Robomeo y Rojulietas
El flechazo de Robomeo fue instantáneo. Le bastó con ver un instante a Rojulieta para tener la convicción de que ella estaba destinada a ser la compañera de su vida.
El problema era que, pese a todos sus intentos, Rojulieta no le había hecho el más mínimo caso.
Pero él no se arredró, convencido de que la bella Rojulieta tenía que ser suya costara lo que costara, ya que ambos estaban predestinados a ello.
Robomeo no tenía nada de impulsivo. Muy al contrario, estaba decidido a llevar adelante su conquista de una manera metódica y perfectamente planificada.
Razones no le faltaban para ser optimista, no en vano era poseedor de una de las mentes positrónicas más valiosas de todo el planeta.
En una sociedad tan avanzada que no era necesario trabajar para vivir, por lo que el cultivo de las artes, las letras y las ciencias se practicaba por mera satisfacción personal, Robomeo destacaba por ser uno de los más importantes científicos, si no el que más, aunque la mayoría de sus descubrimientos no habían llegado a ser de conocimiento público no por falta de interés por su parte, sino simplemente porque hasta entonces no les había encontrado aplicaciones prácticas quedando en meras curiosidades de laboratorio. Pero ahora las circunstancias habían cambiado.
Gracias a una afortunada coincidencia Robomeo acababa de desarrollar el prototipo de un instrumento merced al cual sería posible desplazarse por el multiverso, lo que le permitió planear un proyecto para conquistar a su amada... a alguna de ellas en algún universo, sin que le afectara el desdén recibido por la que convendremos en llamar Rojulieta.01.
Según la teoría que tras desarrollarla durante años le había permitido construir su dispositivo transdimensional, podría trasladarse a uno o varios universos paralelos que, conforme a un principio teórico equivalente al arcaico Principio de Exclusión de un tal Pauli, no serían idénticos pero sí lo suficientemente similares para que en ellos pudieran existir sendas Rojulietas quizás con algunas diferencia, entre las cuales sería posible encontrar aquélla que más se pareciera a la que le había rechazado.
Obviamente también era posible que hubiera otros tantos Robomeos que también podrían estar interesados en sus respectivas Rojulietas; pero ésta era una cuestión que no le preocupaba ya que, como afirma el refrán, en la guerra y en el amor todo vale.
Así pues, comenzó a organizar con toda meticulosidad su audaz incursión en otros universos por vez primera en la historia de la robotidad. El problema estribaba en que conforme a su teoría el número de posibles universos alternativos era infinito, y por consiguiente imposible de explorar en su totalidad. Por fortuna había logrado introducir en sus ecuaciones un parámetro, que había bautizado como factor de afinidad, que le permitía evaluar el grado de afinidad o similitud entre dos universos dados, evitando caer en uno demasiado diferente donde la probabilidad de encontrar a su amada sería virtualmente nula o, todavía peor, en donde no existiera vida robótica e incluso -se le sobrecargaban los nanocircuitos sólo con pensarlo- habitado por los repugnantes seres biológicos que les habían precedido en el planeta antes de su extinción, de los cuales todavía se seguían encontrando vestigios.
Por consiguiente, como primer paso decidió limitar las visitas a universos afines en los cuales podría operar con razonables garantías de éxito, ya que en cada uno de ellos debería buscar a la Rojulieta local, rastrear su vida -ésta no tendría por qué coincidir con la de su coetánea- y analizar las posibilidades de conquistarla.
Pese a ello la cantidad de universos compatibles -así los denominó- seguía siendo demasiado elevada para poder explorarlos en su totalidad, por lo cual decidió limitarse a los más similares al suyo estableciendo su número en veinticinco como primera tentativa, considerando la posibilidad de ampliarlo en caso de que fuera necesario. No obstante, confiaba en que con estos veinticinco fuera suficiente.
Otra cuestión no menos importante a tener en cuenta era lo que haría una vez hallada la Rojulieta idónea. ¿La traería a su universo o, por el contrario, se trasladaría al suyo? La cuestión era importante y no porque a él le importara realizar el tránsito, sino por la posibilidad de que pudieran coincidir en un mismo universo, según el caso, con otro Robomeo y otra Rojulieta, un problema que nada tenía de baladí. En cualquiera de estos casos se vería obligado a modificar la identidad de ella o la de él, algo engorroso pero factible en la relajada sociedad en la que vivía.
Zanjada la planificación de los posibles prolegómenos Robomeo abordó la fase decisiva de la búsqueda de su amada por los diferentes escenarios seleccionados. Durante su ejecución no tendría necesidad de visitar ningún universo paralelo de forma material, ya que este proceso se desarrollaría manteniendo el vehiculo de su invención en lo que él denominaba el interuniverso, la no-dimensión que a modo de piel o interfaz separaba dos universos contiguos. Desde allí podría inspeccionar el universo elegido sin ser visto ni detectado, lo cual facilitaría notablemente su trabajo evitando el riesgo de un indeseado tropiezo. Una vez encontrada su amada ideal, procedería a emerger en su universo dando paso a la fase principal del cortejo.
Llegado el día en el que Robomeo concluyó todos los preparativos, se instaló cómodamente en la intercápsula -así la había bautizado- y comenzó la ansiada búsqueda. Era consciente de que no resultaría fácil, pero estaba convencido de que acabaría logrando su meta.
Y no, no resultó fácil saldándose los primeros intentos en otros tantos fracasos. Las causas de ello fueron diversas. En algunos universos Rojulieta directamente no existía ni con esa identidad ni con ninguna otra.
En otros la sociedad robótica había derivado por otros derroteros y le resultaba tan extraña que huyó espantado de allí.
En uno de ellos descubrió con pesar que su amada había sido víctima de un accidente mortal en el cual el cerebro positrónico había sufrido daños irreparables imposibilitando su trasplante a un nuevo cuerpo.
En otro descubrió con rabia que estaba felizmente casada con un fatuo y estúpido robot que, eso sí, era inmensamente rico.
En otro su esposo era más normal y por consiguiente potencialmente reemplazable, pero ambos habían creado una fundación benéfica dedicada a asistir a robots desfavorecidos.
En otro más había ingresado en una comunidad religiosa profesando votos perpetuos.
En otro se había dedicado con éxito a la política.
En otro era una famosa estrella de la holovisión...
Y así hasta veinticuatro universos en los que se vio obligado a desistir. Tan sólo le quedaba una última oportunidad ya que, aunque siempre sería posible extender la búsqueda, sus ecuaciones indicaban que las posibilidades de éxito serían todavía menores.
Entonces decidió jugar su última carta.
En principio, y para alivio suyo, el vigésimo quinto universo resultó ser muy similar al suyo, aunque esto no era garantía, como bien sabía, de que albergara a Rojulieta ni de que ésta correspondiera a su esquema.
Impaciente por un lado y temeroso por otro la buscó -por fortuna comprobó que existía- descubriendo -más fortuna aún- que llevaba una vida aparentemente compatible con sus planes.
Esperanzado, descendió en la ciudad donde ella residía -la misma que en su propio universo- y abandonando el vehículo que dejó a resguardo en el interuniverso se sumergió en la realidad de éste acercándose a Rojulieta para iniciar el proceso de galanteo en el que era un consumado maestro.
Y Rojulieta, para regocijo suyo, respondió conforme a lo esperado. Los circuitos emocionales de Robomeo no podían estar más excitados, tanto es así que se vio obligado a moderarlos. El idilio iba viento en popa y, para alegría del exultante galán, su amada no sólo cumplía con todas sus expectativas sino que las superaba ampliamente. Jamás había sido tan feliz.
Tan sólo quedaba ya el broche final, la petición de mano, una curiosa construcción verbal de la que ningún filólogo había sido capaz de interpretar su significado, aunque según todos los indicios parecía provenir del remoto y nebuloso pasado anterior a la Era de los Robots.
Robomeo nunca había llegado tan lejos en sus aventuras amorosas, ya que pese a ser un consumado donjuán -otro antiquísimo término de origen desconocido- siempre había sentido una irreprimible repulsión a comprometerse de forma no ya definitiva, sino incluso suficientemente profunda. Pero ahora, por vez primera en su larga vida, estaba dispuesto a hacerlo con la robotesa de sus sueños y a renunciar a su universo original asentándose en éste.
Fue entonces cuando las cosas empezaron a torcerse. Ante su arrebatada -y perfectamente dramatizada- petición de compartir la vida juntos, para su sorpresa primero y decepción después Rojulieta le respondió con una negativa:
-Lo siento mucho, Robomeo, pese a haberte conocido hace tan poco, has sido con diferencia la persona que más profundamente me ha afectado. Eres maravilloso, querido, absolutamente maravilloso, y estoy convencida de que jamás podría encontrar otro robot como tú.
-Entonces... -preguntó perplejo.
-Todo habría podido ser tal como me has pedido, y yo hubiera accedido encantada, de no mediar una circunstancia -explicó ella esquivando su mirada-. Te estimo mucho, muchísimo más de lo que puedas imaginar, y daría todo por poder mantener esta maravillosa amistad. Pero...
-¿Pero qué? -insistió él con el equivalente robótico a un fruncimiento de cejas.
-Verás -titubeó-. Hace algún tiempo comencé a ser consciente de mi situación. No fue una decisión fácil ni precipitada, pero finalmente tomé una decisión de la que no me arrepiento y de la que no puedo volverme atrás.
Hizo una pausa de cinco milisegundos, larga para un robot, y concluyó:
-Voy a cambiar de género. No me sentía identificada con el que arbitrariamente me asignaron en la factoría y decidí dar este paso irreversible. Ya no seré Rojulieta, sino Rojulio. Como comprenderás, lo nuestro es imposible tal como lo has planteado.
-Pero... -Robomeo no sabía por donde empezar-. ¿Qué importa eso? ¿Acaso no existen parejas robóticas del mismo género?
-No entiendes -suspiró ella-. No es lo mismo. Yo me siento un robot, no una robotesa, y como tal quiero vivir a partir de ahora. De hecho, mi deseo es formar un hogar con una robotesa, no con un robot. Pero esto no es incompatible con nuestra amistad y nuestro cariño mutuo... a no ser, claro está, que tú optes también por cambiar el tuyo.
Tiempo después Robomeo se arrepentiría abochornado de su comportamiento, pero en ese momento fue incapaz de reaccionar de otra manera. Se levantó con brusquedad del velador donde habían estado tomando unas descargas eléctricas aromatizadas y abandonó el local sin mirar atrás dejando a la pobre Rojulieta -perdón, a Rojulio- con el altavoz abierto. Una vez llegado a un lugar discreto materializó su vehículo, penetró en él y huyó a su universo con el firme propósito de no volver jamás allí.
Más adelante, cuando hubiera superado la decepción, se plantearía la posibilidad de seguir buscando a su amada en otros universos... o no. De momento lo único que deseaba era olvidarse de ella.
Publicado el 29-8-2026