Divergencia



Ramón P. era una persona de hábitos tranquilos y refinados. Gran amante de la música clásica, ya en sus tiempos de estudiante había reunido una considerable colección, algo meritorio teniendo en cuenta su débil economía, de grabaciones en casetes, que años después renovaría por discos de vinilo y más adelante por discos compactos, conforme la evolución tecnológica -y también la obsolescencia programada- ponían a su alcance versiones más avanzadas.

Décadas después descubriría que su colección se había vuelto a quedar obsoleta al poder oír cualquier composición musical que le interesara directamente desde internet. Cierto era que los altavoces del ordenador no podían competir en modo alguno con el equipo de alta fidelidad que en su día comprara con tanta ilusión con sus primeros ingresos; pero la comodidad vencía al sibaritismo ya que el reproductor de discos compactos, debido a su antigüedad, no podía leer las memorias USB, por lo que éste llevaba años acumulando polvo.

Paradójicamente, cuando tenía a su alcance una oferta musical muy superior a la de su colección discográfica, e incluso se podía permitir el lujo de oír composiciones desconocidas sin necesidad de comprar el disco, y por lo tanto sin correr el riesgo de desperdiciar el dinero en algo que una vez oído no le gustara, conforme pasaban los años cada vez oía menos música; no porque hubiera perdido interés en ella, sino porque poco a poco fue reorientando sus horas de ocio hacia otras aficiones poco compatibles con pasar horas y horas oyendo música sentado cómodamente en un sillón.

Hasta que un día, sintiendo nostalgia de algunas de sus composiciones favoritas que llevaba años sin oír, y convenciéndose de que podría hacerlo mientras se dedicaba a otras labores en el ordenador, buscó en internet la tercera sinfonía de Saint Saëns, la majestuosa composición que le había fascinado la primera vez que la escuchó y le seguía gustando cada vez que la oía de nuevo, principalmente cuando el órgano, un instrumento inusual en la música sinfónica, abría con su acorde triunfal el Maestoso-Allegro con el que concluía esta obra maestra.

Hacía tiempo que no la escuchaba, por lo cual la acogió con interés recreándose en los compases que afloraban de su memoria a la par que la orquesta desgranaba las notas, pese a lo cual y para su sorpresa fueron varias las ocasiones en las que tropezó con discrepancias entre sus recuerdos y lo que desgranaba la grabación.

En realidad éstas eran muy sutiles, y sin duda hubieran pasado desapercibidas a la mayor parte de los oyentes. Pese a su buen oído y a estar familiarizado con la sinfonía Ramón P. carecía de una formación musical académica, por lo cual en un primer momento las achacó a fallos de su memoria; al fin y al cabo había dejado atrás hacía bastante tiempo su juventud, y con ella su otrora excelente capacidad para memorizar recuerdos.

Pero seguía encontrándose incómodo, por lo que comenzó a considerar la posibilidad de que pudiera tratarse de una peculiaridad de la versión que había elegido poco menos que al azar; algunos directores tenían la costumbre, o la manía, de poner su sello personal en las obras que dirigían, y aunque él nunca había sido un fanático de determinados divos y se conformaba con que la ejecución fuera suficientemente buena y de su agrado, pensó que lo mejor para salir de dudas sería oír una versión diferente.

Así lo hizo, para desconcierto suyo con idéntico resultado. Una vez podía deberse a la casualidad, pero dos... Ya francamente intrigado, recurrió a la vieja versión en disco compacto que conservaba desde hacía décadas la cual, contra toda evidencia, se empeñó en mostrarse de acuerdo con las dos anteriores.

Irritado, y sin querer dar su brazo a torcer, cambió el disco por otro de su colección que contenía otra obra del compositor francés que asimismo conocía, la lúgubre Danza Macabra con su cohorte de descarnados esqueletos bailando al son que marcaba el desafinado violín de la Muerte. Ahí no había posibilidad de cambio, ya que había oído esa grabación en multitud de ocasiones sin encontrar nada extraño, lo mismo había ocurrido con las versiones de internet salvo cuando se encontró con una orquestación diferente; pero esto no tenía nada que ver con lo que buscaba.

Y volvió a ocurrir; al igual que sucediera con la sinfonía, descubrió en ella varios sutiles cambios. Tampoco en esta ocasión se trataba de discrepancias importantes, y tampoco podía decir que sonaran peor que como él recordaba; a veces, incluso, se le antojaron mejoras, como si el compositor hubiera estado más inspirado. Unas veces afectaban a la melodía, otras a la armonía, otras al ritmo o al compás, otras a la orquestación... pero no deberían estar ahí.

Tras repetir tres veces la audición abandonó desesperado y somnoliento, puesto que se le había hecho tarde; aunque en su sueño agitado y entrecortado se intercalaron pesadillas en las que esqueletos jugaban con las notas de una partitura modificándolas o cambiándolas de lugar a su antojo.

Ramón era tozudo, por lo que al día siguiente y en los sucesivos probó con otras obras que conocía lo suficiente como para poder seguirlas en su totalidad: el concierto para piano número 2 y La isla de los muertos de Rachmaninov, la quinta sinfonía y Manfredo de Tchaikovsky, la sinfonía y Redención de César Frank, el Dies irae del Réquiem d Mozart, la Oda a la Alegría de Beethoven, la tocata y fuga en re menor de Bach, Amanecer de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, incluso el tema principal de La guerra de las galaxias de Williams... y siempre, sin excepción, aparecían algunas pequeñas diferencias en ellas.

Peor fue lo que ocurrió con el Bolero de Ravel, donde bastaron las mínimas alteraciones de costumbre para alterar su ritmo y su orquestación hasta convertirlo en algo distinto... fascinante, sin duda seguía siendo Ravel, pero distinto. Finalmente, tras probar con melodías conocidas de música española, incluidas zarzuelas y hasta pasodobles, hubo de rendirse a la evidencia. O su memoria tenía más agujeros que un colador, o alguien había cambiado, no imaginaba cómo, no ya las partituras sino incluso hasta las grabaciones más antiguas, como pudo comprobar oyendo algunas históricas con sus característicos crujidos de fondo. Y puesto que su memoria seguía funcionando razonablemente bien y todas las versiones de una misma obra coincidían en las discrepancias, empezó a preguntarse si no estaría empezando a volverse loco.

La solución salomónica que adoptó fue la de no volver a oír música, al menos aquélla que conociera suficientemente bien; esto no le impidió seguir dándole vueltas a la cabeza a tan desconcertante fenómeno, pero al menos le proporcionó algún sosiego.

Lamentablemente esta tranquilidad relativa le duraría poco. Miraba distraído los periódicos, cuando encontró en uno de ellos un artículo sobre el final alternativo de la película Casablanca que finalmente no se llegaría a rodar. Esto le sonaba, pero picado por la curiosidad lo leyó. Todo cuadraba con sus recuerdos: el guión se había escrito y reescrito de forma precipitada durante el rodaje para desesperación de los actores, y se habían llegado a esbozar hasta cuatro finales diferentes de los cuales había triunfado el feliz -al fin y al cabo Hollywood era Hollywood- con la huida de Ilsa y su antiguo amante Rick, mientras el chasqueado Víctor Laszlo se quedaba abandonado y sin esposa en Marruecos; aunque había rumores de que se había llegado a filmar otro final en el que Rick sacrificaba su amor y su posibilidad de escapar a los Estados Unidos en un arranque moral que contrastaba con su proverbial cinismo, éste nunca se había exhibido.

¿Otra vez los cambios? Ramón había visto varias veces la película, y recordaba perfectamente que ésta finalizaba con la marcha de Ilsa y Laszlo mientras Rick abandonaba la pista del aeropuerto acompañado por Renault, el corrupto policía francés, pronunciando la famosa frase “Louis, me parece que éste es el comienzo de una hermosa amistad” que la cerraba.... justo lo contrario de lo que afirmaba el autor del reportaje.

Renegando de la ignorancia de los periodistas jóvenes, Ramón cerró la página. Todo podría haber quedado ahí de no haber sido por su cabezonería, que le instigó a revisar la película. No le resultó difícil encontrar una copia en internet, aunque a él tan sólo le interesaba el final; la abrió... y efectivamente Ilsa y Rick abandonaban Casablanca a bordo del avión mientras Laszlo quedaba a merced del venal policía.

Un mazazo en la frente no le hubiera causado mayor conmoción. Excitado buscó otras versiones, escudriñó descripciones y sinopsis de la película, leyó comentarios... siempre con el tozudo e incongruente resultado.

La irritación dio paso a la preocupación y ésta, sin solución de continuidad, al temor. ¿Qué estaba ocurriendo? Ya no podía atribuirlo a fallos de memoria, a extravagancias de un director con sus versiones personales, que en 1942 no existían, o a desconocimiento de los periodistas; eran demasiadas coincidencias.

Aunque había visto bastante películas a lo largo de su vida Ramón no era un cinéfilo, por lo cual prefirió no seguir indagando en este campo; pero sí podía hacerlo en otros donde se manejaba mucho mejor como la literatura o la historia. Y como libros no le faltaban, comenzó a explorar este campo.

Fueron bastantes los volúmenes que hojeó alternándolos con consultas a enciclopedias o a internet; al estar jubilado y vivir solo no tenía problemas de falta de tiempo, aunque su dedicación plena a lo que se había convertido en una obsesión redujo sus actividades diarias a unas compulsivas sesiones de lectura a las que dedicaba la totalidad del día y buena parte de la noche -su sueño también se había visto alterado- excepto para las inexcusables necesidades corporales. Incluso comenzó a encargar comida preparada a domicilio, algo de lo que siempre había renegado, para disponer de más tiempo libre.

Las diferencias aparecían por todas partes. Pequeñas, como siempre, irrelevantes en el contexto general; pero existían. Fechas históricas no demasiado importantes trasladadas al día anterior o al siguiente; frases famosas o fragmentos de poesías con ligeras variaciones; nombres de ciudades o de accidentes geográficos con alguna letra cambiada; fronteras internacionales que dejaban en el lado incorrecto alguna pequeña población... hasta encontró recetas de cocina con algún ingrediente sustituido por otro. En lo referente a la literatura ocurría lo mismo, desde novelas de ciencia ficción -el robot asimoviano R. Daneel Olivaw aparecía transmutado en R. Daneel Oliphant- hasta clásicos como el Quijote con el bachiller Sansón Carrascosa, o el Buscón de Quevedo estudiando en la Universidad de Salamanca en lugar de la de Alcalá.

Pero el colmo fue cuando al revisar sus propios relatos -Ramón era escritor aficionado- encontró en éstos detalles que no recordaba haber escrito... a pesar de que la inmensa mayoría de ellos no habían salido nunca de su ordenador.

Fue entonces cuando Ramón, carente de amigos íntimos con los que poder sincerarse, recurrió a algunos de sus pocos conocidos para sondearles sobre este sorprendente enigma, con el único resultado de recibir respuestas que oscilaban entre la incredulidad y el sarcasmo, porque todos ellos sin excepción sentenciaron que esas alteraciones tan sólo existían en su imaginación.

Cerrada esta última vía Ramón se encerró definitivamente en sí mismo temeroso de ser tildado de loco, aunque sin poder evitar seguir buscando enfermizamente las discrepancias entre la realidad que recordaba y lo que encontraba, constatando que con el paso del tiempo éstas se hacían cada vez más frecuentes y asimismo más profundas. Ya no se trataba de pequeñas variaciones casi imperceptibles en obras musicales, literarias, cinematográficas o históricas; con el agravante de que si volvía a consultar alguna de nuevo pasado cierto tiempo, no sólo mantenía las diferencias con el original sino también con las primeras versiones alteradas hasta convertirlas en poco menos que irreconocibles.

Llegó un momento en el que las diferencias fueron tan grandes que no cabía ya la menor excusa: Hitler invadió Polonia en octubre de 1939 en lugar de en septiembre; Kennedy sobrevivió al atentado de Dallas, culminando su mandato y siendo reelegido para un segundo; la Revolución francesa tuvo lugar en 1793; el último emperador romano, Valentiniano III, fue destronado y muerto el año 454 por su antiguo magister militum Aecio, al que a su vez él había intentado asesinar; la bandera del Portugal republicano seguía siendo la azul y blanca de la dinastía Braganza... Incluso el Apolo XII había sido la primera misión lunar exitosa, en noviembre de 1969, tras el trágico accidente en el que fallecieron Neil Armstrong y Buzz Aldrin, miembros de la misión Apolo XI, al estrellarse en julio de ese año su módulo lunar durante el aterrizaje en la superficie de nuestro satélite.

Cuando finalmente leyó que América había sido descubierta en 1490 por Colón en un viaje patrocinado por Juan II de Portugal, por lo cual el idioma portugués se extendía desde México hasta la Patagonia, su cuerpo no pudo más.

Lo encontraron días después, desnutrido y comatoso, derrumbado frente al ordenador que todavía seguía encendido. Aunque los médicos lograron salvarle la vida no pudieron hacer lo mismo con su mente, quedando postrado hasta el fin de sus días en una residencia de grandes dependientes convertido en poco más que un vegetal irrecuperable.


* * *


En algún lugar, fuera del universo y de las tres limitadas dimensiones conocidas por los humanos, dos entes imposibles de describir dialogaban mediante algo que no era un idioma.

-Te lo había advertido, tu experimento estaba condenado al fracaso.

-Bueno -respondió el segundo-, el resultado no es concluyente, pero no esperaba que lo fuera. Desde el principio lo consideré un simple ensayo previo del que poder extraer conclusiones de cara a mejorar futuras repeticiones.

-¿Es que vas a hacerlo de nuevo? -preguntó alarmado el primero-. No es cuestión de éxito o de fracaso, sino de ética.

-¿Ética? ¿Con esos insignificantes seres a los que a duras penas se les podría considerar inteligentes? ¿Bromeas?

-No, no bromeo. Esos insignificantes seres, pese a su simplicidad, tienen derecho a vivir tranquilos su efímera existencia, que para ellos seguramente será tan longeva como para nosotros es la nuestra. Y tú los has torturado innecesariamente.

-Solamente a uno. Y no lo torturé. Me limité a introducir algunas modificaciones infinitesimales en determinadas variables de su entorno que ni siquiera afectaban a su propia vida, estudiando su capacidad de adaptación a distintos cambios paulatinos.

-Dirás mejor que se lo hiciste a toda una secuencia de ellos; sabías perfectamente estos seres no son omnidimensionales, sino entidades independientes limitadas a su propio ámbito tridimensional y ajenas a la existencia de homólogos en sus correspondientes monoversos. Por consiguiente uno solo no te servía para nada, por lo cual tuviste que hacérselo a una secuencia completa de ellos.

-Tanto da. Lo único que hice fue desplazarlos de su monoverso al contiguo, con unas diferencias tan mínimas entre ambos que no tenían por qué alterarlos.

-No seas cínico, eso sólo fue la primera fase. A continuación, supongo que debido a que no ocurrió nada relevante, los volviste a trasladar al segundo monoverso, luego al tercero... y así sucesivamente hasta que no pudieron resistir la tensión y se derrumbaron. Todos ellos, con independencia de que alguno llegara a resistir algún salto más que el resto.

-¿Y qué? No he hecho nada ilegal, ni me arrepiento de ello. Esos seres inferiores, y quizás considerarlos como tales sea incluso exagerado, no tenían para mí la menor relevancia, pero su estudio ha resultado útil para mi investigación sobre las fuerzas de tensión que delimitan y separan los monoversos contiguos. Es un detalle pequeño, por supuesto, pero sumado a otros que pienso estudiar me permitirá desarrollar mi teoría. Además -añadió- tan sólo manipulé a un único ejemplar.

-Sabes de sobra, y lo acabas de reconocer, que estos seres son monoversales sin la menor vinculación con sus homólogos, de los cuales desconocen su existencia. Así pues, tus sujetos de investigación no era uno sino infinitos, tantos como monoversos existen en un multiverso.

-No exageres, no fueron tantos. Tan sólo intervine en una pequeña región de su espectro pluriuniversal, aquélla que contenía entornos similares y compatibles con mis especímenes. De nada hubiera servido trasladarlos a entornos completamente diferentes al suyo.

-Siguen siendo muchos.

-¿Y qué? ¿Sabes cuántos de estos seres habitan en cada uno de sus respectivos mundos? Miles de millones, y son tan sólo una insignificancia en comparación con los que pueblan los monoversos. ¿Sabes cuántos mueren constantemente, muchos de ellos por causas no naturales e incluso provocadas por sus rencillas? Comparada con éstos, la mortalidad provocada por mi experimento fue insignificante.

-Está bien -se rindió su interlocutor-. No te voy a convencer, igual que tú tampoco me convencerás a mí con tus explicaciones.

-No pretendo convencerte, pero has de ser consciente de que mi único límite es la ley; y sabes que no la he infringido en ningún momento. En cuanto a los escrúpulos... éstos no son más que un obstáculo para mi investigación. Aparte de que, vuelvo a repetirlo, la existencia de estos insignificantes seres no tenía la menor relevancia se mire como se mire. ¿Pero por qué no olvidamos este tema y nos dedicamos a otra cosa? ¿Te parece que vayamos a ver el nuevo oligoverso que acaba de formarse en el sector (incomprensible) del multiverso (incomprensible)? Me han dicho que es un espectáculo digno de visitar.


Publicado el 27-5-2025