Terror nocturno



-Chirrrr...

El chirrido amortiguado de una puerta le arrancó bruscamente de su profundo sueño. Irritado, se dio la vuelta y hundió la cabeza en la almohada intentando volver a conciliarlo.

-Tap.

El sonido lejano de una pisada se lo impidió. Rebulléndose inquieto, optó por taparse la cabeza con la almohada.

-Tap, tap.

Las pisadas se iban aproximando poco a poco a su habitación. Perdida la esperanza de volver a dormirse, comenzaron a rondarle terrores atávicos procedentes de cuando para nuestros remotos antepasados la oscuridad nocturna era una fuente constante de amenazas y peligros, muchos de ellos mortales.

-Tap, tap, tap.

-Él había dejado de creer hacía tiempo en fantasmas, aparecidos y similares, pero eso era a la luz del día; ahora, por el contrario, rondaban por su mente lecturas de Bécquer, Poe, Bram Stoker, Lovecraft, Stephen King... y de repente se sintió asustado.

-Tap, tap.

Las pisadas sonaban ya frente a la puerta del dormitorio. De la inquietud pasó sin poderlo evitar al miedo. Un miedo irracional, ancestral, pero no por ello menos inquietante.

-Chirrrr...

La puerta del dormitorio se abrió. Recortada en la penumbra que se filtraba desde el pasillo avistó una sombra que se acercaba en silencio a él.

El corazón le golpeaba frenéticamente contra el pecho, al tiempo que controlaba con dificultad los esfínteres. Aterrorizado e incapaz por completo de reaccionar, se encogió cuanto pudo bajo el frágil refugio de la sábana adoptando una postura fetal.

-Tap, tap.

Sonaron las pisadas junto a la cama. Instantes después sintió que lo que él imaginara como una garra le aferraba por el indefenso hombro.

Estaba a punto de gritar despavorido cuando oyó una voz. No era la de un monstruo del averno ni tampoco la de un asesino sediento de sangre llegado del más allá, sino la familiar de su madre hablándole cariñosamente al tiempo que le sacudía el hombro con suavidad.

-¡Vamos, Luisito, levántate ya que vas a llegar tarde! ¿O es que quieres ser el último en entrar en la clase justo el día que empieza el curso?

Rezongando algo que ni siquiera él entendió se removió en la cama zafándose de la débil presa materna en un intento de rebañar unos segundos de sueño.

No le sirvió de nada. Su madre, inflexible, subió la persiana lo suficiente para que la luz de la mañana entrara a raudales disipando las tinieblas.

-¡Venga, no te hagas el remolón! Te he preparado el desayuno que más te gusta.

Le apremió al tiempo que le revolvía cariñosamente el pelo.

Luis -odiaba que a su edad le siguieran llamando por el diminutivo-, todavía adormilado, se sentó en la cama restregándose los ojos con los puños. Sospechaba que el día no había comenzado bien.


Publicado el 4-9-2025