Una sutil diferencia



El día 4 de febrero de 20.., a las 9 de la mañana, José P. llegó a su trabajo, tal como hacía todos los días.

El día 4 de febrero de 20.., a las 9 de la mañana, José P. llegó a su trabajo, tal como hacía todos los días.

No, no es que por error haya salido repetida la frase anterior; es que el día 4 de febrero de 20.., a las 9 de la mañana, José P. llegó dos veces a su trabajo de forma simultánea.

O, por decirlo con mayor propiedad, fueron dos José P., diferentes pero idénticos, los que llegaron a trabajar a su oficina el día 4 de febrero de 20.. a las 9 de la mañana.

Lo cual, teniendo en cuenta que José P. nunca había dicho que tuviera un hermano gemelo, no dejó de resultar sorprendente a sus compañeros... e incluso a él mismo, a ellos mismos para ser más precisos, a juzgar por sus airadas reacciones al descubrir la presencia de sus respectivos sosias; ya que tanto José P. A como José P. B -llamémosles así tan sólo a efectos de identificación- reaccionaron exactamente igual el uno que el otro, pasando de la sorpresa inicial a la perplejidad y de ésta a la indignación, al considerar ambos que su respectiva réplica no era más que un mero impostor que pretendía hacerse pasar por él.

De hecho, fue necesario separarlos para evitar que llegaran a las manos.

Los compañeros de José P., de los dos José P., estaban completamente desconcertados. Ambos eran idénticos hasta en el último detalle, incluyendo la ropa que llevaban puesta y que, por estar en invierno, era bastante abundante, gorra, bufanda y paraguas -esa mañana llovía- incluidos. Y ambos, encerrado cada uno de ellos en un despacho diferente, intentaron convencerles de que eran el José P. verdadero desgranando toda una serie de anécdotas, no todas ellas aptas para menores de 18 años, conocidas tan sólo por él -por cada uno de ellos- y por sus compañeros, a la par que presumiblemente ignoradas por un posible impostor.

El problema fue que tanto José P. A como José P. B esgrimieron idénticos argumentos con similar grado de verosimilitud, con lo cual a ninguno de ellos le fue posible convencer a sus compañeros de trabajo de que él era el verdadero José P. mientras era su rival el que pretendía hacerse pasar por él.

Por ello sus compañeros, tras recobrarse dentro de lo posible de la sorpresa inicial, y visto que no podrían retenerlos más tiempo del estrictamente necesario, ni tampoco dejarlos sueltos ante el peligro de que ambos acabaran como el rosario de la aurora, optaron por desentenderse endosándole el problema al máximo superior jerárquico presente en esos momentos en la oficina, que para eso él era el jefe. Y éste, tras cerciorarse de que no había nadie por encima de él que le permitiera escurrir a su vez el bulto, decidió llamar a la policía.

Los policías, por su parte, tampoco tuvieron nada claro lo que podían hacer. Por un lado no se había cometido ningún delito flagrante, pero por otro se encontraban con dos personas aparentemente idénticas con una única identidad legal, lo cual hacía crujir los cimientos mismos del Derecho. Por si fuera poco no se trataba tampoco de un vulgar caso de suplantación de identidad, ya que no tenían manera alguna de identificar al original y a la imitación no sólo por su aspecto físico -más que gemelos parecían auténticos clones-, sino por la documentación totalmente en regla que demostraba su condición de ciudadano español... también por duplicado.

Exasperado y sin saber que hacer, el inspector de policía que comandaba la patrulla optó finalmente por llevárselos a la comisaría, donde se los endosó al comisario. Éste, que para su desgracia no encontró a quien largarle el marrón, suspiró profundamente antes de comunicar a los dos José P. que, ante la imposibilidad absoluta de identificarlos de forma fehaciente -sus huellas dactilares también habían demostrado ser idénticas-, y dado que uno de ellos era evidente que pretendía camuflarse bajo una identidad falsa, había optado por retenerlos en aplicación de la ley de extranjería, la única que se le ocurrió invocar, hasta que no se les pudiera realizar la prueba del ADN.

Por supuesto ambos tenían derecho a llamar a sus abogados; de hecho el comisario estaba deseando que lo hicieran, ya que confiaba quitarse el muerto de encima una vez que éstos exigieran la liberación de sus respectivos clientes invocando cualquier artículo de la ley correspondiente o de la propia Constitución, tanto daba...

Con lo que no contaba el desdichado policía era con el hecho de que ambos José P. pretendieran llamar al mismo abogado, el suyo de toda la vida según dijeron, con lo cual el sorprendido letrado se enfrentó a la difícil coyuntura de no saber a cual de los dos defender. Finalmente, y en una decisión salomómica en la que primera vez los dos lograron estar de acuerdo, decidieron renunciar mutuamente a sus servicios optando por recurrir a sendos abogados de oficio, uno para cada uno de ellos.

Éstos, una vez que pudieron asimilar mejor o peor lo insólito de la situación, estimaron conveniente adoptar en primer lugar las medidas necesarias para identificar a sus respectivos clientes de manera inequívoca, para la cual se asignó a cada uno de ellos un brazalete de tela de distinto color, encareciéndoles que lo llevaran siempre encima. Una vez resuelto esto, los dos abogados procedieron a exigir la aplicación de la presunción de inocencia a sus respectivos representados, con el argumento de que la retención de ambos, o de uno cualquiera de ellos sin comprobar previamente su verdadera identidad, vulneraría los derechos de un inocente.

Lo cual no les eximiría, claro está, de la obligación de someterse a la prueba del ADN, así como también deberían estar en todo momento a disposición de la policía siempre que ésta requiriera su presencia. Mientras tanto, podrían aguardar en su casa.

Sí, pero ¿en qué casa? Los dos José P. habían dado como dirección el mismo domicilio, y ambos poseían un juego de llaves idéntico que, como se pudo comprobar, correspondían a esa misma vivienda.

Y como ninguno de los dos estaba en modo alguno dispuesto a permitirle al otro el acceso a lo que consideraban su casa, volvían a tropezar con un problema aparentemente irresoluble. Por fortuna, y dentro de lo malo, José P. estaba soltero y vivía solo, con lo cual al menos se evitarían los presumibles problemas que habrían surgido de un hipotético y a todas luces surrealista triángulo amoroso entre ellos dos y la desconcertada cónyuge.

Al final no quedó otra solución que la de impedir a ambos el acceso a la disputada vivienda común hasta que no quedara aclarado el embrollo; el propio comisario se encargó de requisarles las llaves y precintar la puerta, fijándoles su residencia temporal en dos hostales cercanos a la comisaría... corriendo el gasto a cargo del presupuesto de la policía, dado que como es fácil de imaginar los dos custodiados -ése fue el ambiguo término que se les aplicó para definir su peculiar situación legal- se negaron en redondo a costear el alojamiento del “intruso”.

De paso, y como precaución adicional aceptada a regañadientes por los dos rivales, se procedió a retenerles también las tarjetas de crédito -duplicadas, como cabía suponer- al tiempo que se bloqueaban temporalmente sus cuentas bancarias, estas últimas con un único titular. Sería la comisaría, de nuevo, la que correría con sus gastos de manutención, aunque en su momento se les pasaría factura de todos ellos.

En principio se preveía que estas medidas, incómodas para todos, estarían en vigor tan sólo durante unos pocos días, justo hasta que la prueba del ADN, determinara de forma taxativa la identidad del verdadero José P. y la del suplantador que pretendía hacerse pasar por él.

El problema fue que, cuando llegaron los resultados de los análisis, se encontraron con que éstos dictaminaban que los perfiles genéticos de ambos eran idénticos hasta el último detalle.

Por fortuna para todos a esas alturas ya alguien se había ido de la lengua acerca de la extraña e inexplicable duplicación de José P. y, aunque en un principio los redactores jefe de los principales medios de comunicación rechazaron de plano hacerse eco de la noticia por considerarla extravagante y absurda -en realidad a lo que se negaron fue a pagar por ella-, finalmente acabaría trascendiendo por otras vías menos ortodoxas.

Y entonces fue el acabóse. Tanto es así, que ambos José P. se vieron obligados, muy en contra de su voluntad, a renunciar a sus alojamientos provisionales acogiéndose a la protección policial en un desesperado y compartido intento por eludir cualquier tipo de notoriedad incómoda.

Aunque eso no les resultó demasiado difícil, a precio eso sí de no poder abandonar las dependencias policiales, no ocurriría lo mismo con los adustos personajes que, tras presentarse poco después en la comisaría e identificarse como miembros de los servicios secretos del gobierno, les “invitaron”, no se puede decir que demasiado amablemente, a acompañarlos a un lugar que rehusaron identificar “por razones de seguridad”.

Y los acompañaron, qué remedio les quedaba. A la puerta de la comisaría les aguardaba un furgón cerrado en cuyo interior fueron introducidos en compañía de dos mudos custodios. La ausencia de ventanillas les impidió saber a donde les llevaban, hasta que tras casi una hora de viaje, lo que indicaba que la distancia que les separaba de su destino era considerable, el vehículo se detuvo y les abrieron la puerta.

Se encontraban en el interior de un garaje, y de allí les condujeron por una escalera hasta una habitación carente de ventanas y desprovista de mobiliario a excepción de una mesa y varias sillas.

Detrás de la mesa se encontraba sentado alguien con pinta de jefe con malas pulgas, el cual les invitó con un seco ademán a que se acomodaran frente a él.

-Bienvenidos a nuestra sede -fue el glacial saludo-. Espero que, dadas las circunstancias, puedan sentirse razonablemente cómodos aquí; deseo, por el bien de todos, que su estancia como huéspedes nuestros sea lo más breve posible... aunque esto dependerá principalmente de ustedes, no de nosotros.

Ante tamaña frialdad ambos José P. se miraron el uno al otro y, olvidando por un momento su mutua animadversión, firmaron una tregua tácita frente al enemigo común que, según todos los indicios, les había secuestrado llamáranlo como lo llamaran, con independencia también de todas las argucias legales que pudieran esgrimir para justificarlo.

-¿Qué quieren de... -vaciló uno de ellos, dudando entre usar el singular o el plural- de nosotros?

-Averiguar las razones de su extraño desdoblamiento -fue la previsible respuesta.

-¡Ojalá lo supiéramos nosotros! -suspiró el otro asumiendo también de forma tácita el plural-. ¿O acaso cree que hemos provocado esta situación de forma deliberada? ¡Somos nosotros las primeras víctimas!

-No lo dudo, caballeros, -apaciguó el policía- como tampoco dudo que serán los primeros interesados en que se resuelva de forma satisfactoria esta incómoda situación. ¿Me equivoco?

E interpretando el silencio hosco de sus interlocutores como muestra de asentimiento, añadió:

-Pero para ello necesitamos de forma imperiosa su colaboración.

-¿Y qué demonios quiere que hagamos? -protestó el José P. que había hablado en primer lugar-. Ya le hemos dicho que no tenemos ni la más remota idea de lo que haya podido ocurrir.

-Para empezar, es necesario que renuncien a su empeño en acusar a su respectivo compañero de ser un impostor que pretende suplantarlo; hasta donde hemos podido averiguar, y les aseguro que mis agentes han trabajado a fondo, los dos son el José P. original sin que sea posible hablar, y discúlpenme por la tosquedad del símil, de un original y una copia.

-¡Pero eso es absurdo! -intervino en esta ocasión el otro-. Somos personas, no papeles que se puedan fotocopiar o fotografías que se puedan reproducir. Y que yo sepa, todavía no se ha inventado la clonación humana.

-No, desde luego que no -concedió el policía enfatizando la respuesta con un enérgico movimiento de cabeza-. No al menos de forma legal. En cualquier caso, de haber sido posible una hipotética clonación clandestina, vete a saber con qué fines, el resultado habría sido un bebé recién nacido, no un adulto de la misma edad biológica que el copiado. Y por supuesto tampoco podemos hablar de un rocambolesco caso de hermanos gemelos separados en la misma cuna y criados por separado hasta ahora... amén de que hemos investigado de forma exhaustiva todos sus antecedentes familiares desde hace varias generaciones, descartando por completo la posibilidad de un parto gemelar, supongo que serán conscientes de que los hermanos gemelos, tanto si han crecido separados el uno del otro como si han convivido, siempre acaban desarrollando algún tipo de diferencias entre ambos; mucho menores, evidentemente, que las existentes entre dos hermanos cualquiera, pero siempre detectables. Todo lo demás son historias de novelas baratas.

-Y nada de eso ocurre en nuestro caso -rezongó uno de los dos José P. haciéndose eco de lo que pensaba el otro.

-En efecto, y he aquí lo más sorprendente: su similitud es asombrosa, mucho mayor de la que cabría esperar entre dos gemelos, incluso en aquéllos que siempre han vivido juntos. Pero si ya de por sí esto resulta intrigante, todavía lo es más el hecho de su repentino desdoblamiento.

-Yo no noté nada hasta el día en que llegué a la oficina y me encontré con él -se defendió José P. A.

-A mí me ocurrió exactamente igual -remató José P. B.

-Les creo, señores -contemporizó su interlocutor al tiempo que reprimía una sonrisa al no poder evitar que esos dos desdichados le recordaran a los desastrosos detectives Hernández y Fernández, compañeros habituales de Tintín-. Es más, hemos investigado lo que ocurrió ese día con anterioridad a las nueve de la mañana, y hemos podido determinar sin ningún género de dudas que de su domicilio salió un único José P., mientras que a su oficina, como bien han apuntado, llegaron los dos de manera prácticamente simultánea. ¿Coincide esto con sus recuerdos?

Ambos afirmaron con la cabeza.

-Y por supuesto no experimentaron ninguna sensación digamos... extraña durante el trayecto entre su domicilio y su trabajo.

Ambos negaron, también con la cabeza.

-Me lo imaginaba -suspiró el agente-. Bien, dentro de la colaboración que les he solicitado me gustaría incluir su consentimiento para realizar una serie de estudios de índole psicológica. Los análisis médicos están descartados una vez vistos los resultados de la prueba del ADN; no me extrañaría en absoluto que ustedes compartieran hasta las mismas cicatrices.

-¿Y mientras tanto? -preguntó con suspicacia José P. B.

-Mientras tanto, les agradeceríamos que se consideraran huéspedes nuestros. No, no están ustedes detenidos -les apaciguó con un vehemente gesto-; al fin y al cabo no han infringido ninguna ley, y en cuanto a ese ridículo problema de la documentación común que tanto parecía preocupar al comisario, les puedo asegurar que se trata de algo de fácil resolución. Más complicado resultaría quizá el tema de un hipotético reparto de sus bienes, pero creo no equivocarme si aventuro -añadió con malicia- que sólo con la explotación de su caso en los medios de comunicación ambos ganarían lo suficiente para compensar con creces el reparto de su actual patrimonio.

-¿Por qué, entonces, no nos deja libres? Nuestra colaboración no resulta incompatible con marcharnos de aquí, y una vez asumida nuestra situación podríamos reunirnos con ustedes siempre que fuese necesario.

La respuesta llegó como un jarro de agua fría.

-Lo siento infinito; entiendo su deseo y me gustaría satisfacerlo. Pero mucho me temo que no sea posible acceder a él, al menos por el momento.

Y viendo cómo la indignación comenzaba a reflejarse en los rostros de sus dos “invitados”, añadió:

-Se trata tan sólo de velar por su propia seguridad. ¿Se imaginan el revuelo que se formaría ahora mismo en el caso de que salieran ustedes a la calle? Bastante trabajo nos ha costado ya silenciarlo atribuyéndolo a una burda suplantación de personalidad, y les ruego que nos disculpen por ello. Eso sin contar con que, de no habernos adelantado nosotros, lo más probable es que a estas horas estuvieran en manos de los servicios secretos de vete a saber qué país o, todavía peor, en las de alguna mafia. Porque, desde luego, no resulta nada realista pensar que hubieran podido reanudar su vida normal, todavía más siendo ahora dos donde antes tan sólo había uno.

-Por otro lado -continuó tras una breve pausa-, les aseguro que serán compensados generosamente por las molestias que podamos causarles, tanto en el caso de que se logre revertir el desdoblamiento, como si éste se acabara convirtiendo en algo irreversible. En cualquier caso, desearía que fueran conscientes de la excepcionalidad de su situación, así como de la gran ayuda que pueden aportar a su país. Así pues, ¿aceptan?

Y aceptaron, claro está; ¿qué otra alternativa les quedaba?


* * *


Habían pasado varios meses desde que tuviera lugar la duplicación de José P., tiempo durante el cual ambos habían sido estudiados por un nutrido grupo de especialistas... sin el menor resultado, para desesperación de todos.

En realidad, éstos tan sólo habían podido llegar a una única conclusión: Ambos sujetos eran similares, o lo habían sido tras su desdoblamiento, hasta el más mínimo detalle, con un grado de coincidencia inverosímil incluso entre gemelos idénticos... de hecho, y tal como había aventurado el responsable de la base secreta donde estaban recluidos, se había podido constatar que la concordancia alcanzaba hasta detalles tan nimios como las cicatrices, los lunares o las verrugas en un claro desafío a las normas de la lógica.

Su semejanza mental era asimismo absoluta. Y puesto que los psicólogos afirmaban que, al ser la personalidad fruto tanto del patrimonio genético como de la continua influencia del ambiente, era imposible que no existieran diferencias siquiera nimias, su conclusión era clara: el fenómeno tan sólo se podía explicar en base a una duplicación exacta, incluso a nivel molecular, del cuerpo de José P.; una duplicación tan perfecta que resultaba de todo punto imposible al contradecir todos los principios de la lógica.

Claro está que esto no resolvía el problema.

Así pues, y dado que las interpretaciones racionales hubieron fracasado por completo, de común acuerdo, aunque no sin discrepancias, decidieron recurrir a una menos ortodoxa.

Era una cálida mañana de finales de primavera. En una sala bastante más acogedora que el búnker en el que los dos José P. fueran recibidos por primera vez, se encontraban reunidos alrededor de una mesa los citados, el agente a cuyo mando se encontraba el edificio y otras dos personas.

El primero de ellos era el doctor García, seudónimo bajo el cual se camuflaba -quizá por un exceso de deformación profesional todos los que allí trabajaban ocultaban su verdadero nombre- el responsable del equipo de psicólogos que había investigado de forma infructuosa el extraño caso de José P.

El segundo, un desconocido hasta entonces, les había sido presentado como el señor Gómez, experto en temas de parapsicología.

Aunque en un principio tanto los propios interesados como la totalidad de los científicos rechazaron de plano la intervención de un “experto” en tamaña disciplina tan poco canónica, finalmente, y ante la disyuntiva de encontrarse frente a un callejón sin salida, habían acabado aceptando a regañadientes su presencia.

El Coronel C., tal como conocían al director de la base en la que se encontraban, era quien había abogado, a diferencia de todos ellos, por un nuevo enfoque menos ortodoxo visto el fracaso de las técnicas tradicionales, con toda probabilidad movido por su mentalidad eminentemente práctica. Esto no quería decir, lo dejó bien claro, que diera pábulo al primer embaucador que se cruzara en su camino, ni que renegara en modo alguno de los postulados de la ciencia oficial; pero argüía, parafraseando a Arthur C. Clarke, que la única manera de descubrir los límites de lo posible era aventurándose en el terreno de lo imposible.

Así pues, el señor Gómez -según todos los indicios también otro seudónimo- fue invitado a participar en lo que por los corrillos de la base se denominaba un tanto malévolamente el Proyecto P4, por los dos Pepes que constituían el objeto de la investigación.

Éste, consciente de que no era bien recibido, se apresuró a apaciguar a sus compañeros asegurándoles que nada más lejos de su intención que proceder como un vulgar espiritista o un tosco embaucador, y que él era el primero en condenar sin paliativos todo ese hatajo de engañifas... aunque, reconoció, era consciente de que esta declaración de principios no difería gran cosa de las manifestaciones similares que solían pregonar esos mismos buscavidas, pretendiendo convencer de que sus actividades, hasta las más delirantes, siempre eran serias y, por supuesto, totalmente respetables.

No, él no tenía nada que ver con ninguna de esas seudociencias esotéricas, e incluso le desagradaba que le presentaran como parapsicólogo dadas las connotaciones negativas que había adquirido el término, máxime cuando él no pretendía en modo alguno buscar los potenciales ocultos de la mente ni nada remotamente parecido, sino tan sólo aplicar el método científico más riguroso a ciertas zonas grises de las fronteras del conocimiento humano, con la esperanza de ampliar los ámbitos del conocimiento. Al fin y al cabo -él también había leído, al parecer, al autor de 2001: Una odisea espacial- toda tecnología superior no podría distinguirse de la magia, y lo que hoy era ciencia en el pasado se habría considerado algo sobrenatural.

 

Todo ese discurso estaba muy bien hilado, por supuesto, pero por sí mismo era difícil que contribuyera a disipar las reticencias acerca de la credibilidad real del postulante. Por esa razón, decidió ir directo al grano preguntando a sus interlocutores qué pensaban ellos acerca de los universos paralelos.

 

Tanto al Coronel C. como al doctor García eso les sonó literalmente a chino, pero para sorpresa de ambos no ocurrió lo mismo con los dos José P. que, aficionados como eran a la ciencia ficción, inmediatamente comprendieron por donde querían ir los tiros.

 

-La cuestión es sencilla de entender -explicaba Gómez-. Basta con imaginar un conjunto teóricamente infinito de universos tridimensionales empaquetados dentro de un espacio tetradimensional; no, no me estoy refiriendo al espacio-tiempo de Einstein en el que el tiempo es considerado como la cuarta dimensión, sino a una cuarta dimensión espacial indistinguible de las tres convencionales. Obviamente nosotros, en nuestra condición de seres tridimensionales, no somos capaces de percibirla, al igual que unos seres bidimensionales habitantes de un hipotético universo plano tampoco podrían hacerlo con nuestra tercera dimensión, la profundidad o el eje Z de los matemáticos.

 

»Planteado este marco, nosotros podemos imaginar cómo diferentes universos bidimensionales, paralelos entre sí, podrían estar contenidos dentro de un universo tridimensional, de forma parecida a las hojas de un libro pero, eso sí, con un grosor nulo conforme a la definición matemática de cero e infinito; puesto que la suma de un número cualquiera de espesores nulos seguiría siendo cero, en nuestro universo tridimensional podrían caber infinitos universos bidimensionales sin que jamás se colmara el espacio disponible, digámoslo así.

 

-¿Y qué tiene que ver esto con nuestro caso? -preguntó el coronel un tanto perdido- Si no he entendido mal, cada universo de los suyos estaría aislado por completo de los demás pese a ser contiguos, así que tanto nos da que éstos existan como que no...

 

-Celebro que haya dado usted en el clavo -aduló Gómez; en realidad el coronel no veía por ningún lado ni el clavo ni el martillo, pero optó por callar en beneficio de su dignidad intelectual-. Efectivamente, en un principio estos universos que usted ha definido muy bien como contiguos deberían mantenerse aislados entre sí; la evidencia cotidiana demuestra que lo que ocurre es precisamente esto.

 

-¿A dónde quiere usted llegar? -preguntó el psicólogo, cada vez más convencido de que se las había con un vulgar charlatán.

 

-A que, aunque ésta sea la tendencia general, siempre es posible imaginar que pueda aparecer algún... digamos cortocircuito de manera que dos universos vecinos pudieran entrar en contacto de forma puntual, lo que permitiría un momentáneo intercambio de materia o energía entre ellos. De hecho, es la propia mecánica cuántica la que, a través del Principio de Incertidumbre, afirma que nunca existe una probabilidad nula, por muy baja que ésta sea, de que tenga lugar el proceso físico más inesperado.

 

-¡Un momento! -exclamaron a dúo los dos José P., hasta que finalmente uno de ellos cedió la palabra al otro ante la evidencia de que sus líneas de razonamiento eran por completo similares- ¿Acaso quiere decir que uno de nosotros...?

 

-Proviene de un universo paralelo al nuestro -completó la pregunta Gómez-. Y que pudo ser arrojado a éste de forma accidental. Es probable que en su universo de origen le hayan dado por desaparecido, mientras aquí, por el contrario, lo tenemos por duplicado -sonrió.

 

-¡Eso es completamente absurdo! -explotó iracundo el doctor García- ¡Usted nos está tomando el pelo!

 

-¿Más absurdo que la evidencia de tener sentadas frente a usted a dos personas idénticas hasta el último cabello? -respondió con calma el interpelado-. Le recuerdo que durante varios meses su ciencia oficial ha sido completamente incapaz de desentrañar el enigma.

 

-¡Caballeros, por favor, les ruego que eviten las discusiones estériles! -intentó apaciguar el coronel dando muestras de impaciencia-. Hasta donde yo alcanzo a comprender, nada de lo que ha dicho el señor Gómez entra por el momento en conflicto con la ciencia, aunque se trate tan sólo de hipótesis no demostradas.

 

-Como usted quiera -bufó el psicólogo-. Pero será necesario bastante más de lo que se ha dicho hasta ahora para convencerme de que no se trata de un simple caso de charlatanería.

 

-Sin el menor ánimo de cuestionar sus conocimientos científicos -contraatacó el aludido-, le ruego que me permita recordarle que las teorías matemáticas que estudian los universos pluridimensionales no suelen ser conocidas no ya por la gran mayoría, sino incluso por buena parte del propio colectivo científico.

 

-¡Ah, sí! replicó García con mordacidad-. Ciertamente soy psicólogo, no matemático, por lo que estas elucubraciones teóricas quedan bastante lejos de mi especialidad. Pero al parecer con usted no ocurre lo mismo, por lo que estamos ante uno de los escasos privilegiados que sí las comprenden pese a su reconocida dificultad.

 

-Cursé estudios de física -fue la inesperada respuesta-. Pero pese a haber llegado hasta el último curso por razones que no vienen al caso no llegué a graduarme, por lo cual no puedo exhibir ninguna titulación académica. Y le aseguro que no comprendo esos aparatos matemáticos tan complejos mejor de lo que los pueda comprender usted; pero sí me he interesado en sus posibles implicaciones digamos prácticas. Al fin y al cabo, tampoco es imprescindible dominar las ecuaciones diferenciales, o las matrices complejas, para entender los postulados básicos de la mecánica cuántica, así como sus principales implicaciones. O, si me permite otro ejemplo más burdo, tampoco hace falta tener conocimientos de mecánica para saber conducir un coche.

 

-Está bien, usted gana -concedió García a regañadientes-. Continúe con su explicación.

 

-Poco más es lo que me queda por añadir -concedió conciliador-; salvo que ésta es la única explicación racional que puedo encontrar para este fenómeno.

-Señor Gómez, yo... nosotros -se corrigió uno de los duplicados- estamos esencialmente de acuerdo con su hipótesis, pero ¿en qué nos ayuda ésta de cara a poder resolver nuestro problema? Porque como es natural, lo deseable sería que el visitante, sea cual sea de nosotros dos, pudiera retornar a su universo original.

-Tiene usted toda la razón -reconoció el aludido-; pero lo cierto es que por el momento no veo la manera de hacerlo. De hecho ni tan siquiera hemos sido capaces, ni ustedes mismos, de identificar al que es de aquí y al que es de allá.

-Entonces... -los rostros de los dos José P. eran la viva imagen de la desolación.

-Algo podremos hacer, no se rindan tan pronto. Pero antes, claro está, tendríamos que saber todo lo posible sobre la naturaleza del fenómeno.

-En el peor de los casos -terció el policía-, siempre podríamos proporcionarles a ambos unas identidades nuevas que les permitirían vivir tranquilos manteniendo a salvo su intimidad... e incluso, si así lo desearan, sería posible convertirlos en un par de respetables hermanos gemelos.

-¡Pero yo quiero seguir siendo José P.! -exclamaron los dos a dúo, esta vez utilizando el singular.

-Mucho me temo, señores, que ese punto concreto no va a ser posible... -atajó el coronel- por su propio interés. Primero, porque su historia ha trascendido demasiado y, aunque su retiro en este lugar ha logrado apaciguar bastante los ánimos, bastaría con que uno cualquiera de ustedes, y no digo ya los dos, volviera a aparecer en público para que perdiéramos todo lo ganado. No se asusten, no estamos pensando en someterles a intervenciones de cirugía plástica o cosas por el estilo para cambiarles su aspecto físico; eso se queda para las películas de espionaje o de ciencia ficción. Bastaría con un discreto cambio de identidad, el traslado a una ciudad de provincias en la que no fueran demasiado conocidos y el inicio de una nueva vida. Por supuesto estarían tutelados por el Estado, y disfrutarían de una plaza de funcionario que les permitiría tener la vida resuelta.

-Y toda esa generosidad, ¿a cambio de qué? -preguntó, suspicaz, uno de ellos.

-A cambio, simplemente, de su discreción y, en caso de necesidad, de su colaboración puntual con nuestros expertos... nada diferente de lo que estamos haciendo ahora, por supuesto. Supongo que serán conscientes de su responsabilidad...

-Disculpen ustedes, pero me temo que nos estamos desviando del tema -interrumpió Gómez que temía, con razón, perder el protagonismo que tantos esfuerzos le había costado ganar-. Por supuesto no pongo en duda la importancia de la preocupación por el futuro de nuestros dos pacientes; pero si me lo permiten, yo diría que se trata de una cuestión bilateral entre ustedes que debería abordarse por separado de nuestro análisis global, sin desviarnos de este último.

-Está bien -concedieron a regañadientes los José P. mientras su anfitrión esbozaba un gesto de alivio-. ¿Qué es lo que pretende hacer ahora?

-Eso, ¿cuáles son sus planes? -remachó maliciosamente el psicólogo tras haber permanecido en silencio rumiando su derrota.

-Ante todo, quisiera averiguar cual de ustedes es el visitante.

-¿Por qué razón?

-No estoy muy seguro de lo que voy a decir... -vaciló Gómez- pero pienso que éste es el único camino lógico a seguir, individualizar a ustedes dos. Si todo ha sido fruto, como creo, de una fluctuación puntual de las leyes físicas que rigen el equilibrio entre los distintos universos, es posible que identificando una, digamos, desviación del abducido respecto al original de nuestro universo, quizá podríamos especular sobre la manera de revertir los efectos.

-¿Desviación? ¿Qué quiere decir con eso? -eran de nuevo los dos “gemelos” los que hablaban al unísono, como si de uno solo de ellos se tratara-. ¿No nos han repetido hasta la saciedad que era de todo punto imposible diferenciarnos?

-Discúlpenme... me temo que no he sabido explicarme bien. Pretendía aplicar a nuestro caso los criterios de la mecánica cuántica, en concreto el Principio de Exclusión de Pauli.

Y como viera que sus interlocutores ponían cara de no haber entendido nada, continuó:

-El Principio de Exclusión determina, hablando en lenguaje llano, que no pueden coexistir en el mismo átomo dos partículas subatómicas, electrones por ejemplo, que sean virtualmente idénticas; por esta razón sus respectivos números cuánticos, que vienen a ser los parámetros que los singularizan, tienen que diferenciarse en al menos el valor de uno de ellos.

Hizo una pausa y, dirigiéndose a los dos José P., añadió:

-Por esta razón, soy de la opinión de que tiene que haber necesariamente algo en lo que ustedes no coincidan; de no ser así no podrían compartir universo ni, mucho menos, estar sentados el uno al lado del otro. Esta diferencia no tendría por qué ser necesariamente de índole física; de hecho hemos comprobado que no es así, por lo que tendríamos que buscarla en otro ámbito diferente tal como, por ejemplo, las circunstancias en las que se desenvolvieron sus respectivas vidas... estoy convencido de que, si consiguiéramos bucear con suficiente profundidad en su pasado, tarde o temprano estas diferencias acabarían apareciendo.

-¿Está sugiriendo usted -le interrumpió el psicólogo en tono sibilino- que nuestros pacientes se sometan a sesiones de psicoanálisis?

-En principio no lo descartaría -respondió con flema el aludido evitando caer en la trampa que le tendían-; personalmente pienso que sería útil todo cuanto pudiera servir para refrescarles la memoria. Pero en lo referente a la metodología a emplear prefiero no opinar; el experto en ello es usted, no yo.

Víctima de sus propias artimañas, el doctor García se replegó, corrido, a unas posiciones menos incómodas.

-Bien, la verdad es que hay varias técnicas posibles que podrían ayudarnos, y supongo que convendría explorarlas.

-En sus manos, y en las de sus colaboradores, queda encomendada la siguiente etapa del estudio -zanjó el coronel temiendo que el control de la situación pudiera írsele de nuevo de las manos-. Siempre y cuando, claro está, contemos con el consentimiento de nuestros invitados.

Éstos consintieron. ¿Acaso tenían mucho que perder?

* * *

Aunque en un principio la idea había parecido ser buena, la realidad demostró que la suerte les continuaba siendo esquiva. Los psicólogos del equipo, encabezados por el doctor García, asimilaron rápidamente la sugerencia de Gómez adaptándola a su metodología, de modo que, divididos en dos grupos, procedieron a aplicar a los dos sujetos, siempre por separado y sin comunicación entre ellos, distintas baterías de cuestionarios encaminadas a descubrir una posible diferenciación entre ambos.

Pese a que estos profesionales dejaron bien claro que sus prácticas nada tenían que ver con el controvertido psicoanálisis, lo cierto era que, a ojos de un profano, pudiera haberse pensado lo contrario, dadas las similitudes aparentes entre el modo de operar de los discípulos de Freud y las técnicas empleadas con cada uno de los dos José P.

Las sesiones a las que éstos eran sometidos, de hecho, consistían en largas entrevistas, lo más relajadas posible, en las que se procuraba recabar de los pacientes el máximo de información, tanto acerca de sus recuerdos personales como de sus creencias, sus ideas o sus opiniones sobre cualquier tema que se les pudiera ocurrir por nimio que pudiera parecer éste. En ocasiones eran los psicólogos quienes marcaban el guión, pero con frecuencia éstos dejaban que fueran los propios interesados quienes pautaran el ritmo con sus propios comentarios o sugerencias. Todo valía, en principio, para descubrir la menor discrepancia.

Aunque aparentemente no existía un plan preconcebido ni guión alguno que marcara las sesiones, sin duda los psicólogos debían saber lo que se traían entre manos; o al menos, así pensaba el resto del equipo que no participaba directamente en estos interrogatorios.

Pero de nada servirían todos estos esfuerzos. Cada vez que los dos equipos cotejaban sus respectivos resultados, las conclusiones eran indefectiblemente las mismas: entre ambos sujetos no existía la menor diferencia con independencia de lo que se tratara.

Desalentados, los psicólogos estaban a punto de tirar la toalla cuando todos ellos, incluyendo también al propio Gómez y a los dos José P., fueron convocados de improviso por el Coronel C. para una reunión extraordinaria. Éste, que durante todo ese tiempo había procurado interferir lo menos posible manteniéndose en un discreto segundo plano, como buen hombre de acción comenzaba a impacientarse ante lo que para él era una flagrante ineptitud de los científicos.

Y no le faltaba algo de razón, al menos desde su particular punto de vista.

-Señores -fue su adusto saludo-. Mucho me temo que nos encontramos de nuevo ante un callejón sin salida.

-Eso ya lo advertí yo en su momento -se apuntó al carro el oportunista García, siempre dispuesto a tirarle a degüello al que consideraba su rival-. Si se me hubiera hecho caso entonces...

-Usted estuvo de acuerdo, al igual que el resto de nosotros yo incluido, con la sugerencia del señor Gómez -le recriminó el policía en tono glacial-. Así pues, tan responsable es de la iniciativa que se tomó entonces como todos los demás.

-Por otro lado -continuó-, tampoco pienso que se tratara de una decisión errónea, con independencia de que no haya rendido los frutos apetecidos.

-Realmente -apaciguó otro de los psicólogos- nos encontramos ante un fenómeno tan extraordinario que no es de extrañar que hayamos acabado tan desorientados; lo raro hubiera sido lo contrario.

-Eso es evidente -gruñó el coronel-, pero lo que nos interesa es buscar soluciones, no seguir perdiendo el tiempo discutiendo sobre el sexo de los ángeles. Por esta razón estamos reunidos aquí.

Un incómodo silencio siguió a las palabras del responsable máximo del proyecto; puesto que aparentemente pintaban bastos, nadie quería correr el riesgo de cargar con todas las bazas.

-Señores, no les he convocado para que se dediquen a observar el vuelo de las moscas -recriminó éste al observar el mutismo generalizado que había contagiado a todos sus acompañantes-, sino para que aporten, cuanto menos, sus opiniones.

-Quizás... -aventuró tímidamente otro de los psicólogos, que hasta entonces no había abierto la boca.

-Quizás, ¿qué?

-Quizás... -repitió éste- quizás estemos buscando en el lugar equivocado.

-Explíquese mejor -le conminó el coronel al tiempo que García le fulminaba con la mirada.

-Bien, siempre hemos supuesto que tendría que existir algo que diferenciara a los dos sujetos, ¿no es así? -tragó saliva y continuó-. Pero, ¿por qué razón esta diferencia tendría que estar precisamente en ellos? ¿No podría radicar en cualquier otra persona o lugar de sus respectivos universos? Esto explicaría nuestro fracaso en su búsqueda.

-Ya expliqué en su día por qué eso no sería posible -intervino Gómez hablando con suavidad-. Si ambos José P. pueden coexistir juntos se debe, según mi hipótesis, a que la diferencia que buscamos debería radicar obligatoriamente en ellos, y no en un habitante, pongamos, de Bombay o de Moscú, ya que dos personas virtualmente idénticas, y sin duda existirán infinidad de ellas en los dos universos respectivos, no podrían haber experimentado este fenómeno de translocación de un universo a otro. Por otro lado, el hecho de que hasta ahora no hayamos sido capaces de encontrarla no significa que ésta no exista. De hecho, tendría que existir.

-¿Insinúa usted que nuestra metodología no ha sido la correcta? -saltó al ruedo García, siempre predispuesto para la gresca,

-¡Caballeros, por favor, no empecemos de nuevo! -tronó el coronel sin molestarse en disimular su irritación.

-Yo no he insinuado nada -se defendió Gómez conservando la flema-. Al contrario, soy el primero en reconocer que el equipo de psicólogos ha realizado una excelente labor. Pero lo cierto es que no se han obtenido los resultados necesarios, sin duda a causa de lo excepcional de las circunstancias en las que nos movemos tal como ha comentado nuestro compañero, lo que nos obliga a replantear la estrategia... esto es algo que entendería hasta un niño de diez años -apuntilló con malicia.

-Si me... si nos lo permiten -ahora era uno de los dos José P. quien tomó la palabra-. Vaya por delante que nosotros estamos plenamente de acuerdo con todo lo realizado hasta ahora, y por supuesto hemos colaborado con total entrega en la medida de nuestras propias fuerzas. Pero si bien es cierto que se impone un cambio de planteamiento, no es menos cierto que no vemos la forma práctica de hacerlo. Ya hemos dicho todo lo que sabíamos y recordábamos sobre nosotros mismos y sobre nuestras vivencias, sin el menor resultado. Así pues, resulta difícil imaginar qué es lo que nos pudieran seguir preguntando.

-¿Acaso no podría ocurrir -aventuró alguien- que esa diferencia que buscamos radicara precisamente en algo que nuestros amigos ignoran, o que pudieran haber olvidado? La memoria es selectiva, y al cabo de cierto tiempo acabamos olvidando todos aquellos recuerdos que nuestra mente considera irrelevantes. Hagan la prueba ustedes mismos intentando recordar algún episodio trivial de sus vidas ocurrido hace un buen puñado de años...

Pudiera ser... -respondió, dubitativo, Gómez- aunque personalmente no lo creo. O, mejor dicho, no lo espero.

-Luego no está tan seguro de ello -García atacaba de nuevo.

-Dadas las circunstancias, no puedo estarlo; la ciencia se apoya en la experimentación y en la observación de los fenómenos naturales, y nosotros estamos a ciegas puesto que no tenemos nada con qué comparar ni en qué apoyarnos.

-A eso le llamo yo salirse por la tangente...

-A eso le llamo yo reconocer honradamente mis, nuestras -recalcó el plural con tono irritado- limitaciones. Aunque nos movamos en el plano de las hipótesis, estoy convencido de la aplicación a nuestra problemática del Principio de Exclusión es en principio acertada, como acertada debe de ser también la suposición de la existencia de algún tipo de diferencia entre los dos sujetos como única explicación a su coexistencia en un mismo plano dimensional. Ahora bien, en qué consiste la naturaleza de esta diferenciación, así como la posible sutileza de la misma, es algo que se me escapa y sobre lo que hoy por hoy tan sólo podemos conjeturar.

-Tanto me da -el psicólogo no estaba en modo alguno dispuesto a soltar la presa-. El caso es que no sabemos por donde seguir, y ni tan siquiera nos es posible discernir si estamos caminando en la dirección correcta.

-Yo no diría eso -también Gómez se resistía a ser derrotado en la batalla-. Aquí se acaba de plantear la posibilidad de que ese escurridizo factor diferenciador que hasta ahora se nos ha escapado constituya un recuerdo perdido, lo cual nos imposibilitaría para seguir adelante; y yo he respondido que no lo creo. ¿Por qué? Pues en base a algo tan sencillo como que un recuerdo perdido es equivalente a un no recuerdo, con lo cual volveríamos al principio. Y como creo firmemente que no puede ser así, llego a la conclusión de que la diferencia tiene que estar encerrada, forzosamente, en el interior de la cabeza de estos dos señores.

-Pero si lo han olvidado... -objetó el promotor de la idea-. Después de todas las pruebas que les hemos hecho, resulta difícil asumir que se nos hubiera pasado por alto algo mínimamente relevante.

-Usted lo ha dicho; algo relevante. Y la diferencia podría radicar en un detalle aparentemente trivial. Por otro lado, conviene distinguir entre recuerdo perdido y recuerdo olvidado -recalcó-. Como es sabido la memoria se rige muchas veces por extraños mecanismos, de modo que mientras borra de forma irreversible algunos recuerdos, conserva otros dejándolos digamos “arrinconados”. Y, al igual que sucede con habilidades tales como nadar o montar en bicicleta, aunque durante años no seamos conscientes de estos recuerdos olvidados, basta con que en un momento dado surja un estímulo adecuado para que éstos afloren sin el menor esfuerzo por nuestra parte.

-¿Sugiere usted -intervino el coronel- que “estimulemos” -recalcó el verbo- a nuestros amigos hasta que quiera saltar la liebre?

-No exactamente -replicó Gómez, haciendo caso omiso del tono irónico de su interlocutor-. Como comprenderán, no podemos ir a ciegas buscando que suene la flauta, es evidente que tendríamos que seguir una sistemática.

-¿Pero quién le pone el cascabel al gato? -gimió uno de los dos José P.- Ni siquiera nosotros mismos tenemos la menor idea de por donde poder tirar...

-En cualquier caso, algo habrá que hacer... -apuntó con timidez uno de los psicólogos al tiempo que miraba de soslayo a su jefe, ufano como un pavo real.

-Sí, pero ¿qué? -terció otro de sus compañeros-. Porque, tal como se ha apuntado, no es cuestión de seguir dando tumbos a ciegas... de hecho, mucho me temo que localizar la dichosa discrepancia nos va a resultar más difícil que a España proclamarse campeona del mundo de fútbol...

-¿Bromea usted? -preguntó a bocajarro un José P.

-En absoluto, aunque quizá mi ejemplo haya resultado un tanto chistoso. -respondió, sorprendido, el interpelado-. ¿Qué le hace pensar eso?

-¿Qué va a ser? -fue la sorprendente respuesta-. Dado que España es la campeona del mundo, no acabo de entender el sentido de su comentario...

Un silencio glacial se abatió sobre la sala. Los allí reunidos, repentinamente mudos, se miraron de soslayo unos a otros reflejando en sus rostros toda una secuencia de expresiones que oscilaban entre la sorpresa y la incredulidad.

-¿Quiere... -logró tartamudear al fin Gómez- quiere usted repetir lo que ha dicho?

-¿El qué? -ahora el sorprendido era el propio José P.- ¿Que España es la campeona del mundo de fútbol? Pero si eso lo sabe cualquiera... incluso yo, que aborrezco el fútbol.

Las miradas que se cruzaron todos sus compañeros, incluyendo su álter ego, ya no eran de sorpresa, sino de profundo interés.

-¿Está usted seguro de lo que dice? -insistió Gómez con aplomo.

-¡Claro que lo estoy! -respondió amoscado el interpelado-. ¿A qué viene esto?

-A que, como todo el mundo sabe, en los campeonatos mundiales de 2010 España volvió a padecer la maldición de los cuartos... ni siquiera llegó a ser semifinalista.

-¡No puede ser! Yo le... -José P. se interrumpió de repente, comenzado a calibrar la magnitud de lo que acababa de oír-. El gol de Iniesta en la final, frente a Holanda... -concluyó con un hilo de voz.

-Iniesta se lesionó en el primer partido contra Suiza, y ya no pudo volver a jugar. Y por variar España cayó eliminada una vez más en cuartos de final, frente a Paraguay, por penaltis -intervino el coronel con aplomo-. La final se disputó entre Alemania y Holanda, ganándola esta última selección por 1 a 0 en lo que muchos consideraron una venganza por la derrota de 1974. Fue el primer Mundial conquistado por los holandeses, que celebraron su victoria como una auténtica gesta nacional, al tiempo que la selección española volvía una vez más a casa con las orejas gachas y con la desazón de haber sido eliminada por un rival muy inferior.

Y viendo el gesto de incredulidad del perplejo José P. llamó a uno de sus ayudantes, pidiéndole que le trajera un ordenador conectado a internet.

-Compruébelo usted mismo -invitó a éste al tiempo que le acercaba el portátil-. Cargue el buscador y busque en él los resultados del Mundial de Sudáfrica de 2010. Como puede comprobar, no le estamos engañando.

-¡Dios mío, eso significa...!

-Que eres tú el que procede de un universo alternativo -completó la frase su no menos perplejo sosias.

-¡No puede ser! -se rebeló ante la evidencia-. Ganaron, claro que ganaron... recuerdo perfectamente el bombardeo informativo, el paseo triunfal de la selección por Madrid...

-Claro que fue cierto -le interrumpió García, deseoso de recobrar el protagonismo perdido-; en su universo -recalcó-. Pero no en éste. Mi querido amigo, tengo la impresión de que acabamos de encontrar la escurridiza asimetría que llevábamos buscando de forma infructuosa desde hacía tanto tiempo.

-Entonces yo, yo...

Pero no llegaría a terminar la frase, al menos en ese universo. José P., ese José P. que recordaba haber visto a la selección española de fútbol haberse proclamado campeona del mundo, simplemente se esfumó ante la mirada atónita de todos sus compañeros.

* * *

Algún tiempo más tarde, y con el Proyecto P4 oficialmente archivado, el otro José P. y Gómez charlaban amistosamente frente a unas cervezas.

-¡Quién iba a decir que finalmente acabaría siendo todo tan sencillo! -exclamaba el primero.

-Todas las cosas suelen ser sencillas a toro pasado... -respondió filosóficamente su interlocutor- el problema suele estar antes, a la hora de ponerle el cascabel al gato.

-La verdad es que todo fue, a la postre, fruto del azar... ¡quién nos iba a decir que el factor discrepante entre ambos universos sería el resultado de una competición deportiva!

-¿Por qué no? Ya advertí en su momento que la diferencia podría radicar en cualquier factor, por nimio que nos pareciera. Y el hecho de que su naturaleza fuera deportiva es lo que explica que tardáramos tanto en tropezar con él -apuntó Gómez-. Visto a posteriori, resulta ser algo completamente lógico.

-¿Por qué? Yo no lo veo por ningún lado.

-No es de extrañar, dado su desinterés tan absoluto por todo lo que huela a deporte -sonrió el estudioso-. Pero si lo analiza un poco, no puede ser más sencillo de entender. Tal como usted mismo dijo siempre ha aborrecido el fútbol, una aversión que compartía con su sosias. ¿Me equivoco?

-No, es cierto. Pero, ¿qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando? Los resultados del dichoso campeonato mundial nada tuvieron que ver con mi interés o desinterés hacia el mismo...

-Tiene que ver bastante más de lo que usted cree. Durante mucho tiempo, nosotros barajamos la hipótesis de que entre ustedes dos tenía que existir alguna diferencia significativa que permitiera su coexistencia en un mismo plano dimensional, pero nos volvimos locos buscándola... cosa que no era de extrañar dado que, debido a su idiosincrasia personal, habíamos dado de lado todo lo relativo a los deportes, centrando nuestra atención en otras facetas por las que sí mostraban algún grado de interés.

-Sigo sin entenderlo... ni a él ni a mí nos interesaba lo más mínimo el fútbol, y el hecho de que en su universo ganara España y en el nuestro no, no tenía nada que ver con nosotros... de hecho no creo que a él le importara demasiado.

-Efectivamente, este hecho no tuvo nada que ver con ustedes en concreto, pero resulta evidente que, pese a su falta de interés, él sabía que España se había proclamado campeona, y usted que no había pasado una vez más de cuartos de final... hubiera sido de todo punto imposible ignorarlo. A causa de su desinterés mutuo por el fútbol durante todo el tiempo que duró el estudio esta pieza clave permaneció olvidada, ya que para ustedes se trataba de un dato irrelevante... hasta que la casualidad, en forma de comentario banal de uno de los psicólogos, hizo que la chispa saltara. El resto es ya historia -concluyó Gómez haciendo con las manos un expresivo gesto evanescente.

-Y fue entonces cuando mi compañero se volatilizó... supongo que retornaría a su propio universo.

-Eso creemos -suspiró Gómez con una chispa de tristeza asomándole en los ojos-. Aunque nunca podremos estar seguros del todo. La coexistencia de ustedes dos era algo similar a lo que los físicos denominan un estado de equilibro metaestable, es decir, una especie de complejo castillo de naipes al que basta con un mínimo soplo para provocar que se desplome. En su caso lo que lo hacía posible era el hecho de que, pese a existir una diferencia real entre ambos, tal como siempre habíamos sospechado, ninguno de los dos era consciente de ella, al tiempo que tanto usted como su sosias estaban completamente convencidos de ser el verdadero José P. de este universo. Era, si me permite el símil, como cuando un malabarista juega con varias pelotas; pese a haber más pelotas que manos, consigue mantener todas en el aire gracias a los movimientos que les imprime...

-Hasta que para las manos y entonces las pelotas caen al suelo -completó la frase José P.-. Sí, tiene su lógica. En el momento en que supimos quien era cada uno, se rompió el hechizo y las inexorables leyes físicas recobraron su imperio. ¿Me equivoco?

-Eso es lo que pienso yo, y lo que pensaron también los responsables oficiales del proyecto a la hora de darle carpetazo; muerto el perro, se acabó la rabia. No obstante, me pregunto si en realidad las cosas serían tan sencillas y si nuestro común amigo habrá vuelto a su propio universo o si, por el contrario, andará dando tumbos por otro que no sea el suyo... al fin y al cabo, nada nos garantiza que hubiera tan sólo dos únicos José P. en sendos universos paralelos, y no en tres, en cuatro, en infinitos...

-Diferenciándose todos ellos en los distintos resultados de la selección española en el campeonato mundial de fútbol -remachó José P. con un chiste fácil.

-Sí, ¿por qué no? Pero también en otra competición deportiva, o en cualquier otro factor más relevante. ¿Quién sabe si en algún otro de esos universos España venció en la batalla de Trafalgar, o si la Segunda República logró sofocar la sublevación militar de 1936? En un contexto de infinitos universos paralelos las alternativas posibles resultan ser, asimismo, infinitas.

-Yo personalmente preferiría un universo en el que los españoles hubieran ganado más premios Nobel, o en el que en nuestro país se valoraran más la ciencia y la cultura... -suspiró José P.

-Bueno, en esto último no parece ser que hubiera la menor diferencia en el lugar de donde procedía nuestro amigo... -suspiró Gómez- aunque, si le he de ser sincero, a mí también me hubiera gustado vivir en un universo en el que España cosechara éxitos a nivel mundial... incluso si fuera tan sólo dentro del ámbito deportivo.

-¿Le gusta el fútbol? -se extrañó José P.

-No demasiado... pero hubiera disfrutado viendo esa final en la que España se proclamaba campeona del mundo.

-Pues yo no -zanjó José P. al tiempo que apuraba su caña-. De hecho, de haberme tocado a mí sospecho que habría sido uno de los pocos españoles que no se hubieran molestado en ver la final, por muy histórica que ésta fuera. Pero bueno, es hablar por hablar... al fin y al cabo, lo más probable es que a España la sigan eliminando como siempre en cuartos de final.


Publicado el 6-7-2025