-¿No puede explicarme cómo será el proceso hasta la resolución de mi expediente, y qué ocurrirá entonces?

-Bien -suspiró el ángel-, tenemos la suerte de que detrás de usted no ha llegado nadie y que a mí me queda todavía media -pronunció una palabra ininteligible e imposible de ajustar a la escala temporal humana- para el final de mi jornada, siempre claro está que no aparezca alguien y nos interrumpa; pero no lo creo probable, porque en Revisión es ahora la pausa del maná y no atienden al público.

Hizo una pausa y continuó:

-Tal como indica el color de su túnica, supongo que de esto ya le habrán informado en Revisión, el expediente tendrá que pasar por Verificación para comprobar que su declaración es veraz y usted es realmente quien afirma ser. Si la verificación es positiva, como todo parece indicar, será remitido a Control Central para que éste dé el visto bueno y remita a la Sección Estadística el oficio de corrección correspondiente, tras lo cual una vez informado Control Central éste solicitará al archinegociado de Supervisión que se dé por enterado y autorice su reenvío a Clasificación, conocido por nosotros como el Semáforo -rió su propio chiste-, para que una vez subsanado el error usted pueda destinado al lugar que le corresponda conforme a sus antecedentes. Así de sencillo, y usted ni siquiera tendrá que estar pendiente de ello; bastará con que su túnica se torne de color verde esmeralda para saber que su petición ha sido aceptada.

-¿Tardará mucho en resolverse?

-Eso no es fácil de evaluar, tenga en cuenta que influyen diversos factores. Como ya le he dicho padecemos una escasez de personal en toda la Dirección General que está retrasando mucho las tramitaciones, a lo que se suman la huelga de los agentes verificadores y la implementación informática de la intranet celestial, que está dando bastantes problemas y nos obliga, tal como habrá podido comprobar, a seguir utilizando los métodos tradicionales pese a que el número de nuevos ingresos se ha incrementado exponencialmente.

-¡Ah, se me olvidaba! -añadió sumando una nueva losa al lastre de la desesperación de Barsanufio-. Esto, claro está, siempre que no intervenga el Servicio de Inspección Celestial; no solían hacerlo pero últimamente están en plan de tirarnos de las alas, así que no se sabe si no les dará por meter las narices en los expedientes en trámite.

-¿Quienes son esos?

-Inspectores, por no decir inquisidores -bufó el ángel-. Su misión es comprobar que todos los que entran aquí son católicos o de las otras ramas cristianas homologadas. Existe un acuerdo de mutuo respeto con las principales religiones que suele ser respetado por éstas, pero de un tiempo a esta parte se han detectado llegadas de individuos procedentes de sectas o de falsas conversiones, e incluso se sospecha que una de las signatarias del acuerdo ha procedido a infiltrar agentes no se sabe con qué fin, pero en cualquier caso se trata de una violación de nuestras fronteras que es preciso atajar. Nosotros estamos convencidos de que no es para tanto y que con los controles habituales basta, pero dígaselo a los polizontes.

-Entonces, ¿todos ellos -barrió con un gesto de la mano el recinto- están aquí en la misma situación que yo?

-No necesariamente -el ángel, olvidada su intención original de poner tierra por medio, había encontrado al parecer un interlocutor con el que combatir el aburrimiento-; sólo los que llevan una túnica de su mismo color o de una tonalidad parecida; pero ahora, por lo que veo, no hay ninguno. El resto corresponde a una variada serie de circunstancias: inmigrantes ilegales; perseguidos por otras religiones sobre los que pueden pesar o no peticiones de extradición; apátridas religiosos; condenados al Purgatorio que han apelado contra su asignación; solicitantes de asilo huidos del infierno; presuntos criptocristianos cuya condición ha de ser comprobada; herejes arrepentidos que pudieran ser relapsos; apóstatas, agnósticos y ateos que renegaron de su error en artículo mortis y también han de ser investigados... como puede comprobar la casuística es muy variada, pero en general se trata de gente tranquila que no suele crear problemas y con quienes seguramente podrá hacer buenas migas para matar la espera.

-¿Qué ocurriría si se resolviera negativamente mi expediente? -cortó Barsanufio deseoso de ir al grano.

-Dado que usted no entra en ninguno de estos supuestos y su caso se debe presuntamente a un error administrativo ajeno a su responsabilidad, no debería haber problemas... salvo los causados por los posibles retrasos, como ya le expliqué. Y si los hubiera, que nunca se sabe... bien, usted podría apelar, pero mientras tanto estaría obligado a permanecer aquí.

-¿Por cuanto tiempo?

-Eso no se puede saber, depende mucho de las circunstancias, pero insisto en que puede haber mucha variación tanto en un sentido como en el otro. Es mejor que no se obsesione con ello.

-Si lo llego a saber, me quedo allá abajo -rezongó mordaz, más para sí que para su interlocutor.

Pero éste, para su sorpresa, recogió el guante.

-Conforme a la normativa vigente cualquiera llegado aquí puede solicitar, siempre que no haya sido clasificado de forma definitiva tal como es su caso, ser devuelto al lugar donde ocurrió su fallecimiento; pero en ningún caso reencarnándose en su cuerpo mortal o en ningún otro, ya que eso supondría una resurrección y ésta está completamente prohibida sin excepciones de ningún tipo.

-¿Qué significa esto? -preguntó Barsanufio escamado.

-Sencillamente que se convertiría en un alma en pena condenada a vagar por el mundo arrastrando su no existencia por toda la eternidad; éste es el origen de los fantasmas que tanto han intrigado siempre a los mortales. Si usted lo desea bastará con que lo solicite y se le concederá de oficio, pero su decisión será irreversible; nunca podrá volver aquí, ni siquiera al infierno donde, a pesar de su mala fama, tampoco lo pasan tan mal.

Iba a responder Barsanufio que eso le parecía hacer un pan con unas tortas cuando la inoportuna aparición de un recién llegado, cuya túnica ostentaba un desvaído color rosa palo, interrumpió la conversación dado que el ángel tuvo que atenderlo. Ignoraba cual sería la razón que le había llevado allí, pero tampoco le importaba. Así pues, despidiéndose brevemente del parlanchín espíritu volador se puso a deambular sin rumbo por la estancia.

Para su sorpresa descubrió a alguien que ostentaba el mismo color que el suyo, quien hasta entonces le había pasado desapercibido, y también al propio ángel, al encontrarse bastante alejado y oculto tras un numeroso grupo que formaba un corro hablando de cosas a las que no prestó atención.

Por el contrario su compañero, así lo calificó mentalmente, se mantenía apartado y meditabundo, sentado en uno de esos extraños pero aparentemente cómodos sillones-nube. Se acercó a él con timidez temiendo ser rechazado, pero al menos habría que intentarlo.

Al desconocido, tras apreciar la similitud cromática, se le iluminó el rostro saludándole en un castellano antiguo, pero que no obstante pudo entender sin dificultad dado que, tal como había tenido ocasión de comprobar, otra de las habilidades innatas de las almas incorpóreas era el don de lenguas.

Pero Antúnez, así se llamaba, le relató una historia parecida a la suya, con la diferencia de que en lugar de ser un recién llegado era un veterano. De hecho, afirmó, era uno de los más antiguos de todos los que se encontraban en ese lugar.

Al preguntarle cuanto tiempo llevaba esperando él fue incapaz de decirlo, pero sí recordaba perfectamente el momento de su muerte: había sido a causa de las heridas recibidas en la batalla de Sagrajas, en la cual los ejércitos castellano y aragonés, comandados respectivamente por los reyes Alfonso Fernández y Sancho Ramírez, fueron derrotados por los almorávides sufriendo numerosas bajas entre ellas la del propio Pero, uno de los caballeros del séquito del monarca castellano.

Barsanufio se quedó helado. Aunque no estaba muy fuerte en historia sabía que el rey que había combatido en la batalla de Uclés fue Alfonso VI -en su época todavía no se usaban los ordinales-, conocido por su protagonismo en el Cantar del Mío Cid; y aunque tampoco se entendieron en las fechas dado que Pero utilizaba la era hispánica y él la cristiana, sabía que este rey había vivido en el siglo XI, por lo cual su nuevo amigo llevaba a la espera de ser clasificado la friolera de casi mil años.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, aunque al carecer de referencias temporales Barsanufio desconoce cuanto. Pero Antúnez logró al fin la ansiada túnica verde esmeralda y se despidió emocionado de él, lamentando la separación. Él continúa con la beige a la espera de que concluya su ordalía burocrática, rogando no tener que esperar tanto.


Publicado el 20-10-2025